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Un grupo de amigas a las que les gustaba investigar y jugar con viejos libros de magia negra, decidieron ir al cementerio para realizar una ceremonia de reencarnación.
Según la antigua tradición del pueblo, la puerta del lugar debía permanecer abierta, era una práctica dejarla así, para que las almas de los difuntos entraran y salieran a voluntad. Eran ritos de muy lejana costumbre. Por muchos años la puerta del cementerio estuvo abierta.
Las jovencitas comenzaron la invocación a los muertos en medio de un gran silencio. Nadie respondía a su llamado, la noche avanzaba y el frío se hacía sentir cada momento con mayor intensidad.
Cansadas, con los labios azulados por el clima extraño en ese mes de enero, decidieron dar por terminada la ceremonia. Juntaron sus velas, libros y partieron. Notaron que sus piernas estaban endurecidas, les costaba mucho esfuerzo caminar.
Después de mucho forcejear lograron abrir el portón. Salieron corriendo con desesperación. A los pocos metros se dieron cuenta que faltaba una de las chicas.
Pronto la policía, los padres y parte del pueblo estaban buscado a Daniela, que no aparecía.
Pasados unos días y ya en su hogar, Daniela relató a sus padres y a sus compañeras, que recordaba de esa noche.
Cuando abrimos la puerta y ustedes salieron corriendo, quise hacer lo mismo, pero algo o alguien me lo impidió.
No está bien burlarse de los muertos. Este es un lugar de descanso. La magia negra no es juguete, ustedes nos han ofendido. La próxima vez que realicen ceremonias de este tipo, alguna de ustedes quedara encerrada para siempre.
De pronto una luz abrió un camino en la pared y por allí logré escapar.
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