LA VENGANZA DE DIOS

Categoría(s): ENSAYO

Un día Dios, en un acto inconmensurable en la historia de Su creación, se desgarró, de hizo pedazos para crear el universo. Pasó de la intemporalidad al tiempo, del caos al orden, de la ausencia y el vacío a la ubicuidad. Atravesó la dimensión del espíritu para darle forma a la materia. Concentrado en minúsculo núcleo de inexistencia, su sacrificio convirtió la oscuridad en luz y la nada en sustancia tangible. El universo había sido inventado. El prístino horizonte de sucesos se expandió como una luz azulada.

 

Pero este sacrificio debía ser compensado porque Dios murió. Su muerte traía consigo una deuda y tan solo hacía falta la entidad sobre la que habría de ser endosada. Aparecen a lo largo de los eones muy diversas criaturas, fantasmas traslúcidos, imposibles monstruos de la oscuridad, tétricas figuras de luz, torpes reptantes y espeluznantes colosos. Ninguno es apto para saldar las cuentas con el cosmos, en espera de la compensación y el equilibrio. Finalmente, de la espesura, entre tímido y perverso, planta sus huellas sobre la tierra una forma de vida impensable, frágil y terrible, pequeña y malévola, insignificante y salvaje.
 

Criatura temerosa, débil rama quebradiza, minúsculo grano en la inmensa vastedad terrestre, el ser prehumano avanza entre la maleza. Atisba desde los altos ramajes, se alimenta de bayas, raíces y gusanos y copula apoteósicamente en las grutas donde se refugia de la canícula y las heladas. Incapaz de pervertir el orden natural corre el riesgo de ser aniquilado por los monstruos que asolan el mundo.

 

Cae de pronto un rayo e incendia los secos hierbajos. La flor ígnea de color azul y escarlata oscila como una serpiente, bailarina de plasma. Entonces el individuo lanza alaridos, zarandea su cuerpo en un frenético ritual de miedo y curiosidad, acercándose hasta vencerle y controlarle.

 

Ese primer movimiento, ese instante de inconcebible lucidez convierte a este primate en humanidad. Sucumbe el animal y surge el hombre y la mujer, pero persisten los miedos a lo desconocido, a lo tremebundo. Cataclismos, inundaciones, terremotos, carnicerías continúan apocándolo, conteniendo su peregrinación hacia estadios donde otras serán las angustias y las aprensiones.

Hasta entonces, estos insólitos caracolillos, estos casi invisibles devoradores de bichos son inmortales. No conocen a su inapelable acompañante y tenaz: la muerte. Un buen día, uno de ellos es atacado por una fiera y sus restos sangrientos quedan tendidos en el páramo. Estupefactos, se acercan al cadáver y tratan de atizarle la vida, pero todo es inútil.

 

Surge entonces el miedo a la muerte, al más fatídico protagonista de la realidad, ya concebido desde la eternidad en el juego de movimientos y quietudes del cosmos. Es necesario un ente magnánimo, capaz de guiar, de proporcionar sosiego, de establecer pactos para ingresar a los pabellones insólitos de esa maravillosamente espeluznante república.

 

Al ser parte integral de ese dios autoinmolado del principio, el ser humano conserva en su interior una llama de la pulsión original, el germen de la conciencia, pero también de la culpa. Ha rodeado acontecimientos, ha experimentado circunstancias para recuperar esa chispa primigenia que ahora comienza a vibrar otra vez tras la barrera ósea de sus pensamientos.

 

El buen Dios, el innombrable, el imposible, regresa con la forma de padre protector, de consejero, de líder, de guía invisible, de misericordiosa potestad capaz de dar sosiego y esplendor a las misérrimas existencias, conscientes del fantasmal tugurio donde se han convertido en protagonistas.

 

Entonces, Dios vuelve a adquirir cognición, encuentra una base material para recuperar su majestuosidad, un asidero para consolidar su grandiosidad. El ser humano comienza a rendirle culto a un recuperado recuerdo, a ofrendar, a matar, a arrasar en su nombre. Se otorga la santidad y establece un vínculo egoísta con la pobre entidad material donde se posa ahora su energía.

 

Pero este Dios, recuerda ahora. Vuelven los sentimientos atávicos, la beatitud de la nada, la candidez del vacío y su espíritu anima una cólera funesta. Esclaviza, somete, ignora, destruye, ofende y martiriza. Reclama su sitial, impulsa todos los movimientos del humano hacia esos propósitos.

 

Dios, en su inconmensurable precognición, en su terrorífica clarividencia planifica un insólito acto en la economía del universo, sobre el material escenario donde pululan minusválidas entidades efímeras y maleables. Quiere ser desagraviado, recobrar su antiguo esplendor.

 

Alguien debe ser entregado para compensar el supremo sacrificio de Dios, alguien debe padecer su tormento, experimentar su desasosiego, su dolor, su desgarramiento, su caída en el mundo de lo sensorial y de lo tangible. Escoge un pueblo. Le prepara para escenificar su tragedia, lo seduce con sus llamaradas en lo alto de la montaña, con el trepidante vuelo de su manto de estrellas y la tenaz advertencia de muerte.

 

Para Dios, el tiempo es un sinsentido, lo trasgrede, lo interrumpe, los trastoca y lo ignora. Para los hombres y mujeres, el tiempo es un abismo o un alud que todo lo arrasa y lo sepulta. Ha esperado para consumar para restituir su esplendor. Su mirada se posa sobre un villorrio perdido en las peripecias del camino hacia Jerusalén. Allí está Belén de Efrata, allí Galilea.

 

Una doncella y un hombre curtido concluyen la tarea. Les nace un crío de hermoso aspecto, de candorosa faz, como son todos. En él confluyen ira y dolor, pesadumbre y desolación, miedo y locura. Esta natividad es insulsa, nadie sabe los designios que sobre ella recaen, nadie adivina el horrendo propósito del Creador.

 

Ese día de diciembre, marzo, abril o septiembre, para los planes celestiales poco importa, se materializa el hombre que habrá de saldar las cuentas divinas. Su sangre será vertida, no por la humanidad, salvaje y telúrica, si no por Dios, cuya muerte le otorgó la existencia al inmenso conglomerado creador de ficciones.

Esta acto de egoísmo, de vanidad celestial es la cancelación de la deuda. Los humanos la han olvidado y celebran con alegría, la consumación de la venganza del Dios

 

No es al hijo de Dios al que festejamos, es al hijo del hombre, el sacrificado varón de dolor, elegido entre millones para saciar la sed de compensación de una entidad alucinada.

 

Nos queda tan solo ser comprensivos ante la evidencia, ser tolerantes y magnánimos ante la realidad. Algún día haremos las paces con Dios

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Comentarios:

Escrito por: MANTIS       11/04/08 20:45
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será?
Escrito por: avesolitaria       08/04/08 19:40
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Tremendo título y dificultosa filosofía. Lo que me faltaba hoy para terminar de enloquecer... Pero... los designios de Dios ¿quién los conoce? Bueno, si al final (dices) "haremos las paces con Dios", pues ya me quedo más tranquila.
Tienes aguda imaginación e inteligente mentalidad. Texto sin desperdicio. ¿Herético tal vez? Mi felicitación por tu ensayo.
Páginas: 1

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