El invierno de 1834 se hacía sentir. La mujer, pobre de ropas, se arrastró con dificultad hacia sus niñas, acurrucándolas junto a sí, cerca del fuego.
Quemó las sogas que ataban sus muñecas con un leño encendido, chamuscándose las carnes. Desató sus pies, haciendo lo mismo con sus niñas, despertándolas. Se encomendó a su virgen negra, la misma que cruzara el océano de España a Chile y de ahí la enviaran a su tierra como un presente de bendición para ese grupo de población incipiente, acompañando al mensajero en su viaje desde Santiago, cruzando los Andes, Mendoza, el Desaguadero, la travesía y San Luis, donde la bendijera el obispo, hasta llegar a su casa en el campo, justo el día de su casamiento y ella la recibiera alborozada, vistiéndola de seda y con la capa que le bordara en oro. Era
Dispuesta a escapar a un destino de desarraigo y desventuras, doña Carmen Basconcelo de Pérez inició con sus niñas y a pie, la larga travesía del regreso.
En alguna oportunidad se sintieron perdidas, pero la noche las reubicaba, siguiendo la senda contraria a
Mujer de fe, a la vez que valiente y fuerte ante la adversidad, doña Carmen siguió lentamente y sin pausa su camino hacia el norte. Cuando comenzó a ver el cerro del morro una inmensa alegría la invadió. Ya no se perderían. Al cabo de mucho andar comenzaron a dejar los médanos y a caminar el terreno pedregoso que les era tan familiar, reafirmando su confianza en la grandeza de Dios y en la protección de su pequeña virgen negra.
He de suponer que saciaban su sed tomando agua en los charcos y lagunas a su paso, alimentándose de raíces y algún animal pequeño que lograban cazar, comiéndolo probablemente sin cocinar por falta de fuego, o para eludir el peligro de una humareda que las denuncie.
Fueron más de cincuenta leguas de sangre, sudor y lágrimas. Las encontraron unos arrieros que iban de Las Chacras a los cerros del Rosario, desnutridas, casi famélicas, agotadas y débiles, pero vivas, y asilaron en la casa de una familia de los Cerros Largos para reponerse, avisando a su marido.
Nota del autor: Lo narrado corresponde a un notorio suceso ocurrido en 1834, el año del gran malón. Aunque hay otra versión de menor arraigo, el hecho puntual de la toma en cautiverio y el hallazgo de las víctimas, como las citas geográficas, son reales y consta en el Archivo Histórico de la provincia de San Luis y en la documentación parroquial de Renca, según me informaran en el 2004 los hermanos José Luis Garro de
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