Mi nombre es Arthur, el
apellido no lo tengo en cuenta del mismo modo que mi familia prescindió de mi
cuidado. Por otro lado, si en alguna ocasión deciden visitar este tranquilo
pueblo del sur en el que habito, y desearan, cosa que dudo, conocer al genial
pintor que fui, no me encontrarán ustedes preguntando por mi nombre de pila.
Pues mi nombre, al igual que mi oficio y mi persona, dejaron de existir hace ya
mucho tiempo. En su lugar, ustedes debieran preguntar por el «ingenioso» nombre
con que los lugareños de este pueblo, en una magistral lección de ocurrencia,
me han rebaucitado: El Tullido de Armansa.
Desde muy pequeño he sentido
una pasión fuera de lo común por los colores. La amplia gama de matices que
componen todas las cosas que existen me maravilla. Esta pasión ha ido en
aumento a lo largo de mi vida, llegando a convertirse en una obsesión. De todos
ellos, el rojo era mi predilecto. A tal
punto llegaba a fascinarme ese color que recopilaba todo tipo de objetos que
comprendieran cualquier tonalidad en su escala: carmesí, bermellón, magenta,
escarlata, granate, carmín, rosado o colorado. Convirtiéndome de este modo en
una especie de coleccionista de rojos.
Al cumplir los catorce
resolví vivir alejado del que hasta entonces había sido mi cuidador y
protector, un tío lejano que aceptó mi tutela a cambio de una considerable suma
que mis progenitores le enviaban mensualmente para cubrir mis gastos; aliviando
así el sentimiento de culpabilidad de unos padres que me negaron lo que más necesita
un hijo, cariño y amor. Dicho familiar me procuró vestimenta y educación en
buenos colegios. Nunca pasé hambre, ni tuve que preocuparme por trabajar para
conseguir cuanto quise. Pero aquello que el dinero no podía comprar, el afecto,
me fue negado, y sustituido por golpes.
Mi tío se cobró alto los
servicios prestados, pues cuando decidí abandonarle para dicha de ambos, me
legó una cuantía económica importante, pero muy inferior a la cantidad total
que debía haber acumulado para mí cuando llegase el momento de mi emancipación.
Sin embargo, no osé protestar, porque a lo sumo tal vez hubiese conseguido una
paga extra de puñetazos y patadas. Y de eso, ya andaba yo sobrado.
Con
lo asignado pude, no obstante, procurarme todo cuanto necesité para ser feliz.
En primer lugar soledad, nada ansiaba más que alejarme de la crueldad del ser
humano y hallar la paz conmigo mismo. En segundo lugar, sumergirme en el
estudio de lo único que había aportado satisfacción a mi vida: los colores.
Para lo primero compré una lujosa y acogedora casa al borde del lago, a una
distancia suficientemente alejada del pueblo. Los anteriores propietarios,
gente de negocios, la hicieron construir allí como lugar de retiro para sus
vacaciones, en búsqueda de la tranquilidad que nunca proporciona el bullicio de
una gran ciudad. Para lo segundo, habilité la estancia más grande de la casa
para convertirla en estudio, donde pasaría encerrado la mayor parte del tiempo.
Allí fui creciendo en
soledad. La única compañía me la brindaban los pinceles, lienzos, tablas,
cuadernillos, juegos de acuarela y, por
descontado, los incontables botes de pintura que se amontonaban no sólo en el
estudio, sino por todos los rincones de la casa.
Pasé años encerrado buscando
nuevos matices, nuevos colores, nuevas tonalidades aún por descubrir. Y en mi
empeño por conseguirlo, casi sin quererlo, realicé auténticas obras maestras en
el campo de la pintura. Mis obras eran gloriosas a la vista. No pintaba nada en
concreto, mis cuadros no aportaban una imagen a quien los contemplaba, mis
cuadros no eran cuadros, eran sensaciones en sí mismos.
Cierto día mientras me
encontraba trabajando en la composición de un nuevo cuadro, llamó a mi puerta
un visitante. A mi pregunta acerca de qué deseaba me anunció que andaba en
busca de un tal señor Sebastián Celada.
El Sr. Celada fue el
anterior dueño de esta casa. le informé.
¡Ah!
Entonces, ¿ya no vive aquí? preguntó sorprendido el visitante.
Actualmente
yo soy el propietario.
Y ¿sabría usted decirme
dónde puedo localizarle?
Pues es algo que
desconozco, caballero. Mi único trato con él fue el dedicado a las gestiones de
compra-venta de la casa. No le conozco
personalmente.
Vaya, pues me temo que he
hecho un largo viaje en vano. se lamentó el hombre.
Siento
no poder serle de más ayuda.
Gracias de todos modos. Ha
sido usted muy amable al atenderme.
No hay de qué. dije
inclinando levemente la cabeza a modo de despedida al mismo tiempo que cerraba
la puerta.
Pero antes de terminar de
cerrar, el hombre que estaba al otro lado, me hizo una petición:
... disculpe otra vez
caballero, ¿podría usted ser tan amable de darme un vaso de agua? He hecho un
interminable viaje hasta aquí, y tengo el mismo recorrido de vuelta, y la
verdad es que estoy sediento. Si no le importase...
En absoluto fue mi
contestación. Si tiene la amabilidad
de pasar, se lo ofreceré con mucho gusto.
Tras cerrar ahora sí, el
visitante me tendió la mano:
Soy el Dr. Salazar. Le doy nuevamente las gracias señor... dijo alargando la última silaba.
...Arthur, puede llamarme
por mi nombre de pila. respondí.
Arthur no es nombre de
estas tierras, si me permite la observación.
No, no lo es dije. Mis padres vivieron mucho tiempo en
Inglaterra, y al nacer me bautizaron con el mismo nombre de un buen amigo con
quien compartieron estancia en ese país.
Bonita elección la de sus
padres me comentó, pretendiendo ser amable.
Gracias Dr. Salazar.
Acto seguido fui a buscar el
agua para poner remedio a la sed del imprevisto invitado. Tardé poco en
regresar con el vaso.
Tiene usted unos preciosos
cuadros. No estoy seguro de comprender su significado, sin embargo me parecen
los más bellos que he visto, ¿me permite preguntarle dónde los adquirió?
comentó sin dejar de mirar los lienzos que exponía en el salón.
Ya lo ha hecho Doctor.
¿Cómo? preguntó volviendo
hacia mí la vista.
La pregunta digo. Me
consulta si le permito que me pregunte acerca de algo a la vez que me realiza
la pregunta. dije yo sonriendo.
Vaya, es cierto, que
absurdo. Lamento ser tan curioso.
No se lamente, por favor.
No era mas que una broma. No sería yo tan grosero con un invitado que acaba de
alabar de forma tan espléndida mis obras.
¿Cómo?, ¿son suyas? su
expresión se convirtió en una mueca de sorpresa.
Así es, todo cuanto ve aquí
lo he pintado con mis manos. Soy un apasionado de los colores y trabajo en la
exploración de toda su gama.
Pues la obra es de una
belleza sublime.
Le agradezco la
observación, me siento muy halagado. La mayor parte de mis trabajos los guardo
en el estudio. Si gusta, sería un honor para mí mostrarle los que allí se
encuentran le dije animado por sus palabras.
¡Por supuesto! Estaría
encantado. Es usted muy amable al permitirme entrar en su casa, darme bebida y
además brindarme la posibilidad de admirar su trabajo. contestó entusiasmado.
Respecto a lo segundo,
permítame ofrecerle algo mejor..., ¿le gusta el whisky?...
Disfruté de una agradable
velada con el encantador Dr. Salazar. Además, resultó ser un gran entendido en
la materia, y tras observar mis pinturas y escuchar paciente mis explicaciones
al respecto, nos sumergimos en una agradable conversación. Como no tenía prisa
por marcharse, nuestra charla se alargó varias horas. Me explicó que debido a
su profesión tenía contacto con varios coleccionistas que seguro estarían
interesados en adquirir alguna de mis obras. Por otro lado, personalmente, era
un hombre que gustaba mucho del arte, en especial de la pintura, y tenía en su
poder varias obras de artistas de reconocido prestigio y gran valor. Es por
eso, que en medio de la conversación, el Dr. Salazar se prestó a entablar
contacto con un marchante de obras, amigo suyo, para que viniera a visitarme.
Decía el Doctor que estaba seguro que mis obras se venderían sin ningún
problema, y que podría hacer negocio de mi talento si me lo proponía. Al
principio fui reacio al ofrecimiento, pero más tarde reflexioné y acepté la
propuesta. De momento vivía sobradamente bien con el dinero que mi tío me había
entregado, pero cierto era que en algún momento acabaría necesitando más, pues
la generosa suma con la que me independicé tan sólo llegaría para cubrir mis
gastos apenas un par de años más. Y qué mejor forma de ganarme la vida que la
que este hombre me ofertaba.
Es así como llegué a conocer
al que se convertiría en mi representante, el señor Isaac Sedano. Isaac era un
personaje algo peculiar, nada raro teniendo en cuenta el ambiente excéntrico en
el que se movía, tan común en el mundo artístico. Su principal fuente de
ingresos era la de promocionar a artistas noveles como yo, de los que cobraba
una parte en concepto de comisión por cada obra que conseguía vender. También
se dedicaba a la tasación de cuadros y objetos de valor. E incluso había
conseguido vender alguno de los cuadros que él mismo pintaba.
Cuando llegó por primera vez
a mi casa, y tras observar mis cuadros, entró en auténtico frenesí ante según
sus propias palabras una obra tan maravillosa. Al poco de iniciar negocios con
él, empezaron a lloverme multitud de pedidos. No sé si el éxito de ésos días se
debió realmente a mi talento o a la genial promoción que Isaac había hecho.
Fuese mérito mío o suyo, el caso es que viví unos años gloriosos en los que mi
trabajo fue mundialmente conocido. Hice una fortuna y me convertí en uno de los
más famosos pintores de la época. En una ocasión llegó a visitarme un miembro
de la casa real para hacerme una petición personalmente.
Que lejanos me resultan esos
momentos ahora. Recuerdos que evidencian con qué crueldad puede el destino
cambiar la vida de un hombre.
Una mañana, de esas en las
que andaba atareado entre lienzos en la comodidad de mi estudio, tuve un
percance de lo mas absurdo, un accidente estúpido que precedió a toda una
tragedia.
Perdí el equilibrio al
resbalar con un resto de pintura, y en un intento de librar el porrazo, mi mano
se aferró al caballete de trípode, que no pudiendo con mi peso, me acompañó en
la caída. Experimenté un dolor terrible en el dedo y comprobé que éste había
quedado atrapado en la pata plegable del caballete.
Bajo el efecto lacerante del
dolor mi boca profirió todo tipo de maldiciones que no me procuraron alivio
alguno. Pero no debía buscar yo bálsamo para el sufrimiento físico. Era mi
propia persona, frenética por la visión inmunda que tenía ante mí, la que
necesitaba cura.
Debo explicar ahora para
que el lector entienda la continuación de los hechos que con la misma
intensidad que sentía adoración por el color rojo, aborrecía el morado. Ese
color a camino entre el azul y el violeta, y cuyo verdadero nombre es «añil»,
me provocaba infinita repulsión. Comprenderán ahora con qué espanto mis ojos observaron
la manera en que el tono rosado de mi dedo se transformaba en un asqueroso
cárdeno.
Durante varios minutos
permanecí sentado en el suelo sin saber qué hacer, paralizado. No podía dejar
de mirarme la uña, cada vez más morada, más fea, más sucia. Luego corrí al baño
y dejé que el chorro de agua fría calmase el fuego abrasador de mi dedo. Pero
el agua, clara y limpia, no arrastraba la porquería purpúrea de la herida. Un
sudor gélido me recorrió la nuca. No había nada que hacer, el monstruo de la fatalidad
se había instalado bajo mi uña y devoraba con vehemencia mi razón.
Esa misma tarde recibí una
carta de Isaac. En ella hablaba sobre un encargo que exigía dejar de lado
cualquier trabajo en el que me hallara ocupado, pues el cliente decía, estaba
dispuesto a pagar una gran suma de dinero con la única condición de que la
entrega del cuadro se realizara dentro de un plazo de siete días. A esos siete
días debía yo restarle dos a juzgar por la fecha del matasellos.
Cuando acepté a Isaac como
representante le hablé de un único precepto: Poder mantenerme alejado de la
vida social, asegurándome de este modo la soledad que siempre he necesitado.
Así que hicimos un pacto: yo no rechazaría jamás un encargo que él me
consiguiera fue su condición, y él, a su vez, se ocuparía personalmente
salvo en ocasiones tan especiales como la de la casa real de recoger los
trabajos. De este modo yo le garantizaba trabajo y él a mí intimidad.
Pero, ¿cómo explicarle a
Isaac, cuando se presentara dentro de cinco días, que había roto el acuerdo
porque estaba demasiado ocupado luchando contra las quimeras de mi fobia? Preocupado ante la situación, resolví
una solución para mi problema, algo fácil, sólo tenía que conseguir librarme
del color que impregnaba mi carne, y, ¿cómo hacerlo?, simple: Tapándolo con
otro color. Así que busqué un bote de
pintura que contuviera el color rojo, busqué entre centenares, quería el rojo
más rojo posible, brillante, intenso... y lo encontré por supuesto; seguidamente
introduje la parte lastimada del dedo en su interior, y al sacarlo, ¡Ay, al
sacarlo! Que satisfacción, qué placer tan gratificante para mis ojos. Luego, me
practiqué un vendaje. La pintura, aún sin secar, impregnó partes de la venda, y
ello me procuró más gozo aún.
Terminada la «cura»
contemplé orgulloso mi mano, un vendaval de júbilo invadió mis pulmones y
cuando terminé de exhalar el último hálito de felicidad, me sentí de nuevo
capacitado para empezar a trabajar. Impulsado por una sensación de triunfo
agarré mis pinceles y trabajé durante horas hasta bien entrada la noche.
A la mañana siguiente, muy
temprano, desayuné con prisas y retomé la tarea inacabada de la noche anterior.
A eso de las doce de la tarde llevaba ya seis horas absorto en el trabajo y
empezaba a sentirme cansado, entonces, mi dedo empezó a emitir lanzadas de un
dolor agudo. Era un dolor frío, de acero fino, de bisturí. Un simple ¡Tic!, que
me hacía dar un ligero respingo, una punzadita tonta del todo sufrible. Sin embargo cada vez que el dedo lanzaba esa
punzadita... Ese ¡Tic!, traía a mi memoria el recuerdo de la imagen de Eso que
había bajo la venda, y el recuerdo de Eso me hacía perder la concentración.
Cada nuevo ¡Tic!, hacía mermar mi paciencia un grado en su escala de aguante.
No podía concentrarme, empezaba a irritarme, y la irritación me llevaba al
enojo, y el enojo me devoraba el temple. Otra vez, ¡tic!, ¡tic!, ¡tic! ¡Me
entraron ganas de aplastarme el dedo de un puñetazo! Furioso arrojé el pincel y
fui al baño con intención de hacerme una nueva cura. Despacio liberé el dedo
del vendaje ¡Que asquerosidad!, sufrí un ligero mareo y casi pierdo el
equilibrio, pero volví a recuperar la postura, cual resorte, con el impulso de
una arcada. Y es que el monstruo de la
fatalidad, viéndose vencido por mi astucia la noche anterior, había resuelto
seguir con su juego macabro y ahora ya no sólo cubría el trozo de mi uña, ahora
había teñido de morado todo el dedo por completo.
Pasaron más de veinticuatro
horas hasta que salí del estado comatoso que me había auto infligido a causa de
la exorbitante ingesta de tranquilizantes y alcohol del día anterior. Cuando
desperté me encontré tirado en el suelo del salón rodeado de varias botellas
vacías de Malrius. La boca me sabía
ácida y la cabeza me dolía horrores. Alcé la vista hacia el reloj de pared y vi
que eran las ocho de la tarde. Hice un esfuerzo por ponerme en pie, fui al baño
y me miré al espejo, tenía un aspecto realmente lamentable. Se me ocurrió darme
una ducha con agua fría y, después, me dejé caer en el sillón del salón donde
me sumergí en un sueño intermitente del que despertaba a ratos entre pesadillas
delirantes y momentos breves de lucidez.
Pensé en Isaac, pensé en el
cuadro que estaba por terminar y en los pocos días que quedaban para que
venciera el plazo de entrega. Entonces me levanté, me vestí y comí algo; logré
sentirme mejor. De nuevo me propuse seguir con mi trabajo. Era tarde pero me
encontraba lúcido y despejado, además la noche siempre me ayudaba a expresar
mejor las ideas.
No había terminado de organizar el material
cuando... ¡Tic!, el dedo me arreó un nuevo pinchazo. Encolericé, rabié y perdí
el control. Bajé al trastero, una estancia húmeda y polvorienta en la que no
entraba nunca. Había poca luz, sólo una bombilla sucia que colgaba sobre una mesa
de trabajo. Mis ojos buscaban algo pero no sabían qué exactamente, miré de un
lado a otro con impaciencia, allí estaba la solución. Colgada en una esquina y
oxidada por el poco uso. Medité un instante, reconozco que tuve miedo. Pero el
miedo es una sensación que el odio convierte en coraje. Así que solté el hacha
de su enganche y volví con ella a la mesa donde había más luz. De un manotazo
tiré cuantos objetos había allí y extendí la mano encima. Alcé el brazo que
sujetaba el hacha y luego dejé que cayera sobre mi dedo con toda la fuerza de
su peso. El hacha quedó clavada en la tabla seccionando el trozo de carne
mugrienta del resto de la mano. Tras unos segundos empezó a brotar gran
cantidad de sangre, sangre de color rojo vivo, puro, perfecto. Trasladar la
sensación de alivio y felicidad que se apoderó de mí en ese momento es tarea
casi imposible de llevar a cabo. Baste decir que esa noche dormí como sólo un
niño virgen de preocupaciones puede hacerlo.
¡Ah! ¡Astuto y vil el
Diablo! Y yo, ingenuo cual Príamo ante El Caballo de Troya, bajé la guardia
creyéndome vencedor; entonces Él entró silencioso en mi dormitorio mientras yo
gozaba de un descanso imperturbable. Rata, le imagino sonriente a los pies de
mi cama jugando con sus pócimas a cambiar el color de mi piel, jugando a
volverme loco.
Cuando desperté miré mi
mano, ¡morada! Toda entera estaba teñida de añil. No pude mas que reír ante
esta nueva treta de mi enemigo. ¿Ingenuo?, sí, lo admito ¿Derrotado?, sólo en
parte... iba yo a mostrarle al Diablo la fuerza de la perseverancia del ser humano... Con una idea muy clara en
la mente dirigí mis pasos nuevamente al trastero, di un puntapié al portón de
madera y la puerta quedó abierta. Me detuve un instante. Desde lo alto de la
escalera observé la vieja mesa, aún iluminada por la bombilla que permanecía
encendida desde la noche pasada; sobre la mesa estaba el hacha clavada, el
dedo, y alrededor, un pequeño charco de sangre ya seca. Tragué aire, y bajé.
Llegados a este punto hay un espacio en blanco en mi memoria. Lo siguiente que
recuerdo fue la voz de Isaac, llamándome desde algún rincón de la casa:
¿Arthur? Arthur, ¿estas en
casa?
Primero pensé que estaba
soñando, y su voz se me hizo lejana, no respondí, me daba pereza despertar.
Poco a poco fui recuperando la conciencia y empezando a recordar, pero aún me
sentía vago para hablarle. Él seguía llamándome. Al rato, le vi pasear por el
salón, la puerta del trastero estaba abierta y yo estaba tirado en el suelo, a
los pies de la escalera; traté de incorporarme pero no lo conseguí, caí al
suelo otra vez y el ruido que hice llamó su atención, entonces me vio.
¡Por el amor de Dios,
Arthur! gritó mientras bajaba las escaleras tan rápido que creí que no
frenaría a tiempo y me pisaría.
¿Qué demonios ha pasado aquí?
dijo mientras echaba miradas a mi brazo y luego a la mesa, y luego otra vez a
mi brazo, y luego alrededor tratando en vano de buscar una explicación.
Amigo, háblame ¿Quién te ha
hecho esto?
Pero yo estada demasiado
débil para contestar. En ese momento miré mi brazo, o lo que quedaba de él;
estaba cubierto de sangre, sangre roja... entonces, aunque no recordaba con
claridad, supe exactamente qué había pasado. Volví a mirar el brazo, toqué la
sangre y observé la yema de los dedos... rojo. Grité:
¡Le he vencido! Nuevamente,
Isaac, nuevamente le he vencido.
Isaac me observaba con los
ojos desencajados, yo no podía dejar de reír, victorioso, orgulloso de mí. Él estaba arrodillado junto a mí. Me hizo
gracia ver cómo se levantaba poco a poco mientras miraba con detenimiento la
escena, y luego volvía a mirarme a mí, y su gesto se transformaba en una mueca
de repugnancia, empezaba a comprender.
¿Qué?... ¿Qué has hecho,
Arthur? balbuceó.
Luchar, Isaac . Contesté
riendo. Luchar y vencer.
Isaac dio un paso atrás y
chocó con la mesa, miró los restos de mí de los que me había deshecho y creo
que estuvo a punto de vomitar, entonces me gritó:
¡Loco! ¿Qué has tomado?
¿Qué has bebido? ¿Qué te ha llevado a esto?
Traté de hacerle entender,
de explicarle mi valentía, pero ni él ni nadie en todo Armansa supo comprender. Por esto, y por lo mucho
que gustan los rumores a los estúpidos, pasé a apodarme en poco tiempo El
Tullido de Armansa, El Loco, El Demente, y mi carrera, mis posesiones y mi
vida se extinguieron con el tiempo. A nadie le interesaba comprar un cuadro del
«loco tullido», a nadie le gustaba admirar la obra de un demente. Ya no había
genio, ya no había talento, me sepultaron en un cruel silencio, en un
irracional desprecio.
Pero sólo yo, un simple
mortal, conseguí apartar las garras del Diablo en una lucha despiadada. Sólo yo
derroté al monstruo de la fatalidad.
...FIN...
Autora: Nena
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