Las cicatrices del alma, 2ª parte el capitulo 14

 A Isabel y Alfredo les empezaron a ir las cosas mal en el supermercado hasta el punto de quedarse sin trabajo. Y el problema se agravó más, ya que en aquel tiempo comenzaba la crisis de los años ochenta y en Barcelona no había manera de encontrar un puesto de trabajo.
 
Viendo su situación yo mismo me llevé a los dos a mi casa para ver si aquí tenían más suerte y podían encontrar trabajo. En Monzón por lo menos tendrían la oportunidad de trabajar aunque fuera en el campo recogiendo fruta.
 
Lo malo es que me fue imposible convivir con tanta familia en un piso de sesenta y cinco metros. Ante este problema busqué una pequeña casa para mi hija Paquita y sus hijos, desde luego pagando yo el alquiler, la luz y el agua ya que ella no tenía ningún medio para subsistir.
 
En cuanto a Alfredo e Isabel, después de encontrar trabajo y vivir una temporada en mi casa, alquilaron un pequeño piso, en donde pronto tendrían una niña a la que pusieron el nombre de Sara. Después vino Alan y más tarde Joel.
 
Unos años más tarde las cosas fueron mejorando y pudieron acceder a comprarse un piso en propiedad. Lo único que les deseo es que tengan mucha suerte en la vida y que puedan criar bien a sus hijos.
 
Paquita conoció a un chico y éste se fue a vivir con ella a la casa que yo le había buscado. Durante algún tiempo me libré de pagar el alquiler, la luz y el agua, pero como es normal en el mundo de las drogas, no puedes tener estabilidad y la pareja después de un corto período de tiempo se rompió.
 
La causa, la de siempre, las drogas. Así que ante la ruptura de la pareja, tuve que volver a hacerme cargo de los gastos de la casa.
 
La situación de Paquita iba de mal en peor, llegando el día que se hizo insostenible. Ante el desamparo de mis nietos solicité la tutela a la Diputación General de Aragón para traérmelos a mi casa.
 
Después de un estudio exhaustivo la Diputación no puso objeción alguna y me concedió la tutela de Israel y Tamara.
 
Pero la familia aún tendría que aumentar más.
 
El día veintiocho de septiembre de mil novecientos ochenta y ocho en el hospital de Barbastro nació Noemí.
 
Ante este acontecimiento de alegría para nosotros, no he logrado olvidar las palabras que pronunció mi hija Paquita, cuando fue a la clínica para ver a su madre:
-         Esta niña será la que me sustituirá a mí.
 
Noemí durante muchos años ha sido el juguete de sus padres y de sus hermanos.
 
Sinceramente creo que igual le dimos demasiados mimos y con el tiempo ya veremos el resultado, pues de momento es excesivamente nerviosa y tiene muy mal genio. Esperemos que conforme vaya creciendo también siente la cabeza.
 
Con Paquita llegamos a perder toda relación y aunque esto fue muy doloroso, ya no podíamos aguantar más. La convivencia en casa se hacía insostenible.
 
A pesar de esta dureza por nuestra parte, nuestro corazón estaba partido en mil pedazos y ni tan siquiera éramos capaces de dormir sabiendo que nuestra hija era irrecuperable. Además, con la enfermedad que llevaba en la sangre no iba a durar muchos años.
 
Un domingo que estábamos en la piscina con nuestros hijos y nietos vino en busca nuestra una señora de Cáritas y nos dijo que quería hablar con nosotros. Esta señora nos pidió que hiciéramos algo por Paquita, que la ayudáramos para ingresarla en un centro de desintoxicación.
 
Fui a ver a mi hija y la encontré muy deteriorada, así que otra vez más nos dispusimos a ayudarla.
 
De momento la ingresamos en una clínica de la Seguridad Social en Huesca para que se desintoxicara y pudiera reponerse un poco. Cuando le dieron el alta, la ingresamos en un centro de desintoxicación de Zaragoza, conocido como Proyecto Hombre.
 
Esta decisión de mi hija me animó mucho y por fin creía ver una salida para ella, de ese mundo al que odio con todo mi corazón.
 
Creí que si al menos conseguíamos sacarla del mundo de la droga, los años que le pudieran quedar de vida podría vivirlos con la familia y disfrutar de lo que hasta ahora no había podido, de sus hijos.
 
Todas las semanas íbamos a Zaragoza al Centro de Desintoxicación para ver a mi hija. Después de verla nosotros le dejábamos tener a sus hijos en aquel centro durante cuatro o cinco horas para que como madre pudiera disfrutar de ellos.
 
Mientras tanto, nosotros, todas esas horas las pasábamos dando vueltas por Zaragoza, con el rumbo perdido, sin tener muy claro hacia dónde ir hasta que llegaba la hora de recoger a los niños.
 
Comíamos en cualquier restaurante y a las seis de la tarde regresábamos al centro para recoger a los niños. Con esta marcha seguimos durante los dos años que estuvo en aquel centro.
 
Al cumplir en el Centro el tiempo que ellos consideraron suficiente, empezaron a dejarla salir a la calle. Pero la calle fue su perdición, no logró superar aquella prueba de fuego.
 
Era tan difícil para ella que nos llevaba a todos hacia la locura. Después de dos años sin tomar droga, mi hija recayó y nosotros, apenados y hartos de tanto esfuerzo en vano, estuvimos un tiempo sin relacionarnos con ella.
 
Aparte de alguna carta que nos llegaba, no sabíamos la vida que llevaba fuera de aquel Centro.
 
Mi mujer y yo nos pusimos de acuerdo para no contestar aquellas cartas, pues nuestro corazón estaba dividido en dos partes, una de pena y amor hacia nuestra hija y la otra de rencor por los catorce años de sufrimiento que nos había dado. En aquel momento quisimos hacernos los fuertes y prevaleció en nosotros la parte del rencor, partiéndosenos el corazón cada vez que nos llegaba una carta y no la contestábamos.
 
No sabemos la vida que mi hija llevó en Zaragoza durante todo el tiempo en que salía y entraba en aquel Centro, pero yo preferí no saberlo.
 
Un día de aquellos recibimos una carta de una monja desde un Centro para Enfermos Terminales. En la carta la monja nos decía que mi hija se encontraba en aquel Centro Terminal y que estaba muy malita. Y nos pedía, por favor, que no dejáramos de ir a verla.
 
En este momento el amor que teníamos a nuestra hija prevaleció sobre todas las cosas, así que nos pusimos en camino hacia aquel centro y aprovechando que estaban mi suegra y José en casa, nos acompañaron.
 
Nos recibió una hermanita de aquel centro y nos condujo a la habitación que ocupaba Paquita. Al verla mi mujer y yo nos miramos a los ojos con miradas interrogantes. Pero ¿podía ser aquella nuestra hija? La verdad es que la vi tan deteriorada que no la reconocimos, por un momento dudamos incluso si era ella, pues era completamente un esqueleto.
 
Nos acercamos y abrazándonos nos besamos. No pudimos contenernos y mi mujer y yo rompimos a llorar desconsoladamente. Mi propia hija y aquella monja trataron de consolarnos, pero mi pena era tan grande que mis lágrimas fluían continuamente.
 
La monjita se percató de que mi pañuelo estaba empapado y mientras cariñosamente intentaba consolarme de la pena que me ahogaba, me dio uno de repuesto.
 
Mi hija dirigiéndose a nosotros dijo:
-         Sabía que vendríais. Tardasteis un poco pero no importa, lo importante es que estáis aquí. Ahora os esperaré en otro sitio. Espero que tardéis mucho en llegar.
 
Esta frase me dio a entender que ella era consciente de que lentamente se estaba muriendo y lo tenía superado.
 
Pensé que igual hicimos poco por ella, quedándome el remordimiento y pensando si aún podíamos haber hecho algo más.
 
Me sentí un poco culpable. Yo sé que he tenido errores en mi vida, pero también sé que he tenido un borrador para corregirlos.
 
Por medio de ellos aprendí que la parte más importante de nosotros es la que llevamos dentro de nuestro corazón y que en cualquier sitio dejaremos nuestra marca.
 
Fui interrumpido de aquellos pensamientos por la monjita, cuando animando a mi hija la invitó a que diera un paseo por el patio con nosotros. Ella estuvo de acuerdo de dar aquel paseo y ayudada por aquella monja, ya que sola era incapaz de andar, dimos una pequeña vuelta al patio pues pronto tuvimos que ir de nuevo a la habitación, ya que se cansaba y no tenía ánimos para continuar.
 
La dejamos en aquel centro y tuvimos que regresar a Monzón ya que habíamos dejado solos a hijos y nietos.
 
Poco después recibimos la llamada de aquel Centro en la que nos comunicaban que mi hija se estaba muriendo.
 
Mi mujer, mi hijo Juanjo y yo nos fuimos enseguida a Zaragoza y allí vimos a mi hija postrada en una cama, en una larga y lenta agonía.
 
No puedo expresar aquí lo que llegó a sufrir en aquel lecho de muerte. Lo que más me dolió, aparte de la muerte de mi hija, fue cuando nos dijo:
-         Quitarme los pendientes y se los dais a mi hija para que tenga un recuerdo de su madre.
 
Estas palabras suyas me desgarraron el corazón y jamás las olvidaré. En ese momento pensé que mi hija no se merecía tanto sufrimiento para morir, ya que había sufrido bastante en la vida para merecer esto.
 
Por fin acabó su sufrimiento el día diez de julio del año mil novecientos noventa y cinco. A los treinta y un años de edad le dimos sepultura en el Cementerio de Torrero de Zaragoza. Y con ella quedó enterrada una parte de mi vida que ya no podré recuperar.
 
Con la muerte de Paquita quedamos todos traumatizados y aunque se suele decir que el tiempo lo cura todo, no estoy de acuerdo del todo con este dicho. Es cierto que vas asimilando que ese ser querido ya no está, pero te queda un vacío por dentro ya que ese ser querido compartió contigo una parte de su vida, te dio sus besos, sus alegrías, sus sonrisas, y por qué no, también sus penas. Y todos estos recuerdos los tendremos con nosotros hasta el final de nuestros días.
 
Aunque a pesar de todo piensas que tienes que seguir adelante, porque si bien algunos se fueron hay otros que te quieren y a los que tú quieres, que te necesitan. Por eso creo que bien merece la pena seguir luchando y no defraudar a los que están con nosotros, pues nuestras vidas son como un soplo, una intención de nuestro ser profundo, que actúa y nos da fuerza para seguir viviendo, es algo que no vemos, pero que sabemos que está ahí y nos da la fuerza para levantarnos cada vez que caemos, algo que nutre nuestra alma aunque el camino a recorrer no sea fácil, pero que hará posible que nos apoyemos en el y podamos seguir adelante al lado de los que están con nosotros.
 
Creo que nunca deberíamos perder la confianza en nosotros mismos pero sí aceptar lo que no podemos cambiar, pero si podemos deberíamos hacerlo sin dudar antes de que sea demasiado tarde, porque nos hará sentirnos bien con nosotros mismos y siempre estaremos a tiempo de volver a empezar, siendo conscientes de nuestros logros y sabiendo disfrutar de ellos y en caso de que nos equivocáramos reconocer nuestros errores porque creo que de cada acierto también puede venir un fracaso y en este caso no tener en cuenta lo malo que nos ha podido pasar.
 
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