La señora de la casa verde

Categoría(s): Relato breve
Las piedras pegadas a las banquetas como si fueran carros estacionados parecieran esperar que empezara esa tarde el juego de diario. Los chicos se reunían a las 5 a jugar al balón y, también a las 5 las señoras esperaban a ver que cayera en su patio para quedarse con él. Había quienes ponchaban, pareciera con saña el ovoide deseado y había quienes parecieran querer guardarlo en el cajón. Lo cierto es que, bien sabían los muchachos que, si llegaba a caer la pelota en alguno de aquellos jardines, pues habría que comenzar a ahorrar para comprar otra y terminar mientras tanto ese juego.

         Pero, como en todas las cosas, había una excepción. La señora de la casa verde; la de los rosales bonitos que siempre pareciera estar de buenas, esa señora era diferente. A veces caía el balón en sus plantas y la suerte venía con el regreso puntual casi siempre. No es que a ninguno le gustara maltratarle las flores ni hacerle pasar malos ratos, era solo que, los trataba tan bien que, no les disgustaba visitarla aunque tuvieran que dejar que el pretexto los atrapara de vez en vez.

         Bien, pues las piedras y las vecinas no tuvieron que seguir esperando. Los muchachos comenzaron a llegar como si fuera la cita al trabajo. Pronto fueron integrando, con mucha facilidad, los equipos. Se pusieron de acuerdo rápidamente, unos con camisas blancas, para lo cual bastaba con quitarse la que mamá recién les había planchado, otros de color y, eran éstas las que habrían de causar las rencillas más noche en las casas.

         Los gritos, las patadas, los goles, inundaron la calle pronto. Muchos de los vecinos salían a las verjas a disfrutar la función gratuita y había algunos que hasta formaban una especie de porras, hecho lo cual, no faltaban quienes se enojaran cuando no anotaba su equipo y volteaba a ver al siempre amable vecino como queriéndoselo tragar.

         Fue esa tarde precisamente, cuando el balón fue a caer a la casa verde. Juan lanzó un disparo potente que pegó en la espalda de Luís quien cayó abruptamente de espalda como fulminado por un rayo. El jardín recibió la pelota como siembre, manso y suave. Todos los jugadores voltearon esperando ver la sonrisa de la señora de la casa verde. Pasaron unos cuantos segundos. El balón estaba ahí, blanco, descansando enseguida de un rosal rojo lleno de botones que parecieran recién salidos y esperando a nacer. El pasto verde hacía que el balón se viera más blanco y bonito pero, todos dirigían su mirada a la puerta esperando ver a la señora de la casa verde. La sonrisa en los labios, el saludo ya listo.

         Fueron varios minutos y el silencio ninguno rompía. Era curioso para la gente que paso ocasionalmente en ese momento aquel espectáculo. La calle llena de niños, vecinos pegados a los canceles de sus casas y todo en silencio. La casa verde seguía callada. Ni un sonido pareciera siquiera asomar anunciando la salida de la señora de su interior.

         Los ojos, aún sin quererlo, empezaron a buscarse. Los papás preguntaban sin abrir los labios, qué pasaba a sus hijos. Los muchachos se transmitían telepáticamente su extrañeza y su angustia. Nadie se movió durante varios minutos. Fue Juan quien se animó muy lentamente y se dirigió a la puerta. Todos lo veían mandándole sus dudas para que las llevara consigo al llamar. Los golpes de sus nudillos fueron tan claros con el marco del silencio reinante que ahora era la tristeza la que estaba cambiando poco a poco el sentimiento de angustia de todos.

         Juan salió después de nadie supo cuantos minutos de ahí. Se trajo el balón y nadie preguntó nada. Todo mundo se dirigió a sus casas y la próxima palabra que preguntaron los más avezados, tenía que ver más con saber qué habría de cenar que con aquel misterio de la señora de la casa verde.

         Así fue como, en la cuadra, durante muchos días, una profunda tristeza se apoderó de los chicos y el balón tuvo que quedarse guardado en el cajón; solo que, esta vez no lo había atrapado ninguna vecina, esta vez, el balón tampoco quería salir a jugar, también se quería quedar. 

         No se si alguna vez volverá la señora de la casa verde, solo sé que, a partir de aquel momento, cada habitante de aquella cuadra se dio cuenta de lo mucho que extrañaba esa sonrisa única que tenían, ese trato amable y ese jardín que quería estar ahí para ellos. Desde entonces, los muchachos no volvieron a comprar otro balón, se juega diario y los jardines lucen sus bellas flores y el verde engalana sus arbustos y setos.

         La casa verde, misteriosamente, sigue también con el jardín más bello que nunca y con flores que lo engalanan haciendo que parezca que sonríe como... quien ha cumplido una misión.
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Comentarios:

Escrito por: Linosangalli       19/09/07 17:03
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Una historia trabajada como un recuerdo nostálgico de la juventud perdida. Bien narrado y entretenido aunque le encuentro algunas fallas mínimas. Trata de evitar las palabras que rimen; "el balón en el cajón", "salir a jugar se quería quedar"
Por lo demás una narrativa muy pulcra, la historia corre simple sin sobresaltos. Un cuento apacible diría yo. Me gustó. Bastante bueno.
Un abrazo
Lino
Páginas: 1

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