David atravesaba la plaza extensa de un lado al otro como todos los días a la misma hora. Siempre compraba el periódico y conversaba un poco con Don Goyo, acerca de cualquier cosa que estuviera en primera plana. Éste siempre le obsequiaba café por la mañana, a cambio de el único rato de distracción que tenía cada día.
De todos los bancos de concreto, su favorito era el que estaba al lado de la fuente. Le gustaba la sensación del agua, parecía rocío cerca de su cara y de su cabellera blanca y poblada. Siempre se sentaba allí, abría el periódico en la sección de noticias locales y después de un rato de ver las mismas de siempre con nuevos protagonistas, la sección de los clasificados era su próxima parada. Desde hacía semanas, David buscaba una casa grande para vivir con su esposa y sus tres hijos varones. Acababa de ser transferido a una nueva ciudad, para encargarse de la gerencia de ventas de la empresa de software a la que ya había dedicado quince de sus cuarenta y siete años. Pero no había podido encontrar ninguna como la que le indicara su esposa: cinco habitaciones y cuatro baños, incluidos el de servicio.
Como buen gerente de ventas, y ante la dificultad de conseguir una vivienda con esas características, ya comenzaba a diseñar una estrategia para conversar con su esposa acerca de unas casas confortables, que por supuesto ya había escogido, y convencerla de mudarse a una de ellas. Todavía tiene tiempo para eso, porque el autobús Metropolitano, en el que irá hasta la sede de Empresas VAO, llegará en unos quince minutos.
Esa mañana la lectura no sería tan apacible como de costumbre, ya que un grupo de obreros había comenzado a restaurar la estatua de El Aura, una obra de unos veinte metros, que ya tenía más de veinte años. Se trataba de una dama de pie, con las manos abiertas, pero unidas por ambos dedos pulgares, elevadas hacia el cielo. Cada mediodía, al recibir la luz solar, se formaba una sombra sobre la grama con la forma de un ave con las alas extendidas. Era un espectáculo, ya que a medida que se alejaba la iluminación, disminuía el tamaño del ave. Los obreros terminaban de ajustar los andamios para iniciar el retoque en las secciones dañadas y no se ponían de acuerdo sobre algunas cosas.
Se distrajo al ver a un niño que pasó frente a él que manejaba con destreza su balón de fútbol. Le llamó la atención verlo solo tan temprano. El infante por no quitarle la vista al balón, sin darse cuenta, se acerca a donde comienza el paso de los vehículos. David, al percatarse de la situación de peligro, se levanta para tratar de advertir al niño de lo que puede suceder. Avanzó unos pocos metros cuando detrás de él oyó un ruido fortísimo que le hizo voltear: parte de los andamios habían caído encima del banco en donde él estaba sentado. Con horror pensó que pudo haber muerto. Se giró hacia donde iba el niño y ya no estaba. Supuso que el ruido que provocaron los andamios había terminado con su distracción sobre el balón y lo habían hecho huir del lugar. Paradójicamente, el niño lo salvó a él.
Regresó al banco, se abrió paso entre los obreros y comenzó a discutir con ellos, sobresaltado por lo que podía haber sucedido, exigió ver al Ingeniero encargado, en vano. Recogió su maltratado periódico y se retiró a la parada de buses.
Abordó el Metropolitano mientras luchaba para hacerse obedecer por sus piernas, que temblaban aún. Ya había olvidado al niño. Tomó asiento en la sección del en que los pasajeros quedan de frente a otros. El lado de la ventana era el que estaba disponible. Se dispuso relajarse. No deseaba llegar exaltado a la oficina.
Frente a él, un anciano de seria expresión leía otro diario. Le llamó la atención un aviso de venta de una casa con las características descritas por Marta. Sacó su bolígrafo y su pequeña libreta de notas de uno de los bolsillos de su traje para anotar la dirección y el nombre de la vendedora.
El trayecto desde
Ya nacía el día sábado. Ahora sí usaría su vehículo, un utilitario, ideal para el tamaño de su familia. Durante el recorrido disfrutó del paisaje de la carretera Extraurbana A-25, cubierta de amarillo por las hojas de los árboles caídas por el otoño, a ambos lados del camino.
David se presentó ante ella, se excusó por presentarse de manera imprevista para manifestarle su interés en la casa, debido a lo atareado del día anterior, no tuvo oportunidad de llamarle.
Sofía, una dama no muy atractiva de edad madura, facciones un poco toscas, pero de agradable trato, le invitó a pasar a la sala, le pidió que esperara unos momentos para organizar el recorrido, mientras le explicaba que la razón por la que la casa se encontraba en venta era una operación a la que debía ser sometida su madre. Ella se encontraba de paseo ese día con uno de sus nietos. Dado que la casa ya era muy grande para las dos, con la diferencia adquirirían una vivienda más modesta.
La expresión de David cambió de repente, al reconocer en ese rostro al niño del día anterior. La mayor sorpresa la tuvo al acercarse y reconocer en el anciano, al señor que sostenía el periódico en el autobús. Le pareció una locura.
Sofía, al ver el cambio de expresión de David se inquietó, pensó que ya no le interesaba la casa. El al notarlo, le dijo que acababa de recordar algo del día anterior. Ahora su interés se centraba en saber más de aquel señor que lo acompañaba en la foto. Sofía le dijo que era su abuelo materno. Había fallecido a los pocos días de la muerte de Jorge. Sufrió un infarto fulminante mientras leía el periódico en un autobús. Había sido algo muy doloroso para su madre.
Le dijo que ellas dos siempre discutían, porque según
David disimulaba su estado, seguramente Sofía no le creería lo que le había sucedido y lo vería como una burla, además de poner en riesgo la compra de la casa. Sentía la imperiosa necesidad de hablarlo con alguien, pero tendría que contenerse.
Se comprometió con Sofía a iniciar el lunes los trámites ante el Banco Universal para la solicitud del préstamo hipotecario. Ella le daría la buena nueva a su madre a su regreso.
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