


| Escritor: | cesarar |
| Públicado: | 29/06/2009 |
No me consideras. En casa de Carlos su triste señora grita patética
¿De qué hablas. Contesta el inocente Carlos con su habitual giro de cabeza y manos.
¿Como no saberlo? En vez de cuestionarlo, le grita.
¿Por qué me dices eso? Tomándola por los hombros mientras ella se aleja Andaba para donde unos amigos, Amalia.
Una amiga. Agarrándose del espaldar de la silla cuando llega al comedor, alborota su empringada nariz y añade Huelo su perfume.
¿Y que más? Contesta Carlos José soltándola de golpe.
¿Quieres saber que más huelo, Carlos? Girando bruscamente.
Continua Amelia. Le responde alejándose y lanzándose de golpe en el sofá Continua. No te callaras por toda la noche.
Amelia llega despacito, se sienta a su lado y le susurra:
Huelo el divorcio.
Carlos se quita los lentes de aumento para cuestionar y sugestionarla con la mirada, pero ella no se arriesga a esa amenaza; entonces Carlos al ver que ella no puede contenerla le dice con parcimonia Hace años que mi olor te esta envenenando.
Ella inclina la cabeza para el otro lado y levanta la mano opuesta en forma vertical Cállate. Me lo dices porque sabes que te quiero de verdad, flaquea su voz si supieras que sería capaz de irme Contiene sus lágrimas y dejarte solo con todas tus complicaciones, no me dirías esto.
¿Con mis complicaciones? Responde Carlos, inclina la cabeza, meditabundo, abre las piernas, desgonza sus gruesas manos entre ellas y afirma Complicaciones que me la has provocado tú.
Dejémoslo así. Estremecida se levanta Me estoy cansado de oírte decir que soy quien te esta enfermando. Airada da dos pasos para atrás y mecánicamente se topa los hombros con las puntas de los dedos Y en vez de darme encomio por los sacrificios que hago por ti, haces todo lo contrario.
Carlos baja la cabeza y confiesa:
Te quiero como no se quiere a nadie en esta tierra, por eso soporto tus celos infundados. Dices ¿que tengo otra? Ya me he acostumbrado a esto. Levanta la cabeza Un burdo repetido merece ser verdad.
¿Por qué no admitirlo? Ella da un paso para alante y se detiene de golpe Es lo mejor que has dicho en tantos años. Sonríe, se rasca los ojos Capacidad y valor te ha nacido para admitirlo. Pero dejémoslo así.
Gracias por tu capacidad de retomar decisiones.
¿Estas complacido? Muy decidida cuestiona y aclara Si, decisiones para llevarme a mi propia perdición.
Se quedó Carlos callado por un momento. Ella no dice nada. Carlos se levanta y va al refrigerador, toma una cerveza y vuelve al sofá, allí se quita los zapatos, se desabrocha la camisa, prende
Él tuvo que golpear más fuerte y a la quinta palmada ella se sentó. Sin perder tiempo Carlos le toma la mano y la besa en la boca (difícil no hacerlo cuando toma). Volvió a mirarla a los ojos con efusión, a ella le parpadeaban sus labios, no podía contenerse, él no espero a que dijera algo, palpitaban sus ojos, este otro beso robó en ella palabras que debió decir pero el apasionado beso lo expresó.
Se funden en una mirada. Él la tomo por el mentón, y ella se balancea a su cuello para devorar sus labios: sabemos cuanto vivifica el aliento entre los que se aman, cuanto anima esta efusión, tal vez no sea necesario imprimir cuanto cambió este ambiente.
¿Lo hacemos? Pregunta Carlos José mientras se desabrocha el pantalón, y deja salir de golpe aquella velluda barriga.
¿Dejaras que llegue al éxtasis?
¿Qué?
¿Me dejaras terminar a mi también?
Será intenso como aquella noche en la playa a la luz de la luna.
Cuando cometíamos lujurias que solo a ti te satisfacían, y a la luz de la gente.
Como siempre inconforme y traviesa. Ah, ¿no me vas a responder?
Si. Es que me encanta como soy.
A mi también me encanta como eres. Con todo y celos.
Carlos desde que te cambiaron la sangre, se ha transformado tu corazón.
Estoy en creerlo. Dicen que el donarte fue un don Juan. Alguien que le ha gustado toda su vida viajar y conquistar y seducir.
Esto tiene mal sabor. ¿Y adonde y con qué visa vas a viajar tú?
Haré turismo interno.
Ya te lo estas creyendo. Bueno, comparado con antes, ahora estas un poco mejor. Le aprieta el pecho con sus seductores dedos.
Un don Juan de este tiempo, y sus mujeres, eso dicen. Tomándose de un sorbo toda la cerveza.
¿Y que sientes tú?
Yo nada. Digo que eso tiene que ser mentira. Sonríe.
Ojala y lo sea. Buenas noches y adiós.
Déjame besarte.
Descansa, lo necesitas para tu próxima cita de mañana.
¿No vienes a la cama conmigo? Dice Carlos arrastrando los zapatos por el pasillo, se devuelve y pone la botella encima de la repisa (al lado de un hermoso florero artificial), contempla el cuadro de la virgen y parece cuestionarlo. Através del espejo vuelve a repetirle ¿Qué me dices? ¿Vienes?
En diez minutos. Amalia nunca pudo resistirse a esa seductora mirada, aun tras el espejo.
Diez minutos Reprocha, mientras que en cristal contempla los contoneados hombros y delicioso talle de Amalia. Y un estrepitoso espanto se llevó Carlos al ver en su rostro aquella mirada de compasión, entonces se preguntó para sus adentro: ¡Que pena que ella no lo entienda! pero ¿qué ha visto esta mujer en mí que no me olvida? Y como para todo, tenía la respuesta, más tratándose de él, se dijo de esta manera: ¡Gusto demasiado!. Diez minutos ¿no es eso mucho?
Depende para lo que sea. Ella se encoje de hombro, y se anima a apagar las luces: empieza por la cocina, así rondará toda la casa.
Te espero entonces. Carlos deduce que le toma mucho tiempo a Amalia hacer todo esto.
Espérame despierto, ¿sí? Contesta ella con más lujuria todavía.
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