"¡Ya lo sabe! ¡Pida en su farmacia LUMINARIA: la crema que ilumina su rostro, dejándolo blanco y pegajoso!".
- Fantástico... Lu-mi-na-ria. Es justo lo que necesitaba para esta noche, ¡iluminar mi rostro! Hoy el universo está de mi parte, ¡nada puede salir mal!
- Fea, déjalo ya, ¿quieres?
- ¿Qué es lo que tengo que dejar?
- ¡Tu cochina manía de intentar que alguien te quiera!
- ¿Por qué? ¿Para convertirme en una vaga conformista como tú? Gracias, pero paso.
- Como quieras, pero la decepción será para ti. En cuanto te diga en mitad de la cena que te huele el aliento, te pondrás a llorar hasta quedar como una pasa.
- ¡No digas tonterías, Bárbara! Eso ya no me afecta. Además, lo he solucionado. Estoy todo el día mascando hojas de menta y canela en rama; funciona. Hoy no me importará nada de lo que Satán pueda decir. Y mucho menos si es sobre mi físico. Tengo más que asumido que mi madre me llamó Fea porque en el registro no coló el que quería.
- Fea, te digo todo esto porque, en el fondo, no quiero que sufras. Sabes que a pesar de que me pareces una ilusa en todo lo que emprendes, te quiero, ¿no?
Satán esperaba desde hacía ya largo rato en "Un bocado a cien euros". Aquel restaurante era uno de los más lujosos de la ciudad, y Fea se sentía especial por ese alarde de caballerosidad por parte de aquel chico, con el que salía desde hacía ya dos semanas. Al entrar por una suntuosa puerta de madera y arcaicas vidrieras, le observó allí sentado mientras movía la pierna de manera impaciente.
- ¡Fea! Además de hacer justicia a tu nombre eres impuntual y estúpida. ¿Por qué te quedas ahí de pie mirándome? ¿Y... por qué demonios tienes la cara tan blanca?
- ¡Ah, esto! Es que me he echado una nueva crema para iluminar el rostro.
- ¿Por qué os empeñáis las mujeres en creer en esos potingues?
- Bueno... No creo que sea algo exclusivo de las mujeres ¿sabes?
- ¡Claro, claro! ¡Lo que tú digas! Pero los publicistas de esas cremas lo dicen claramente: "Uno por ciento de efectividad", ¡dos a lo sumo! ¡Es un gasto idiota!
- Ya. Verás, Satán, yo... quería hablar contigo de lo nuestro.
- ¿Qué es lo que es nuestro?
- Nuestra relación, digo. Llevamos ya mucho tiempo saliendo juntos, y creo que eso significa algo. ¿Tú no?
- Vaya, Fea, en realidad, te invité a cenar para poner fin a esto. Es cierto que llevamos mucho tiempo juntos, pero no estamos hechos el uno para el otro.
- Pero... ¿y quién lo está, eh? En estas dos semanas hemos visto que soportamos las opiniones del otro perfectamente ¿es que no lo crees así?
- Fea, yo aguanto de maravilla tu opinión sobre mí, porque ¡mi único defecto es ser malo! ¡Soy prácticamente perfecto! Pero tú no, ¡enseguida te pones a llorar! Claro que... está mal que juzgue de esta manera. No sé como reaccionaría yo si me recordasen cada poco todos esos defectos. Eres tan fea, irrealista, ingenua.... Y, además, ¡te huele tanto el aliento!
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- Bárbara, tenías razón. Las cosas con Satán no han salido bien. Incluso he llegado a las lágrimas.
- ¡Ay, qué raro! Te lo advertí! Eres demasiado sensible. Y no entiendo por qué.
- No sé... ¿No te parece bárbara esta sociedad?
- ¿Qué?
- Brusca, cruel. Quiero decir que nos escupimos las cosas a la cara, sin suavizarlas siquiera.
- ¿Suavizarlas? ¿Y para qué íbamos a hacerlo?
- En lugar de decirle a alguien: "Estás gordísimo", deberíamos comentar: "¿No te parece que te convendría un poco adelgazar?".
- ¡Pero qué tontería! ¿Por qué no habríamos de decirle al gordo lo gordo que está? ¡Estaríamos engañándonos!
- El gordo ya sabe que está gordo. Y a veces resulta muy duro escuchar la verdad. No hablo de engañarnos. Me refiero a que no es en absoluto necesario estar recordándole al otro que se le ve feo, idiota, enano, amorfo o avaro.
- ¡Pero es que ésa es la verdad!
- Ya. Está bien decir la verdad. Es lo que siempre nos han enseñado. Pero no creo que haga falta decirla sin que nos pregunten, como solemos hacer, o incluso a veces...
- ¿Qué?
- Algunas veces... podríamos incluso no decirla.
- ¿Pero cómo? ¿Y con qué fin, Fea?
- ¡Pues con el fin de no hacer daño!
- A mí no me hace daño la verdad, sólo se lo hace a gente tan sensible como tú.
- Bárbara, ¿y quién ha dicho que ser sensible sea malo? Nos educan desde que nacemos diciéndonos lo que debemos ser, hacer y sentir ¡y no nos cuestionamos nada! Y no somos robots, Bárbara. A todos nos duele que nos critiquen; estamos hartos de oír verdades, pero creemos que tenemos la obligación de aceptarlo de buena gana. Además..., me acuerdo muy bien del día en que tu frío y duro ex novio Pedro te hizo sentir fatal, al recordarte lo marimacho que eres.
- No le veo mucho sentido a todo esto... Pero ¿qué propones?
Empezar a crear nuestras propias reglas, cambiar este mundo.
Voy a ahorrarme un comentario.
- Hazlo. Es una buena manera de comenzar este plan. Una buena idea se extiende a la velocidad de la luz, así que no tendremos que esforzarnos demasiado. Lureal nos abrirá las puertas.
Fea y Bárbara pusieron rumbo hacia la empresa de cosmética que obtenía más beneficios por aquel entonces. Fea pensaba sin poder evitarlo en algún que otro episodio pretérito de su vida. El que le vino a la mente con mayor intensidad no fue ninguno que hubiese vivido con Satán. El fatídico suceso que pidió paso en su atormentada cabeza ocurrió el día en que cumplió los 7 años.
Aunque aquel día debería haberse celebrado una gran fiesta en su honor, se pensó que las que debían destacar eran sus preciosas hermanitas, Blanca y Clara, gemelas, y doblemente monas por ello. Nunca podría dejar de admirarlas con cierta envidia. Toda la familia las adoraba por sus enormes ojos verdes, y sus dorados y rojos bucles. Así, aunque se invitó al festín a toda la clase de Fea, en las fotos únicamente salían Blanca y Clara con sus graciosos vestiditos blancos con lazos de seda rosa. A Fea se la escondió bajo unos pantalones marrones gastados de pana, y una camisa negra heredada de no se sabía muy bien quién. Además, su abuela había insistido en cortarle el pelo al dos, porque "no deseaba que la nena sufriera con el inminente calor del verano". Qué atenta.
A aquella fiesta había asistido el chico más guapo de su clase, Adonis. A Fea no sólo le parecía de una belleza suprahumana (cosa a la que no debía dar ninguna importancia dada la injusticia moral que supondría que ella se la confiriese), sino que también lo percibía como un verdadero dechado de bondades. Sencillamente le veía, a su tierna edad, como parte de ella misma; tratándose por supuesto del perfil bueno.
Aquel día, a Fea no le iba a frenar el corte de pelo más desfavorecedor del mundo, ni el atuendo más roído y triste de aquel festolín, ni, por supuesto, aquella ausencia total de atención por parte de su familia e invitados. No. Aquel era el día en que se convertiría en una mujer, y sentía que aquélla, de alguna manera, era su celebración. Algo le decía que ese día se convertiría en memorable. Y así fue.
Pero por el trauma que le acarreó. Ya al ver a Adonis a lo lejos, supo que algo no iba bien. Era su ropa. No se trataba de lo indescriptiblemente fea que ésta aparecía; lo terrible es que era exactamente igual a la de Adonis: pantalones de pana marrones y camisa negra. Aquello hizo que Fea diese un respingo y se girase para que él no la reconociese. Sin embargo, peor fue la resolución que la contrariedad, porque el hecho fue que de aquella manera se hizo notar, y Adonis no dudó en lanzarse encima de Fea en un gesto varonil amistoso, mientras exclamaba: "¡Hermanito, te estaba buscando!". Había pensado que era su hermano. ¡Un chico! Era lo peor que le podía pasar. Tenía asumido desde el día en que nació que era verdaderamente fea, pero masculina... La masculinidad la imposibilitaba para ser candidata a gustar a Adonis. Contra eso no podría hacer nada.
Naturalmente, había logrado echar a puñetazos a aquella estúpida idea de su cabeza hacía unos cuantos años ya, cuando por fin consiguió dejarse una melena brillante y sedosa, y unas largas y bien esculpidas uñas. Sin embargo, aquel suceso la había dejado traspuesta durante muchos años, negándole la posibilidad de tomar la iniciativa para acercársele. Por supuesto, él tampoco lo había intentado, pero era lo usual en el caso de Fea.
- ¡Ey! ¡Vuelve de tus ensoñaciones! Aunque esa palabra tiene connotaciones positivas, y tu cara... ¡era un poema! Mal construidos los versos, claro...
- ¡Estoy! Estoy aquí. Verás, Bárbara, he estado pensando en cómo llamar a lo que será lo contrario a decir la verdad.
En realidad, Fea no sabía muy bien si de verdad había pensado en ello previamente, o se le estaba ocurriendo en aquel preciso instante. Quizá aquel fuese su primer... contramentir.
- ¿Y cómo se llamará a no decirla?
- Es la forma más corta que se me ha ocurrido. Contramentir: "Contra la mente ir"; es decir, "ir contra la mente". ¡Contra lo que se piensa! Además, "verdad" es femenino, así que estará bien que, por una vez, lo masculino sea lo malo. ¿Qué te parece?
- Suena fatal. Y lo de que lo masculino sea lo malo por una vez... es una chorrada. ¿No dices que crees que va a ser bueno no decir la verdad? Bueno, no sé; haz lo que quieras. Después de todo, la has inventado tú. ¿Hay que patentarla?
Tardaron bastante en llegar a Lureal, que se alzaba majestuosa en aquella elevada zona de la ciudad.
- Hola. Queremos ver a la presidenta... Fina...
- Fina Arrojo. ¿Tienen cita con ella?
- No, pero venimos a proponerle una idea empresarial que aumentará las ventas de la compañía hasta alcanzar cifras astronómicas.
- En ese caso, pasen sin perder un segundo, por favor. Es lo único que nos importa.
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- Bien, señoritas... Díganme, ¿en qué consiste ese plan?
- ¿Estaba escuchándonos...? Bueno, verá, tengo entendido que su división de cosmética para el cabello no va bien...
- Por supuesto que escuchaba. ¿Y en qué empresa triunfa ese departamento? Todos los champús que prometen brillo están hechos a base de siliconas, algo que a medio plazo estropea el pelo dejándolo peor que en un principio. Nadie quiere comprar champús que no sean cien por cien naturales, que tampoco lo mejoran, pero por lo menos no lo estropean.
- Ya, señora, pero... ¿y si en la publicidad de sus productos no se dijese la verdad?
- ¿Cómo?
- Pues, en lugar de decir que sus champús dan brillo hasta estropearlo... ¡Cállenselo y digan lo contrario! Afirmen que sus champús dan el brillo de una estrella, que dejan el pelo sano como una manzana, y que el olor que éste desprenderá hará a quien lo lleve... ¡sexi!
- ¡Pero eso sería no decir la verdad!
- Sería un... contramentir. ¡Pero se harían millonarios! Hoy día, sólo sus cremas venden, porque muchos seguimos empeñados en creer... Pero si, además, sus champús tienen éxito...
- Qué inmoralidad... Me gusta. ¿Qué sacáis vosotras con esto? No hay nadie que haga nada por los demás.
- ¡Se equivoca! ¡No sacamos nada! ¡Se lo aseguro! A no ser que nos dé trabajo, por ejemplo, dejando que diseñemos esa campaña.
- ¡Calla, Bárbara! Verá, yo creo que no decir siempre absolutamente todo puede traer muchas cosas buenas a esta sociedad.
- Nunca lo había pensado... Pero a mí la sociedad me da exactamente igual. Contad con ello, pero no con diseñar la campaña. ¡Ya me lo habéis dicho todo! No necesito pagaros para nada.
- ¡Mira la lista de los coj!
- ¡Bárbara, por Dios! No importa. Ya tenemos lo que queríamos. ¡Gracias!
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En un par de semanas salieron los primeros anuncios contramentirosos de la historia de la humanidad. Fueron un éxito. Millones de chicas de todo el mundo corrieron a comprar aquellos "milagrosos" botes de champú, que anunciaban, en su versión masculina, un chico adorablemente guapo. Aquella publicidad decía que el pelo quedaría brillante, sedoso y sería odorífero sempiternamente, ¡y tenía que ser la pura verdad!
Por supuesto, al cabo de algún tiempo, no todos aceptaron aquel contramentir. Unas pocas mentes pensantes llegaron a la conclusión de que aquella empresa no decía la verdad. Pero ¿por qué? Se preguntaban todos. No hubo que esperar mucho más. La gente adoptó la idea de forma inmediata. No quedó una sola persona que no probase aquella innovadora y falsa manera de decir la verdad. Pronto cualquiera tuvo la ocasión de comprobar que la gran mayoría de personas en el mundo prefería ocultar su verdadera opinión, antes que herir al prójimo, o algo aún peor: el temor a que le odien a uno, tras haber dicho cosas que en realidad a nadie gustó nunca oír.
Como la ley no penaba a los que proferían contramentires (porque la acción en sí acababa de inventarse), y como nunca se encontraba muy ocupada (pues hasta el momento todos decían la verdad y no era menester tomarse recesos en los juicios ya que estos eran enormemente rápidos), se puso ésta a la compleja tarea, sin perder un minuto, para evitar los males mayores de los contramentires, como la estafa publicitaria que no dejaban ahora de sufrir.
Lo que realmente preocupó a los magistrados del mundo fue la probable posibilidad de que los acusados contramintiesen en los procesos. Y aunque a partir de aquel momento muchos de estos comenzarían a eternizarse, y a pesar de que en numerosas ocasiones se sospechaba que los fallos no eran verdaderamente justos, la mayor parte de la gente de ley comenzó por fin a disfrutar de su profesión, y a darlo todo de sí misma. Aunque sobra decir que constituía un beneficio menor, teniendo en cuenta que diciendo la verdad todo eran ganancias, y no hacía falta alguna que uno fuese hábil en los juicios.
Lureal continuó realizando anuncios en los que prometían reducciones de arrugas, de cifras tan ridículas como el 99,7 por ciento, y sorprendentes milagros tales como reparación del cabello, brillo cegador o una divina fuerza "anticaída" solamente con el liquidito aquel llamado champú. Por supuesto, muchas otras empresas siguieron sus pasos a trompicones, y sin echar una pequeña vista al suelo.
Así, la ley, ahora preparada tras sus oficiales advertencias, no se hizo esperar más, e inició el proceso de todas aquellas compañías que osaban afirmar, con la mayor desfachatez de la que es posible el ser humano, contramentires, así como también se llevó a juicio a las agencias de publicidad y a los modelos y actores que hubiesen intervenido en semejantes engañifas.
Fea no dudó en convencer a Bárbara para que la acompañase a una de aquellas vistas. "¡Anda, por favor! ¡En parte me siento responsable!", le había suplicado. "¿Y por qué tengo que ir yo?", replicaba la otra. "Porque eres cómplice; vamos, y ojito con rechistar".
El juicio al que asistieron comenzó puntual. En esta ocasión, se acusaba a los modelos de los anuncios de champú de Lureal: Modesto Leal y Rosa Reina.
- El tal Modesto me suena, Bárb.
- ¿De qué?
- Si lo supiese, no diría que me suena, te contaría de qué le conozco.
- Pues no sé... Está tremendo. Debería llamarse Bello.
- ¡Claro! ¡Adonis!
También.
- ¡No! ¡Es Adonis! ¡El chico de mis sueños en la EGB!
- Entonces sería el niño de tus sueños; no el chico.
- Qué paciencia... ¡Ya decía yo que me sonaba! ¡Es él! ¡No me lo puedo creer! ¿es modelo? ¡Dios mío! ¡Entonces será tonto!
- Bueno, no tiene por qué, pero es probable; sí...
- ¡Voy a hablar con él!
- Claro, pero siéntate. Es mejor que vayas cuando termine de hablar aquel señor con toga, ¿lo ves?
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- Señoría, los acusados son más inocentes que los menores de dos años en tiempos de Poncio Pilatos.
- Abogado, yo no diría tanto. Hace unas semanas hubiese proseguido: "pero si usted lo asevera..." De hecho, esas comparaciones eran en alto grado útiles en los casos que se nos presentaban. Sin embargo, esta sociedad ha cambiado de la noche a la mañana, y ya no sé qué pensar de la gente... Usted bien podría estar... ¿cómo lo ha llamado la Populachera Academia Española de la Lengua? Contramentir... Podría estar contramintiéndome, letrado. Tiene usted que demostrar la inocencia de estas dos personas.
- Dios me libre de contramentir, señoría.
- ¡Señor, señor! ¡Mi señor! ¡Déjeme hablar, se lo ruego!
- ¿Quién es usted? ¡Esto es muy poco ortodoxo! ¡Usted no debería estar gritando así!
- ¡Lo sé, lo sé! Discúlpeme, mi señor, ¡majestad mía! Disculpe, pero éste es el primer juicio al que asisto, y nunca se ha emitido ninguno por la basurillavisión por lo aburridos y cortos que estos suelen ser... Espero que con estos calificativos no le haya ofendido...
- ¿Y por qué habría de hacerlo?
- Es igual... Escuche, mi señor juez. La prueba de su inocencia es tan simple como que ¡nunca antes se había contramentido! Así que no podían saber, de ningún modo, que los tantos por ciento o los milagros que prometían con su propia voz no eran verdaderos. Era totalmente imposible saberlo, porque ellos no podían presuponer que Lureal no diría en esta ocasión la verdad.
- ¿Y yo cómo sé yo que ellos dos no tenían conocimiento alguno de los fines de la compañía? Puede que incluso hayan sido cabecillas junto con los directivos de Lureal de esta falacia.
- ¡No, no! Mi muy señor juez, ellos son simples actorcillos; la cabeza no les da para más.
- Estúpidos modelos, querrá decir.
- Sí... Por supuesto; eso.
- Bien... Este alegato sirve sin duda para Modesto Leal y Rosa Reina. Den estos gracias al cielo por no haber sido llamados para protagonizar una segunda tanda de anuncios... En cambio, los demás acusados del complejo caso Lureal pueden ir buscándose buenos abogados, que en realidad no existen, porque lo tienen más crudo que los alimentos del homo erectus, al comienzo del Paleolítico Inferior.
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- Bueno, Fea, estarás contenta. ¡Has salvado a tu hombre! Pensé que ibas a confesarle al juez que fuiste tú quien creó toda esta historia.
- ¿Estás loca? ¡Me procesaría! Si van a condenar a los modelos de los otros anuncios, ¿crees que iban a dejar impune a la promotora del contramentir?
- No, claro que no. Además sería una incoherencia, decir la verdad al decir que has creado la contramentira... O me estoy liando... No, no, creo que no...
- Dentro de no demasiado tiempo, todos comprenderán que el contramentir es inherente al ser humano.
- ¿Tú crees?
- ¡Claro! De hecho, es más que probable que ni siquiera lo haya inventado yo. Seguramente, personas de recónditos lugares lo han hecho alguna que otra vez. Sólo era cuestión de tiempo que se extendiera. Pronto se normalizará entre la gente. A veces resulta mucho más producente contramentir, Barb.
- Sí... Lo sé. Oye, ¿por qué no nos tomamos unos helados cargados de calorías? ¡Tenemos unos cuerpos estupendos; no tenemos que hacer dietas!
- ¿Ves qué rápido se normaliza? ¡Tomemos esos helados! Pero antes saludaré a mi Adonis.
- ¿Adonis?
- ...
¡Glup! Te reirás, pero... iba al colegio contigo... Y, bueno, te he reconocido, aunque has cambiado un poco. Es raro, pero... ¡soy una perfecta fisonomista! Te..., te has cambiado el nombre, ¿eh? Si es que... Modesto; ¡qué gran acierto...!
- Claro que me acuerdo de ti.
- ¿¿En serio??
- Te eché de menos el resto de Primaria.
- ¿Cómo?
- Me dejaste de hablar en segundo.
- Ya... Me daba vergüenza. Lo de que me confundieras con un chico en aquel cumpleaños mío...
- ¿No era la fiesta de tus hermanas, las gemelas?
- ... No lo era.
- ¡Contramentía! Quería ver tu expresión.
- Claro...
- En realidad, aquel día no te confundí con mi hermano.
- ¿Me confundiste con un amigo?
- ¡No! ¡Sólo estaba contramintiendo!
- ¡Vaya! ¡No sabía que fueras tan...! No sé ni cómo llamarlo... contramentirosillo.
- Quería hacer que rabiases.
- ¿Y eso?
- Me gustabas. Como... ahora. Nadie nunca... me había defendido antes así, como tú hoy aquí.
...
Sal conmigo. Y lo primero que haremos será ir al registro. Linda Valiente. Ése debería ser tu nombre.
"¿Es que acaso no resulta evidente que muchas veces decir algo que no es en absoluto cierto conlleva únicamente beneficios? Lo curioso de todo esto es que puede que Adonis haya contramentido al decir que sólo contramentía cuando me tomó por un chico, para no hacerme daño. O quizá haya sido el primer contramentiroso de la humanidad por hacerme rabiar, como él mismo explicó. Pero lo que descubrí más tarde, y sé que es seguro a ciencia cierta, es que Adonis, Modesto, siempre ha pensado que yo era Linda. ¿Qué más da que en realidad no lo sea? En realidad, Adonis nunca más volvió a contramentir. ¿O quizá nunca lo hizo?".
Rocío Fuentes Ortea
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