LOS TRES SUEÑOS

               He aquí una de las historias más tristes jamás contadas que no dejará a nadie que se atreva con su lectura indiferente. El propósito de la misma no es la de deprimir a su lector, ni causarle ningún sentimiento de culpa, puesto que desde el propio génesis del relato se trazan los valores absolutos de las almas que reciben el nombre de personas, fusionando todo lo bueno y todo lo malo de nosotros mismos. A tiempo está el lector de abandonar en este punto la lectura de los tres sueños, o bien, optar por enfrentarse a ella, pero se aconseja no escapar una vez entrados en los sucesivos sueños, puesto que ello podría llevar al descalabro de la psique, abriendo abismos innecesarios sin salida conocida.            

          

         El relato no está sujeto a ninguna interpretación oficial o predeterminada, sino que otorga al lector la libertad de definir los trazos de la historia, así como de discutir con otros lectores sobre las impresiones derivadas de su lectura.            

           La estructura de la historia se divide en cinco sencillos capítulos, el primero de ellos dedicado a la portadora de los sueños, Febea, los siguientes tres capítulos dedicados a los sueños, uno por cada capítulo, y el último de ellos dedicado al sentir de Febea una vez despierta.
 

CAPITULO I: FEBEA           

           

          La luna miraba a Febea y Febea miraba a la luna produciéndose un baile de miradas enmarcadas en un juego de seducción casi erótico. La noche anunciaba el tiempo de acostarse, como hacen diariamente los humanos y la mayoría de las especies de los reinos naturales. Febea estaba realmente cansada, era una mujer a la que le apasionaba la libertad y la independencia, se veía con fuerzas de comerse el mundo todos los días, y encontrándose ya en el ecuador de su vida, no había renunciado a sus ilusiones y continuaba ideando en su mente la fórmula para alcanzar sus metas. Al fin y al cabo, pensaba, cumplir las ilusiones que tenemos supondría vivir una vida plena, alcanzar el limbo de la felicidad.                      

            Febea nunca entendió de matrimonios ni de alianzas, ni quiso entenderse, puesto que ella era muy independiente. Era libre como un río, ágil como una gacela, imponente como la luna. Y es que era precisamente la luna su mejor amiga, su aliada, su llave a sus ilusiones, Febea era la luna. Contradictoriamente Febea nunca pudo volar, odiaba las alturas, puentes, globos y aviones que la elevasen de la tierra, siempre debía de mantenerse sobre ella, sino perdía su libertad, dejaba de ser río, gacela y luna.            

                Finalizado el baile de caricias con la luna, Febea quiso dormir, y cerrando los ojos, se dispuso a soñar. 
 

CAPITULO II: EL PRIMER SUEÑO           

              

           Febea se encontraba en uno de los bosques más preciosos que se puedan imaginar, donde habitaban todos los colores de la naturaleza, todos los aromas y todas las texturas, era un bosque hecho por y para los sentidos. Allí se sentía mejor que nunca, pero se sintió en gran medida turbada cuando advirtió la presencia de otra persona. En lo alto de una ladera, sobre una piedra caliza, estaba robusto e imponente un hombre de edad avanzada, absolutamente calvo y con una luenga barba blanca, sosteniendo en su mano derecha un reloj de arena y en su mano izquierda una guadaña. Febea intuía que se encontraba en un sueño, por lo que se acercó sin temor al anciano, puesto que en los sueños, pensaba Febea, no se sufre daño alguno.                     

            

             Llegó a los pies de la piedra caliza sobre la que estaba el viejo, y esbozándole una sonrisa, le preguntó quién era. Por su parte, el viejo le dijo; “Como me llamo no importa, hace mucho tiempo ya fui llamado por unos y luego por otros, ahora gobierno y mando sobre todos aquellos que tienen ilusiones y fines, porque yo soy el momento de ahora y el de después, el pasado, el presente y el futuro”.           

 

                   A Febea le divertía la idea de encontrarse con un personaje de tintes mitológicos y pintas de sabiondo, iba a ser un sueño divertido. Intrigada por el viejo, quiso saber más de él y le preguntó; “¿para que es esa guadaña y ese reloj de arena? ¿qué nombre recibiste en otros tiempos?”  A lo que el anciano respondió con unos versos;

 

Soy el inicio y el fin,

Oráculo de las voluntades,

Y el destino del mañana,

Estoy en el momento,

La medida es mi alimento,

Te voy a dar la gracia,

Ilusionada mujer de la luna,

Entregándote tres sueños,

Mandarás en ellos,

Podrás pedir lo que quieras,

O despertarás para no acordarte de mí jamás.           

             

           Febea se encontró sorprendida con la idea de tener en su poder a una especie de nigromante que le concediera tres sueños, por lo que pensó que pediría en su primer sueño. Guiada por su innata bondad y espíritu de libertad decidió pedir una de sus mayores ilusiones y ambiciones, lo que más ansiaba en el mundo, le pidió a aquel anciano que todas las personas de la tierra fueran Felices. El Anciano no hizo gesto alguno, pero Febea intuyó que él ya sabía que ese iba a ser su deseo. Entonces el viejo con gran agilidad dio la vuelta al reloj de arena que sostenía en su mano derecha, lo que provocó un cambio de escenario, trasladándole a Febea a la cama donde había iniciado su sueño.            

                 En aquel momento sintió que había despertado, pero al ver que estaba vestida con ropa de calle, supuso que seguiría soñando, puesto que ella se había acostado con su camisón. Decidió salir al exterior, y decidir si la realidad que ella recordaba era diferente afuera, confirmando así que se trataba del primer mundo que le había pedido al excéntrico anciano. Poco tiempo le faltó a Febea para concluir que estaba viviendo su primer deseo, puesto que todo el mundo a su alrededor parecía feliz, más feliz que nunca. Los vendedores de las pequeñas tiendas de su barrio sonreían cuando antes estaban serios y mustios, los ejecutivos andaban sin prisas por la calle esbozando su sonrisa, todo el mundo parecía haber caído en el embrujo del deseo de Febea. Sin embargo, había un problema, Febea se sentía aturdida, incluso triste. En aquel sueño el tiempo pasaba muy rápido, pesaba más que de costumbre, y abarcaba muchos más horizontes, porque Febea sentía la felicidad de los transeúntes de la calle, de los comerciantes, de las familias que estaban en sus casas, y también de los transeúntes, comerciantes y familias que estaban en la otra calle, y los de la otra cuidad, y los del otro país… Febea tenía ante sus ojos el mapa de las almas humanas, y podía ver como el conjunto de los humanos eran felices en sus diferencias y dificultades, como se vivía el día a día en aquel nuevo mundo.            

          El momento se le hizo insoportable, la felicidad global le ahogaba, Febea nunca había estado tan triste. La gente no lloraba las desgracias más desgarradoras, las atrocidades se cometían de igual forma pero con una sonrisa en la cara, nadie se compungía ni lloraba, no existía emoción en los teatros, lágrimas en los homenajes, los que tenían hambre no lloraban, los que se arrepentían de matar tampoco, todo el mundo reía. Y es precisamente el ruido que producía esa risa la que comenzó a ahogar a Febea. En cuestión de momentos, se agudizó la tristeza de Febea, al ver que todo el mundo comenzaba a actuar como locos, despedazándose los unos a los otros. Las mujeres se lesionaban entre ellas, los niños hacían sufrir a los ancianos, los hombres prendían fuego a sus casas, la locura se apoderaba de la tierra. Pero todo el mundo sonreía, todo el mundo era feliz. 

           “Como es posible, pensaba Febea, que desear la felicidad para nuestra especie haya provocado esta situación, ¿acaso la gente necesita estar triste?, ¿en que momento he destruido los valores que tenemos al desear la felicidad? ¿Acaso no nos esforzamos en buscar la felicidad? Por lo que veo y siento, la felicidad es veneno, es perdición, el mundo necesita llorar a sus muertos, compungirse con el arte, entristecerse ante las atrocidades, protestar y realizar denuncias sociales… nunca pude haber imaginado que la felicidad fuera tan dañina…” 

           Febea quiso soñar otra cosa, y en el momento que se hizo fuerte en su interior ese sentimiento, se desprendió de las risas de los millones de seres que perdían el juicio en cuestión de fracciones de segundo, para encontrarse a los pies de la piedra caliza, frente al anciano cuyo nombre no le quería decir.
 CAPITULO III: EL SEGUNDO SUEÑO 

           Febea lloraba y lloraba a los pies del anciano, aquella locura de mundo soñado había provocado en ella el mayor de los desconciertos, tal era su angustia que no pudo sostenerse en pie. “¿Acaso la felicidad es el enemigo? ¿Por su búsqueda es la tierra tan desgraciada?” Preguntó Febea al viejo.

             Pero entonces éste se limitó a decirle, “Formula tu segundo sueño…” Entonces Febea se apresuró a imaginar en el interior de su corazón su nuevo deseo, y no le hizo falta hablarle al anciano para que este se materializase, puesto que leyó la mente de la desfallecida luna, y realizó el deseo de Febea, que era el de un mundo en el que todas las personas estuvieran tristes.

             Al momento Febea despertó para encontrarse nuevamente en su habitación, aunque algo le decía que había despertado en un nuevo sueño. Impaciente salió lo más rápido que pudo al exterior para analizar las nuevas circunstancias que le rodeaban, y comenzó a sentir el mundo que hace poco tiempo había pedido a aquel enigmático anciano.

             Las calles se encontraban vacías, y el cielo era de un color gris intenso, casi negro, sin embargo, no había anochecido todavía. La humedad se extendía por todos los recovecos de la ciudad y no había ni un alma en la calle. Las tiendas estaban cerradas, los coches abandonados, los parques vacíos, incluso se comenzaba a apreciar parcelas de oxidación en los columpios. Todo era húmedo y frío, muy frío. Febea no estaba tranquila en aquella ciudad fantasma, pero la prefería a la ciudad de las risas, la cual consideraba mucho más diabólica. 

            Al igual que antes, sintió que el tiempo iba más deprisa de lo normal, y comenzó a sentirse sola, muy sola, hasta el punto que tuvo que ir en busca de compañía. Comenzó a sentirse desesperada si no encontraba pronto a alguien, necesitaba ver si el nuevo mundo creado por ella era mejor que el anterior. Solo tuvo que asomarse por una ventana de una casa cualquiera para ver lo que pasaba en el resto de las viviendas, de las familias, de las personas… sobre la cama se asentaban dos niños, tal vez hermanos, tal vez amigos, con el semblante triste y sobrio, la tez pálida y los ojos vidriosos. A pesar de que advirtieron la presencia de Febea, no se movieron de sus lugares, es más, ni se molestaron en mirar a la desconsolada soñadora.

      Ésta no pudo con la incertidumbre del momento y les preguntó “por qué no os levantáis y vais a jugar al parque? A lo que le contestó uno de ellos; “Nadie juega ya en los parques, porque hace tiempo que olvidamos lo que era divertirse, nadie hace nada de lo que hacía, porque nadie espera algo que le haga feliz, nadie se levanta de la cama ya, porque no merece la pena hacer nada, sino esperar lamentándonos de nosotros mismos en nuestras camas a que llegue la muerte.”

            Febea estaba horrorizaba, lo sentía, el mundo estaba muriendo, las personas dejaban de ser personas, en sus casas, en sus tiendas, en el monte, en el mar, en el desierto… Nadie quería hacer nada, excepto detenerse para morir. El mundo se consumía en la tristeza, y precisamente en ese halo de inmovilismo, Febea sería la única superviviente. Un odio incontenible la embargó desde su piel hasta sus huesos, odio por ella misma, odio por el resto, odio por todo… Volvió a mirar a los niños para ver que habían dejado de respirar, el silencio se hizo insoportable, ella misma comenzaba a consumirse, ella misma quiso morir junto a aquellos niños.
 CAPITULO IV: EL TERCER SUEÑO 

           “Somos seres corruptos, perecederos, frágiles, malévolos, destructores…” fueron las palabras de una compungida Febea frente al viejo. “La historia de la humanidad es un compendio de odio, de sangre, de mentiras y sufrimiento, vivimos para hacer sufrir y ser sufridores, cual es el sentido de todo esto, donde esta nuestro sino…” hablaba rápido aunque sus palabras se quebraban por las lágrimas que manaban de sus hermosos ojos. “Deseé a todos la felicidad, y eso supuso la autodestrucción, probé deseando la tristeza, y fue el final de todo, en la realidad existe el término medio, y día a día hay guerras, hambrunas, odios y envidias… “Sin nosotros el mundo sería mucho mejor, si la tierra no hubiera sido jamás habitada por los seres humanos la misma tierra sería mejor, todo sería más hermoso, para otros, tal vez para otros, pero nosotros, los que nos atrevemos a llamarnos personas, no nos merecemos nada…” y con un hilo de voz susurró a los cuatro vientos de aquel esperanzador bosque, “deseo una tierra sin humanidad”. 

           Entonces sucedió algo completamente imprevisible para Febea, puesto que no se trasladó a su cama, a su habitación… sino que permaneció hay, junto al viejo, en ese bosque. Pero extraordinariamente algo empezó a cambiar en el ambiente, el entorno se tornaba borroso, una especie de bruma comenzaba a aflorar de entre las piedras, del cielo, de todas las partes…

            El mismo viejo se estaba evaporando, consumiendo por las brumas, todo se desvanecía, todo se acababa. Febea estaba aterrorizada, ¿Qué había hecho? ¿Qué estaba sucediendo? Las brumas se comían el paisaje, las montañas, el cielo, la tierra, todo perecía bajo las sombras. Porque después de haberse evaporado venía la oscuridad más absoluta, tras las brumas venía el vacío, la nada, en poco tiempo Febea estaría sola flotando en el espacio… pues la tierra habría desaparecido. El anciano era casi un halo de sombra, y antes de que desapareciera, puesto que en segundos se aceleraba la combustión de la materia, preguntó la más de las dolidas mujeres de la tierra… “No te vayas, no me dejes sola, deseo un mundo con gente alegre y triste, aunque ello suponga un mal menor…” Y entonces el viejo le habló… “Tú no lo sabes, pero eres la Luna, y acabas de acabar conmigo, porque yo no soy mas que una creación humana, no soy mas que la medida que marca la vida humana, y al no haber humano, dejo de existir y me convierto en nada. Ahora te quedas sola en el espacio, junto a las estrellas, háblales a ellas de tus deseos y de tus ilusiones, porque son las más sabias, y cada una de ellas son todos los mundos y ninguno, son tus ilusiones y las de los otros, en ellas está la clave… Nunca dejes de mirar al firmamento blanca luna, porque para eso has soñado hasta esta noche, en la que has despertado para vivir como lo que eres…” 

           Febea en poco tiempo se encontró sola en el espacio, sumida en la oscuridad y en el silencio más absoluto, vagando en la nada, paralela al sol, entre constelaciones y galaxias, por primera vez se sentía en paz, no estaba perturbada, podía respirar tranquila, tal era su tranquilidad que no pudo más que cerrar los ojos… y dormir hasta despertar…
 CAPITULO V: EL DESPERTAR

            Febea se despertó con los ojos húmedos, había estado llorando durante toda la noche. Eran las siete y media de la mañana, todavía faltaba media hora para que sonara el despertador y le envolviera en la rutina diaria. Febea se sentía triste y descorazonada, no sabía si iría a trabajar esa mañana, realmente se estaba planteando que había hecho hiendo a trabajar los días anteriores, los meses anteriores, por qué había hecho lo que había hecho a lo largo de su vida, tal vez nunca hubiera estado en su sitio, tal vez no tuviera un sitio para ella en la tierra, los sueños le habían dicho algo, algo mágico, ciertamente atávico, prácticamente ancestral, Febea estaba a punto de dejar de ser una persona… Entonces, guiada por un impulso cogió un papel y se decidió a escribir en él los pensamientos que le rondaban por la cabeza, tal vez porque quería que otros lo leyeran más tarde…

             Febea escribió            “No hay mundo sin personas ni personas sin su mundo, cada ser humano, cada persona, desde su niñez hasta su vejez es una estrella, un astro celeste, que ilumina con su vida a cuantos le rodean. La luz que tiene cada persona se llama amor, amor a su familia, amor a si mismo, amor a su pueblo, a sus objetos, a la naturaleza… cada cual elige qué amar y a quién amar, elige brillar más o brillar menos, pero sin embargo hay problemas en los cuerpos celestes, porque el odio también brilla, y en ocasiones brilla incluso mucho más que el amor, brilla con una luz cegadora, y el sufrimiento deja también sus constelaciones, sus huellas… no hay más lógica que la del amor y la del odio, puesto que para amar hay que odiar alguna vez, y para odiar hace falta haber amado, tal vez nuestras vidas sean caminos de amor y de odio constantes, tal vez todos los días sean el mismo día, pero con diferentes dosis de amor y de odio, pero lo que si que es seguro, es que todos somos parte de un todo, de lo eterno destructor y hacedor, y que la vida no es más que amor y odio, risas y lágrimas, que mantienen un teatro en constante funcionamiento, un teatro del que todos somos espectadores y protagonistas…”, “Lo que más amaba en la vida era la libertad que tengo, pero ya comprendo que no existe esa libertad, sino que todos somos esclavos, esclavos acérrimos del amor y del odio. Estamos al servicio de estos dos espíritus, y nuestras vidas no son más que una conversación constante con ellos dos, donde el amor te dice que vale la pena luchar, vale la pena intentarlo todo por una ilusión, registrar las sensaciones más dulces en nuestra mente, esos recuerdos tan gratos que al recordarlos te emocionan, sonreír al destino, sonrojarte y volar, mientras que el odio te habla sobre las decepciones, la frustración, la cara oscura de lo que parece hermoso, lo injusto sobre lo justo, las envidias y los celos, es la espina de las rosas, las lagrimas de lo que se va, la desesperación del que se tiene que marchar, los abismos de nuestro corazón…”, “La vida es gris, porque el gris es una mezcla del blanco y del negro, y no podemos más que seguir andando, seguir llorando y riendo, continuar por el camino de rosas y espinas…” 

           Quiso Febea dejar de escribir, y entonces enseguida supo lo que tenía que hacer. Hizo volar el papel que había escrito tirándolo por la ventana de su habitación, y luego dirigió su mirada hacia el cielo. No tenía mucho tiempo, puesto que estaba amaneciendo, y pronto dejarían de verse las estrellas, y la luna.

             Febea miro a la luna y la luna miro a Febea, y fue en ese preciso instante cuando se deslizó hacia delante, por la ventana de su cuarto, para caer al abismo, como diría el odio, o para ascender al cielo y ser luna, como diría el amor. Porque amor y odio no se entienden el uno con el otro, pero siempre van juntos, y mientras Febea caía, o ascendía, su luz interior aumentaba, aumentaba tanto que nunca se recuerda en toda la tierra una noche en la que la luna haya brillado tanto.                                       

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Comentarios:

Escrito por: Itxaso       15/07/08 06:13
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¿Sabías que la mayoría de las personas que vemos caminando por la calle tienen sueños pero aún no lo saben? Que sería de nuestra alma sin los sueños, sin lo bello, sin decirlo como se debe, con sus palabras. ¿cursi o tierno? no es cursi, es la realidad, solo que a las palabras no siempre les damos el valor que tienen, y cuando se juntan y nos emocionan, muchos se asustan, y otros se reprimen.
No eres cursi, eres una concentración de emociones y sentimientos.
Yo pienso que podemos combinar las dos cosas entre nuestros sueños y la vida real, lo que nos ha tocado vivir.
Amigos, este chico es grande!!!
Escrito por: marion       30/08/07 00:57
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no puedo decir que es una historia nueva, tengo la sensación de haberla escuchado muchas veces, tiene algunas frases bastante cursis para mi gusto pero, en algunos momentos logré identificarme con ella y en esos momentos pude emocionarme y eso se agradece. sigue escribiendo por favor
Escrito por: Josema       12/08/07 01:12
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Sabes no tengo palabras para decir que me gusto mucho la historia, interesante eres una persona llena de muchas ilusiones ojala algun dia puedas cumplir con todos tus obketivos trazados.
Escrito por: carito       12/07/07 17:14
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Bueno Aimar...que bonita,que real me gusto mucho...un beso CARITO.
Escrito por: paul       12/07/07 07:59
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Muy buena historia;me gusto mucho.Rodeada de un marco fantastico,contiene una vision muy filosófica de la vida,me gusta.
El final me pareció estupendo.Felicitaciones!!!
Escrito por: Andrea_Silva       11/07/07 21:02
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Hola Aimar. Me fascinó tu historia que, aunque parece fantástica, tiene muchas cosas que son reales. La forma en que manejas cada uno de los sueños, las emociones que siente Febea, la descripción exquisita de cada momento, es fascinante, simplemente maravillosa. Te felicito, pues el hacer sentir al lector el miedo, la tristeza, la desolación y el amor a todo lo imperfecta que es nuestra vida, es complejo... muy díficil de lograr. Tú me hiciste sentir eso, muchas gracias por tu historia, me encantó. Ojalá puedas leer mi poema "El desamor es bello", encontré algunas similitudes en la idea. Saludos =)
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