Los Rostros

Las fui contando a medida que ingresaban ubicándose frente a mí, formando un medio círculo.
Eran trece; trece figuras indefinidas y yo. Todas portaban una vela y esa era la única iluminación que había en el extraño recinto. Tenían el rostro cubierto y vestían túnicas idénticas, por lo cual era difícil diferenciarlas entre sí, ni siquiera adivinar cual era su sexo.
A mis espaldas sentía otra fuerte presencia que me impedía voltear y ver de quien se trataba. El cuerpo me temblaba y sudaba copiosamente, totalmente incómoda a medida que pasaban los minutos, sentada en esa posición de loto a la que no estaba acostumbrada, con las piernas entumecidas y la certeza de que no me podría levantar sin ayuda.
Lo más increíble de todo era que no tenía la menor idea del porqué estaba en ese lugar, sobre un suelo helado y enfrentada a ese grupo de personas enmascaradas. A pesar de parecer una pesadilla, lo que estaba ocurriendo era completamente real, no era producto de ningún mal sueño, aunque tuviese todas las características de ello. El calambre en mis piernas y el olor a sebo de las velas así me lo decían.
Lo último que recordaba era la conversación con una clienta en mi negocio de hierbas medicinales. Siempre fui una estudiosa de las hierbas y sus efectos sobre la salud humana. Un tema que siempre me apasionó, que me hizo leer infinitos tomos, algunos antiquísimos. Tenía la firme convicción de que mis hierbas eran más efectivas que cualquier medicamento convencional y, efectivamente así lo había comprobado en muchísimos casos. Una clientela constante y siempre en aumento, era la mejor prueba.
A media mañana ninguno de mis clientes habituales había hecho su aparición, me encontraba tomando un café bien caliente en la pequeña trastienda, cuando sentí la campanilla de la puerta de acceso. Tomé el último sorbo y salí a atender a mi primer visitante del día que resultó ser una anciana desconocida, lo cual no me extrañó, casi a diario aparecía alguien nuevo.
Luego de los saludos de rigor y un comentario circunstancial haciendo referencia al frío que azotaba la ciudad, con una vocecita encantadora me pidió una serie de hierbas, la mayoría de ellas para diferentes males, colesterol, diabetes, presión arterial, sinusitis, migraña, alergia, mala circulación, etc. Sonriendo le pregunté si todo eso era para ella sola, a lo que me contestó que no, que era para uno de sus miedos.
- ¿Uno de sus miedos?
- Sí, el miedo a la enfermedad repuso.
- ¿Miedo a la enfermedad? ¿significa que ni siquiera padece ninguno de estos males?
- Así es mi querida.
- Abuela, pero usted se ve fantástica, no debería sentir miedos, yo no los tengo.
- Vos sos muy joven aún, ya te irás enfrentando a tus miedos y buscarás que no te destruyan. Son muy exigentes y requieren que les dediquemos mucha atención.
- Jajaja, no creo abuela, es una cuestión de concientización, si una se predispone a que los miedos no la asalten, no lo hacen. Yo soy una mujer muy segura de mis actos, no me preocupo por temores de ninguna clase, no me los permito, debo trabajar y estar bien, esforzándome cada día. Me levanto para ello con buen humor y me acuesto con buen humor. No le doy cabida a los miedos, es cosa de débiles.
La anciana me miraba como si le hablara en chino, como si no entendiera que hubiera alguien que viviera con la mente completamente liberada de las ataduras que producen los pensamientos nefastos.
En realidad soy una convencida que por más que nos preocupemos cuando algo tiene que ocurrir, ocurre ¿entonces para qué pensar en ello?.
- Te repito mi querida, cuando ingresa la inseguridad aparecen los miedos y ya es muy difícil deshacerse de ellos y eso, en algún momento de la vida ocurre, ya sea por edad o por temperamento, pero ocurre.
- Jajajaja, ay abuela, pero... ¡qué cosas dice usted! eso no me ocurrirá a mí contesté segura, pensando en qué feo es llegar a viejo en algunos casos.
Aún me encontraba riendo cuando me vi en esa extraña postura sentada en un lugar desconocido. Estaba desconcertada, sin poder reaccionar. A lo lejos se escuchaban murmullos como oraciones o llantos. Cuando intenté levantarme, una fuerza poderosa aplicada sobre mis hombros, me impidió moverme de mi lugar; en ese momento entró la primer figura.
Una tras otra fueron ingresando doce más y tomaron la posición de semicírculo frente a mí.
La primera de ellas descorrió su velo, su rostro era indefinido, ni feo ni bello, más bien anodino, lo que me sacudió fue su mirada, una mirada huidiza, asustadiza, sus ojos me transmitían ¿inseguridad? Me asusté ¿qué ocurría? Eso no podía estar pasando. En ese instante recordé las palabras de la viejita cuando ingresa la inseguridad, aparecen los miedos..., entonces comprendí quienes eran las restantes.
Los velos fueron cayendo mostrando los rostros, algunos eran extremadamente bellos, otros oscuros, otros feos. Frente a mí aparecieron: Enfermedad, Sufrimiento, Soledad, Ignorancia, Abandono, Angustia, Orfandad, Dolor, Locura, Traición, Miseria y la peor de todas, la última, la que al dejar caer su velo sólo mostró el vacío más horroroso, la mujer sin rostro, la Muerte.
Sentí un terror infinito cuando todas las velas se apagaron mientras mi cuerpo, indefenso por la incómoda postura, era invadido por los miedos que esos rostros me provocaron.
Fue sólo un segundo, luego otra luz sacudió mis ojos, la luz de los focos interiores de mi negocio. Frente a mí, la viejita me miraba preocupada.
- Tesoro ¿te ocurre algo?, quedaste unos instantes con la vista como perdida, me preocupé.
- ¿Qué es esto?- pensé asustada - ¿qué me ocurrió? ¿estoy soñando despierta?
Sentía un nudo en la garganta y el cuerpo íntegramente transpirado. Estaba helada.
- Nada señora, nada. Tuve un vahído, sólo eso. Aquí tiene su compra y su cuenta las manos me temblaban - ¿algo más? quería que se fuera, quería que desapareciera, no podía razonar.
- Mi niña, espero que estés bien y no te preocupes por lo que te dije, es como vos decís, cuestión de no preocuparse por tonterías, sólo que yo soy vieja y una vieja mañosa además.
Sin más, pagó su cuenta y tomando su bolsa de hierbas salió despaciosamente del negocio. Se veía tan débil y frágil como un pequeño gorrión, pero interiormente sabía que era ella quien me había mantenido inmóvil en ese lugar.
María Magdalena Gabetta
María Magdalena Gabetta
Uff me encantó, me senti en medio del círculo.En realidad he estado muchas veces en él y recién ahora comprendo.
Me gusta mucho como llevaste la historia.
Un abrazo.
A veces, las personas decimos no sentir miedo en un intento de hacernos una coraza, ya que sí aceptamos a nuestros miedos en voz alta, parece, que como dice la anciana, se nos instalen y ya no lo podamos soltar. En este cuento tuyo más sicológico que de terror, el subconsciente de la protagonista tal vez aproveche el detonante que es la anciana y su teoría, para liberar sus propios miedos. Así me gusta a mí al menos interpretar tu cinéfilo y estupendo cuento. Es lo bueno de la literatura, los múltiples enfoques que dan los lectores al asimilar un texto.Teoriza el barcelonés Eduardo Punset, divulgador ciéntifico de gran prestigio, que la felicidad es la asusencia de miedo y si te fijas Magda, nadie dice ser continuamente feliz. Los miedos están ahí, nos rondan para recordarnos lo efímeros y vulnerables que somos.Gracias amiga mía, disfruto sobremanera los textos que conllevan una reflexión. Un beso.
Tu fluides para escribir es excelente ...me tuviste prendida en tu narración. Espero nos regales más relatos como estos me encantan...lee los mios y opina.
Es indudable que tienes gran facilidad para narrar las historias de manera clara, llevando al lector a mantener el interés hasta el final. Se lee con mucho agrado. Un saludo