Las 2 pizzas

Categoría(s): Relato breve

Corrió como loco tras la bicicleta. Tenía que alcanzarlo. Las dos pizzas que llevaba en la mochila era todo lo que le quedaba. Sabía que tendría que pagarlas… ¡de donde!, no, ¡ni pensarlo! Apresuró más el paso pidiendo a sus piernas que le respondieran, pidiendo y llorando porque aquél ladrón se cayera, que lo atropellara algún auto, en fin, que algo le pasara pero que, ¡por favor!, no se marchara con sus pizzas. Estuvo a punto de caer de bruces al dar vuelta a la esquina, alcanzó a meter el pie derecho y con la mano se agarró de una piedra que le desgarró la palma pero le alcanzó para detenerse. El dolor fue intenso, sin embargo, para Hugo fue mayor la desgracia de perder aquella mercancía; allá a lo lejos, suficiente para saber que jamás podría alcanzarlo, iba el ladrón de sus 2 pizzas. No tenía para pagarlas y sabía que perdería el empleo.

 

Hugo se había quedado solo desde pequeño, no tenía padre y nadie le ayudaba a conseguir ni vestido ni alimento, dormía en las bancas en donde lo alcanzaba la noche y le regalaban ropa las personas que buenamente se compadecían de él. Hacía solo 5 días que había empezado a trabajar en la pizzería de Don Tomás, el viejo cascarrabias quien por fin, después de mil y un intentos, había accedido a darle trabajo, no sin antes ponerle todas la condiciones que quiso, una de las cuales era que no perdiera ningún reparto, ni siquiera con “el pretexto”, decía él, de que se lo hubieran robado. Bueno, ¿que podía hacer ya?,  se acercó un poco a la banqueta, miró su mano que sangraba abundantemente, la enjuagó bajo el agua de la llave y, una vez que quedó limpia, levantó el brazo y lo sostuvo en lo alto hasta que la sangre dejó de salir. Bajó nuevamente su mano, se incorporó y se dirigió a la pizzería,  mejor enfrentarlo hoy que mañana, se dijo. Quien lo hubiera visto de lejos habría pensado que era un muchacho más caminando rumbo a casa después de la escuela, sin embargo, el rostro de julio estaba bañado por las lágrimas que abundantemente le bañaban el rostro. Podía llorar, se decía a sí mismo, mientras llegaba con Don Tomás, allá sería otra cosa, se sentía tan inmensamente solo que no podía evitar que el dolor le saliera por los ojos.

-          Parece que el día ha sido difícil hoy, ¿verdad? – no reconoció la voz. Estuvo a punto de ignorar al hombre que le lanzó la pregunta más, sin saber exactamente por qué, se detuvo.
-          ¿Me está hablando a mí, Señor?
-          Si, muchacho.
-          ¿Qué me dijo?
-          Que parece ser que te han salido mal las cosas hoy.
-          Perdone pero, creo que no lo conozco - dijo julio visiblemente malhumorado.
-          Tienes razón.
-          ¿Qué?
-          Digo que tienes razón.
-          ¿Qué tengo razón en qué?
-          Al decir que no me conoces.

¡Vaya!, ¡un listo! – pensó Hugo – ¡como si no tuviera suficiente con lo que le pasaba! ¿De donde habría salido aquél individuo tan elegante?, y, ¿por qué le estaba hablando a él? La calle estaba completamente desierta y hacía frío. Él estaba en la calle porque allí vivía pero, aquél hombre no parecía, ni mucho menos, ser un vagabundo, ¿qué hacía ahí? Hugo decidió caminar más de prisa y pronto lo perdió de vista. Estaba tan concentrado caminando rápidamente y mirando la punta de sus pies que no reparó en el lugar hasta que se detuvo. ¿En donde estaba? No reconocía ninguna casa, la calle, los carros, ¡los carros eran distintos!, parecían más viejos, sí, ¡mucho más viejos!

-          ¿Extraño lugar, no?
-          ¡Usted!, ¿otra vez usted?
-          ¿Otra vez?
-          Sí, ¡otra vez!
-          Bien, otra vez.
-          ¡Ah!, ¿por qué me está siguiendo?
-          ¿Estás seguro de que yo te estoy siguiendo?, ¿no me estarás siguiendo tu a mí?
-          ¿Yo, seguirlo a usted?
-          Sí, según noté, aceleraste tanto el paso que me dejaste hace un buen rato pero, me parece que te arrepentiste y decidiste seguirme.
-          Pero, ¿está usted loco?
-          Pues, sí, ¡puede ser que esté un poco loco! Pero, todos lo estamos Hugo.
-          ¡Ah!, ¿Qué quiere?
-          Decirte lo que quieres.
-          ¿Lo que quiero yo?
-          Sí.
-          Bueno, Señor, perdóneme, ¿no está loco, de veras?
-          Ya te dije que un poco, sí.
-          ¿Usted quiere decirme a mí lo que yo quiero?
-          Sí.
-          Bueno, ¡está bien! y, dígame, ¿qué quiero yo?
-          Necesito que tú lo digas.
-          Pero, ¡usted me dijo que me lo iba a decir!
-          ¡Por supuesto!
-          ¡Ah!, ¿entonces?
-          Por eso te hago la pregunta, para poder compartir contigo la respuesta.
-          ¡Vaya con su sabiduría!, ¿no tiene algo mejor que hacer, Señor, que andar molestando a niños por ahí?
-          ¿Por qué no nos sentamos un rato en la banqueta, Hugo?, mira, ven, siéntate junto a mí.

Tanta insistencia y el no saber donde estaba, hicieron que Hugo desistiera de su intento de mandar a la porra a aquél individuo tan necio. Al cabo de pocos minutos, estaban platicando como si se hubieran conocido toda la vida. Pasaron el resto de la noche hablando de mil cosas hasta que la luz del sol los recibió temprano por la mañana.

-         Ya entiendo, entonces quieres ser músico, ¿verdad?
-          ¡Es mi sueño! Pero, bueno, es mi sueño.
-          Si, ya lo puedo ver.
-          ¿Qué puede ver?
-          Te veo como músico.
-          ¡Jajajajaja!
-          ¿De qué te ríes, amigo?
-          Me gustó como lo dijo, como si me estuviera viendo de verdad.
-          Pues, lo estoy haciendo.

Repentinamente Hugo se vio en un escenario, ¡tenía su soñada guitarra en las manos e interpretaba su propia canción! Aquella que compuso desde pequeño a la mamá que inventó en sus sueños y que lo acurrucaba todas las noches, aquella  en la que su papá regresaba a casa y los llamaba a cenar rezando la oración que alguien, ¿serían ellos?, le enseñó alguna vez. El público lo ovacionó cuando terminó de cantar, no obstante, por más que medio mundo lo invitaba a agradecer el aplauso, él seguía congelado en su lugar. Un joven se puso a sus espaldas y lo arrastró materialmente hacia delante, él terminó haciendo una reverencia y la gente estalló en una sonora ovación coreando su nombre: ¡Hugo!, ¡Hugo!...

Otra vez de vuelta a la realidad, ahí estaba, la mano ya  no le sangraba, incluso, ¡no tenía ninguna herida!, el pantalón tampoco estaba roto, no le dolía nada. Bueno, ¡menos mal! Tomo su sueño, lo abrazó y, cuando se iba a levantar, una mano lo tomó por el codo y el hombre le dijo:

-          Hugo, ha sido agradable tenerte en Etera, eres un jovencito con un sueño y con mucha esperanza. Hazlo realidad. Ya viste lo que te espera tras la lucha.
-          Sí – era el Señor raro.
-          Bien, adiós amigo, no dejes de visitar Etera.
-          ¿Etera? pero, y, ¿dónde está Etera?, ¿cómo puedo volver aquí?, es más, ¿cómo salgo?
-          ¿de Etera?
-          Sí.

Aquél hombre sonrió y viéndolo fijamente a los ojos, junto dos dedos y los llevó a su corazón, los detuvo ahí unos momentos sin dejar de sonreír hasta que Hugo asintió como entendiendo, después se volteó y se fue caminando por aquella calle solitaria perdiéndose de su vista rápidamente. Hugo volvió a abrazar su sueño,  dos pizzas más o menos no iban a detenerlo. Don Tomás tendría que unirse a su lucha, tendría que ser un aliado, no sabía como pero sabía que podía lograrlo. Quien lo hubiera visto caminar…

Jadi
febrero 2008

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Comentarios:

Escrito por: Rina       18/02/08 22:23
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Etera...bello lugar que nos hace volver a soñar y vivr con alegria. Me alegra que ahora haya sido Hugo quien lo visitara...es un niño fuerte, que a pesar de todo, seguira luchando.
Muy tierno, me ha infundido mucho optimismo amigo
Besos
Páginas: 1

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