De nuevo sola sentada frente a la elegante mesa del café que ofrecía sus exquisitos aromas invitando a la distancia a los transeúntes despreocupados que pasaban frente a él; ella solía sentarse a la mesa que daba justo a la ventana; porque a través de ella podía contemplar el parque hermosamente adornado con faroles de hierro forjado, combinados con cristal opaco a través del los cuales se descomponía la luz en diversos colores que iban desde los verdes claros hasta los intensos violetas; no tenía nada en común era un parque como lo suelen ser todos, no faltan niños corriendo detrás de una pelota, una envidiable pareja tomada de la mano caminando despreocupada , un anciano paseando en silla de ruedas a su anciana esposa y a la que cada tarde da tres vueltas alrededor de la fuente.
Sin embargo tenía algo especial, acaso por ser éste en el que cada vez su mirada quedaba perdida en las ilusiones que se forjaban dentro de ella misma. De vez en cuando consultaba su reloj, sintiendo que las horas transcurrían cada vez más rápidas que de costumbre y los latidos de su corazón podían apreciarse a través de su fino vestido de color blanco; uno de sus favoritos, siempre lo usaba para una cita importante, tal vez porque inconscientemente deseaba dejar ver a través de él los sentimientos que consumían su alma, tal vez por que pudiera verse a los lejos la transparencia de sus intenciones.
En el interior del café la gente entra, sale, murmura y de vez en cuando la miran, será porque la silla colocada frente a ella se encuentra vacía y la mesa parece enorme junto a ella; ignorando las miradas escrutadoras, fija su atención en el mantel elegantemente colocado sin desdoblar que se encuentra frente a ella y aspira el dulce aroma de su taza de café, la tercera de la tarde.
Sus pensamientos profundos son interrumpidos por la figura elegante de un caballero, que atraviesa el café dirigiendo la mirada hacia ella. Sus negros y profundos ojos recobran el brillo que sólo puede hacer brillar la ilusión, que ha ido acariciando durante largo tiempo y la que conduce sus sueños cada noche.
Su breve conversación giró en torno al clima, la familia, las próximas elecciones, sin dar tiempo para detenerse a mirar el amor desbordante de sus profundos ojos, sin percatarse del grito silencioso de sus labios temblorosos por un beso. Apretando fuertemente los labios para no dejar salir una palabra y tomando fuerza de la fuerza de voluntad que siempre ha mantenido en situaciones difíciles, se colocó de pie indicando que la conversación había terminado; su porte de triunfadora la hacía sentirse así, después de todo lo era, había logrado que le estampara una firma en el contrato de un jugoso negocio, era ese el objetivo de su reunión.
Tomó su bolso sin colocárselo al hombro, y con paso firme cruzó la calle, abriendo con furia el paraguas, imaginaba estar volando como paloma en el aire por la torpeza de sus movimientos para mantenerse flotando, sentía perderse entre la multitud apresurada de todos los días, si no fuera porque sus pasos conocían perfectamente la transitada calle por donde obligadamente pasaba cada mañana llena de ilusiones y volvía cada tarde satisfecha, sin poder resistirse al dulce aroma del café, que se servía desde muy temprano y hasta la media noche.
Mientras sus pasos avanzaban, sus pensamientos quedaron quietos, donde tan acostumbrados estaban a permanecer, donde todo se detenía, donde la mirada se perdía en las sombras del recuerdo, en las cavernas de lo que no pudo concretarse, y en el monstruo al que obligadamente se enfrentaba en cada reunión, el monstruo de la silla vacía. ¿Cómo podría enfrentar el problema del próximo sábado? y la silla vacía que permanecería toda la noche frente a ella, ¿ Cómo podría enfrentar al monstruo de las conversaciones que cada mesa tendría en torno a ella y su silla vacía?. Sin embargo no era la primera vez que afrontaría una situación de esa naturaleza, marcó rápidamente a Carlos; por supuesto Carlos, nunca se negaba a una invitación de ella, habían compartido tanto desde la niñez, que se sentía obligado, pero a los tres tonos apagó el teléfono. ¿ porqué Carlos?, sintiéndose mujer, libre una vez más, libre de prejuicios, apagó el celular y corrió al guardarropa al que después de darle varias vueltas pudo arrancarle ésta vez, un hermoso vestido rojo, nunca supo porqué rojo, después de una visita rápida a su estilista a quien visitaba con frecuencia, no por lo que
Con el aire de triunfadora que siempre le caracterizaba y moviendo de un lado a otro la cabeza, presumiendo su exuberante cabellera que le daba hasta la media espalda, entró al salón, para recibir de nuevo las miradas escrutadoras de los invitados, una dama le dió la bienvenida ; se supone debería oir ¡Bienvenida! , sin embargo como siempre escuchó de nuevo sola?.- no sabía que era requisito indispensable, para asistir, sí, sí lo sabía y sustituyendo las palabras que gustosa vomitaría su boca, por una mueca más parecida a un deseo reprimido , que a una forzada sonrisa, ingresó al salón y rápidamente se dirigió sola hasta la mesa de donde pensó encontraría charla amena junto a la señora Gómez y la señora Díaz quién recién regresaba de su viaje por Italia donde eligió pasar su luna de miel, Tuvo que soportar durante más de media noche con las mejillas ocultas entre las manos, las charlas de las famosas señoras que habían tenido el honor de tenerla en su mesa; claro pronunciando de vez en cuando, un que lindo, que tierno .. escuchó de todo esa noche, que si la familia, que si las vacaciones del verano pasado, que si su esposo le obsequió un camisón que trajo de Francia en su pasado cumpleaños.
Las horas transcurrieron irónicamente lentas, y después de un aburrido bostezo decidió abandonar el salón acompañada de las miradas intuitivas de los caballeros que aburridos daban vueltas sin ritmo de un lado a otro del salón. Apenas había puesto un paso en la calle, cuando sintió el aire helado de la fría madrugada, esta vez era un frío diferente y no precisamente era invierno, tal vez era el frío de la indiferencia del sexo opuesto, un frío que ni aún el más caro abrigo podía quitarle. El caminar sola esa madrugada por las calles tranquilas y vacías sin más compañero que sus solos pensamientos y sus vehementes anhelos de vencer el fantasma que la acompaña en la mayor parte de sus últimos días.
Nunca reveló que le hizo cambiar, pero estoy segura que fue algo extraordinario lo que sucedió en su vida; hoy la visité en su lujosa oficina en el centro de la ciudad y ha colocado dos sillas más frente a su amplio escritorio donde cada mañana disfruta de la compañía de dos o más caballeros, que después de una amena charla y una taza de café abre un portafolio del que saca un grueso número de hojas, que sin mediar palabra alguna, hace firmar a sus cautivos hombres: para pararse después de su silla, y con una sonrisa de satisfacción. voltear a mirar el reloj de pared, que a propósito ha sido detenido en el tiempo. Y el día de ayer escuché al alguien decirle gracias mami.
|
Imprimir |
Enviar historia |
