Locura

Categoría(s): Drama

No paro de mirar las fotografías, y, en todas ellas me sorprende mi forma de reír; mi sonrisa surgía desde dentro, animando mi rostro que no era sino el espejo de lo que bullía dentro. Ahora, en las raras ocasiones en las que lo hago, reír digo, lo hago desde fuera hacia fuera. Con la esperanza de contagiar mi interior; pero este, no se da por enterado. Cuando sonrío, lo hago desde mi “no yo” hacia otro “no yo” al que quiero enmascarar algo que no sé con certeza qué es ni por qué lo escondo. Pero lo cierto es que esa sonrisa ya no me pertenece. No es mía. Y ni siquiera la puedo dominar. Se hace autónoma, y así,  patética en ocasiones, y, en otras arrogante y desafiante, pero no es mía. Se instala, prepotente, en mi rostro mostrando qué no soy, qué no pienso, pero es más fuerte que yo, y, no la puedo dominar. Ya no recuerdo la primera vez que sonreí deshabitándome imprudentemente. Dejando el vacío donde debía estar yo, pero debe de hacer bastante tiempo. Los dientes los enseño sólo para amedrentar. Se han hecho ofensivos, díscolos, y, a veces, chulescos. En ocasiones se cierran con tal fuerza sobre sí mismos que me dan un aspecto más fiero, de modo que, me hacen  temblar las mandíbulas, ya dolidas, a un ritmo arcaico de fiereza animal, de puro ser natural, salvaje, pronto a la celada. Pero no soy agresivo. Así no soy yo. Al contrario; necesito que alguien me escuche, me comprenda, alguien con quien hablar del más y del menos, pero sobre todo de mí.

En esta cama donde me encuentro ahora, transcurro mucho tiempo. Demasiado tiempo. Pero casi no me reconozco. Lucho por salir de este pozo  y asaltar la alacena de mi mente con voracidad, devorar recuerdos, historias, analizar frases. En mi mente se agitan sin cesar pensamientos que aparecen y se van a velocidades de vértigo. Imágenes, sensaciones, a veces dolor. Mucho dolor. Yo trato de retenerlos lo más posible, pero el tiempo del que dispongo es tan corto que vuelo de uno en otro para encontrar al que más me satisface. El que me haga sentir que domino mi mente, y, me traiga el recuerdo, aunque lejano, de que soy yo el que los pienso. Quiero mantenerlo ahí. Quieto. Y dedicarme a él por completo. Pensar, pensar, pensar limpia y claramente antes de que lleguen.
El tiempo es siempre tan corto.
Cuando no lo hacen, me quedo adormecido con mi rosario de sueños preconcebidos, inventados, artificiales pero amigos. Un reguero de sueños que he soñado miles de veces, sueños que no me traicionarán. Que ya conozco. Sueños en los que puedo ser mejor, comprensivo. Sueños en los que mi natural bondad surge sin que nadie lo impida. Tengo uno para cada ocasión y necesidad de mi alma. Casi todos para satisfacer mi ego, sueños donde yo soy el universo,  la alma máter. Donde el imprescindible y yo somos uno y la misma cosa. Sueños donde la vida transcurre lenta, sosegada, sin malicias, sin  emboscadas. Como un gran río de aguas mansas y profundas. En fin, una colección de deseos incumplidos, de vidas por vivir, de seres sin ser, donde me refugio justo antes de que lleguen ellos con la esperanza de que la eternidad se convierta en un instante límpido. Creo que soy modesto, o al menos lo habría sido si solo me hubiesen dado la oportunidad. Pero oportunidades no he tenido muchas. La gente es tan rara.
A veces me siento como un punto entre dos frases; con sentido pero sin significado. Adquiero forma y sentido solo en función de lo que hay antes y después de mí, pero nunca por mí mismo. Sin nada antes, y, sin nada después, solo sería un manchón en una página en blanco. Un manchón que estropea la misma página en donde se encuentra, el mismo suelo que pisa, la misma vida que vive. Un estorbo en la nívea sensación de vida.
Pero debo darme prisa, debo seguir pensando antes de que esta cama en la que me encuentro se convierta en mi mundo, en todo mi mundo. Antes de que aparezcan y se lleven mi cabeza, mis recuerdos. Antes de que las fotos colgadas de la pared me proyecten la imagen de otro. Antes de que mi sonrisa más ajena vuelva a instalarse en mi rostro, y, lo que me queda del “yo”, de mis ideas, de mi mente sea relegado a puro soporte psíquico desde donde tener que luchar para volver, devanando y componiendo los retazos más dispares de un yo deshecho.
El tiempo es tan corto...
Una vez tuve un reloj. Pero no nos llevábamos bien casi nunca. Solía avanzar veloz e implacable como un torbellino. Yo no quería que lo hiciese, quería frenarlo ansiosamente, pero era imposible. Otras veces, las más, languidecía en mi muñeca. Derritiéndose lentamente se derramaba sobre el suelo sin que yo pudiera evitarlo. Las manecillas se tornaban en retorcidas ramas que crecían rápidamente para  luego convertirse en lúgubres vigas de hierro y al final en puentes enormes que pendían en el espacio, inaccesibles, y que no llevaban a ninguna parte. Me hacía daño, y, yo corría para olvidarlo. Huía  sin mirar atrás escuchando en mi cuello su lento y potente tic-tac.
Tuve que matarlo. Sé que no se debe hacer, sobre todo si se trata de un regalo, pero no tuve otra opción. O él, o yo, y opte por mí.
Ahora mido el tiempo por los latidos de mi corazón. Ellos siguen mis pautas. Me animan cuando lo necesito y se sosiegan cuando necesito paz. Están siempre conmigo. Pero, hay algo que me inquieta; no sé si en el cómputo global de mi vida vale lo mismo un latido de felicidad o un latido de pura tristeza. Puede parecer una tontería, pero no lo es...

Ya llegan. Los oigo desde el final del pasillo. Ellos creen que no hacen ruido, que son sigilosos, pero yo los oigo muy bien. Puedo oír como respiran, sentir el calor de su aliento, su olor. Hoy han comenzado tarde y aún tienen varios más, antes de que lleguen a mí. Y cuando lo hagan, llegar a mí digo, no debo oponer resistencia, debo ser condescendiente, seguir diligente sus peticiones. Suelen hablarte tranquilamente y, sonreír. Se acercan con sigilo envueltos, como ángeles, en sus blancos ropajes,  como si nada. Hacen como que son tus amigos y cuando menos te los esperas, ¡zas! Se te echan encima. Todavía tengo tiempo de escoger mi sueño, aún les quedan varios más, antes de que lleguen a mí. Luego, aparecerá el otro. Ese ser que detesto profundamente, que duerme conmigo y se aprovecha de mí, come y babea a la vez, y, sonríe. Sonríe siempre. Ese que tanto se parece a mí, pero que no soy yo. Ese que aparece después de que ellos se van.

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Comentarios:

Escrito por: matilde       01/05/08 05:58
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Me impresionó la realidad de tus palabras que galopan sobre mi mente...a veces perturbada. Son los sinsentidos de los locos?...de los raros? o los cuerdos?...querer atrapar las fotografías...los recuerdos,los retazos de una vida de mil vidas....
Excelente,magistraltu escrito, deambulé por el camino de tu mente,y te escuché!!! talvez en la necesidad de ser oída. besos Matilde
Escrito por: Osvaldo       29/04/08 23:26
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Profundas reflexiones. Tal vez sea el momento de replantearse la forma cómo invertimos nuestro tiempo. Revisar nuestra escala de prioridades, diseñar un plan de vida nuevo.
Muy bien escrito.
Páginas: 1

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