LAS MENINAS

Categoría(s): Historias
LAS MENINAS


Madrid, otoño de 1656

 

NOTA: A pesar de que aparezcan personajes históricos en este relato, los hechos son totalmente ficticios.

 

   Amanecía. El sol se colaba entre los doseles de la cama de Catalina, iluminando su rostro que, cual flor, despertaba al calor de aquella caricia matutina. Sus ojos color miel brillaron con la luz de la mañana, su cuerpo se estiró, y en su boca, una sonrisa brilló.                    

   Aquel sería un día especial. Aquel día tenía que salir perfecto.

Se levantó y fue hacia su tocador. Se lavó la cara y las manos; se puso colorete en sus mejillas y el carmín más rojo en sus labios. Se untó la piel con perfumes de Persia y se vistió con el mejor y más caro de sus vestidos. Se colocó la peluca más enrevesada de las que disponía y, acto seguido, salió de su alcoba.

 

   Catalina era una persona especial en la Corte: era una menina. Una dama del séquito de la Infanta. Su extrema belleza había enamorado al rey Felipe IV, quien gustaba de agasajarla con regalos caros y fiestas privadas en su habitación. Catalina era la que tenía el corazón del rey en la mano, y por ello, el poder de todo el Estado.

 

   Catalina se paseó por los pasillos y las salas del palacio, mientras se abanicaba con elegancia. Su mente fría y calculadora le decía dónde la estaría esperando el rey.

Sus pasos se detuvieron ante una escalera de mármol, donde, oculto en un rincón, el rey la esperaba, impaciente.

-¡Chsstt! ¡Catalina!

- Mi señor- dijo ella, reverenciándose-. Seáis muy bien hallado.

-Seguidme.

Felipe la condujo hasta una sala oscura, donde una cama los esperaba. Él se acercó muy lentamente y la besó.

- No sabes bien cuanto te hecho de menos al no encontrarte en mi lecho…- le susurró el rey mientras le quitaba el vestido.

- Lo sé… yo siento lo mismo. Tu boca me abrasa… y por la noche, al despertarme, necesito sentir tu aliento en mi cuello… - Catalina cerró los ojos.

- Quiero…- Felipe le desabrochó un botón-. Hacerte…- le quitó otro botón-. El amor…

Al decir esto, Catalina se tumbó en la cama…

 

 

 

   Mientras tanto, en otra sala del palacio, Margarita, la hija del Rey, jugaba con Isabel; una de sus meninas.

- ¡Princesa, no corráis así!- le increpó Isabel a la joven Infanta.

- ¡Pues yo no corro, Isabel; yo vuelo…! ¿O es que no veis mis alas color de fuego?

La menina rió.

- ¡Cuántas tonterías hacéis, Princesa! ¿Por qué no os sentáis aquí, conmigo, y os cuento un cuento?

- ¡Sí! Pero quiero que sea de brujas y de niños que vuelan. ¡Tú los cuentas tan bien!

- Pues sentaos y escuchad.

   La infanta Margarita se sentó al lado de Isabel. Estaban las dos solas en la sala. La menina comenzó el cuento.

- Pues veréis: Érase una vez, hace mucho tiempo, una bella y joven reina, tan orgullosa, que se decía que era la más malvada de las brujas…

- Pero, ¿las brujas no son feas?- preguntó la niña.

- ¡Sí que lo son! Pero por dentro. La bruja de esta historia era muy muy hermosa…

- ¿Cómo tu hermana Catalina?

Isabel se quedó callada. Miró muy seria a la Infanta y contestó:

- Sí. Como mi hermana Catalina. ¿Me vas a dejar contar el cuento?

- Perdón…- la princesa guardó silencio.

- Pues, como iba diciendo, esta bruja era de una belleza extrema, pero no soportaba oír reír a los niños.

-¿Por qué?

- Pues porque los odiaba. Así que, a cada niño que reía, lo convertía en cuervo. De esta manera, en el reino, en vez de niños, había cuervos negros y feos. Un día, uno de ellos, decidió que había que hacer algo; así que se marchó volando en busca de ayuda. El cuervo-niño voló y voló durante años y años hasta que encontró a un hada buena que quiso ayudarlo a él y a los demás. Pero al volver,  había pasado tanto tiempo desde que el cuervo-niño se fue, que la bruja ya había muerto y los pajarracos eran muy viejecitos. Aún así, el hada devolvió a los niños a su estado normal; pero, como ya no eran niños, sino hombres y mujeres viejísimos, ¿sabes lo que hizo el hada?

- ¿Qué?- preguntó la infanta, que estaba totalmente metida en el cuento.

- Los convirtió en ángeles, con enormes alas rojas y blancas. Y así, volvieron a ser niños; niños que nunca mueren y que vuelan por el cielo, mientras ríen.

- ¡Qué bonito! ¡Uno de los mejores que has contado, Isabel! ¿Crees que yo también podré convertirme en ángel?

Isabel no contestó. Simplemente, se limitó a sonreír.

 

    Al acabar, y mientras ambos se volvían a vestir, Catalina le increpó:

- ¿Podrás hacer lo que te he pedido?

El rey dudó. Luego, pronunció una única sílaba:

- No.

- ¿Por qué no?  ¿Por qué no puedes deshacerte de ella?

- Ella también es una menina, sabes que no puedo hacerlo. Además, es la mejor amiga de mi hija.

- Ya hará otras amigas. No te preocupes por tu hijita… ¿Pero es que no vas a hacerme ni caso?

- Esta vez no, Catalina. Te quiero, y he consentido todos tus caprichos, pero no pienso echar a tu hermana Isabel de mi Corte.

- Pues no lo entiendo- sentenció Catalina, acabando de vestirse-. ¿Es que ya no me quieres, Felipe?- lloró, enrabietada, echándole mucho teatro a su ruego-. ¡He acertado! ¿Verdad?

- ¡No podrás decir eso jamás! Solo tengo ojos para ti.

Felipe volvió a besarla y salió. Cuando se quedó sola, Catalina pensó:

- ¡Pues con tu ayuda o sin ella, mi hermana saldrá de mi vida y de la Corte hoy mismo!- volvió a sacar el abanico y añadió:

“¡Lo juro por Dios!”

 

     Carlos Vivarrambla, el más valiente capitán del ejército castellano, dirigió sus pasos resonantes hacia la sala donde Isabel y la infantita seguían jugando, cuando una figura le surgió al paso. Al ver a Catalina después de tanto tiempo, él no pudo evitar echarse unos pasos atrás.

- ¡Catalina…!

Cuando ella lo vio, soltó un gritito y corrió hacia él. Lo cubrió con besos llenos de impaciencia y de anhelo…

- Carlos… Carlos. Eres tú de verdad… Sabía que volverías a por mí, sabía que no podrías dejarme…

Vivarrambla, con el gesto torcido, la apartó de sí bruscamente.

- ¡ALÉJATE, ZORRA!

- ¿Qué? Pero… Carlos.

- ¡Ni se te ocurra acercarte a mí! ¿Lo oyes? No puedo ni verte. Eres como un veneno que entra por los ojos…

- ¡Pero qué estás diciendo…! Carlos, soy yo: Catalina.

- No. Catalina ha muerto. Tú eres el peor de los demonios. Pero ya no estoy poseído por ti. ¡YA NO!

De un manotazo, Carlos tiró a la menina al suelo.

- He tenido que enterarme por otros- continuó él-. De que eres la nueva amante del rey.

- ¡MENTIRAS! ¡INJURIAS!- Catalina, viendo como su sueño de amor se estaba haciendo pedazos, agarró a su adorado capitán por una mano-. Carlos… ¡cuántas mentiras te han contado! Te lo juro, yo nunca…

- ¡No voy a escuchar tus juramentos, así como no escucho los ladridos de una perra! ¡Suéltame!

 Con un violento ademán, Carlos se soltó de Catalina y, furioso, siguió caminando por el largo pasillo de mármol.

  Catalina seguía en el suelo; su enorme y voluptuoso vestido la rodeaba como una corola de pétalos rojos. Ella lloraba. Lloraba de pena, de rabia, de ira, de amor… ¿Cómo se enteró? ¿Cómo es que Carlos lo sabía?

 

   Isabel lo había escuchado todo. Carlos había gritado tanto que incluso la infanta Margarita percibió algo. Suerte que a los niños no les importan las conversaciones ajenas. El Capitán entró.

- Mi señorita Infanta. Doña Isabel- saludó, reverenciándose-. Dios os guarde a ambas.

- ¡Hola, Carlos!

La niña corrió hacia el capitán y, de un salto, lo rodeó con sus bracitos en un tierno abrazo.

- ¡Pequeña lagartija!- rió Carlos-. Cuantas veces te he dicho que eso no se hace.

- ¡Me da igual! Abrazo a todas las personas que quiero.

- ¡Ah! ¿Sí? Bueno, pues… ¿sabes lo que le hago yo a las niñas traviesas?

- ¿Qué?- preguntó la niña, que esperaba la respuesta con una sonrisa nerviosa.

- ¡Esto! ¡Aaaaaaaaggggggg!

El capitán empezó a hacerle cosquillas sin compasión a la infanta. Reía y reía y reía con la risa fresca de los niños.

- ¡Pa…ra! ¡Pa… pa… ra!- Margarita reía tanto que apenas podía hablar. Cuando él paró, la niña aún seguía riéndose.

- Bueno, señor Vivarrambla. Llegáis de una guerra y os metéis en otra- bromeó Isabel. Él, entonces, la miró. Isabel no pudo evitar sonrojarse… y él también.

 La princesa, que desde abajo los miraba, con malicia, preguntó:

-Pero, ¿se puede saber por qué estáis tan callados?-

  Entonces, llamaron a la puerta. Doña Marcela, una monja afincada en Palacio, asomó  su tocada y decrépita cabeza.

- Su alteza…

- ¿Qué queréis, doña Marcela?- preguntó Margarita, aburrida.

- ¡La señorita Infanta debe posar para el señor Velázquez!

- ¿Ahora?-, se quejó, con fastidio-. ¡Es muy aburrido, doña Marcela! Decidle al señor pintor que estoy enferma… que me he muerto o algo…

- Me temo que no- replicó la monja, taxativa-. ¡Ya es hora de que vayáis a posar! Vuestras demás meninas ya os esperan abajo. ¡Vamos, alteza!

Mientras Marcela se llevaba a la infanta, sin saludar siquiera a Carlos o a la menina, a Isabel le pareció que Margarita murmuraba:

-¡Qué mierda!

  Cuando Carlos e Isabel se quedaron solos, lo único que se oía, eran los pequeños pasitos de la Princesa, alejándose.

- Y tú… ¿no posas para el pintor ese…?

- ¿Para don Diego? No- respondió ella-. Está pintando un cuadro de la infanta con sus meninas y un par de bufones… pero ni mi hermana ni yo salimos en él.

Al mencionar a Catalina, los dos bajaron la mirada. Les había hecho tanto daño a ambos…

- Tenía ganas de verte, Isabel. Sé que el campo de batalla no es el mejor sitio para pensar en amor, pero… En el frente, o al son de los cañones, o mientras el flautín sonaba yo…

- Pero, ¿quién habla de amor, Carlos? – le interrumpió, mirándole a los ojos-. Yo también tengo mi pequeña guerra. Y mis enemigos son esos pensamientos que me asaltan por la noche, cuando, en medio de mis pesadillas, oigo la risa de Catalina. Y los sentimientos que me arrastran como maromas cada vez que la veo al doblar una esquina. No puedo seguir aquí mientras ella sea la amante del rey…

 

  Catalina, sigilosa como una sombra, había entreabierto la puerta de la Sala en donde ambos se encontraban. Con mirada pétrea, lo escuchaba todo:

- Llegué a quererla, Isabel; lo reconozco- confesó Carlos-. Las maromas que te arrastran, son las mismas que me llevaban hacia ella. ¡Rompe esos lazos! ¡Deja de sufrir! ¡Vámonos lejos!

- ¿Qué? ¿Irnos? No. Te arrepentirías, Carlos. La sabes.

- ¡Nunca! ¿Acaso alguien se arrepiente de su felicidad? Dime…

Isabel lo miró. Aquellos ojos brillaban y temblaban. Se acercó hacia él. Englobó su rostro en una sola mirada. Isabel no pudo contenerse. Dejando de lado el pudor, besó al capitán. Sus bocas encajaban como dos piezas perfectas.

  Catalina se asomó, y, al ver aquello, sus pupilas centellearon de rabia. Él la cogía por la cintura; ella acariciaba su barbilla mientras sonaba aquel beso, una vez, y otra vez, y otra más…

   Catalina agarró tan fuerte su abanico, que acabó por partirlo en dos. Volvió a ocultarse y siguió escuchando:

- ¿Por qué yo, Carlos?

- Porque no te pareces a ella ni en el grosor del cabello. Porque tú eres tú, Isabel…

- No…- ella negó con la cabeza-. No…- el llanto surgía en sus pulmones; lo sentía subir desde el corazón-. Soy su copia… - enterró la cara entre sus manos, sintiendo lágrimas calientes en las palmas.

- No digas eso. ¡No vuelvas a repetirlo!

- ¡Es la verdad! A veces, cuando me miro al espejo, mi rostro se me borra, y aparece el

de ella; con toda su sonrisa fría en la cara, como diciendo: “Recuerda que somos iguales”

- ¡No lo creas! ¡No es cierto!

- ¡SÍ, SÍ LO ES!- gritó Isabel, llena de angustia-. ¿Por qué, entonces, te conté lo de ella y el rey? ¿No puedes entenderlo? Eran celos. ¡Celos!

  Catalina, al oír esto, tuvo que refrenar el impulso de asesinar a su hermana. Así que fue ella. ¡FUE ELLA! No necesitaba escuchar más. Aunque fuera lo último que hiciera en su vida, Isabel lo iba a pagar.

- Venganza - musitó para sí-. Venganza...

 

- Quiero huir contigo, Isabel – dijo Carlos.

- ¿Y Catalina?

- ¿Qué nos puede hacer?

- ¿Y Margarita? La quieres tanto como yo…

- Sí, cierto. Pero querremos mil veces más a nuestros hijos…- hubo una pausa en la que ambos vislumbraron ese futuro.

- ¿Cuándo, Carlos? Aquí me tienes- respondió ella, decidida.

- Mañana. Mañana, Isabel, lo prometo. Dame un día para prepararlo.

 

  Catalina, sin poder aguantarse las ganas de gritar, se despegó de la puerta y echó a correr hacia su alcoba. Se encerró en su habitación. Chilló, corrió hacia el tocador y rompió el espejo, arrojó los frascos de perfume al suelo, creando una aromática mancha oscura en la alfombra. Rasgó los doseles de su cama y volcó los muebles. Todo esto sin parar de llorar y gritar.

   Acabó rendida en su descolchada cama. Las lágrimas se le habían secado en el rostro. Se sentía cansada, molida, engañada y furiosa. En una palabra: acabada.

- ¿Qué vas a hacer, Catalina?- se dijo a sí misma-. Mañana ellos se irán y tú quedarás apalancada aquí, en compañía de ese viejo rey.

Calló durante unos momentos. Su precioso vestido rojo estaba arrugado y manchado en algunas partes. Se levantó. Fue hacia un cajón del destrozado tocador y extrajo un nuevo abanico negro. En su gesto eterno de abanicarse cuando se encontraba alterada, continuó hablando consigo misma:

- Desde ahora rompo mis lazos de sangre con ella. Desde hoy yo no tengo ninguna hermana, solo la peor de mis enemigas. Y voy a hacerte todo el daño que me sea posible, Isabel. Todo el daño que pueda…

 

 

    - ¡No os mováis, Alteza!- exclamó el cansado pintor.

- ¡Es que esto es muy aburrido, señor Velázquez! Me gustaría moverme un poco…

- ¿Creéis que podré pintaros bien en otra pose? Así… quedaos así… ¡Perfecto!

Don Diego Velázquez, pintor de la Corte, volvió a mirar toda la estampa en aquel gigantesco espejo. Sí, la verdad es que quedaba bien. La infanta Margarita en el centro, dos de sus meninas en actitud sumisa, una a cada lado. Los dos bufones y el perro, colocados a la izquierda, mientras la monja Doña Marcela habla con un cortesano, justo detrás de ellos.

- Bien- suspiró Velázquez-. No sé si será el mejor de mis cuadros, pero no está mal.

- ¿Entonces, podemos irnos ya?- pregunto Zambomba; la enana que trabajaba como “payasa de la Corte”.

- Sí, doña Zambomba. Por hoy hemos trabajado mucho. Alteza, no olvidéis que mañana también toca posar…

- Si no hay más remedio…- se quejó Margarita.

 

   Todas las figuras que componían el cuadro, fueron relajando los músculos, después de haber estado horas y horas en la misma posición. Las dos meninas que acompañaban a la infanta, la condujeron desde el estudio del pintor hasta el Palacio.

  - ¡Odio tener que posar!

- ¡Princesa!- se escandalizaron las dos meninas.

- ¡Es verdad! Y además para que don Diego pinte un cuadro feo que nadie querrá ver…

- No habléis así, alteza. Don Diego nos está retratando para la eternidad. ¿Quién sabe? Igual seréis recordada por este cuadro- dijo la menina Teresa.

- Yo seré recordada porque soy la única niña que puede volar…- soñó la pequeña, extendiendo los brazos.

- ¡No empecéis otra vez!- la riñó María; otra acompañante-. Volar y volar… ¡Cuándo descubriréis que no se puede volar…!

La voz de Catalina resonó en los altos techos del palacio:

- No creáis a doña María, Infanta. Las niñas como vos son las únicas que pueden volar.

Catalina apareció entre las sombras que proyectaban unas columnas de mármol blanco.

- Venid- dijo, extendiendo su fina mano a la Infanta-. Os debo contar un secreto que solo debéis saber vos.

- ¿Qué secreto? – preguntó Margarita. Catalina se acercó al oído de la Infanta, y, con su voz envenenada, le susurró largo rato. Las meninas Teresa y María, estaban extrañadas. ¿Qué le estaría diciendo?

- ¿En serio?- saltó la niña, mirando a Catalina con los ojos muy abiertos.

- En serio Yo no os mentiría, Alteza.

- ¿Y por qué yo no lo sabía?

- Porque nunca lo habéis probado. ¿A qué no?

- No- reconoció.

- Pero recordad- añadió Catalina-, que debéis esperar a que el reloj dé las diez. Entonces haced lo que os he contado.

- Esperar a las diez…- repitió Margarita, ensimismada. La miró, dándole las gracias. Miró luego a sus dos meninas, y ordenó:

- Tengo sueño. Llevadme a mi aposento ya.

  Mientras Margarita y sus acompañantes se dirigían a los dormitorios, Teresa le preguntó:

 - ¿Qué… qué os a contado Catalina, Alteza?

- Nada… un secreto.

Las dos meninas se miraron.

 

   Isabel se cepillaba el pelo, mirándose en el espejo de su cuarto, concentrada en verse solo a sí misma, intentando olvidar a su hermana. Pero no podía. Un gesto, una mirada, un movimiento… todo lo que hacía, le recordaba su parecido físico con Catalina. Abatida, dejó a un lado el cepillo. Miró por su balcón la tormentosa noche que se presentaba. Un cielo negro sin estrellas, era iluminado de vez en cuando por relámpagos y rayos.

- Unas horas, Isabel, y te irás de este palacio de odio por siempre- se recordaba a sí misma. Sonrió. Ella y Carlos. Parecía un sueño, su mente aleteaba y levitaba; hervía. Un extraño sonido la devolvió a su realidad: el de un papel que se deslizaba por debajo de la puerta. Se volvió y lo miró. Lo cogió, esperando con una sonrisa, que fuera una nota de Carlos; sin embargo, estaba escrita con la fina caligrafía que Isabel conocía bien: se la había escrito Catalina.

“Si quieres evitar una desgracia, ve rauda, hermanita, a los aposentos de Margarita”

-¡¿Qué?! 

     Isabel tembló. No le dio tiempo a pensar. Abrió con furia la puerta y fue corriendo por los pasillos. Adelantó a criados y sirvientas que caminaban en direcciones opuestas. Su camisón blanco ondulaba; subía, bajaba. Ella corría, volaba como una flecha blanca por pasillos, salas y corredores. Le faltaba el aire y aún no había llegado a la habitación de la princesa. Esa noche, a Isabel le pareció que vivía en un laberinto…

 

  Margarita, envuelta en su pijama blanco, abrió su balcón. El reloj de la torre daban las diez. Temblando de la emoción, la niña se subió como pudo a la balaustrada, sujetándose en las cortinas. Miró hacia abajo; estaba muy alto… Extendió sus brazos como si fueran dos alas y cerró los ojos.

- Voy a hacerlo…

En ese momento, Isabel entró en la habitación, jadeando. Al ver a la niña subida a la barandilla del balcón, se quedó quieta, horrorizada. Margarita se volvió y le dedicó una sonrisa.

- Voy a volar, Isabel…

Fue lo último que dijo. Como si fuera un pájaro, saltó… Antes de llegar al suelo, se escuchó el grito de la niña.

 

  - ¡NOOOOOOOOOOO! ¡MARGARITAAAA! ¡SOCORRO! ¡AYUDA!

 Isabel estaba fuera de sí. No se atrevió a moverse, sus miembros no le respondían. Sentía rasgarse la garganta en cada grito. Comenzó a acudir la gente. Pajes, mayordomos, meninas y cortesanos, rodearon  a la desconsolada Isabel.

  Cuando sintió que sus piernas le respondían, echó a corre escaleras abajo. Gritaba, desaforada. Afuera llovía. A pesar de la penetrante oscuridad, encontraron el mojado cadáver de la pequeña. La lluvia se mezclaba con su sangre; la pequeña cabecita estaba partida. Isabel se abalanzó sobre ella. Gemía, pataleaba y chillaba. Abrazaba lo que quedaba de su pequeña infantita.

 Pronto, todo el palacio se puso en movimiento. Las numerosas ventanas iban encendiéndose una a una. Dentro también se oían gritos:

- ¡HA MUERTO! ¡MI SEÑORITA INFANTA HA MUERTO!

- ¡Mi señor! ¡Mi señor, Margarita está muerta, majestad!

- ¿QUÉ?

-¡HIJA, MARGARITA!

Los reyes salieron del palacio, acompañados de un séquito de cortesanos adormilados. La reina corrió gritando el nombre de su hija.

-¡MARGARITAAAA!

Arrebatándosela a la menina, la pobre madre se deshacía en llantos desgarradores que hacían temblar el tormentoso cielo. El rey lloraba sobre los pies de su hijita más pequeña, con ella, el destino se había llevado todas sus ilusiones.

 

Algunos años después.

 

    La Cárcel. Cuatro paredes encaladas, malolientes y desoladoras. Aquí está Isabel. Su maquillaje se cuartea; sus manos han perdido la blancura original, ahora parecen nudosas ramas entrelazadas, sucias, temblorosas. Su belleza se marchita como pétalos al sol. Los labios pelados, el cabello desgreñado, el vestido roto… Dos veces al día; el lascivo carcelero le traía la comida. Aprovechaba, entonces, para tocar y besar la piel de la menina… Pero aquella tarde, el carcelero volvió una tercera vez.

- Tienes visita, encanto- le anunció con su grasienta voz-. Pasad, Excelencia.

 Isabel levantó la mirada. Al volver a verlo, fue como si le dieran una pedrada en la frente.

Carlos, ahora ascendido a General, entró. El tiempo parecía haberse detenido en él. Su rostro joven y lleno de fuerza, la viveza con la que Isabel lo conoció… Pero sus ojos… sus ojos habían cambiado. Fríos, distantes, indiferentes… como los de Catalina.

El primer impulso de Isabel al ver a Carlos de nuevo, fue el de golpearle hasta matarlo. Se contuvo, mordiéndose el labio hasta que sangró. Con voz punzante, le increpó:

- ¿Qué me quieres?

Carlos tardó en responder.

- Vine a verte. Ha pasado tiempo… y yo no puedo olvidar.

- ¿Qué no puedes olvidar? ¿Qué no puedes…?- Isabel dejó que toda esa rabia empapara sus palabras-. ¿Y dónde has estado todos estos años? ¿DÓNDE, CARLOS, DÓNDE?

Yo aquí. Encerrada como si fuera una bestia. Lo único que veo de fuera son los zapatos de las gentes. ¿Qué no puedes olvidar, dices? ¿Y qué es lo que has estado haciendo todos estos años? Yo te lo diré: ¡OLVIDARME!

- ¡Eso no es cierto! Vine porque fuiste importante…

- ¡No sigas porque soy capaz de matarte aquí mismo, lo juro por mi vida; que es lo único que me queda!

Carlos calló. Bajó los ojos, compungido.

- ¿Callas? Me parece bien. Ahora vuelve al palacio y olvida que me has visto.- Ella quedó en silencio. Escrutando al general, preguntó:

- Te envía ella, ¿verdad?- Él la miró-. ¡Contesta! ¿Te ha enviado ella? ¿Eh? ¿Esa puta que es tu esposa, se arrepiente?

Ante el silencio de Carlos, Isabel lo cogió del cuello de su jubón.

- ¡HABLA! ¿Se siente culpable? ¿Tiene remordimientos?- Carlos seguía en silencio-. ¡Pues dile que no necesito su compasión! ¡No ahora! Dile que le deseo lo mejor. ¡¡Y QUE OJALÁ SE LE REVIENTEN TODOS VUESTROS HIJOS EN SUS TRIPAS!!

¡Díselo a Catalina de mi parte! Y dale la enhorabuena: gracias a ella, la Infanta aprendió a volar.

El general se derrumbó. Cayendo de rodillas ante ella, lloraba como un niño asustado. A Isabel, no la conmovía en absoluto. En su mirada, dos agujas apuntaban hacia Carlos.

- ¿Lloras? Yo también lloré. Pero mis lágrimas eran tan ardientes que me abrasaban las manos, hasta dejarlas en carne viva. Y además gritaba: ¡Justicia! ¡Carlos, diles que me suelten!

Las lágrimas arreciaron en Carlos. Isabel se agachó hasta ponerse a su nivel. Si poder contenerse, le dio dos bofetadas que resonaron por toda la Cárcel. Carlos gimió. Ella lo miraba con el asco más profundo que se pueda describir.

- Te merecías mucho más- afirmó la menina-. Te merecías mil agujas candentes atravesando tu cuerpo… Y eso me parece poco. Tú me hiciste mucho más daño- se señaló el corazón-, aquí…

Ella se levantó. Paseó por la escena. A sus pies, Carlos seguía humillándose, implorando perdón sin decir nada.

- Cuando me enteré de que te habías casado con ella, fue como si me partieran por la mitad. Todo aquello que representabas para mí, se esfumó. Y pensé: “¿Esto es lo que hay en el mundo?” Pero después de meses, me di cuenta de que esto es el mundo.

- ¡Perdóname…!

- Aquí no existe el perdón, Carlos. Ni la justicia… yo estoy aquí porque me acusaron de haber matado a Margarita. Porque yo le contaba historias de niños que vuelan… Ya ves. Mientras yo me pudro aquí, Catalina sigue poniéndose carmín en los labios y perfuma su cuerpo con agua de rosas… Dime, ¿es eso justo? ¡No llores!

Él la miró. El llanto había dejado alargadas huellas rojas en sus mejillas. En un arrebato, Carlos se sacó de la cintura, una daga.

- ¡Aquí tienes!- le dijo, lanzándola a la esquina opuesta-. Cógela y acaba. ¡Acaba con tu venganza! Bien la mereces.

A Isabel le faltó tiempo de ir a por el puñal. Al volverse, Carlos ya no estaba. Sus pasos sonaban, rápidos y lejanos. Ella quedó con la daga levantada, inmóvil; como si la mente se le hubiera apagado. Se guardó el arma bajo su vestido, prometiéndose usarla pronto.

 

    Catalina se encontraba sola en sus nuevos aposentos. Con el consentimiento del Rey, la menina se había trasladado a la habitación de la difunta princesa Margarita. Sonrió. Era muchísimo más amplia, más luminosa y… ¿qué era aquello? Contra la pared, se apoyaba un gigantesco rectángulo, tapado con una sábana. Catalina, intrigada, se acercó. La sábana, al igual que el resto de la estancia; estaba llena de polvo. Expectante, tiró de ella.

Ante sí, surgió un cuadro que no había visto hace años. A un lado, Velázquez  empuñando su pincel; al fondo, tres figuras sumidas en sombra. A la derecha, dos bufones; y en el centro, escoltada por dos de sus meninas estaba…

 Catalina gritó de horror. Ahí, en el centro del cuadro, la niña la estaba mirando fijamente. Margarita clavaba sus ojos en ella. Catalina la veía más grande que nunca… era como un fantasma retratado al óleo. La voz no le respondía… el terror más profundo la invadió.

- ¡No! ¡Fuera, niña! ¡Este es mi cuarto!- se atrevió a decir.

Las demás figuras que componían la escena, giraron la cabeza. En sus rostros de tela y pintura, se leía una única palabra:

-¡ASESINA!
La Margarita del lienzo la señaló con un dedo menudo. Los demás fantasmas del cuadro la imitaron. Ahora, todos gritaban: ¡Asesina! ¡ASESINA! ¡ASESINAAAA!

La menina retrocedió, chillando como una loca. Salió corriendo del aposento, asustada por primera vez en su vida.

 

   Isabel oyó los pasos vacilantes del borracho carcelero. Le siguió el sonido de la cerradura de su celda abriéndose. El viejo entró.

- Esta noche estamos solos, mi vida- dijo acerándose a la joven. Isabel fue rociada por un pestilente aliento de vino, procedente de la desdentada boca del Carcelero-. ¿No te alegras?- Isabel se apartó en una esquina; contra su pecho, la daga de Carlos, esperando ser estrenada-. ¡Bésame… así!

La menina se arrimó a su grasiento cuerpo, mientras él la besaba en el cuello…

- Te dije que me las pagarías- susurró la menina, al tiempo que sacaba el puñal y se lo clavaba al sucio anciano; una vez, dos, tres…

  El sonido del metal atravesando la carne, le puso los pelos de punta. Isabel notó su vestido empaparse en sangre. El carcelero cayó, inerte, al suelo. 

   Tenía poco tiempo; con rapidez felina, la joven le quitó los andrajos, se desnudó, y en pocos segundos, la menina llevaba puesta la desmesurada ropa del carcelero, con alguna que otra mancha roja carmesí.

 Agarró la llave de la celda y salió corriendo, dejando muy atrás la que había sido su celda.

Disfrazada del anciano, consiguió burlar a dos guardias que vigilaban la entrada. Cuando Isabel creyó que ya estaba lo suficientemente lejos, echó a correr.

 

   No podía creerlo. Sus pies sobre los adoquines de Madrid, la luna menguante parecía sonreírle pícaramente… Era libre. Temió reír de alegría por despertar a la ciudad entera; se limitó a sonreír por dentro, el corazón le temblaba…

 

 

     La habitación brillaba con su antiguo esplendor. Catalina se había trasladado definitivamente al cuarto de la difunta princesita. Todos sus muebles de finísimo brocado, su cama con las sábanas blancas e inmaculadas; su nuevo tocador; regalo del rey…

La menina penetró en sus nuevos aposentos. En sus ojos, un ligero temblor delataba su miedo a volver a toparse con aquel cuadro. Seguía ahí. No lo habían movido de sitio. Todas las figuras seguían es sus mismas poses, con las que fueron retratados años atrás. Solo Margarita miraba al frente. La miraba a ella. Un escalofrío le recorrió los huesos. Tuvo que volverse de espaldas. ¿Por qué seguía estando aquel horrible lienzo apoyado en su pared?

A voz de grito, llamó al mayordomo.

- ¡Pedro! ¡PEDRO!

El anciano mayordomo entró. Todo él parecía una torre; cerrado, infranqueable.

- ¿Me llamó Usarcé?

- ¡Sí! ¡Hace días que mandé que quemaran este lienzo del demonio! ¿Por qué sigue ahí?

- Su Majestad juzga innecesario quemar esa obra maestra… Es lo único que le queda de su hija.

- Esa no es razón para que tenga que verlo cada vez que me levanto- rugió-. ¡Llevároslo de aquí!

- Como Usarcé mande. Tened la bondad de esperar.

El criado se marchó, dejando a Catalina a solas con sus fantasmas. Se volvió de nuevo a mirar el lienzo. Las figuras continuaban en su posición hierática; como mirando a través de una ventana. Esta vez, ninguno de ellos se movía, ni la señalaba ni la acusaba… Apartando esos lóbregos pensamientos, Catalina abrió su nuevo balcón; desde donde, hacía años, la pequeña niña se mató…

  Oyó unos pasos tras de sí, y una puerta que se cerraba.

- ¡Ya era hora!- se quejó Catalina, sin volverse-. Sacad ese cuadro de aquí…

- Hola, Catalina.

Al oír aquella voz, se quedó petrificada. No se atrevió a volverse. Sintió como la sangre se le volvía hielo en sus venas; estaba lívida. Rogando que fuera un sueño, la menina se dio la vuelta, muy lentamente. ¿Era real aquello?

 

    Sí, era real. Isabel, disfrazada de criada,  empuñaba en su mano una daga que llevaba el nombre de Catalina.

- ¿No te acuerdas de mí?- susurró Isabel. El odio y el rencor accionaban cada fibra de su ser. Catalina, no podía creer lo que estaba viviendo.

- ¿Eres una pesadilla?

- No. Soy una realidad de la que no puedes huir.

- No puedes ser real… - Catalina se llevó las manos a la cabeza-. Es… es un sueño. ¡Es ese maldito cuadro de los Infiernos el que me hace delirar! Isabel está muerta- bramó la menina.

- ¡Ojalá lo estuviera! ¡Ojalá tus engaños me hubiesen matado hace tiempo! ¡Ojalá la vida me hubiera parado el corazón por todas las desilusiones…! Pero soy fuerte, y he podido con ella.

Catalina miró a su hermana. La belleza de Isabel era cosa del pasado. Su dulce mirar estaba envenenado por el odio, el peso de la ira hacía que sus palabras fueran como rocas lanzadas hacia Catalina.

- Puedo… puedo llamar a la Guardia. Puedo hacer que te vuelvan a encerrar en ese agujero del que no deberías haber salido jamás- amenazó Catalina. Se atrevió a avanzar hasta su hermana. La miraba, desafiante.

- ¿Crees que me puedes hacer más daño del que me has hecho, Catalina?

- ¡Cien veces más!

- Llegarías a matarme, como hiciste con ella- Isabel señaló el cuadro de Las Meninas-. ¿También me tirarías por el balcón?

Catalina calló.

- Creíste que me harías daño, y mataste a una niña; a una niña que te adoraba, Catalina. Ella me lo decía. Pues bien; acabaste con su vida, solo pensando en mí, solo pensando en como sufriría de ver a Margarita tirándose por ese balcón…

- No sigas…

- … y me destrozaste, claro. Para mí fue como si me arrancaran el alma a arañazos. No hay nada más doloroso… Y fuiste tú. Mi propia hermana.

- Silencio…

- Pero querías algo más. Querías rematar mi sufrimiento; querías que pagara por algo que no puedes perdonar…

- No hables…

- … Porque tú siempre has encandilado a la gente; pero nunca te han amado; nunca has sabido hacerte amar… Ni lo sabrás.

- ¡Cállate!

- ¡Nadie te ha querido nunca, Catalina!- gritó Isabel-. ¡Solo te quiso una persona! Una niña que quería a todo el mundo… y tú la mataste.

- ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE!

- Ni Carlos te ha querido. Acaso un fuego, una pasión fugaz que sintió por ti… hasta que te conoció como realmente eres.

Catalina tenía los ojos abnegados en lágrimas; toda su expresión delataba como se sentía. Fulminó a Isabel con su mirada envenenada. Todo aquello que le decía…

- Puede que yo sea alguien a quien no se puede amar- replicó-. Pero, ¿y tú? ¿Ah? Eres como yo, y si no; mírate. Con tu daga en la mano, a punto de matarme y queriendo abrir mis heridas antes de acabar…

- No, Catalina; yo no soy como tú. Aunque durante años he sentido que éramos idénticas; me doy cuenta de lo equivocada que estaba.

A medida que decía esto, Isabel se acercaba cada vez más a su hermana. Catalina retrocedía.

- Yo nunca te hice daño- continuó Isabel.

- Mientes, Isabel. Tú me quitaste al único hombre que me amaba…

- Carlos no te quería. ¡NO TE QUISO NUNCA! ¡COMO YO! ¡COMO TODOS!

- ¡BASTA! Basta. Basta Isabel, por favor…

Las dos se hallaban a pocos pasos del balcón. Los componentes del cuadro, observaban la escena, como un silencioso y reducido público. Catalina sollozaba; el agua que emanaba de sus ojos disolvía el maquillaje que llevaba.

-¡Acaba… acaba de una vez!- gimió la menina-. ¡Mátame aquí mismo! Pero, te lo suplico, no sigas hablando…

- No te voy a matar, Catalina.- Catalina cesó de llorar-. Lo vas a hacer tú.

La menina, respirando entrecortadamente, la miró, asustada.

- ¿Qué… qué dices?

Isabel acercó la boca a su oído y le habló, susurrando

- Ve al balcón, extiende los brazos… y vuela.

Se miraron. Catalina miraba al vacío… La Muerte… huir de ella misma para siempre… de todo lo que había causado su odio, su envidia, su rabia…

Muy lentamente, se alzó. Cruzó el umbral del balcón con un paso firme, solemne; casi mecánico. Con dificultad, se subió a la barandilla. Le dedicó a Isabel su última mirada, la hermana observaba todo esto atónita, pero quieta.

Catalina extendió los brazos… y echó a volar.

   Se oyó un golpe sordo.

Mientras le llegaban los gritos y chillidos de las gentes de abajo, Isabel se volvió hacia el cuadro. Su infantita, Margarita, la observaba desde el lienzo; Sí, realmente estaba preciosa. Misteriosa… eternamente niña… con un secreto entre los labios… Aquel cuadro… ¿Cómo se llamaba aquel cuadro…?

¡Ah! Cierto… Las Meninas.  

FIN
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Comentarios:

Escrito por: Pitulains       17/06/08 19:43
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Te mando un abrazo y te felicito. Me gustó mucho lo que leí.
Escrito por: pausol       17/06/08 15:29
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Felicidades duque!!!!!

me ha encantado tu cuento, tienes una gran imaginación una facilidad especial para relatarla. Te animo a que sigas escribiendo y leyendo vorazmente, como se que lo haces. Un abrazo enorme. (ahhh soy Pablo el de Alcalá)
Escrito por: maidu31       16/06/08 17:23
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Bello trabajo amigo, excelentemente hilbanado e inspirado en el cuadro "LAS MeNiNaS". Verdaderamente le has sacado el jugo a tu imaginación y creo que
tienes mucho jugo por exprimir aun. FELICITACIONES. Un Beso.
Escrito por: S_Bustamante       14/06/08 13:58
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Duque, admirable joven prodigio. Este trabajo tuyo es una joya que merece ser impreso o mejor aun, premiado. Tu imaginacion, desde ahora cargo el cuadro de Velasquez con tu historia. Las Maninas no seran mas los iconos de un pasado de la realeza espanola. Es como si Shakespeare ubiera irrumpido en aquel castillo mientras el cuadro era pintado.
Si realmente tienes la edad que dices, te auguro un futuro de muchas recompensas a tu talento, pero tambien bastantes enemigos, (Celosos ellos de tu talento_)
Muy honrado de ser tu amigo. Sin duda, aprendere mucho de ti tambien.
Un abrazo bien chileno, chavalillo.
Escrito por: Duque       14/06/08 12:34
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GRACIAS A TODOS! Me siento muy bien de que hayáis acogido así mi obra.
Saludos
Escrito por: matilde       14/06/08 01:41
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Querido amigoun placer leer tu cuento. Quedé impactada. LA historia es atrapante hasta el final. odios,amores y pasiones muy bien retratados en forma amena y sencilla con el sello de los grandes.

besosos Matilde
Escrito por: ricardo48       14/06/08 01:38
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Que buena historia bien escrita de esas que te atrapan desde un principio.
Me has sorprendido gratamente amigo.
Un placer leerte.
Un abrazo
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