Los frutos del abuelo...

 

 

Atravesaba la sombra de las parras y tras ellas, te encontraba entre los árboles con tu rostro curtido por el sol. Siempre te levantabas bien temprano, y sentándote en el patio dejabas que sus rayos acariciaran dulcemente tu piel. Allí arriba me parecías ser cualquier cosa menos un hombre, te veía como un ángel, perdido entre las hojas, rescatando las más tiernas, dulces y jugosas, las más grandes, siempre para mí...

 

Desde abajo te miraba, siempre desde abajo... Te observaba ensimismada como si de un cuento se tratara, como si fueses un dibujo maravilloso del que no me quería despegar. Cuando te percatabas de mi presencia, me mirabas, sin palabras... y yo te regalaba mi sonrisa, sin palabras....

Mientras, tus manos no paraban, casi a ciegas ibas dejándolas en el cesto de la abuela, un cesto que por cierto me encantaba, solía jugar con él, hasta que la abuela entre gritos me reñía:

  • ¡Lo vas a romper!... ¡deja ya de jugar con él...!

Aunque no era partidaria de dejarlo así como así, no me quitaba ojo de encima hasta que lo soltaba, así que... no me quedaba más que entre dientes, dejarlo en el aparador.

Nunca entenderé qué cosa podía pasarle al cesto, nunca de nada lo llené, aunque para mí siempre estaba lleno de los frutos del abuelo, jugaba a ser él, a repartir su fruta, a venderla entre los pasillos de la casa, entre los mercados de mi imaginación, pero bueno según abuela... ¡su sitio vacío era el aparador! y yo para no enfurecerla más de lo preciso allí lo dejaba.

 

Te miraba bajar sorteando rama y rama, para mis adentros yo rezaba porque al suelo al fin llegaras y que ese sueño tuviese el final que debía tener, bajar con el cesto bien cargado, repleto de hermosísimos frutos amarillos. Mis ojos hacían chiribitas ante el cesto, con la luz del sol parecía contener bolitas de oro, me cegaba su color, su viveza... y tú lo llevabas entre tus manos como si de un tesoro se tratara, con orgullo, entre risas...

 

Acercándote el cesto al cuadril, cogías mi pequeña mano y nos marchábamos a la ladera del huerto, nos sentábamos en la tosca y seca tierra y sacando tu navaja afilada, trozos y trozos me dabas...

¡Qué dulzor! ¡Qué sabor!

 

Miro el frutero en la mesa del salón, y sigo viendo un buen kilo de ciruelas, pero ya no de las tuyas, tu ciruelo secó cuando dejaste de encaramarte en sus ramas, y sigo viendo un buen kilo de ciruelas, pero no de las tuyas, porque lo bueno de las tuyas era ver como con tus manos, con tu calor, con tu amor, rebuscabas las mejores, para que siempre supiese que estaba en tu corazón.


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