LA RULETA

 

La casa amaneció fría y en la semioscuridad los objetos comenzaron a desperezarse a la espera de que se despertara su único habitante. Parecía estar amueblada por alguien que no se consentía a sí mismo ningún capricho. Según se iba filtrando la luz por la ventana, iba quedando al descubierto la mesa camilla con los restos de la cena de la noche anterior: una bandeja con un plato en el que sólo quedaban las migajas  de un bocadillo, una botella mediada de agua, un vaso y una servilleta arrugada. Por lo demás, todo estaba en su sitio. La solitaria silla colocada ante la mesa justo delante de la bandeja. En la pared de enfrente una anticuada estantería que contenía, perfectamente alineados, libros de aspecto aburrido. A continuación, una puerta cerrada y, en la pared de al lado, una pequeña mesa rectangular  que servía de sostén a una antigua radio. Junto a la mesa, erigiéndose como  único lujo, descansaba un viejo sillón de orejas.

 

Se encendió la luz de una lamparita en  la habitación contigua y se oyó un bostezo acompañado de un carraspeo. Un hombre buscó a tientas las gafas colocadas en la mesilla. Hizo la cama, sacó la ropa del armario, la dejó cuidadosamente colocada sobre ella y salió de allí, dejando tras de sí las pocas cosas que le acompañaban durante la noche.

 

Cuando ese hombre salió de aquella casa esa mañana, no podía imaginar siquiera lo que le esperaba. En realidad, todo se desencadenó por una especie de absurdo. Se había despertado a la misma hora de siempre, había seguido uno a uno los pasos previos hasta llegar a la oficina y se disponía a pasar un día más, cargado de la falta de sorpresas, de ilusión y de alegría que le había acompañado durante años. Ya ni siquiera se planteaba que su vida fuera anodina, se entregaba plenamente y hasta podría decirse que con satisfacción a su desperdicio. Acababa de quitarse las gafas de culo de vaso para limpiarlas, cuando vio un borrón parecido a una muchacha que se ponía delante de su mesa y oyó una voz seductora que le proponía: ¿quieres venir esta noche con nosotros al Casino?. Inmediatamente se puso las gafas para asegurarse de que en realidad lo que había escuchado había sido dicho por una persona y no era un producto de su mente. En los veinticinco años que llevaba en esa empresa, nadie, nadie, se había dirigido a él haciéndole una pregunta que tuviera que ver con su persona o con sus deseos. Ahora, esa chiquita que llevaba poco tiempo en la empresa y que rezumaba juventud y vitalidad por todas partes,  había dicho quieres venir y eso era una conjugación verbal que él ya casi ni entendía. Por eso, con un rubor que salía justo por debajo de sus gafas redondas, dijo “¿perdón?”, a lo que ella contestó haciendo una mueca coqueta “verás es que yo nunca he ido al Casino y se lo estoy comentando a algunas personas de por aquí, por si quieren venir conmigo”. No podía ser, ¿cómo iba  a ir él a ese sitio que imaginaba lleno de luz, de ruido y de gente, si en cuanto se encendían las farolas de la calle,  salía corriendo para su casa y al llegar a ella se encerraba bajo siete llaves?. Con una voz que no le llegaba al cuello, preguntó por decir algo y porque esa niña no dejaba de mirarle con ojos lánguidos “¿y a qué hora pensáis ir?”. “Pues… podríamos quedar a las doce en la puerta de entrada. Creo que es buena hora ¿no?”, contestó ella. ¡A las doce!, pero si a las doce todos los días  ya llevaba dos horas durmiendo. ¿en qué cabeza cabía?. Armándose de valor, dijo “no, no me es posible ir”. Ella hizo un mohín caprichoso con los labios mientras decía “cuánto lo siento, porque la verdad es que me habría encantado que vinieras” y se marchó de allí con un andar propio de pasarela. Se quedó anonadado y rebobinó… Aquella monería acababa de proponerle a él que fuera con ella ¡con ella! a un sitio que le aterrorizaba y a una hora completamente inhóspita. Además, ¿cuántas más personas irían? Con el azoramiento se le había olvidado preguntárselo y esta niña era capaz de decírselo a toda la oficina. Vamos, seguro, si se lo había dicho a él…

 

Sea como fuere  este hombre pasó del primer susto al vértigo para, después, quedarse colgado en un caprichoso mohín. Durante todo el día no pudo concentrarse y, por primera vez, no le cuadraron las cuentas. A la hora de la comida, también por primera vez, abandonó su mesa, su silla y su bocadillo y salió a la calle para poder respirar. Aquella oficina, que siempre había sido su refugio, se había convertido en algo extraño, algo que contenía un no se sabe qué que él no lograba discernir y no podía hacerlo, porque en su vida de números y rutinas no cabía la improvisación. Cuando salió a la calle, respiró profundamente el aire frió del mediodía y a la vez que sus pulmones se llenaban de él, el miedo se transformó en duda y tímidas  preguntas algebraicas fueron posándose en su cerebro. Se decía: si la probabilidad de ir es una y le resto la de no ir que es una también, me quedo en cero, o sea como estoy. Y así pasó el resto del día barajando distintas posibilidades. Entre posibilidad y posibilidad matemática, se colaba un mohín y el deseo de volver a verlo se fue haciendo tan grande que, a las doce en punto de la noche estaba clavado delante de la puerta del Casino, nervioso,  vestido con un viejo pero bien conservado  frac y oliendo a naftalina.  A las doce y media todavía no había aparecido nadie y, cuando se metieron otra vez en su cabeza las posibilidades, esta vez de irse o de quedarse, apareció aquella chica que ahora le parecía a él maravillosa en toda la extensión de la palabra, con la sonrisa abierta, pidiéndole mil disculpas por el retraso y diciéndole con voz caprichosa “lo sabía, sabía que vendrías”. Casi no le dejó hablar. El intentaba balbucear que cómo estaba tan segura de que iría, si él le había dicho que no iba a hacerlo. También quería preguntarle si no tenían que esperar a nadie más, pero nada, ella le cogió por el codo y, sin parar de hablar, le introdujo dentro del Casino. Todo pasaba muy rápido, ella era como un vendaval y él era incapaz de reaccionar. De pronto se pararon ante un mostrador y ella, alegremente, le pidió que sacara dinero para canjearlo por fichas. Después de hacer  el trámite y, casi sin darse cuenta, se vió prácticamente empujado a sentarse en la única silla que quedaba vacía, delante de una mesa que tenía una enorme ruleta en el centro. Ella se quedó de pié detrás de él. El, se volvió a la chica con ojos de súplica para decirle que no tenía ni idea de lo que debía hacer y ella con voz melosa, le susurró al oído: “no debes preocuparte por nada, para eso estoy yo aquí”. El, con ese canto de sirenas zumbándole al oído, se relajó y ella, mientras dirigía un imperceptible guiño al croupier, dijo: “vamos a apostar”. Empezó el juego y él no entendía nada. Su mente matemática estaba bloqueada y sólo era capaz de sentir la presión de los dedos de la chica en sus hombros, el roce de su pelo en su cara y los susurros que le animaban a apostar a ese u otro número en su oído.


 El olor de ella, su cercanía, los colores de las fichas, la voz del croupier, los ruidos externos a la mesa de ruleta, la paleta y las fichas que iban y venían, el destello y el tintineo de las joyas de otras mujeres sentadas a la mesa … Todo era luz, color, movimiento y sonido. Todo lo que le aterraba en su vida personal, ahora lo convertía en una persona asustada, sí, pero distinta y, lo que más le sorprendía, es que le gustaba esa distinción. Un grito y un salto de la chica lo sacaron de su ensoñamiento y entonces vió  cómo un montón de fichas eran colocadas delante de él. Torció el cuello para mirarla con ojos interrogadores y vió cómo ella con la cara roja de alegría le animaba a seguir apostando al mismo número. Otra sensación desconocida se apoderó de él: una especie de camaradería hacia ella que, en su pobre vida, nunca había sentido por nadie. Entonces supo que haría por ella lo que ella le pidiera. A partir de ahí, entró  en una especie de ensoñamiento en el que todo se mezclaba y en donde la ruleta parecía haber tomado un mágico protagonismo. Comenzó a sentirse embrujado por el movimiento vertiginoso de la rueda. La bola blanca que había sido depositada en ella, se perdió hasta llegar a hacerse invisible para después, según se calmaba aquel torbellino, cabalgar, brincar y, finalmente, descansar en una casilla: la suya.

 

Siguieron apostando y siguieron ganando. Cuando estaba completamente contagiado por el entusiasmo de ella, sintió cómo le levantaba de la silla y, loca de alegría, le abrazaba. Allí mismo, delante de todos, la gente aplaudía y él se moría. Fue tanto el dinero que había ganado que le dieron un maletín para poder llevarlo.

 

El aire helado de la noche  hizo que, por primera vez, se sintiera alguien importante. Ella seguía con su frenética actividad y su verborrea le prometía una noche mágica llena de placeres indescriptibles. Otra vez, casi sin saber cómo, se vió empujado al interior de un taxi. Ella dio una dirección que él no llegó a entender, pero no importaba… ya sabía que estaba en sus manos. De pronto y sin entender qué pasaba, vió cómo el taxi se paraba en el arcén, el taxista bajaba, abría la puerta y tiraba de su brazo sacándole de allí brutalmente,  dejándole tirado en la carretera. La chica y el maletín quedaron dentro y él sólo pudo ver cómo el coche se alejaba de allí a gran velocidad.

 

Al día siguiente había dos puestos vacíos en la oficina. Por ella no se preocuparon, porque estaban acostumbrados a sus faltas frecuentes, pero por él sí, porque estaban acostumbrados a la presencia de ese hombre que, más que hombre, era una sombra. Al tercer día se alarmaron y, al quinto, un corrillo en medio de un pasillo de aquella oficina leía la noticia de su suicidio en un periódico.
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Comentarios:

Escrito por: GabrielaAgilda       24/02/08 01:28
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¡Increíble relato!Llevas tan bien la historia que se leé sola.Por un momento sentí que no iba a terminar tan mal el pobre tipo,por eso me sorprendí dos veces:por la estafa y por su desenlace.Felicitaciones,amiga.Una historia perfecta.
GABRIELA
Escrito por: mariazul11       06/12/07 03:05
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Me atrapó tu relato, muy bien llevado, impecablemente escrito, "el cuento del Tío" en una versión muy buena.
Cariños
Escrito por: Buenlector       16/11/07 22:21
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Muy interesante relato, es detallista y de muy buen trato.....pobre viejo.
Saludos
Escrito por: animalson       22/10/07 04:26
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Un buen relato, llevas bien el hilo de la historia.
Se presiente la estaba de ella, pero no el final.
Muy bien logrado.
Un abrazo.
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