Las doce (séptima parte)

Categoría(s): Novela
El cuarto estaba en penumbras. Las persianas permanecían cerradas y no permitían pasar siquiera la luz de los arbotantes situados en la acera. La pequeña lámpara lanzaba una luz tan baja que parecía una vela a punto de apagarse. Araceli se dirigió al interruptor de la pared y, cuando estaba a punto de encenderlo, se escuchó el susurro de Laura:

-          No, por favor, no vayan a encender la luz. Me lastima los ojos.
-          Deja, Araceli, ven – José la convenció y fue a sentarse a la silla que estaba en la esquina de aquella habitación.
-          Laura, ¿cómo estás? – le preguntó José.
-          Bien, me siento bien.
-          ¡Nos da gusto! – dijo Aracely.
-          Gracias por visitarme.
-          No tienes porque agradecernos, estábamos preocupados por tu salud. Allá afuera hay muchos compañeros que están esperando entrar para saludarte.
-          No, por favor, díganles que no pasen.
-          ¿Pero?
-          De verdad, díganles que no pasen.
-          ¿Te sientes mal?
-          No, como les dije, me siento bien.
-          Perdona que insista pero, todos tienen muchas ganas de saber como estás.
-          Pero… - guardó silencio por varios segundos, tantos que a José lo forzaron a preguntar.
-          ¿Qué pasa?
-          ¿Es que no les han dicho?
-          ¿Qué?
-          Bueno, me puede tener que decírselos yo pero…
-          Vaya, mira que nos estás preocupando.
-          Sí, Laurita – dijo Aracely - ¿Qué es lo que pasa?
-          Pues, es que, ¡no recuerdo nada!
-          ¿Qué? – fue una pregunta en dos voces, dos voces que temblaron al hacerla. Dos voces incrédulas que se resistían a aceptar la realidad que podía haber detrás de aquellas palabras.
-          Sí, así como lo oyeron, ¡no recuerdo nada! No se quienes son ustedes. Por alguna extraña razón, no me resultan desconocidos pero, no se quienes son. No se sus nombres, no se si son alguien con quienes yo trate normalmente, no se mi nombre, ¡no recuerdo nada! – Laura entró en sollozos. Era notoria su desesperación. José y Aracely no pudieron menos que sobrecogerse ante el dolor de su amiga.
-          Pero, ¿no te han dicho si…?
-          ¿Si voy a recordar, verdad?
-          Bueno, ¡sí!
-          Es lo primero que les pregunté…

Siguieron platicando los tres. José no podía ni quería creer todo aquello. Pudo, con un inmenso dolor, darse cuenta de que Laura no lo reconoció y, mucho menos, se acordó de lo que habían vivido. No – se dijo -, no podía ser que, cuando recién conocía a alguien a quien amaba, ahora, sin previo aviso, sin más ni más, lo fuera a perder por algo tan terrible, tan siniestro, ¡tan horrendo!, como tenerla y no poder verla, como estar con ella, verla, convivir, trabajar juntos, probablemente y, ¡dejarla ir!

-          José, ¡José! – la voz de Aracely sonó insistente.
-          ¡Perdón!
-          Laura se quedó dormida, ¿qué hacemos?
-          ¿Qué hacemos de qué?
-          Si, ¿qué pasen los demás o no?
-          Pero, ¿cómo se te ocurre que puedan pasar?, ¿no ves que no reconoce a nadie?
-          Bueno, por eso pregunto, ¿qué hacemos?
-          ¡Vámonos!
-          ¿Así no más?
-          Y, ¿qué otra cosa podemos hacer mi querida Chely? – dijo José visiblemente molesto.
-          ¡Qué!, ¿estás enojado conmigo?
-          No, ¡disculpa!, es que, bueno, la verdad es que no se que hacer.
-          Eso dime,  pero no tienes porque alzarme la voz.
-          Perdóname.
-          Está bien.

Salieron del y, cuando doblaron la primera esquina a la derecha, se toparon con el joven médico que los había pasado a la habitación.

-          ¡Doctor! – lo detuvo José poniéndole las dos manos al las solapas de la gabardina y sujetándolo fuertemente.
-          ¿Eh? – se molestó el médico - ¿Por qué me detiene así?
-          Mire, ¡necesito que me conteste algo!
-          ¡Suélteme primero!
-          Está bien, ¡discúlpeme!
-          No tiene porque ponerse así amigo, ¿que le pasa?
-          Mire doctor, lo que sucede es que venimos sumamente consternados después de ver a nuestra amiga Laura – le dijo Aracely.
-          ¿Consternados?, y, ¿yo tengo la culpa de algo?
-          No, no, por supuesto que no.
-          ¿Entonces, por qué me trata así este sujeto?
-          No soy solo un sujeto, doctorcito de…
-          ¡José!, ¡cállate!
-          Mire, yo tengo mucho trabajo – el médico los esquivo y continuó su camino por el pasillo hasta que Aracely le dio alcance.
-          Doctor, doctor, ¡perdone por favor a mi amigo! Está realmente desesperado pero, ¡no es un mal tipo!
-          Que no es un mal tipo, ¡vaya!, pues, ¡me cuesta trabajo creerlo!
-          Mire, comprenda, fue muy fuerte para él darse cuenta de lo que le pasa a Laura. Él, verá, él está enamorado de ella.
-          Pues, ¡pobre mujer!
-          Ya, doctor, ¿puede tratar de volver a ser médico por un rato y perdonar?

El joven se le quedó mirando fijamente y terminó por sonreírle haciéndole ver que la entendía. Enseguida, la tomo del hombro y la invitó a acompañarle.

-          Mire…
-          Aracely, me llamo Aracely.
-          Aracely – le dijo con voz serena -, hace mucho tiempo que nadie me llegaba como usted me llegó con lo que acaba de decirme. Tiene razón, me he portado como un estúpido ante el comportamiento estúpido de su amigo.
-          Lo sé.
-          ¿Qué he sido estúpido?

Se rieron los dos.

-          Bueno, eso lo dijo usted, me refiero a que mi amigo se comportó como un, ¡eso que dijo usted!
-          ¡estúpido!
-          Sí, bueno, eso.
-          Bueno, pues, tiene usted razón, los dos actuamos estúpidamente.
-          Yo no…
-          Sí, ¡vamos!, que se le ve en la mirada que también me quiso decir estúpido.
-          Yo…
-          Y, ¡bien que me lo tengo ganado!, ¡no se preocupe, mujer!
-          Está bien.
-          Y, ¿qué es lo que les preocupó tanto? A mi me parece que la paciente le debe dar gracias a Dios de no haber muerto en el accidente, es más, me parece que está bastante bien para el tamaño del mismo.
-          Bueno, sí, también acierta en eso doctor pero…
-          Pero, ¿pero qué?
-          Pero, bueno, creo que a cualquiera que sienta algo por alguien, le duele saber que no lo recuerda.
-          ¿Qué no lo recuerda?, ¿Qué no lo recuerda qué?
-          ¿Cómo que no lo recuerda qué?
-          ¡Vamos, no juguemos a las palabras! Sí, ¿qué me quiere decir con que no recuerda?,  ¡diablos!, ¿a qué se refiere?
-          Pues, a que Laura ¡haya perdido la memoria!
-          ¡Perdido la memoria!
-          Si.
-          No, no, eso fue algo que le sucedió por un momento. Eso pasó durante el diagnóstico inicial en la escena del accidente y, ¡eso es algo muy normal! ¡Caray!, ¿no me vayan a decir que eso les preocupó?
-          No, por supuesto que no.
-          ¿No?, entonces, ¿qué les preocupó?
-          Pues, ¡que sigue sin recordar nada!
-          Jajajajajajaja
-          ¿Por qué se ríe?
-          Pues, ¡por la mala pasada que les está jugando su amiga!
-          ¿Mala pasada?
-          Sí, ¡si mujer!, su amiga está bien.
-          ¿Quiere decir que no ha perdido la memoria?
-          La perdió por unos instantes pero, ¡de eso a que no recuerde nada!
-          ¡No puede ser!
-          ¡Vamos!, si que me hicieron reír.

El médico la invitó a tomar una taza de café, cosa a la que accedió encantada, no sin antes pedirle unos minutos para hablar con José. Se despidió temporalmente con un beso en la mejilla y se encaminó por aquél pasillo a cuyo fondo estaba su amigo visiblemente molesto. ¿Qué le iba a decir?, ¿cómo reaccionaría José ante aquella noticia?, ¿por qué Laura les había dicho aquella mentira?

Jadi
marzo 2008
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Comentarios:

Escrito por: Rina       21/03/08 16:42
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Buena pregunta, no me imagino a Laura mintiendo...pobre Jose y el doctor, los dos si que se enfadaron jajaja, pero felizmente alli estaba Aracely para calmar lso animos y obtener respuestas, una muy extraña por cierto...
Te sigo amigo, ya extrañaba tus historias
Besos
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