Cuando ingresé por esa puerta, de inmediato me sumergí en viejos recuerdos aunque el sitio fuera nuevo para mí. La compañía también lo era: Un nuevo viejo amigo, el gran bardo en compañía de dos de sus acólitos, muy simpáticos y eruditos.
Cinco minutos antes nos habíamos encontrado en el lugar de la cita. Yo había llegado adelantado, según mi costumbre, para estudiar el terreno y observar el arribo de mi ocasional camarada. Lo vi llegar sólo y mirar a la redonda como buscando a alguien. Yo sabía que era a mí, por supuesto. Decidí esperar un poco antes de acercarme, entonces cogió su celular y marcó mi número. No me había visto aún. Cuando le dije que estaba al frente y que iba a su encuentro, llegó un muchacho al que al parecer estaba aguardando también. A los pocos segundos arribó una chica que también sería parte de la velada literaria. Yo estaba seguro que Aurelio propondría ir al 630 del jirón Zepita y no me equivoqué. Resultó que está a sólo tres puertas del Chinito, conocidísima chingana asiduamente frecuentada por mi hermano, a quien acompañé muchas veces en los tiempos en que este estudiaba en la Villarreal, a dos cuadras de distancia. Al bajar del taxi pude reconocer los aromas de los excelentes emparedados de chicharrón de cerdo, los jamones serranos y norteños por los que esa esquina es famosa, además de las interminables tardes de cerveza y política que pasé allí.
El sitio es igual a como lo describe el vate en su inmortal Insomne. Nos apoderamos del compartimiento del fondo, el cual debió ser trapeado con un desinfectante tan fuerte que fueron necesarias unas mascarillas para posibilitar la respiración durante los tres primeros litros de cerveza. Escogí, como siempre, una silla frente a la puerta y de espaldas a la pared. Jamás le doy la espalda a una puerta, algo que podría ser fatal especialmente en un antro como aquél. Aurelio pidió música y se sucedieron innumerables piezas de todo género que nadie escuchaba pues nos dedicamos a la tertulia. Yo estaba preparado para responder todas las preguntas que sabía me harían mis tres compañeros. Fui interrogado sobre todo tipo de tópicos y observado con curiosidad académica pues, imagino que para ellos era una experiencia inusual tener al frente a un representante de la generación de sus padres o incluso más viejo, dispuesto a discutir y departir de todo, sin tapujos ni tabúes.
Los muchachos se comportaban muy correctamente, haciéndome incluso sentir mayor tratándome de usted.
Para qué voy a mentir, yo también tenía gran curiosidad por ellos, por saber cómo piensan, cómo actúan y qué esperan de la vida.
La música cada vez sonaba más fuerte y en el suelo contra la pared, habían alineadas como tres metros de botellas vacías de cerveza. Al parecer en éste bar contabilizan el consumo por metros y no por cajas, como es costumbre en otros sitios. Me pareció una idea muy original y divertida.
La conversación fue de lo más amena y abarcó todo tipo de tópicos, desde educación inicial hasta geopolítica, pasando por fútbol y box.
Siendo fanático de este deporte, el amigo de Aurelio no sabía, que aparte de Mauro Mina, hubo un peruano, el inmortal Romerito, que combatió en el Madison Square Garden de Nueva York, contra Ray Boom Boom Mancini por la corona de los medianos, ¿o sería de los ligeros? Y que estuvo a punto de noquearlo cuando, en un descuido, recibió un terrible uppercut en la quijada que acabó con la pelea, con Romerito y las esperanzas de todos los aficionados peruanos. Se esfumó el sueño de gloria, como desgraciadamente nos pasa en todos los deportes, con cierta acostumbrada regularidad. Mi amigo higadito diría que la derrota es un deporte nacional.
También conversamos sobre la inviabilidad de nuestro Perú y hasta de política. Raro que una reunión en la que se tocan esos temas, que deben ser dejados de lado para evitar seguras y agrias discusiones, como política deportes y religión, se desarrollara en forma pacífica, amena y fraternal. Ayudó sin duda, las cantidades navegables de cerveza que consumimos, aunque alguien sostenga que fueran sólo seis docenas.
Todo iba muy bien y el coloquio muy serio, hasta que se apareció en la puerta de nuestro apartado, ya bien entrada la noche, un par de simpáticos personajes con fuerte acento español. Uno llevaba un extraño y anticuado sombrero bombín, que afirmó llamarse Joaquín y presentó al otro, un poco mayor y con una guitarra en las manos, como su primo el Nano Luego de hacer bromas de toreros, de Chávez y del rey, y de tomarse cada uno dos botellas de cerveza, que les fueron invitadas por Aurelio, se ofrecieron a cantarnos unas rancheras, a lo que no pudimos negarnos en medio de tanta algarabía.
Y nos dieron las diez, y las once, las doce y la una, hasta que al amanecer nos encontró
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