La Salle la Purísima.
Como los gatos. Estuvieron jugando conmigo como los gatos. Ya sabéis un gato caza un ratón y no se lo come de golpe, primero lo martiriza un rato, le da leves zarpazos, lo atonta, lo marea, juega con él, lo tortura, y al final harto de él se lo come. Pero disfruta, el instinto sadicoasesino del felino se manifiesta en el tormento que ejerce sobre el ratoncito. Aunque quiero hacer hincapié aquí que prefiero los gatos a las ratas. Los gatos son animales muy tiernos. Tuve una vez una gata, cenizosa, se llamaba, preciosa. Pero estuvieron jugando conmigo como los gatos, eran unos chavales bellísimos y muy fuertes, yo no sé cómo sobreviví entre ellos sin morirme. Bueno, sí que lo sé, porque al final de clase me iba a mi casa y no convivía con ellos salvo en el recreo. Y era en el recreo donde jugaban conmigo. Yo me empeñaba, masoquista, en jugar con ellos, o quizás es que los curas me obligaban, no me acuerdo bien, hay lagunas en mi memoria. Pero el hecho era que se jugaba al balóntiro, jugábamos al balóntiro. Se formaban dos equipos, Betis contra Sevilla, y yo era de uno de ellos, no me acuerdo de cual, soy así de desmemoriado. Y como los gatos jugaban conmigo. Me dejaban para el final, o quizás fuera que como era bajito y delgado e insignificante me escurría entre los balonazos. Siempre quedaba el último, era el plato final, el manjar más suculento, los balonazos iban y venían sobre mi cuerpo sin decidirse a entrar, pasaba pavor, autentico pavor. Seguramente jugaba porque me obligaban los curas a jugar, no de motu propio, nunca fui masoquista. No sé como no llegué a enloquecer entre ellos. Yo quedaba el último, era el broche final, el jugoso ratón con el que juegan, los balones me rozaban la cabeza, sentía pavor, yo hubiese querido jugar al ajedrez, a los médicos, a los jueces y abogados, pero jugaba al balóntiro, y al final me daban, era el ratón devorado, el golpe suponía una muerte, todo el partido una agonía, a veces, cuando el balón me alcanzaba y lo conseguía retener se revelaba mi naturaleza mediocre, mi poca inteligencia, mis brazos eran débiles, y yo, en vez de pasar el balón a un compañero, intentaba matar a uno de ellos, qué débil era, qué individualista, me hubiese gustado ser tan fuerte y tan hermoso como aquellos arcángeles, fracasaba, mi balón no daba con fuerza, no los mataba, y volvía el suplicio, otra vez a hacer de torero, otra vez a esquivar el balón, otra vez a sentir el terror del golpe, mientras sentía las carcajadas y los vítores. Jugaban conmigo como los gatos, recibía el golpe y moría. Cuando dejé aquel colegio salí de los infiernos.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.|
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