LOS AMORES DE LUPERCIO Y TRÍPTICA

Categoría(s): NARRATIVA

Nunca hubo paz en esa casa.  Era tanta la alharaca que ni siquiera se podían oír los grillos ni los sapos cuando cantaban pidiendo que lloviera.  Era tanto el ruido que hacían insultándose,  maldiciendo su estirpe que las voces eran como truenos,  como volcanes estallando.  Tanta era la trifulca que los grillos y los sapos prefirieron irse hasta el otro pueblo,  como a veinte kilómetros más al sur. 

 

Lupercio  se llamaba el hombre y Tríptica la mujer.  Se habían casado,  dicen,  cuando caía un torrencial aguacero y las gotas se enterraban como espinas en la piel.  Los perros tuvieron que esconderse y los puercos que gozaban con el lodo,  se guarecieron bajo los aleros de las casas.

 

“Sí,  señor.  Usted que no es de por aquí,  debe saber que esa pareja era tan terrible en sus iras,  como insólita en sus amores. 

 

Hace tiempo que llegaron a Pesé,  así se llama este poblado.  Vinieron cuando el cielo teñía de un color rosa la copa de los árboles.  Las nubes parecían carruajes y el sol era como un corcho flotando en un estanque.  Los trajo un carro,  de los primeros que anduvieron por estos lares.  Traían poco equipaje.  Ella no paraba de hablar y él sólo la miraba con los ojos entrecerrados como los grillos brincaban sobre la hierba crecida.

 

Aquí se arrimaron sin hijos.  Pero no crea que ella iba a permanecer así mucho tiempo.  Parió doce chiquillos,  uno tras otro,  en silencio,  sin proferir ni un lamento.  Mordía sus labios y se marcaba los dientes en el borde inferior hasta que saltaba la sangre.  El marido sólo la miraba,  mientras la comadrona le arrancaba de las entrañas la docena de hijos que sembró después en todo el territorio.

 

Tríptica se hacía trenzas y se togaba con vestidos de amplio vuelo.  Lupercio usaba los pantalones en la pantorrilla y cutarras,  sí,  esos calzados hechos de tiras de cuero que puede verme usar también a mí,  un sombrero flotaba sobre su pelo y en sus manos no dejaba de farolear un cuchillo.

 

Por aquellos tiempos no había bandoleros como los de hoy en día.  Eran sujetos decentes,  con dignidad.  Nunca violentaban a las mujeres ni asesinaban a los señores.  Miraban sobre el hombro y se montaban al caballo.  Tríptica era experta en poses grandilocuentes.  Se erguía con las manos en la cintura y los forajidos miraban su busto,  redondo y turgente y  les latía en el estómago un estupor cuando la hembra zarandeaba sus caderas,  pero el rostro ceñudo y atrevido,  espantaba a los más pintados.

 

Lupercio era un hombre muy alto.  Su cabeza topaba con los dinteles de las puertas de las pocas casas que había en esos tiempos.  Le gustaba el ron y la poesía.  Cantaba hasta bien entrada la madrugada con cuatro amigos que vivían cerca del río.  Hay quien dice que cierta vez,  antes de una pelea,  en un acto de caballerosidad estrechó la mano de su contendiente para alertar que la rabia no perduraría después del pleito y sólo se oyeron los gritos por todo el pueblo,  porque la mano de Lupercio era tan grande que le rompió todos los huesos al rival y allí se terminó la pelea y comenzó la fama de triturador.

 

Ellos se asentaron aquí y pronto tuvieron su propia cosecha de yuca,  de maíz y de papas.  Allá donde se ve ese cerro,  era el límite de sus sembradíos.  Por la tarde,  cuando el cielo se tiñe de púrpura y el crepúsculo arranca vapores a la tierra hirviente,  Lupercio y Tríptica caminaban por todo ese monte tomados de la mano.  Toda la siembra era dibujada en sus pupilas y dicen algunos que sus ojos hacían que las raíces pesaran hasta veinte libras por cada rubro. 

 

Yo no sé,  pero estos dos siempre eran algo singulares. Llegó un momento en que se comían los grillos.  No porque les faltara alimento,  sino por rabia.  Era tal el encono,  que cada vez que su furibunda energía les resoplaba en la cara,  pegaban carrera contra los matorrales para engullirse los saltamontes y a los rastrojos.  Por allí,  una vez,  en la bodega,  escuché que hasta sapos se atragantaron estos locos.  La vieja Celia aseguraba que esto les pasaba cuando le saltaban los hijos en las bolas a él y ella que los llamaba desde la oscuridad de su vientre.

 

Por lo demás eran buenas personas.  No iban a misa,  pero eso no quiere decir que no creyeran en Dios ni en la Virgen ni los ángeles.  Yo mismo sé,  porque uno de los santos que está en la iglesia fue una donación que le hicieron a la parroquia cuando apenas la habían terminado de construir y era de barro y paja seca.  Creo,  si no me equivoco,  le llaman San Pantaleón. 

 

De los doce hijos quedan rastros.  Esa roca que puede verse allá,  cerca de la plaza,  frente a la cantina,  la trajo el más pequeño de ellos.  Imagínese si tenía fuerza ese muchacho.  La arrancó de la ladera del cerro,   más allá del final de la calle y la rodó hasta ese lugar él solo mientras lo estimulaban los hermanos.  El desvío del río lo hicieron los doce,  cierta vez que se celebraba el nombre del santo que sus progenitores habían obsequiado al padre Jeremías,  sí,  el de la parroquia.  Estaban borrachos,  cantando y salomando.  Alguien comentó que las lluvias inundarían las polvorientas calles si no se desviaba un poco el curso de la corriente y ellos fueron a buscar piquetas y palas y le cambiaron el rumbo.

 

Era una familia de locos.  Todos fuertes,  grandes y medio torpes,  pero buena gente.  De todo esto hace más de cien años.  Ya todos murieron y no sabemos porque no continuaron con la generación los doce hijos.  Dicen que les cayó una maldición.  Una mujer se enamoró de Ataulfo,  el del medio,  y como a éste no le parecía que una vieja más vieja que su madre le sacara los efluvios,  le gritó delante de todos una noche en la plaza que no se debería fijar en un mozo como él;  la despreció,  riéndosele en la cara mientras le hacía un guiño.  Eran cosas de muchachos locos.  La pagaron todos y ninguno,  absolutamente ninguno,  pudo arrancarle criatura a la nada.   Eso es lo que dicen por aquí.

 

Tríptica,  olvidaba decirle,  mi querido amigo,  era diferente.  Era de temperamento fuerte,  de mucha voluntad,  pero artística y sutil,  era como una gasa,  como un paño de terciopelo,  como un lucero.  Tenía hermosos ojos verdes,  cabello castaño y una voz como sonidos de arpa.  En su cuerpo anidaba la fuerza de los huracanes y en su espíritu la voluntad del viento.  No me imagino qué le miró al atarantado de Lupercio.  Tal vez por aquellos tiempos no había buenos mozos por aquí ni por otro lado,  la cosa es que ella se prendó del rústico hombre,  que más bien parecía un acantilado. 

 

Como le decía al principio,  siempre peleaban por cualquier cosa.  Pero eso fue a partir de un tiempo.  Fue cuando ella empezó a cambiar y ya no podía parir.  Ella quiso tener unos veinte muchachos,   olvidé decirle que todos fueron machos,  pero se le secó la fuente y lo último expelido de su matriz fue una masa sanguinolenta y hedionda,  un domingo de abril por la mañana,  cuando ella alcanzaba unos mangos con una vara y se cayó sobre la tierra dura.

 

Estos eran los personajes más destacados por aquellos tiempos y creo que de todos,  porque nunca ha vivido aquí nadie así.  Pintorescos,  vitales y salvajes.  Finos y estrafalarios,  magnánimos y austeros.  Todos fueron especiales.  Todos murieron hace tiempo.

Bueno,  veo que se tiene que marchar.  Yo también.  Espero que vuelva pronto,  cuando el verano haya llegado de lleno.  Aunque haya polvo,  es por mucho,  la mejor estación del año. 

 

Disculpe,  cuando se marche no atraviese ese vado que acorta el camino y sale a la carretera principal.  Por favor,  no pise los matorrales que se alzan antes de la cerca,  ni los promontorios.   Se lo agradecería porque allí está mi tumba y la de Lupercia.

 



 
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