Los libros magicos: El escudo blanco Cap 1- 4

Este libro comienza con un fragmento del viejo libro "Los libros magicos: El principio del fin"

 

El canto de Gulikan

Cada gota de lluvia, cada centímetro de tierra. Cada territorio, cada uno de los componentes de este mundo gozaban de una magia tan antigua como el universo.  Pues la magia creo y mantuvo el universo, y así debió ser. Todos los seres gozaban y vivían bajo el orden y justicia de la naturaleza pues solo ella tenía ese poder. Los años hicieron crecer el césped, las montañas y con ello creció el espíritu de cada individuo, pero su mente también se expandió.

Las razas del día y la noche convivieron por años, aprendiendo de la naturaleza y sirviéndole. A cambio esta les brindaba sus secretos, sus frutos y sus bondades, y las razas aprendieron con humildad, jurando usar lo que les enseñaron únicamente para la preservación de sus pueblos.

Así entonces, imitando la eterna tradición de “Sol y Mani” las razas del sol y la luna vivieron en armonía, respetando sus territorios y costumbres.

Y fue entonces, cuando se dibujo un atardecer caótico, anunciando un terrible mensaje. El canto de Gulikan se extendió por los aires, pero nadie escucho con atención.

Aquella melodía trajo consigo un mensaje que si es cierto, pocos descifraron, la semilla que viajaba en este creció en sus mentes. Los hijos de Sol y Mani decidieron legar a sus hijos la sabiduría adquirida por sus razas atreves de las edades, para que así pudiesen gobernar los años por venir con plenitud. Así fue como los libros mágicos de Mani y Sol fueron escritos.

Pero no solo eso vino con el canto de Gulikan. Desde algún lugar, se deslizo aquel que abrió los ojos su oscuridad. El hijo de las montañas sucias decían unos, camino entre las estepas con una sola ambición. -“El sol alumbra con más fuerza que la luna, quema y marchita las plantas y a los seres del mundo” dijo a los pueblos de Mani con intenciones evidentes.

Así entonces, los líderes del pueblo de Mani, quienes eran justos enviaron a sus mensajeros. Buscando respuestas sobre el supuesto mal y exceso de poder que causaban los pueblos de Sol. Pero Loge el truculento de las montañas sucias, actuó de nuevo. Astuto como solo él, confundió a Rotoskr, el mensajero del valle de Yggdrasil.

Los líderes del pueblo de Sol, orgullosos como eran, se ofendieron ante el mensaje corrosivo y venenoso de Loge el mentiroso. -“Así la naturaleza lo ha decidido, Mani es solo el espejo de Sol. No hay nada mas haya que resignación ante ese predicamento”

Y no tubo Loge que actuar más, pues el rencor entre los pueblos germinó. Y entonces, aquella rivalidad seria legada también a sus hijos. Los libros mágicos fueron sus mas grandes reliquias y transformaron su propósito de sabiduría y justicia, en guerra y exterminio.

Las batallas inundaron de sangre los valles de ambos, su odio trajo diluvios y sequias. Fue así como los más sabios reyes de Sol y Mani acordaron la gran tregua, que regresaría a sus pueblos la antigua alianza. Ambos volverían a convivir en paz, y como muestra se desharían de los libros de Sol y Mani.

Pero el mal como el bien, no puede ser destruido. Los libros fueron sepultados por los años y el recuerdo. Nuevas montañas crecieron y las viejas quedaron  cubiertas por océanos, así como las leyendas de los sabios reyes y de los libros mágicos. Pero aquellos reyes no pudieron ver, que su destino estaba más allá de sus voluntades, era algo que no podían detener ni con todos sus ejércitos, aquellos libros tenían vida y destino, mucho antes de ser escritos, pues la magia nació al inicio de todos los tiempos y dio nacimiento a todo lo demás.

“Las visiones de Uneth: El origen del final”.-Los escritos de los Álfar.

 

Capitulo 1

Un llanto irrumpió aquella fría noche de invierno. Incluso los viajeros que cascabeleaban sus cráneos como campanas por el frio pudieron percibir aquellas trompetas en forma de lamento acompañadas por un coro de luces. Un héroe había nacido.

Tras el canto de Gulikan las tensiones habían rebasado cualquier límite establecido entre ambas razas.  Los pueblos de Mani realizaron su avance hacia la Europa del sur para someter al pueblo diurno a sus peticiones. Pero no contaban con el gran escudo de los pueblos de Sol.

Ahí en la Grecia del noreste, había crecido en medio del gran asedio de los pueblos sajones de Mani, el hijo del legendario “dios de la guerra”, quien fuese el primer maiar que participara como un poblador, Faltyr.

Cuando Faltyr falleció, los pueblos de Sol habían recibido una gran pérdida en sus filas, la balanza se había inclinado notablemente a favor de Mani y sus hordas.

Sin embargo, el enemigo nunca conto con que la agonizante defensa de Esparta habría de resurgir como el fénix, en el lecho de muerte.

Seria Brontes, el despiadado ciclope que encabezaba el asedio a la ciudad quien viese el rostro del temible hijo de Faltyr.

“Abrió nuestro ejército como un mar a la mitad. Viste la imagen de un sucio Humano pero solo es una ilusión, todos fuimos testigos de la devastadora brutalidad de aquel titán, aquel demonio de dos piernas. Quisiera nunca haber venido hasta aquí, jamás haber visto aquellos ojos, pues estoy seguro que nunca olvidaran. Ahora no hay escapatoria, su hazaña ha reavivado el ánimo del ejército Humano. Desearía marcharme junto con esta carta, pero no hay alas que me puedan alejar del fuego de este demonio. Estamos perdidos.

Carta para Parfirión.- Brontes.”

Había surgido la gran muralla, aquel joven, hijo de Faltyr. Quien manejaba la magia y la espada como nunca antes nadie había hecho.

Ni si quiera el rey Forset que residía en Roma tenía idea de la existencia de aquel muchacho, pero pasaría poco tiempo para que el mundo se enterara de que aquel gran héroe, caminaba sobre la tierra. Seria quien defendiese las tierras blancas, aun y cuando los demás Soles hubiesen sucumbido, sus ojos seguirían luchando por un nuevo amanecer.

   CAPITULO 2

Paloma blanca

La primera carta con el sello dorado llego una madrugada cansada y nauseabunda. Habíamos arrojado todos los cuerpos al mar, pero la sangre de aquellos repugnantes trasgos era excesivamente olorosa. Recuperamos Bulgaria casi hasta su frontera Oeste.  Meses atrás se construyo aquel frente, cerca de los desiertos turcos. Los ejércitos de Mani asediaron una última vez, pero defendimos el lugar. Miles de hombres de toda Grecia repelieron las sombras de la luna.

Un jinete que vestía las ropas reales de Sol apareció en las fronteras cabalgando aparentemente desde Yugoslavia. Un joven delgado y sin importancia era quien acarreaba la carta, horas antes de que el astro de calor se decidiese a mostrarse.

Pasaron algunos minutos antes de que el jinete llegase hasta la avanzada, sin embargo Vadirr decidió esperar ahí, a la entrada de la ciudadela.

-Señor.- Dijo el joven descendiendo del caballo. Era apenas un adolescente, catorce años sería exagerado, que osadía. El chico permaneció callado hasta que Vadirr diese un paso al frente.

El joven se limito a quitarse el casco, hacer una reverencia y entregar la carta. Su rostro estaba limpio y su piel impecable, estaba seguro que nunca había tenido una sola batalla.

-Denle agua y alimentos. Que se marche en cuanto el caballo esté en condiciones de hacerlo.-Los hombres de Vadirr asintieron y condujeron el caballo así como a su dueño adentro de las caballerizas, mientras el subió hacia las murallas exteriores.

Miro las montañas, y las desérticas planicies bajo la noche. Hacía bastante frio pero aun conservaba el calor de la batalla, la adrenalina aun corría con fluidez por sus venas, calentando cada musculo de su cuerpo.

Respiro el aire frio que circulaba en esas alturas, donde el olor a la sangre de sus enemigos no alcanzaba a trepar.

Un asedio al norte seria suicidio, el estaba consciente de que podía detener a cuantos enemigos le asediaran, pero ir hasta su propia madriguera….

 Su padre había fallecido en el intento, aun junto con el ejército blanco de los Álfar y ahora que la cantidad de ellos era menor….

Su ejército regresaba de los acantilados donde habían arrojado a los enemigos. Cruzaban ya los vados de trigo, que se mecían con el aire nocturno y fresco, le provocaba una sensación de paz y libertad en su interior. Seguramente su padre soplaba aquel viento desde las altas montañas nevadas, donde observaba las bastas tierras del mundo.

 

 

Abrió la carta, esta llevaba una fina y estética letra que solo podía proceder del mismo rey Álfar en Roma:

Es esta nuestra bienvenida, por muy poco ceremonial que parezca.
Muchos rumores y voces han caminado por las estepas hasta los bosques de mi reino. Llevan tu nombre y el estandarte del gran héroe de las montañas áridas.
Y tras tus victorias, también los rumores han llegado a los enemigos con tanta rapidez como el invierno. Sus tropas ahora evitan atravesar por las montañas blancas de Grecia. Rodean los bordes hasta el noreste y el centro del imperio, por los bosques, donde los Ixonidas han defendido con gran empeño, sin embargo el número de enemigos no decrece, y cada vez envían a sus mejores elementos.
Es aquí donde necesito de tu ayuda. Folo, el rey de los Ixonidas al este ha enviado un mensajero urgente hacia mí, y así entonces pedimos de tu ayuda. Deberás cortar el avance de los enemigos que marchan por los altos bosques, al norte de Austria. Pero un ejército de humanos por más astutos y fuertes jamás podría resistir a la antigua magia que habita en esas tierras.
Acude Quirón, el líder de los Ixonidas del extremo árido. Sabios y poderosos son los Ixonidas del este, inmunes a la magia de Mani. Pide su ayuda. Dependo de que encontraras la forma de persuadirlo para que vaya contigo y detenga el paso de los enemigos que intentan embestir las fronteras de Folo.
Sera complicado, Quirón es especial, pero cuento con tus habilidades, hijo de Faltyr.
Que el destino mire a nuestro favor, y te cobije en aquellas tierras frías.

Forset

 

Se encontraba adolorido y cansado de la última batalla. Sus hombres aun estaban embriagados de placer por la última victoria. Así que debía partir solo. No podía perder demasiado tiempo si pretendía cortar la línea del ejército de Mani.

Su caballo se acerco con un silbido, y Vadirr le monto sin miramientos. Cabalgo por la pequeña ciudadela hasta el lugar donde moraba.

 El lugar estaba vacío, puesto que solo el habitaba ahí. Fríos muros, frías columnas de roca y mármol, eso no era un hogar.

Tomo algunas cosas para el viaje, y tras atar su capa a su espalda, escribió una breve nota para el capitán Helenus. El entendería.

Salió con el caballo por un pasaje escondido, así el resto de sus hombres no lo verían irse. Pues la confusión los llevaría a la decepción y a la tristeza, ellos debían estar rebosantes y poderosos, en caso de que Mani y sus hombres, osaran de nuevo mirara hacia Grecia.

Así entonces, monto a Skinfax el caballo de su padre, y cabalgo casi alado por las planicies que se extendían en la noche. Siguiendo la constelación brillante que conducía hasta la morada de Quirón y los antiguos centauros de arena.

 

 

El desierto estaba siendo duro con él, aun y cuando había protegido aquellas planicies de las sombras, aun seguía imparcial, sofocando con su calor al joven viajero que atravesaba por el lomo del desierto con el fin de encontrar las montañas de roca roja, donde habitaran los Ixonidas.

Varias historias había escuchado ya sobre aquellas míticas criaturas. Poderosos y orgullosos los Ixonidas del este eran, cuentan las leyendas. Sabios, al no poder estudiar la naturaleza, se dedicaron a espiar los cielos durante generaciones, desarrollando así una gran habilidad astronómica.  

Sin embargo nunca les agradaron los humanos, pero tomar la forma de un Centauro, seria aun más peligroso, pues si llegaran a enterarse de que era un disfraz causaría una gran ira en sus corazones. Y si las palabras de Forset eran ciertas, iban a necesitar las habilidades de aquella raza para cumplir esa misión.

Quirón asesina a los extranjeros según dicen, los repele metros antes de pisar en sus suelo, no importando la raza que fuese. Los Ixonidas de arena eran tan fieros que habían logrado mantenerse independientes de Sol y Mani durante décadas. Relegados en los desiertos.

Despues de que Sol pasase de un extremo al otro por encima de él, Vadirr detuvo a Skinfax para poder encontrar un lugar donde pasar la noche.

La fogata ya había comenzado a arder, una tímida flama que sin embargo era de gran ayuda en aquel lugar, puesto que las noches eran mucho más heladas que en Esparta.

¿Estaba actuando como un títere más de Forset? Corriendo a satisfacer las necesidades de su mandato, y sin embargo no podía hacer nada más, algo en su corazón le decía que era lo correcto.

La situación ahora era distinta, quizás se estaba precipitando. Anteriormente había acabado con sus enemigos por el único motivo de que habían intentado atravesar por la fuerza en las tierras griegas, pero ahora se trataba de un lugar ajeno a él y su pueblo. Si iba a regresar era el momento de hacerlo, el día siguiente cruzaría los ríos secos de Ilus y entraría a los terrenos de salvajes del paramo Turco.

Las  estrellas iluminaban con claridad el camino serpenteante hacia la morada de Quirón mientras los fantasmas del frio comenzaban a arribar con más odio que en las primeras horas de la noche. Las criaturas lo observaban desde las dunas, con sus ojos brillantes como joyas. El desierto sabía que él estaba ahí.  Las criaturas levantaron sus cantos como aullidos, creando una extraña sinfonía asimilada al silbido de un ave.     

Tras varias horas de pensar, mirando las estrellas, buscando en ellas alguna señal que lo pudiese ayudar a decidir, se puso en pie. De inmediato las corrientes de aire helado asestaron en su rostro como pequeños aguijones mientras las dunas cantaban las oraciones hacia Mani, rogando que fuese compasiva con ellas.

-Padre…..- Un relámpago estalló en silencio a lo lejos. Al norte de aquel lugar. Una tormenta se tragaba alguna ciudad entera en la lejanía. Los hombres de Mani no iban a detener su paso, acabarían con todo frente a ellos, irían a cada rincón del imperio de Sol.

Aquel enfrentamiento era algo inevitable.

El caudal del rio estelar se extendía a dos días en cabalgata normal, pero Skinfax llegaría mucho antes de lo estipulado. Si lograba acabar con aquella misión, podría regresar a Esparta con tranquilidad. Volvería a nadar en sus mares, en el agua clara y azul de sus playas.

-Hermano….-Vadirr acaricio la crin de Skinfax, y este despertó. Le miro con ojos somnolientos, casi suplicantes.

-Lo lamento, pero debemos llegar lo antes posible. Sol no será tan complaciente con nosotros mañana al mediodía.-Skinfax relincho resignado y se puso en sus cuatro patas, permitiendo que Vadirr le montara.

-Sigue el rio en el cielo.-Skinfax sin respuesta, echo a andar a una velocidad increíble. La arena en sus costados brincaba como si corriesen sobre agua. Las patas del animal no se hundían sobre la espesa superficie.

Despues de algunas horas, justo cuando Sol se asomaba por las dunas, las nubes de tormenta habían cubierto el cielo aun estrellado sobre de ellos. La brisa fresca y helada de agua comenzó a caer sobre el árido terreno.

Pronto estas cubrieron cualquier destello de Sol. Si esa era una señal. Las batallas por venir definirían el destino de sus épocas.

La arena mojada paso a ser lodosa rápidamente. Y las patas de Skinfax trotaban torpes sobre aquel material. Vadirr desenvaino su espada, y con la roca brillante en su mango despejo la insistente arcilla que como cientos de brazos intentaban detener el paso del caballo, quien sin distracción, daba todo su empeño por seguir adelante, aun a pesar del resbaloso y espeso suelo.

Así continuaron durante horas, luchando contra la naturaleza, y la oscura y mística magia de la alianza entre los cielos y la tierra. Un joven y un caballo, que atravesaban aquel océano de lodo creciente,  sin saber si quiera cual era su destino ya, puesto que las nubes habían cubierto el rio estelar que conducía hacia la morada de los Ixonidas de arena.

Skinfax estaba cansado, sus músculos no respondían como hacía ocho horas, y sin embargo seguía avanzando con furia atreves de las dunas liquidas.

-¡Vamos hermano, no desistas, sigue adelante…!.-Vadirr conjuraba con el fragmento del callado de su padre, sin embargo su magia no era tan poderosa como la furia de aquellos colosos, que parecían tener el único objetivo de tragárselos.

La lluvia había humedecido y enfriado cada parte de su cuerpo hasta casi perder la sensibilidad. Skinfax comenzaba a escurrirse por los costados de las dunas, dirigiéndose hacia la fosa de arena liquida.

-¡No!¡Vamos, camina!- Vadirr descendió del caballo. De inmediato la arena ascendió hasta la parte baja de su pecho. La corriente de lluvia era muy poderosa y la arena inestable, pero el caballero empujaba con todas sus fuerzas, mientras Skinfax aun cansado intentaba subir de nuevo hacia la cima de las dunas.

Descendieron inevitablemente, mientras la arena cubría hasta su cuello, se hundía aun mas por el peso de Skinfax, a quien intentaba alejar de la profunda fosa de arena.

Una luz cruzo los cielos. De un blanco tan divino, como el infinito pensamiento del universo. Parecía aletear sobre los cielos. Una especie de ave sobrevolaba el lugar. La arena ascendió, hasta cubrir su nariz, era ya imposible seguirse moviendo a tal profundidad, sus pies dejaron de tocar firme, y se hundió en el espeso mar de arena, mientras sus manos lentamente se alejaban del torso de Skinfax.

Un último relinchido pudo escuchar el caballero en su lejana conciencia.

El oxigeno había dejado de pasar por sus pulmones, y el flujo de su sangre comenzó a hacerse más lento.

¿En qué historia, se había sabido de un desierto tan frio como en el que ahora se sumergía? Sus huesos ardían por la temperatura tan baja, o era quizás, que el calor de su cuerpo estaba partiendo de ahí, pero aun sentía la áspera arena aun mezclada con el agua, rosar su rostro casi con maldad.

-Pensé que había muerto señor.- Oni lo miraba aliviado, mientras su ejército replegaba las hordas de Mani fuera del alcance de la avanzada.-Cuando desapareció, y se interno en el centro de las filas enemigas, jamás pensé que lo lograría.

-Si lo hubiese pensado, probablemente ya no estaría aquí….

CAPITULO 3

Casual consecuencia

 

El peso en mi pecho se despejo con dolor. El aire volvió a entrar a mis lastimados pulmones, y el corazón despertó de lo que parecía un sueño permanente. Una vez más, la suerte me había tendido la mano.

Mi cabeza saltaba al ritmo de un pesado galope, más pesado que el de Skinfax. ¡Skinfax!

Vadirr abrió los ojos y miro alrededor. Iba montado en un enorme caballo, el cual llevaba un jinete con el torso unido al resto del cuerpo del animal.

A su alrededor galopaban decenas de centauros, bajo la sombra, sin embargo aun se encontraban en el desierto. Más adelante, la superficie se volvía más firme, se convertía en una planicie árida.

Estaba seguro que el centauro en el que cabalgaba había notado que estaba despierto, sin embargo prefirió mantenerse en silencio. El resto de los Ixonidas de arena, permanecían completamente concentrados en algún extraño pensamiento.

Ninguno de ellos despegaba la vista de lo que era su eminente destino, las montañas rojas más allá de las dunas.

Sin embargo, no podía ve a Skinfax en ninguna parte. La ansiedad estaba corroyéndolo en su interior. No podía dejarlo atrás. Ningún desierto, tormenta, ningún dios iba a quitarle a su única familia.

Atrás podía ver la espesa tormenta, que continuaba avanzando hacia ellos, mientras las montañas de arena se desvanecían lentamente, tomando un color más obscuro.

 

Los Ixonidas, pasaron de largo entre las torres de roca, fue un tramo bastante largo para poder rodear por completo.Tomaron una especie de entrada detrás de la montaña. La roca de la montaña aun emitía ondas de calor.

El rostro le dolía, como si un gato hubiese afilado sus uñas en el. Y su interior parecía estar encendido en fuego, podía sentir las heridas abiertas en sus pulmones y su esófago.

Los centauros subieron uno a uno por un delgado relieve de roca. Una corriente de aire susurro en sus oídos. La vista del caballero se nublo repentinamente, alguna especie de poderosa magia comenzó invadió todo su ser. Intentando luchar contra el encantamiento, observaba casi inconsciente a la multitud de centauros que ascendían por la montaña en busca de su corcel, pero  sus ojos se cerraron plenamente.

Podía escuchar, casi en eco el golpeteo de los cascos, en la lejanía, estaba consciente de que permanecía arriba de un centauro, sin embargo, había perdido el sentido de la vista. A un mortal ordinario aquel hechizo le habría desmayado por completo, incluso inmovilizado.

El sonido de los cascos se disperso, comenzaron a avanzar a los pisos inferiores y superiores, podía escuchar la roca temblar debajo y sobre de él. Sin embargo el que lo llevaba, se detuvo, junto con un par más de los centauros. Había una luz roja ahí dentro a juzgar por el resplandor que impactaba en sus parpados.

Espero el momento exacto para defenderse, el momento exacto en que el encantamiento se deshiciera…

Hablaban en una lengua extraña, bufaban y profanaban palabras extrañas con mucha estridencia.

Vadirr pudo sentir la corriente de aire acercarse hasta él, y de nuevo aquella voz cálida susurro en sus oídos….

Salto del lomo de aquel Ixonidas, y desenvaino su espada, manteniendo lista la punta del cayado de su padre.

Los ojos de aquellos Ixonidas eran fieros, nada comparado con las pinturas en vasijas, y relatos contados. Aun a pesar de haber visto sus figuras en pinturas, no era la misma sensación estar parado frente a tres de ellos. Eran más altos que los barbaros de las islas heladas, montados a caballo. Sus pieles eran rojas, y morenas. Sus cabellos negros, y sus ojos tan desafiantes como los de un dragón.

El fuego reflejado en las paredes de la caverna los hacía lucir mucho más temibles. Pero había vencido a gigantes, y ciclopes, tantas criaturas, y no iba a doblegarse ante ellos tampoco.

Permanecieron en silencio, y mirándose durante largos minutos. Los centauros sabían tomar su tiempo, y eso era algo que solo con experiencia se adquiría.

 

-Eh visto a tu guardián volar hasta nuestra morada. Magia antigua y poderosa eh visto en el. Blanco como las estrellas. Ningún humano o demonio posee el color del universo.-Dijo uno de los centauros, el más alto de ellos. Era tan viejo como los otros, podía ver los estragos del tiempo en su rostro, pero su cuerpo era poderoso como el de un grandioso guerrero.

-Pero ni las estrellas aladas pueden andar por nuestras tierras sin ser cuestionadas. Mis vigías te vieron entrar al desierto,  el cielo mismo me había dicho que vendrías. Los hijos del espejo nocturno lo previeron también.

-Vadirr, de Esparta.-Envaino su espada, e hizo una ligera reverencia, sin perder la concentración en el movimiento de los seres frente a él.

 Los Ixonidas reaccionaron un tanto sorprendidos, sin embargo no retrocedieron.

-Y que quieres aquí, Vadirr de Esparta. Suficiente arena hay en las fronteras de tus nuevos dominios.

-Folo, me ha pedido ayuda. Y así eh venido a ti.

Los Ixonidas se alteraron un poco, algo les había molestado. Excepto el que se encontraba al frente de ellos.

-¿Dónde está mi caballo?

­-¡No tienes poder para exigir algo que ha caído en tierras ajenas!- Uno de ellos, el más joven se adelanto con violencia apuntándole con una extraña espada de roca roja y negra, que se torcía y terminaba en una filosa hoja transparente.

Vadirr permaneció inmutable, con la espada enfundada, sin embargo estaba listo para cualquier cosa.

-¡Basta!- Dijo el mayor.- Déjenme solo.

Basto una mirada de aquel centauro para apagar la protesta que estaba a punto de emerger por parte del más joven de ellos. El otro simplemente salió de la caverna.

-Así que es Folo, por quien has venido….

 

Aquella conversación fue mucho menos tensa, sin embargo, la inquietud que crecía con fuerza en el interior de Vadirr estaba a punto de estallar, pero con inhumanos esfuerzos logro terminar el dialogo sin precipitaciones. Había contado solamente la situación por la que pasaban los reinados de Sol, y la frontera defendida por Folo y los Ixonidas bajo su mando.

Vadirr aprovecho la distracción del centauro, quien observaba el desierto obscurecerse mientras la tormenta avanzaba. Cerró sus ojos, respiro profundo intentando ver la ubicación de Skinfax.

-El estará bien. Llegara en un par de horas.

Vadirr se sintió incomodo, ¿era acaso que ese Ixonidas podía leer el pensamiento con tanta facilidad?

-Ambos defendemos nuestros pueblos. Y sabrás tu, lo que  me pides costara muchas vidas.-El Ixonidas lo miro con profundidad. Era algo lógico, Vadirr solamente estaba arriesgando su vida, pero aquel líder, pondría en riesgo las vidas de su pueblo.

-Dime tu, caballero del Egeo, ¿Cómo envió yo al abismo a mis hombres, sin si quiera prometerles un tesoro?

No podía llevar esos hombres a la batalla por nada. Tenía que ser astuto, o perdería la oportunidad.

-¿Qué es lo que siempre has deseado?

-¡No hagas preguntas que no llevan una buena respuesta. Ninguna sabiduría podría jamás responder aquella pregunta!.- El líder Ixonidas parecía muy molesto, si volvía a cometer un error, seguramente no saldría pacíficamente de aquel lugar.

-Dime lo que tú y tu pueblo necesitan, y yo te lo daré.

-No eres tú el rey de Sol para hacerme esas promesas.- El centauro golpeo el suelo con sus patas y la base de su lanza, acercándose.

-El rey Forset me necesita tanto como a ti en este momento.

El centauro lo miro pensativo. Retrocedió y miro de nuevo hacia un nuevo relámpago que estalló en las nubes, más cercanas cada vez.

Pod Enet, fue el centauro que sería su guía en su estancia en las rocas rojas. Quirón le vería mas tarde en la sala principal. Sin embargo Vadirr, había permanecido vigilante a la llegada de Skinfax. Pero la noche arribo y ni si quiera los había visto en la lejanía.

Pod, era casi una estatua. Permanecía grandes periodos de tiempo sin moverse, apenas respiraba, y su voz era extremadamente ronca debido quizás a la falta de habla.

La inquietud había regresado con más bríos a Vadirr. Le había dicho a Quirón, que no tocaría su comida, hasta que Skinfax estuviese de vuelta. El líder centauro no apelo aquella decisión, sin embargo tampoco trato de alentarlo, quizás por la naturaleza fría de los Ixonidas.

Pod, le condujo por una complicada ramificación de la montaña, que conectaba por lo que parecían ser los aposento de el resto de su raza. Avanzaron por un pasillo muy ancho que los condujo hasta una gran sala. El techo era infinitamente alto. Había antorchas produciendo la luz. Y una gran mesa de madera en el centro. Había mucha humedad en los muros a causa de las enredaderas que trepaban por la roca, habían encontrado la forma de mantener viva la vegetación en aquel terreno tan árido. Había decenas de platillos ahí servidos, todos con extraña comida, que en su mayoría eran vegetales, plantas coloridas y frutas raras.

-¿Cómo planeas llegar hasta sus filas?- Dijo Quirón, tras haber terminado la comida. El resto de sus hombres continuaban comiendo.

-Debemos atravesar Bulgaria, y al llegar a la frontera norte de Yugoslavia ascenderemos el camino hacia Hungría.

-Podríamos cruzar por Rumania.- Sugirió Cáscan, uno de los Ixonidas cercanos a Quirón.

-Rumania es un sitio complicado, lleno de montañas y abismos. Además, las criaturas que ahí moran son tan obscuras como las mismas entrañas del infierno.

-Si temes al enemigo, ¿entonces qué es lo que haces luchando?-Contesto Cáscan desafiante.

-Es él quien conoce mejor esas tierras, y ha sido a él a quien eh consultado la ruta.-Quirón a pesar de ser un fiero líder, era increíblemente disciplinado, y no consentía una sola falta en sus hombres. El joven centauro bajo la cabeza resignado y resentido tras la respuesta de su líder.

Quirón permaneció en silencio durante casi un minuto, su mirada lucia perdida, sin embargo los demás Ixonidas no parecían notarlo. Entonces torno su mirada hacia Vadirr.

-Ven conmigo.- El líder se puso de pie, y Vadirr hizo lo mismo. El centauro parecía algo preocupado puesto que avanzaba rápidamente.

Pod Enet, el Ixonidas que custodiaba a Vadirr salió de la caverna también. Esta vez por una ramificación distinta, que los condujo hasta el exterior. La tormenta ya estaba sobre las montañas, apenas una brisa fría acariciaba su rostro.

-Quiero uno de los secretos de libro de Sol…-Quirón observaba hacia la tormenta y un relinchido apareció de entre las sombras. Skinfax cabalgaba a gran velocidad, mientras un par de Ixonidas le intentaban alcanzar.

Vadirr contuvo el impulso de ir tras el corcel.-Ese libro ha sido prohibido para todos, es por ello que esta guerra comenzó.

-Solo reclamo lo que nos pertenece, quiero uno de los secretos de mi raza, que fue escrito  en el libro de Sol.-Los centauros provocaron con un encantamiento que un agujero se abriera en la arena y Skinfax quedo atrapado súbitamente. Vadirr intento correr hacia la rampa que descendía todos los niveles de la montaña, hasta donde se encontraba su caballo, sin embargo Pod Enet, se interpuso en su paso.

-Me debes la vida, y Forset me deberá un gran favor. ¡A Folo se le concedieron las bastas tierras del este, así que exijo lo que nos pertenece!.- Skinfax intentaba liberarse de las cuerdas que lo apresaban mientras los Ixonidas intentaban derribarle. Vadirr desenvaino su espada. Iba a enfrentarse a cualquier número de enemigos sin importar nada, y aun cuando muriese sus ancestros llorarían muchos mares por sus pérdidas.

-Libéralo

-¡No puedes luchar tu solo, malagradecido!, ¡harás que Forset me entregue un secreto del libro o tu caballo no volverá a Esparta!

Forset jamás le iba a entregar uno de los secretos. Pero si no lo hacía, Quirón dañaría a Skinfax. Tendría que conseguir ese libro, a toda costa.

-Está bien…

-Jura que entregaras ese secreto, o tu pueblo verá su fin en tu traición Vadirr de Esparta, estas montañas son solo una cuarta parte de mi pueblo. Inundare tus calles con mis Ixonidas, hare que te arrepientas por mentirme.

-¡Lo juro!

Quirón asintió hacia Pod Enet, y este se retiro. Vadirr descendió por la montaña a gran velocidad hasta donde se encontraban los centauros forcejeando con Skinfax.

Vadirr apunto hacia los captores con la punta del cayado que se extendía como el mango de su espada. Estos se tornaron hacia Vadirr, solo para retroceder bajo el rayo de luz blanca que golpeo en sus rostros, sin embargo uno de ellos se abalanzó sobre él. Vadirr agito su cayado arrojando a la pesada criatura varios metros más allá sobre la arena.

Los grilletes de arena librearon a Skinfax, y Vadirr lo alejo de los centauros. No tenía heridas ni ninguna lesión, pero estaba muy alterado.

Vadirr acaricio su crin, mientras observaba a los centauros que aun no se recuperaban del encantamiento.

Quirón observaba desde las alturas, como un rey observa un espectáculo. Aquella primera impresión era solamente una ilusión. Era tan frio y engañoso como los gigantes de Mani, sin embargo, había jurado conseguir uno de los secretos Ixonidas en el libro de Sol, y tendría que hacerlo, de otra forma, sería el fin de Grecia.

 

CAPTIULO 4

El mensajero

Pasamos tres días en cabalgata ligera atravesando el complicado desierto. La tormenta no había cesado, más bien, había extendido sus fronteras mucho más allá de las montañas de roca, y  posiblemente había llegado a Bulgaria.

Skinfax había tomado un baño en el manantial de las rocas rojas, en las montañas de los Ixonidas, había recuperado por completo sus energías, sin embargo, Vadirr había preferido no mantener comunicación con ninguno de ellos.

La cabalgata acelero al alcanzar el estrecho cruce con Bulgaria. Ahí la arena permanecía firme, a diferencia del desierto, el cual parecía haberse convertido en una gran laguna gris.

Tras un par de horas, alcanzamos la primera guardia. Un grupo de cincuenta hombres griegos mantenían la guardia en la avanzada que habían construido. El resto del pueblo había sido replegado hacia Tesalia y Macedonia.

-¡Iré al frente!.- Quirón únicamente lo miro, sin embargo Vadirr ya se había adelantado. Skinfax era notablemente más rápido que los Ixonidas, la crin blanca y su pelaje hermoso era muy conocido entre los griegos.

Atravesó los campos de trigo solo, puesto que los centauros habían disminuido la velocidad. La caricia de su vegetación, el aroma fresco de aquellas tierras le hacía sentir tan…..libre.

El clima estaba más húmedo y frio de lo normal a causa de las tormentas en el país vecino, pero ahí estaba de nuevo el escudo blanco de los pueblos de Sol. Firme y digno ante la inminente catástrofe que se acercaba. Aquella avanzada era el reflejo de la valia del pueblo griego. Su valor y su sacrificio aun a pesar en las batallas que no podían ser ganadas.

Las puertas de la fortaleza se abrieron con lentitud, pues eran pesadas. La multitud de hombres le esperaban adentro en la plaza principal. Donde un hombre, en el centro, de barbas negras y algo canosas lo observaba con todo el sentimiento que permanece callado pero latente en el corazón de un soldado de Esparta.

Helenus apenas sonreía, lo cual era casi gracioso pues el resto de su rostro era áspero y fuerte, casi agresivo y templado como las rocas y el metal.

No podía quedarse demasiado, aun debían partir  Yugoslavia, no estaba seguro del estado en el que se encontraban aquellas tierras, pero contaba con que aun existiera alguna bandera de los pueblos de Sol ahí, de otra forma, sería imposible llegar a Hungría a tiempo, antes de que las filas de Mani alcanzaran a Folo y sus hombres.

-Había tardado demasiado en volver.- Dijo Helenus acercándose a tomar el caballo, sin embargo Vadirr negó con la cabeza.

-Necesito a cuatro hombres para cabalgar hasta Hungría.

Los soldados permanecieron callados, confundidos. Ninguno en su sano juicio se adentraría en los territorios de la noche. No con un ejército tan pequeño.

-Yo, tengo hijos señor….-Dijo uno de los hombres que retrocedió de inmediato ante la requisicion.

-Entonces regresa a Macedonia Polonius, no tienes nada que hacer en las fronteras si temes morir.-El hombre quedo avergonzado. Vadirr los entendía, eran griegos solamente, los hombres de las ciudades no habían crecido en el fervor de la batalla

-Yo iré señor.- Oni dio un paso al frente, sin titubear ni vacilar. Era el único de todos sus hombres quien aun en los días de descanso llevaba el escudo en un brazo y la lanza en el otro. Su mirada era la única que brillaba de sed por servir a su líder, y no de miedo a morir. El único que veía una oportunidad en esa misión, en vez de perdición. Pero era demasiado joven…

Oni lo miraba esperanzado, tan ansioso, sin tan solo pudiese prometerle que iba a regresar.

  -Junta a diez de mis espartanos en la ciudadela. Deben estar listos al anochecer.-Pudo ver el mismo brillo en los ojos de Helenus que en los de Oni, sin embargo la impotencia parecía embargarlo por completo.

-Espero que no olvide que iré con usted al mismo infierno, señor.

-No puedo permitir que me sigas esta vez Helenus, Grecia necesita de tu brazo y yo te necesito aquí para estar tranquilo. Eres mi mejor hombre, y es por eso que puedo partir sin sentir que nuestras tierras se desmoronan.

Helenus puso un brazo en su hombro, y lo miro como jamás lo había hecho, ese rostro de hierro se desvaneció para dibujar solo preocupación e impotencia. No había ido a ninguna batalla, ni una escaramuza si quiera sin contar con Helenus a su lado derecho, hombro con hombro en cada momento.

-Se que tendrá que partir muchas veces mas, para poder decirnos adiós.-Vadirr le sonrió y este tras una última mirada se alejo. Dio media vuelta, se dirigió hacia las caballerizas, donde partiría hacia el pueblo más cercano en el que se encontraban descansando algunos hombres de las tropas Espartanas.

Los centauros alcanzaron la fortaleza un minuto después. Sus hombres los miraron un tanto tensos y atemorizados ante la imponente presencia del ejército de Quirón, con sus rostros toscos y gigantesca altura, su piel roja y la pintura en sus brazos. Ese odio en sus ojos, escondía un pasado que Vadirr no conocía, no era un resentimiento normal, llevaba las heridas del tiempo.

-No entraremos a tus edificios. Esperaremos afuera.-Quirón dio un golpe con su lanza, provocando que los Ixonidas se alejaran de la fortaleza y su líder con ellos.

Podía entender perfectamente la actitud de su líder, protegía a toda costa a sus hombres, sus costumbres. Era su similitud con Quirón la causa de que se repelieran.

Los hombres se dispersaron un tanto confundidos y muy cabizbajos tras no tener el valor de seguir a su líder. Vadirr cabalgo hasta la habitación donde solía descansar en aquel fuerte. Necesitaría varias cosas en aquellas tierras frías.

Tras la llegada del atardecer, Vadirr cabalgo de regreso hasta la plaza central, sin embargo avanzo despacio por entre las calles, tomando la ruta más larga posible. Quería observar cada calle, cada detalle de sus construcciones, el aroma de sus tierras. El relieve de la roca tallada por las manos de su gente, el color del suelo bajo sus pies y la luz del atardecer que se colaba por entre las cornisas y los pilares de esa ciudad.

Skinfax había bebido y comido sus frutas, jugo y carne favorita. Vadirr cepillo su pelaje, y masajeo cada musculo con un ungüento hecho de semillas de Libia. Quizás pasaría un año antes de que pudiesen volver de aquella hazaña, en las tierras frías.

El había comido las manzanas verdes, que solo crecían en las matas de Atenas. Las uvas blancas como los pilares de los palacios en Tesalia. Bebió el agua de los ríos de cristal traída desde Macedonia.

Entonces, la estatua del Clérigo Mercante anuncio la presencia de la plaza central. Había diez hombres con capas rojas y cascos dorados, sus lanzas espigadas y sus escudos resistentes colgando de sus espaldas. Los diez caballos más veloces y briosos de toda Grecia eran las saetas que conducirían aquellos espartanos hasta las puertas de Mani. Pero había uno más. Un caballero notablemente más pequeño y escuálido en comparación de los guerreros de capas rojas. Su vestimenta era muy distinta, blanca y fina. Se encontraba relegado del grupo de los valientes espartanos que esperaban por las órdenes de su líder.

-¿Quién eres tu?.-Dijo Vadirr al estar suficientemente cerca para responder su propia pregunta.

-Fine Anuril, señor. El mensajero de Forset.-El chico no pareció intimidado ante la presencia de Vadirr. Lo miraba directo a los ojos, con el cuerpo erguido.

-Los mensajeros llevan cartas, y aunque usases espada no vendrías con nosotros, eh solicitado únicamente la compañía de mis hombres. Vuelve a Roma ahora, y perdonare que no lo hayas hecho el día en que te lo pedí.

Vadirr avanzo hasta sus soldados, cuando la voz un tanto temblorosa del chico llego de sus espaldas.

-No puedo volver, señor. Tendrían que regresar mi cuerpo sin vida, pues mi corazón permanecerá en este lugar.

-El más débil de mis soldados acabarían contigo en su peor día. Eres un niño, y ni si quiera llevas una espada. Serás un estorbo mas haya que una ayuda. Vete de aquí, o te colgare de la roca más alta, donde los buitres tengan que mirar arriba para poder comerte.-El chico retrocedió un poco, pero su rostro aun permanecía digno.

-No puede alejarme, les seguiré hasta que las pesuñas de mi corcel se hayan reducido a cenizas. Y mi piel haya ardido lo suficiente como para que entienda, que su poder está lejos de doblegar el amor que aquí eh encontrado. Y tal vez si regreso con vida, pueda aceptarme como uno más de sus hombres en estas tierras, pero deseo probar que merezco vivir aquí.

Sus soldados lo miraban expectantes, nadie osaba retar Vadirr sin abrazar la muerte después.

Era solo un niño, pero si no lo llevaban con ellos, seguramente encontraría la muerte entre los horrores del camino.- Serás nuestro mensajero y vigía. Deberás seguir mis órdenes, sin titubear, o hare que te arrepientas por haber hecho tan testarudo juramento. Denle una espada.

Vadirr cabalgo hasta la salida, donde la multitud de centauros lo esperaban ya, tan silenciosos como el desierto. Vadirr ordeno a sus hombres avanzaran hacia el noreste. Miro hacia atrás, donde en la plaza central, un hombre de barbas negras y profundo remordimiento los observaba partir, a su eterno compañero, quizás esa sería su callada despedida. Una jovencita despedía en lágrimas aquel mensajero de Roma, quien no prestaba más atención que a los hermosos ojos de aquella mujer. Oni cabalgaba al frente, sin mirar atrás, con su lanza en alto y su casco en dirección al destino que les esperaba. Todos valientes, y esperaba que así permanecieran aun al mirar los ojos de la oscuridad.

Fue así, aquel atardecer de otoño que los cinco hombres de Esparta, aquel mensajero romano, y los Ixonidas de arena, abandonaron sus hogares, para encaminarse por un brumoso sendero. Donde en secreto avanzarían al norte, para enfrentar a las fuerzas de Mani, justo en las puertas de sus propios palacios.

 Nota: No presten mucha atencion a la seria confusion en cuanto a los puntos cardinales XD eso se arreglara.

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