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Suaves por naturaleza ígnea, llamativos por su calidad de cómplices, nos arropan del rubor del embeleso, de las trágicas injusticias, de la crueldad destilada, de la soledad manifiesta.
Abrevando siempre con nuevos bríos en un roce distinto, la temperatura va subiendo en la calidez del juego donde entornan la pasión que prodigan sin esperar nada a cambio; sólo regalan el aliento vital al desatar las caricias apresadas en cada suspiro y, en el placer de estrechar con su tersura, olvidan el mundo por entero.
Se deslizan con la calma afectuosa de quien no tiene nada más que perder; con la gracia de quien alcanza una gloria que redime la existencia; con el ardor de quien vive cautivo por un goce compartido sin miramientos; con un guiño rotundo en la entrepierna.
Son el pan, el vino, el alimento del desamparado; dueños de una boca que abre el caudal de los deseos contenidos, son el aliciente que invita a seguir besándolos, pues son ellos, los labios de la mujer amada.
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