Mi tía Romina: ayudante de mi destino
El día tan esperado para viajar nuevamente a la ciudad tomé mi vestido de cuadros rojos, me hice dos trenzas, con una par de lazos rojos y esperé en el corredor a mi tía. Ella, con su habitual vestido azul marino, su chal tejido de flores y un pañuelo en la cabeza me tomó de su mano y empezamos a bajar.
La casa estaba ubicada en la cima de una colina, como a un kilómetro del pueblo. Era una casa antigua, de dos plantas, corredor y techo en picos. Tenía mucho espacio alrededor, pero no era aprovechado, excepto por un árbol de limón, otro de aguacate y uno de guayaba.
El pueblo era pequeño, tenía lo básico para vivir, entre ello una panadería, una verdulería, una carnicería, una clínica, una escuelita azul y blanco, una alcaldía y una estación de tren.
Esta última era nuestro primer destino. Ahí, tomábamos el tren de las 8:15 para estar a las 9 en la estación de la ciudad. El recorrido no tenía mayor complicación, era tranquilo y poco concurrido, tal vez por ser viernes. Yo me sentaba junto a la ventana y por lo general me perdía entre las montañas azules y las nubes blancas. Mi tía se sentaba frente a mi y se entretenía todo el camino tejiendo.
Una aguja en el piso interrumpió mis pensamientos. Mi tía se inclinó a recogerla y llamó mi atención, nunca antes me había detenido a mirarla detalladamente. De su pañuelo salían rulos negros que cuidadosamente hacía cada mañana. Nunca sabré de que color era su cabello en realidad, sólo sabía que lo teñía de negro una vez al mes en la pileta del cuarto de atrás donde nadie podìa verla. Yo la descubrí por accidente de verdad, a los 5 años, me asusté muchísimo al ver como un líquido negro salía de su cabeza que colgaba de su cuello hacia el piso. ¡Llegué a pensar que era una bruja! Ella corrió detrás de mi con un paño cubriendo su cabellera y trató de explicarme que no había nada de raro en lo que hacía, que cuando estuviera mayor lo entendería y que no se lo contara a nadie; promesa que he cumplido durante muchos años.
Sus ojos eran grises y su piel muy blanca. Tenía un aire de misterio, medio fúnebre más bien. Durante mucho tiempo hubiera jurado que mi tía comía quince limones diarios y por eso siempre tenía ese semblante de acidez en su rostro, después de todo el limonero del patio daba frutos constantemente, así que en mi mente era muy lógico.
Mi tía Romina en realidad no era mi tía. Nunca conoció a mis padres y yo llegué a su vida más por destino que por casualidad. Era una mujer joven, aunque aparentaba unos 10 años más de los que tenía. En muchas ocasiones logró evadirme astutamente cuando lo preguntaba sobre mis padres, hasta que un día me contestó cortante: Lucía, niña inquieta, entendelo de una buena vez, tu eres como una coliflor, no preguntés más.
¿Yo era una coliflor? Primero no sabía que era una coliflor, así que me consolé con la teoría de que una cigüeña llamada Coliflor, probablemente porque tenía en su parte trasera una gran flor, me había dejado en la casa de mi tía Romina. Luego creí fervientemente que ella me había encontrado en la puerta de su casa envuelta en sábanas de flores y coli . algo dentro de una canasta para pic-nic.
Mi tía Romina era mala mintiendo, por eso cuando llegamos a El gran pastel y preguntó por el cocinero no tuvo otra opción que decirle la verdad en el momento que lo tenía frente a frente: esta es mi sobrina, Lucía, lo recordará usted bueno, este, yo quería... cof cof en realidad sabe yo no quiero y esto de la cocina me parece la estupidez más grande del mundo así que sepalo que si por mi fuera no la volvería a traer nunca más a este lugarcito decorado con tan mal gusto, pero como le decía, ella quiere, no sé porqué, estar aquí e insiste en que quiere aprender de su magia, como si usted fuera la gran cosa.
Ante un comentario tan sincero Patricio quedó atónito, yo lo escuché de lejos mientras comía un pastel de mora en la mesa de siempre y miraba un menú tratando de leer los platillos. Entre tantas letras y sílabas mis ojos se iluminaron y con un grito interrumpì no sólo la conversación de mi tía y el cocinero, sino además la de todos los hambrientes clientes del local
- Coooo-liiii ¡Coliflor! Mira tía aquí estoy yo, me encontré en el menú.
Varias carcajadas sonaron en el restaurante, entre ellas la sonora de Patricio, quien ante mi comentario le respondió a mi tía, que miraba el piso apenada no por mi sino porque recordó lo que me había contestado años atrás ante mis preguntas insistentes:
- No se preocupe señora, yo le enseñaré a la niña todo lo que sé de cocina
- Muchas gracias, le pagaré -dijo mi tía mientras sacaba unos billetes de su cartera- -¿Pagar? No, jamás. Si lo haré con gusto.
- Nunca, no voy a permitir que haga caridad conmigo y mi sobrina. - ¿Caridad? otra sonora carcajada sonó en el local no señora, si no es caridad, yo lo haré con mucho gusto y creame el mayor beneficiado seré yo, tengo muchos secretos mágicos dijo en tono pícaro a lo que mi tía respondió con una mirada de censura- que deseo con todo mi corazón transmitir.
- Bueno, ya veremos pero entienda que estaré siempre aquí y que - Podrá pasar a la cocina cuando quiera, por eso no se preocupe, usted esta cordialmente invitada y puede participar con nosotros cocinando.
- ¡Sea más serio! ¿Es usted cocinero o payaso? - Jajaja, entendido y la miró a los ojos moviendo la cabeza de un lado a otro esperando a que completara la frase
- Romina - Entendido Romina, lindo nombre, yo soy Patricio mucho gusto.
- Si si si en fin, gracias por su amabilidad don Patricio. - Patricio, sin el don que no me he casado otra mirada de censura seguida por otra carcajada es usted muy seria Romina, con razón no le gusta la cocina porque para estar ahí hay que sentirlo, disfrutarlo, dejar un poco de uno en cada platillo.
- Gracias por la lección don, digo, Patricio corrigió ella para evitar otro comentario de los que no le importaban ahora, ¿me va a dar las clases a mi o a mi sobrina? - Muy bien muy bien Romina dijo con una sonrisa- Lucía, ¿quieres cocinar?
De un salto me bajé de la banca donde estaba sentada dejando la mitad del pastel de moras y corrí hacia ellos muy feliz.
- Creo que eso es un sí, vamos a empezar entonces.
Patricio levantó una parte de la barra y me invitó a pasar. Adentró empezó a mostrarme todo lo que había, desde el azúcar hasta el café y con paciencia me explicaba dulcemente la utilidad de cada uno, mientras mi tía terminaba mi pastel de mora vigilándome en todo momento. A partir de ese día empecé a tomar las más increíbles clases en el mundo mágico de Patricio.
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