Al mirar a través del cerrojo el niño sintió una repulsión tan grande por lo que había allí adentro que no pudo detener el movimiento automático que surgía desde su cuello y obligaba a todo su rostro a voltear a mirar hacia la sucia pared blanca que se encontraba detrás suyo. Había sido un desplazamiento totalmente inútil teniendo en cuenta que no pudo olvidar la imagen estremecedora que había visto segundos antes, y que además su curiosidad lo acercaba de nuevo al cerrojo oxidado.
Así, una y otra vez el niño se acercaba y veía la misma horripilante y angustiosa imagen a través del pequeño orificio de una manera totalmente automática. Cada instante de la noche ante ese momento era como si pasaran siglos completos de decadencia y el niño sentía el tiempo transcurrir exactamente en esa forma, gotas de desesperación salían desde todos los rincones de su tez blanca y pura, tornándola completamente asquerosa, produciendo una imagen desoladora del niño. Al mismo tiempo salían lágrimas de sus ojos que se mezclaban con el sudor, confundiéndose profusamente uno con otro, creando una total contradicción.
El mundo esta lleno de aquellas imágenes contradictorias, de aquellos nichos incomprensibles, pero que abundan en la vida de los hombres, que son como miles de insectos que se funden con la propia humanidad y que aunque externos a ella son su propia esencia. Sin embargo hay una particularidad y es que aunque sea cotidiana y repetitiva, aquella contradicción tiene una potencia poética inimaginable, en esta característica reposa su irracionalidad y su incomprensión.
El sudor y las lágrimas; lo impuro y lo puro en un solo instante. Un solo momento en que Dios se cubre con una mortaja negra hecha de sus propias manos, controlando su mirada, desviando la vista hacia otros limites de su pequeña creación pues no puede soportar la fugaz intervención de aquel caos aparentemente simple pero que en términos mucho mas trascendentes significa la caída total de todo su universo. Simplemente un momento de destrucción. Aunque como dije, pasa muy a menudo, Dios prefiere tapar sus ojos antes que descubrir con horror que fallo en la conexión eléctrica del computador.
El niño se detuvo un momento en su inconciente accionar, tenia que ir al baño, sentía nauseas de lo que veía. Sencillamente no podía estar quieto ante aquella imagen, y como si quisiera sacarla de su mente adolorida se encontró entre aquellas paredes de baldosa del baño vomitando frente al agua transparente del inodoro. Mientras lo hacia el niño podía sentir como la visión abrumadora de hace unos instantes lo abandonaba, de pronto el agua se iba manchando de ese canto multicolor frenético que era su propio vomito. La pureza de aquella agua cristalina iba tomando un tinte totalmente repugnante, lo que le recordaba al niño nuevamente la escena grotesca que se escondía detrás de la puerta.
Quizás ese presentimiento de que al vomitar iba a tener un poco de paz era solo una falsa esperanza, un deseo incontenible que creía iba a ser realidad, el niño se sintió de nuevo abrumado y sus lágrimas cayeron nuevamente por su rostro hasta fundirse con aquel desperdicio del inodoro. El niño se miro al espejo, tratando de seguir cada lagrima de manera que fueran preciadas y le dieran por lo menos un poco de tranquilidad.
De nuevo salio caminando por entre los estrechos pasillos de la casa en que había vivido toda su vida, los libros se alzaban como gigantes que en cualquier momento podrían ponerse en pie y destruir todo a su paso, la mesa del comedor, llena de platos sucios era el lugar que nunca hubiera deseado para comer.
Escoger las palabras es preciso, escoger las palabras cuando se escribe un cuento como si fueran las últimas de la vida del que las dice. El niño no decía nada, solo caminaba silenciosamente por entre todo aquel repugnante espacio, viendo de frente el final de la casa. Allí la puerta se levantaba como si fuera un guardia deseoso de sangre ajena, el niño solo se postro frente a ella de nuevo, observando todavía en silencio como detrás, el acto descarnado y sádico se desarrollaba.
De los ojos del niño de nuevo las lágrimas salían con destino al suelo, nublando la escena, haciéndola un poco más llevadera, distorsionándola para que el niño la pueda ver sin sufrir de manera visceral. Quizás esa sea el objetivo de las lágrimas, nublar nuestra vista para hacernos menos vulnerables a la angustia. En el niño hicieron efecto, pero no demasiado como para quitarle la sensación de dolor, la imagen ya estaba insertada en su mente, haciéndolo acongojar cada vez más.
Pasadas las horas la vista del niño se nublaba de manera gradual, las lagrimas bajaban por su rostro y por su cuerpo en gran tamaño, al niño ya no le importaba seguirlas, habían caído tantas que no eran sagradas ni importantes, eran solo como hombres que caminan junto a otros miles, como si no existieran. La vista del niño había desaparecido totalmente, una manada de aquellos hombres brotaba por sus ojos cubriendo la escena, desechando el sufrimiento, manteniendo una tranquilidad constante.
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