LOS MIEDOS DEL ESCRITOR

Categoría(s): NARRATIVA

Escribía de vez en cuando, sin mucha vanidad ni ego. La razón no era la publicación ni la opinión de los demás,  ni mi nombre en una portada o en un catálogo,  sino tan solo sentirme especial,  diferente.  

 

Sobre la mesa, apoyaba el codo mientras pensaba.  Alguno que otro personaje se colaba con avidez y me hacía señas, halaba las mangas de mi camisa, intentaba conducir mis dedos hacia el papel. A veces lo tomaba con fuerza y lo convertía en alguien.  La mayoría de las veces me deslizaba sobre una superficie lisa en caída y abría los brazos para aferrarme a cualquier cosa,  animal o espantajo.  Cavilar demasiado me hacía cometer torpezas.

 

Una noche llovía y me adormecía sobre el sofá.  La luz de la lámpara iluminaba un libro de Pamuk.  Dentro había una pluma.  Por la ventana se colaba un poco del rumor del agua lanzada por el viento sobre la calle.  Mi mujer dormía.

 

Me levanté para mirarla como si me sintiera culpable de algo.  Estaba dormida en posición intrauterina.  Las manos entre las piernas y el pelo suelto sobre la almohada. Di media vuelta no sin volver a dirigirle otro vistazo. Caminé con sigilo y me acerqué a la mesa.  Dejé que vinieran las sombras.  Una de ellas me habló pero no la determiné.  Se convirtió en un florero,  otra terminó siendo un reloj de pulsera.  Parecía no ser un buen momento para la creación.

 

Apareció entonces alguien de hacía mucho tiempo.  Vino de vuelta de un pasado de más de veinte años, vestida con un camisón rosado y flores orladas.  La mirada dulce y algo atrevida,  penetrante.  Adivinaba maldad o al menos de intensidad emocional. En sus manos había algo irreconocible.  Me acerqué y miré el color de sus ojos: marrón.  En sus mejillas había rubor. Desde el nacimiento de sus senos se elevaba un aroma a magnolias y canela.

 

“Pudiste haberte quedado,  todo se ha tornado favorable para nosotros”, me dijo posando su mano derecha sobre mi pecho y la izquierda sobre una de mis piernas.  Me besó y me condujo hasta el sillón.  Encendió un cigarrillo y yo hice un gesto que ella no comprendió.  “Sabes que siempre eres bien recibido”.  Movió la cabeza como si fuera una flor mecida por una mano invisible.

 

“Por eso te abandoné”,  pensé mientras ella lanzaba una espiral azul sobre mi cabeza.  Me dijo que ya no tenía nada que esconderle a nadie, porque su esposo se había ido.  Sus hijos la visitaban de vez en cuando y no había habido  nadie después de mí.  Sentí que no era cierto.  Su sudor lanzaba chispas de estrógenos,  nubes de hormonas calientes que ascendían y descendían.

 

La hice a un lado y volví a asomarme a la habitación donde mi mujer dormía.  Igual que antes,  la misma posición,  el mismo ademán de sumisión, la misma inocencia.  Al regresar a la escena,  la que regresaba del pasado me dijo que superara mis escrúpulos,  yo le respondí con un fruncido de entrecejo.  

 

Era otra vez su sala,  sus muebles,  su casa, su cuerpo insinuante.  Por la ventana se colaba la voz de alguien,  también el ladrido de un perro.  La acerqué a mí mientras miraba un paisaje colgado en la pared.  Un hombre pescaba en la orilla de un río.  Sobre él volaba una bandada de gansos.  Una nube era un rostro de niño. A lo lejos,  se adivinaban árboles y un pastor adormecido junto a un tronco.

 

No quise besarla.  La que regresó del pasado tenía unos labios venenosos.  Transmitía pasión,  pero sentía ira por estar junto a ella.  Por un momento la odié por ser tan audaz,  pero también la quise por atrevida y por hacerme sentir temor.  


En un arrebato único, sin preámbulos, la sostuve entre mis brazos y entramos en la recámara.  El lecho inmenso, sábanas de rosada seda. La poseí con una mezcla de deseo y rabia.  Quise hacerle daño.  Algo venía también con ella, oscuro e inexplicable.  Un deseo de sangre y de ira reprimida le ascendía desde lo más recóndito. No supe si consumamos el acto, pero de pronto ya no estaba. Sobre la cama, la huella de su cuerpo. 

 

Ahora escribo estas cosas porque me he liberado del miedo. El fantasma no ha dejado de acosarme por las noches cuando intento escribir alguna historia medianamente interesante. Veo los destellos de su mirada reflejados en la curva del vaso donde he bebido un poco de vino; siento el sabor a rocío de sus labios en el aire que me roza la cara.

 

Mi mujer todavía duerme. Ha variado levemente su posición. Yo no encuentro más nada dentro de mi mente.

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Comentarios:

Escrito por: leslie       05/03/08 18:49
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me siento un poco identificada con la descripcion de aquella mujer.
gracias
Páginas: 1

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