La Virgencita de ébano y la cautiva.

Categoría(s): Relato.
     El viento se quejó todo el día en la extensa llanura. Con silbidos agudos o con llantos suaves o con roncos gritos. Su voz fue un eterno lamento, pero al llegar la noche amainó, llevándose la tormenta. El cielo pasó a verse claro, sin nubes ni niebla. Las estrellas, titilantes, comenzaron a brillar en el firmamento. La parte iluminada de un cuarto creciente de luna se extendió sobre la superficie del pajonal y el sereno terminó por acallar las voces del campo.         

 

     El invierno de 1834 se hacía sentir. La mujer, pobre de ropas, se arrastró con dificultad hacia sus niñas, acurrucándolas junto a sí, cerca del fuego.
     Observó atentamente la escena nocturna. Había reflejos de belleza en la laguna. Patos y gallaretas durmiendo, una nutria nadando silenciosa, y dos cisnes enamorados paseando sus desvelos suavemente.           
     El espejo de agua, achaparrado, invitaba a soñar. Era la imagen de la contemplación y la meta oculta de sus deseos más profundos.
     Sólo rompía el encanto un indio que dormía ruidoso su borrachera. Mirarlo la volvió a la realidad. Se asombró con un médano al poniente, el mismo que el viento de la víspera cambiara de lugar. Vio en ello una señal.
     La noche era ideal para la fuga. Hacía días que soñaba con esa oportunidad; desde que el resto del malón partiera para Leuvucó, según les escuchara decir en su lengua, y las dejara a orillas del espejo de agua de la laguna del Chañar, a más de veinticinco leguas al sur del Fuerte Constitucional, en San Luis, esperando no sabía qué ni cuanto tiempo.
     A escasos metros del indio estaban sus pequeñas hijas Francisca y Manuela. Milagrosamente, no habían recibido daño físico.
     Un ave blanca, que no reconoce, comenzó a  planear sobre la laguna; vio en el hecho otra señal y tomó una decisión. Esa noche escaparían.

 

     Quemó las sogas que ataban sus muñecas con un leño encendido, chamuscándose las carnes. Desató sus pies, haciendo lo mismo con sus niñas, despertándolas. Se encomendó a su virgen negra, la misma que cruzara el océano de España a Chile y de ahí la enviaran a su tierra como un presente de bendición para ese grupo de población incipiente,  acompañando al mensajero en su viaje desde Santiago, cruzando los Andes, Mendoza, el Desaguadero, la travesía y San Luis, donde la bendijera el obispo, hasta llegar a su casa en el campo, justo el día de su casamiento y ella la recibiera alborozada, vistiéndola de seda y con la capa que le bordara en oro. Era la Virgen Nuestra Señora del Rosario y desde ese momento deseó para ella un altar y una capilla junto a las chacritas de maíz, a la vera del río del manzano. Se lo hizo saber a Martín, pero por una cosa u otra del campo, su esposo aún no se había dado tiempo para satisfacer su anhelo. Eran tiempos difíciles y la hacienda requería prioritariamente su atención. Quizá por ello la virgencita se hizo peregrina.
     La  semana anterior al malón, una familia amiga la había llevado prestada varias leguas al sur, hasta un puesto del alto de las sierras, para la oración. Su casa quedó sin la protección de la virgen ni de su marido, quien viajara a San Luis por un asunto de una venta de mulares para el ejército, llevándose al niño Loreto, su hijo menor y el hombrecito de la casa.

 

     Dispuesta a escapar a un destino de desarraigo y desventuras, doña Carmen Basconcelo de Pérez inició con sus niñas y a pie, la larga travesía del regreso.
     Los ranqueles habían viajado rápidamente y a caballo, eludiendo puestos y poblados, con descansos y parlamentos. A doña Carmen y a sus hijas les llevaría mucho más tiempo su retorno.

 

     En alguna oportunidad se sintieron perdidas, pero la noche las reubicaba, siguiendo la senda contraria a la Cruz del Sur. Eludieron así toda vida humana por temor a equivocarse, y, cuando avistaban jinetes, resultaban ser indios o parecían gauchos matreros.

 

     Mujer de fe, a la vez que valiente y fuerte ante la adversidad, doña Carmen siguió lentamente y sin pausa su camino hacia el norte. Cuando comenzó a ver el cerro del morro una inmensa alegría la invadió. Ya no se perderían. Al cabo de mucho andar comenzaron a dejar los médanos y a caminar el terreno pedregoso que les era tan familiar, reafirmando su confianza en la grandeza de Dios y en la protección de su pequeña virgen negra.

 

     He de suponer que saciaban su sed tomando agua en los charcos y lagunas a su paso, alimentándose de raíces y algún animal pequeño que lograban cazar, comiéndolo probablemente sin cocinar por falta de fuego, o para eludir el peligro de una humareda que las denuncie.

 

     Fueron más de cincuenta leguas de sangre, sudor y lágrimas. Las encontraron unos arrieros que iban de Las Chacras a los cerros del Rosario, desnutridas, casi famélicas, agotadas y débiles, pero vivas, y asilaron en la casa de una familia de los Cerros Largos para reponerse, avisando a su marido.
     Curiosamente, en la zona que fueron halladas había estado la virgencita negra en su peregrinación cuando sucedió el malón.
     El milagro se había realizado.

 

Nota del autor: Lo narrado corresponde a un notorio suceso ocurrido en 1834, el año del gran malón. Aunque hay otra versión de menor arraigo, el hecho puntual de la toma en cautiverio y el hallazgo de las víctimas, como las citas geográficas, son reales y consta en el Archivo Histórico de la provincia de San Luis y en la documentación parroquial de Renca, según me informaran en el 2004 los hermanos José Luis Garro de la Municipalidad de Naschel y Víctor Hugo Garro, administrador del complejo de la capilla de La Abrita. Se desconocen las circunstancias de liberación y el penoso transcurrir del regreso al hogar, que me permití imaginar y describir como bien pudo haberlo sido. 

 

 

 

 

 

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Comentarios:

Escrito por: Norberto       03/10/07 02:09
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Es un capítulo de mi libro "¡Naschel! Gritos en la oscuridad" que se presenta en diciembre en el centenario del pueblo. Me alegro que te haya gustado y también que a tu amigo profesor le agraden mis textos. No soy historiador, aunque suelo bucear en el pasado en busca de sucesos dignos de escribirlos de otra manera. Creo que, donde la historia no alcanza, no está mal imaginar las circunstancias que llevaron a desencadenar los hechos que, de manera fidediga ella nos indica... Pero te confieso que, aunque integro dos juntas de historias, las fechas exactas y varios etcéteras, como dar fe de todo, me aburre bastante y a los "dinosaurios" de las juntas de historia a veces se les ponen los pelos de punta cuando me toca hablar en algunas jornadas. Pero ¡ojo! que los respeto. Pasa que soy escritor y cuando imagino lo digo, pero no intento pasar gato por liebre.
Escrito por: Poesiacarnivora       01/10/07 06:27
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Un excelente relato, has logrado llevarme a sentir el cautiverio, y esa huida desgarradora.
La fe mueve montañas, dicen, aqui,movío la voluntad de esta mujer. Creo que has recreado muy bien la historia.
Tengo un amigo, profesor de historia, que esta encantado con tus relatos, en este momento el también esta abocado a escribir sobre hechos historicos, o al menos a ambientar los relatos en circunstancias historicas precisas.
Quizás tus narraciones, sean un buen metódo para aplicar en el estudio de la historia, y que esta no se haga tan aburrida.
Un gusto.

Que las hadas sigan mostrandote el camino.
Escrito por: Norberto       28/09/07 03:14
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Gracias, avisame cuando tengas el relato en tu rincón.
Escrito por: guadalupe40       28/09/07 00:08
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Exquisito tu relato al margen del creer o no en los milagros, yo tengo escrito un relato (muy breve) referido a Nta. Sra. de los Milagros, quien recibió esta advocación luego del sudor milagroso de 1636 ocurrido en Cayastá, lugar del primer asentamiento de nuestra ciudad...Guadalupe de Santa Fe capital
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