en con esa última carga desesperada terminaba todo.
Los cuerpos revestían una extensión imposible de cubrir por la vista, montículos de jóvenes cegados demasiado temprano de la vida, miembros en posiciones imposibles sobresalían aquí y allá de entre los compañeros o enemigos. Todos, quienes defendieran una bandera o la otra, se mezclaban en una extraña orgia de igualdad; si, sólo la muerte es verdaderamente democrática. Pues tanto los plebeyos como los nobles de descomponían igual, se hinchaban de la misma forma, su sangre manchaba el suelo del rojo semejante y su hedor putrefacto no se diferenciaba; ni toda la esencia de rosas con la que se bañara durante su vida un caballero podría esconder ahora ese profundo olor que su cuerpo sin vida expedía.
En el fondo se oían dos distintas cacofonías, una delataba el festejar quedo del campamento de los vencedores, la otra los lamentos de los heridos o dados por muertos en el campo de batalla, algunos eran parte de los vencidos, otros de los vencedores, pero abandonados como estaban, todos se encontraban perdidos. Cercano a un abeto desnudo de hojas se removían dos jóvenes que murieran con semblante de espanto, uno rodó por una leve depresión del terreno y alguien se liberó de su peso, sacudió su cabeza de entre los cuerpos, tomó una bocanada de aire y liberó también su brazo derecho. Un fuerte dolor en el costado lo detuvo entonces, robándole la energía que durante las horas que había pasado inconsciente había guardado; se derrumbó exhausto nuevamente, apoyando su mentón sobre el hombro de alguien. Dormitó unos minutos antes de que una voz lo despertara.
¡Oiga! ¿Está usted vivo?
Movió la cabeza aprobatoriamente, pero evitó mirar a ningún lado, sólo respondió:
No por mucho tiempo.
Pero eso ya es un comienzo ¿No lo cree?dijo el otro con tono de resignada burla.
Déjeme en paz, prefiero oír a los malditos austriacos celebrando.
El otro río un poco, antes de que la tos lo detuviera. Cuando se recompuso preguntó:
¿Cual es su nombre?
¿Qué le importa?
Bueno así es como se inician las conversaciones, usted me dice como se llama y yo le digo mi nombre, luego podemos pasar a otros temas de interés, como, digamos, el clima.
Alzó la cabeza para ver al otro hombre reír de su propio ingenio, estaba en una situación similar, atrapado entre cuerpos inertes y herido en varios lugares de tal forma que la movilidad no era una opción. Con la tarde tan avanzada apenas si podía entrever su silueta, pero el uniforme del personaje parecía inusualmente abarrotado de insignias.
Mi nombre es Viktor Ilionivich Bassilli se rindió por fin a contestar.
Viktor, soy Georg Ulrichdijo el otro instantáneamente, como si fuera un reflejo.
Viktor no lo podía creer.
¿Es usted austriaco? Que me parta un rayo si no es mi suerte la de un perro.
Bávaro, en realidad.
¿Por qué lo dejaron aquí?
Me habrán creído muerto no sé, ¿Cuál es su rango? Ya sabe, en el ejército del zar.
Soy sargento del cuarto cuerpo de granaderos del zar, ¿y usted?
Georg sonrió.
No es importante.
¿Cómo que no?repuso Viktor burlón Está usted violando el protocolo que antes me dictó, usted pregunta, yo respondo y viceversa.
Ojo por ojo ¿verdad?
Así es, pero descuide, poco me importa en realidad.
Soy Mariscal del segundo ejercito del emperadordijo Georg como si fuera cualquier cosa.
¡Ha! Ahora si estoy convencido, ¡he muerto y me retuerzo en el purgatorio!
El otro pareció divertido.
¿No creerá que el purgatorio es un lugar tan horrible?
¿Por qué pronto estaremos allí?
No necesariamente, Viktor, creo que aún podemos salir con vida de esta situación tan desesperada.
¿Habla en serio?inquirió el ruso sin creerlo.
El purgatorio no es un lugar para bromas, sargento.
¡Bah! No cuente conmigo para esta locura, yo con morirme ya tengo mucho, no necesito hacerlo con gran esfuerzo.
¿Así que dejará que venza?
¿Quién?
Es una guerra ¿sabe?
¿Que? ¿De que habla?
De la vida, es un conflicto jurado entre nuestra voluntad y nuestro destino.
Viktor miró al hombre como si fuera un loco, pero mantuvo el silencio.
¿Alguna vez ha visto al destino regalarnos lo que queremos? ¡No! Nos batimos en incesantes batallas para alcanzarlo, como ha sucedido hoy, aquí, en este campo de la muerte. No voy a dejar que gane, Viktor, no le voy a dar el gusto de decir que me venció con esta estupidez; usted puede quedarse aquí, quejarse de su suerte por algunos días antes de morir, entre terribles dolores, ¡pero yo no! ¡Saldré de aquí y me pegaré la borrachera de mi vida, por haber engañado al maldito destino!
Georg respiró profundamente, agotado por el esfuerzo, una vez repuesto, siguió, ahora un poco mas calmado, casi conciliador.
Todo el maldito planeta es cómplice en un complot para hacernos fallar, el aire que respiramos, el alimento que comemos, los amigos con los que departimos y las mujeres con las que nos acostamos, todos son parte de un juego macabro por resquebrajar nuestra voluntad.
Viktor sonrió amargamente, antes de hablar.
Ahora si ha perdido el juicio, mejor cállese viejo loco y déjeme en pazechó su cabeza a un lado y cerró los ojos.
Durante algunos minutos todo fue silencio y Viktor dormitó intermitentemente, nuevamente una voz lo despertó. Despertó exasperado y lanzó una fría mirada al Bávaro.
¿Qué quiere? ¿Por qué no puede morir en silencio como todos los demás?
Porque nosotros no moriremos, Sargento.
¿Otra vez con eso, déjese ya, soñador?
Ahora Georg bajaba su tono de voz, algo extraño sucedía.
Escuche, tonto irascible, alguien habla a lo lejos, detrás de las colinas a su diestra.
Viktor amagó con mirar hacia aquella dirección, por reflejo, antes de recordar que en su actual estado le era imposible. Escuchó con atención entonces, como lo aconsejara Georg. El Bávaro tenía razón, se oían voces, amortiguadas por los ruidos nocturnos, y el inconfundible crujir de una carreta. El ruso miró a su compañero, sus ojos no habían expresado sentimiento hasta el momento y ahora rebosaban de angustia. Georg asintió.
Hay que gritarpropuso.
Viktor dudó un poco y su semblante fue reemplazado con rapidez por el miedo, la prevención.
Nodijono sabemos a que ejercito pertenecen.
El Bávaro quiso responder, pero le fue imposible, el otro tenía razón. Viktor se salió con la suya, había pensado rápido, pues sabía que aquellos hombres eran con seguridad austriacos; ningún ruso volvería al lugar de tan desastrosa derrota, mientras que era sólo cuestión de tiempo para que los vencedores se desparramaran como buitres sobre el campo para saquear a los cadáveres; esa era su prerrogativa, al fin y al cabo, la habían ganado derramando su sangre durante la jornada. Si Georg llamaba a los hombres Viktor seria capturado y llevado, cargado de cadenas y arrastrándose, a Viena. No, imposible, si la única forma de salir vivo de ese lugar era prisionero de los austriacos, lo evitaría a toda costa. Debía mantener al Bávaro en silencio, ese seria su ultimo esfuerzo, si lo lograba por algunos minutos los hombres se irían y él podría disfrutar de una apacible muerte. Elaboró palabras para soportar su treta.
Creo que los oigo hablar en ruso, si, si, juraría haber oído un poco del acento de un cosaco del Don.
El otro pareció asustado, no quería que Viktor los llamase, entendía lo que pasaría, pero no dijo nada, el ruso leyó sus pensamientos.
No los llamarélo tranquilizó el ruso, no se preocupe, lo matarían o, peor aún, lo llevarían prisionero a Rusia y luego a trabajar a Siberia, despejando pasos de montaña y enterrando a sus compañeros muertos de cansancio en el congelado suelo, no, no le deseo eso, me estaré callado.
Georg sintió alivio, pero no encontró algo bien, el ruso mentía, no había oído hablar ruso, aún así, las patrullas rusas bien podían haber regresado buscando a un alto mando desaparecido o un estandarte de particular importancia perdido en el albor del combate, Georg seguía sin poder entender el dialecto que utilizaban y las ininteligibles palabras que escuchaba bien podrían ser ruso como alemán. El riesgo era demasiado y sólo se le pudo ocurrir una opción, debía actuar rápido sin embargo, pues el tiempo era poco; los hombres podían desaparecer tan rápido como habían llegado.
Viktordijosólo si cooperamos podremos sobrevivir, salvémonos la vida mutuamente, como no hay otra forma de hacerlo. Los llamaremos como nos sea posible, sin debelar nuestra nacionalidad y sólo una vez estén aquí y podamos confirmar su origen quien sea su compañero hablara, el otro jugara al muerto, rescataran al primero entonces y éste, como pactaremos, volverá con prontitud a liberar e intentar salvar al último.
El bávaro sabía que su proposición daría resultado, si el ruso se negaba a hacerlo, él se desvanecería en gritos y juramentos para atraer a los que seguramente eran sus amigos, Viktor lo entendería así, no tenia otra opción. Y así lo hizo, los dos hombres pactaron en silencio, solo con un ligero cabeceo de aprobación y entonces Georg empezó a gritar onomatopeyas. Un sonido respondió entonces, parecido al llanto de una mujer histérica, los dos hombres no entendieron pero continuaron con su esfuerzo, la respuesta fue la misma, pero ahora más nítida; más cercana, más parecida cada vez e inevitablemente, al aullido de un perro, de varios que invadían el campo, dándose un festín con el ejército del zar y el del emperador. Georg desistió, Viktor no le insistió.
La vida se fugó de ambos mediante el tiempo pasó, emanando de sus múltiples heridas, dejando un incomodo cosquilleo en los miembros que vaciaba. Un estertor leve y un cabeceo, el grito de victoria de la que siempre gana, la satisfacción muda de la que sin excepción vence.
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