LOS RATEROS

Vicente A. Vásquez B.

 

Los dos raterillos de poca monta caminaban por la calle, con la satisfacción pintada en sus rostros. Minutos antes, habían sustraído un par de billeteras, aprovechando las aglomeraciones que se producen durante las horas pico; que es cuando el río de usuarios se desborda para abordar los siempre insuficientes buses urbanos, antes que los peligros de la noche los agarren en despoblado.

 

Sus necesidades del momento estaban cubiertas, pero como la insatisfacción es una de las características del ser humano, Pascual le dijo a su compinche:

—Mirá, mal que bien, vamos sacando lo de la trama diaria, pero a este paso nunca saldremos de pobres y de todas maneras nos arriesgamos de continuo.

—Así es la vida del pobre, mano.

—No seas conformista, carnal. Yo tengo un buen proyecto, un golpe que nos dejará buenos billetes, y quién quita que hasta unas vacaciones nos podamos tomar.

—¿Y no es arriesgado, vos? Es cierto que sos más experimentado que yo, pero recordá que nuestra especialidad es hacerle al dos de bastos y una que otra ratería cuando algo está mal puesto. Nunca le hemos estrado a algo grueso.

—Sí, pero algún día tenés que superarte. Subir de escala, pues.

—Bueno, ¿y cuál es la onda?

—Mirá, hay una casa de apariencia humilde, allá en la zona 5, pero ahí se trafica grueso y hay hartas fichas.

—Eso suena peligroso, mano. Debe ser negocio de la mafia organizada y ahí lleva uno las de perder.

—El que no arriesga no gana. Mirá, precisamente hoy es el día bueno y debido a la apariencia de la casa, no tienen mayor vigilancia. Son confiados y de tan confiados, se pasan a babosos. Damos el golpe rápido y desaparecemos por un buen tiempo con buena feria.

—¿Y cómo, carnal? Los amenazamos con las uñas ¿o qué?

—Nel, mi broder —esbozando un sonrisa, agregó—, aquí mismo traigo dos forifay para que nos libren de todo mal.

—¡Uy, mano!, ¿de dónde las sacaste?

—Que importa de dónde. ¿Le entramos?

—El color verde de los chemas me atrae, pero el miedito me ahueva, vos.

—Hinchá los huevos, mano. Entrémosle al purrún.

—Bueno. Que sea lo que Dios quiera. ¡Entrémosle!

—Así me gusta. Un ánimo fuerte hace una vida feliz.

 

Pascual le entregó a Flavio una de las armas debidamente cargada, pero con balas de salva, sin advertirle nada.

Flavio enderezó el cuerpo, sacó el pecho, se creyó más macho y hasta más grande se consideró, con el arma en el cinto. Nunca, en su descolorida vida, había sentido esa sensación y la disfrutaba.

Pascual vio a su compañero de reojo y observado sus reacciones, esbozó una leve sonrisa y sintió hasta lástima por el timorato de su compañero, y pensó —Si supieras la que te espera, cabrón—.

 

Encaminaron sus pasos hacia su objetivo y en menos de media hora estaban frente a la vivienda. La casa estaba a oscuras, como si estuviera deshabitada.

—Vamos —dijo Pascual, con el aplomo de quien ya ha tenido experiencias previas—, ¡ahora o nunca!

—Pero, pero… —titubeo, Flavio— la casa parece abandonada, a lo mejor no hay nada de lo que decís o te equivocaste de lugar.

—Nel, mano. Aquí es y no tengás pena que la conozco como la palma de mi mano, pues he estado en ella varias veces. ¡Vamos! Yo te guío.

Flavio con el temor atenazándole el ánimo, tocó el arma y ésta, pareció infundarle el valor que le faltaba.

—Vamos —dijo, sin mayor convicción.

 

Después de forzar el portón con una ganzúa, penetraron a la casa por el zaguán, amplio, pero oscuro. Empezaron a caminar y enfilaron sus pasos hacia el corredor, en donde se adivinaban, más que se veían, varias puertas en hilera. A cada paso, el corazón de Flavio latía con mayor fuerza, mientras que en el rostro de Pascual, una sonrisa velada, respondía a un plan premeditado y de desenlace inesperado para su temeroso compañero.

Al extremo del corredor, había una puerta, cerrada como todas las demás, pero por su parte baja se fugaba la luz del interior, signo inequívoco de la existencia de más de alguna persona.

Flavio se interrogaba —¿Estaría allí el botín prometido? ¿Cuántos hombres lo protegerían? ¿Qué tan peligrosos serían?— Sin obtener la respuesta deseada y que aplacaría a su asustadizo coraje, continuó avanzando. En breve, se enfrentaría cara a cara con una experiencia insospechada.

Las manos de Flavio, sudorosas, temblaban y se aferraban al arma con la misma desesperación que lo hace un naufrago a la tabla salvadora. Nunca había disparado contra nadie, esperaba que en esta oportunidad no hubiera necesidad de hacerlo y mucho menos que, por su nerviosismo, se le fuera a escapar un tiro. Este sería su primer golpe a mano armada. Como quien dice, su bautismo de fuego. Su oportunidad para subir de categoría en la escalera de la delincuencia. Ya era tiempo de hacerlo, pues siempre había sido un mísero ratero que no infundía respeto, aún, dentro de su mismo gremio.

Llegaron a la puerta, ambos se detuvieron y aguzaron el oído; el silencio era sepulcral. Pero había que actuar, para eso habían venido. Pascual animaba a su novato compañero en estas lides, dándole pequeños empujoncitos en la espalda, como diciéndole: adelante y actuá como hombre. Flavio sacando fuerzas de donde nunca pensó que las hubiera, empujó la puerta con ímpetu para su debut como estrella de las grandes ligas del hampa. La puerta cedió, y con el arma apuntando hacia alguien que de momento no distinguía, porque la fuerte luz lo cegaba, gritó con convicción:

—¡Quietos, o se mueren!

Un grito mayor, como de varias voces al unísono acalló la suya. Y estupefacto, escuchó:

—¡Sorpresa! ¡Feliz Cumpleaños!

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