¿Con quién juegas? le dije al oírla hablando sola.
Con Ana contestó.
Sonreí de su ocurrencia. Actuaba como si de veras jugara con una niña. No le di importancia. ¿Qué de malo tenía que mi hija utilizara su imaginación? ¿Qué tan mala podía ser para ella una amiguita inventada? Por eso, ni la contradije ni me burlé. La abandoné a su juego, con tal de que su curiosidad me diera un momento de respiro.
Aquello se repitió las tardes siguientes. Mi hija me decía: Ya llegó Ana, mami, ¿le das permiso de que entre a jugar conmigo? Y yo sonreía y concedía el permiso. A veces me involucraba en el juego diciendo: Pásale, Ana, jueguen cuanto quieran, pero no hagan mucho ruido. Mi hija creía que yo podía ver a su amiguita cuando anunciaba su llegada; pero, la verdad, nunca me di cuenta cómo ni cuándo entraba. Sabía de su presencia por mi hija. Al menos al principio. Luego empecé a percibirla como un bulto. Como cuando cerramos los ojos y sentimos que el aire no es el mismo, que alguien atraviesa frente a nosotros, y abrimos los ojos y ahí está, sin falta, una persona o un animal. Así sentía cuando entraba Ana a la casa. No la veía, sólo la sentía cruzar frente a mí. Pero no me iba a unir al juego. Me reí de mí y a nadie se lo comenté.
Ten sorprendí una tarde a mi niña tendiéndole una muñeca al aire. Por un momento tuve la impresión de que la muñeca se quedaba flotando. La imaginación parece venir de familia, pensé sonriendo.
¿No la quieres? insistió mi hija Ten, te la doy.
La muñeca no salió de sus manos, así que respiré aliviada y seguí con mis quehaceres. Tan enfrascada estuve en ellos que casi olvidé el incidente. Pero un presentimiento me impulsó a buscar más tarde a la muñeca y no la encontré. No tuve más salida que indagar.
¿Y tu muñeca?
Se la di a Ana.
Las niñas bonitas no dicen mentiras.
No digo mentiras.
Revolví entre sus juguetes y no encontré rastro de la muñeca. Su desaparición me intrigó durante varios días. No era por lo que había costado, sino por lo que significaba que mi niña mintiera. Cada vez que lo recordaba, no tenía momento de sosiego. Me le quedaba viendo, tratando de explicarme qué pasaba por su mente. Aquello ya no era nada más imaginación.
¿Dónde escondiste la muñeca?
No la escondí. Te digo que se la di a mi amiga Ana.
Por varios días, Ana no dio señales de vida. Eso me tranquilizó un poco. Con tal de que mi hija olvidara sus inventos, me daba por bien servida. Pero no duró mucho. Una tarde, la presencia inconfundible de Ana atravesó frente a mí. El hueco que ocupaba su cuerpo en el aire, se me aproximó. Sin verlo y sin oírlo lo sentí. Y unos instantes después, mi hija platicaba con ella. No supe qué hacer al principio. Pero cuando vi que mi niña tendía al aire la muñeca de pelo dorado, la llamé.
No le vayas a dar nada le advertí, y ella, cabizbaja, volvió a sus juegos. No podía salir de mi asombro. Sin darme cuenta, acababa de reconocer que Ana existía, que no se trataba de un invento. Para no pensar más, continué con mis quehaceres y perdí la noción del tiempo. De pronto me di cuenta de que mi hija ya no platicaba sola. Me le acerqué y encontré tristeza en su cara.
Yo no quería dársela me dijo a punto de llorar.
¿Le diste la muñeca?
Dijo que si no se la daba ya no iba a ser mi amiga.
¿Estás segura de que no la escondiste?
No: se la llevó.
¿Dónde vive?
No sé.
¿Sabes qué? Cuando vuelva, le dices que si no te devuelve tus muñecas, ya no vas a ser su amiga.
¿Y si se enoja?
Tú díselo.
Las muñecas de mi hija siguieron desapareciendo. Por eso me puse a espiar los juegos con su amiga imaginaria. No tardó en tenderle otra muñeca. Entonces la vi desaparecer en el aire y ahí se quedó envuelta, para no reaparecer. En tanto, mi niña esbozaba una sonrisa de satisfacción, conversaba y hacía pausas para que el aire le contestara.
No lo pude soportar. Los viejos dolores de cabeza me atacaron de nuevo. Fui con el médico pero no me alivió con ninguna de sus medicinas. Tuve que sufrir los dolores sin ayuda hasta que vino Toñita. Me tuvo varios días bebiendo brebajes y empecé a sentirme bien. La última vez, se extendió en la plática. Hablaba de las hierbas con que cura, de los médicos que de tanto estudiar terminan por no saber nada, de la Virgen de Guadalupe y sus milagros contra el dolor y las enfermedades incurables. Para ella no había imposibles. Y de repente se quedó callada, mirando hacia donde jugaba mi hija.
Qué niña tan chula dijo. Parece un angelito... ¿Es suya?
Pensé que se refería a mi niña. Le iba a decir, complacida, que sí, cuando sentí la presencia.
¿Ana? le seguí la corriente Es una amiguita de mi hija.
Ana... ¿Y de quién es hija?
Es... me detuve por un instante. Si Toñita la veía, era una buena oportunidad para alejarla de mi hija Es huérfana. No tiene a nadie que vea por ella, y bien que le hace falta.
La curandera se puso de pie y caminó arrastrando sus pasos hasta el cuarto de mi niña. Ahí se quedó atenta al juego. Luego, arrastrando los pies de la misma manera, regresó y volvió a sentarse frente a mí.
Ah, si yo tuviera una niña así de chula...
¿Y por qué no la recoge? No tiene familia y anda de casa en casa, nomás dando lástimas, peor que perrito sin dueño.
¿Y usted cree que se va a querer venir conmigo?
¡Claro! Nada más le voy a pedir un favor: no la deje venir para acá. Distrae mucho a mi hija y yo...
Por eso no se preocupe avanzó con sus pasos lentos y se asomó al cuarto en que jugaban mi hija y su amiga.
Toñita se quedó de pie, sonriendo con toda la dulzura que le permitía su boca desdentada. Luego levantó una mano y empezó a acariciar la transparencia del aire. Hablaba palabras suaves y sonreía al pronunciarlas. Así duró un rato, hasta que vino, me dio las gracias, se despidió y, sin aceptar pago por sus remedios, salió a la calle. Llevaba su mano izquierda en el aire,aprisionando una mano visible sólo para ella y para mi niña.
Adiós dijo mi hija agitando su mano, y Toñita se detuvo para que Ana se despidiera de ella. Luego siguieron caminando. Sentí que les llevaba el resto de la tarde desaparecer de nuestra vista.
¿Por qué se la llevó?
Porque es su mamá.
¡Pero Ana no tiene!
Ahora Toñita va a ser su mamá.
¿Entonces ya no va a venir a jugar conmigo?
No supe qué responderle.
Desde entonces mi hija se queda callada cuando juega. A veces se asoma a la calle y mira hacia el rumbo por el que Toñita se llevó a Ana, luego se mete a la casa y sigue jugando en un rincón.
No viene, mami, ¿por qué? me dice de repente, mirándome a los ojos, y yo, sin saber qué responderle, fingiendo que no la oigo, desvío la mirada.
|
Imprimir |
Enviar historia |
