El otro día paseaba yo con mi bici por la ciudad. De repente tropecé con algo abultado que formaba un relieve en el asfalto pero apenas se distinguía por su color. Paré en seco y observé. Era una asquerosa rata muerta dividida en dos, su rabo y ella.
No había reemprendido aún mi marcha cuando de reojo, como un flash, me aparece una cabecita orejuda gris de ojos saltones asomando por el hueco de una alcantarilla.
Caía ya la tarde y se me hacía de noche pero mi curiosidad se agudizó al ver que otras dos ratas, raudas entraban en la misma alcantarilla y desaparecían las tres.
Picada por la curiosidad apoyé mi bici en una farola y la até con el candado, y me decidí a investigar. Afortunadamente llevaba en mi mochila una linterna. La encendí y enfoqué su lamparita hacia el interior del alcantarillado.
De un sobresalto di dos pasos hacia atrás. Como un enjambre de ratas había aparecido ante mis ojos. Nunca en toda mi vida había visto tal cantidad de ratas juntas.
Pero recapacité y pensé, no pasa nada, sólo son ratas. Y, más dejándome llevar por la curiosidad que por otra cosa y aprovechando la nocturnidad, que ya se había producido definitivamente, y la posesión de mi linterna, decidí entrar a investigar.
Localicé a pocos pasos una de esas tapas redondas bajo las cuales suele haber una escalerilla que conduce directamente a las entrañas de la ciudad.
Me costó un poco levantarla, era bastante pesada, pero pude apartarla y, en efecto, ante mis ojos apareció una tentadora escalinata. Aunque el olor, ¡buuuufffff!, eso no había quien lo aguantara.
El pañuelo que rodeaba mi cuello me sirvió un poco de mascarilla. Comencé mi descenso a los infiernos, no sin asco, no sin miedo, pero me motivaba una curiosidad irrefrenable.
Conforme descendía podía oír carrerillas bajo mis pies. Me volví a mirar y, enfocando con mi linterna, pude ver cómo algunas de las ratas corrían apresuradamente a esconderse.
Llegué abajo, todo estaba encharcado, sucio y maloliente, y el color brillaba por su ausencia.
Con un sentimiento de repugnancia y el estómago a punto de salir por la boca, dirigí mis pasos en una dirección y penetré en ese desconocido laberinto.
Se podía escuchar un murmullo que, conforme avanzaba, se iba haciendo más cercano. Era un rumor semejante al que suena en las iglesias cuando un grupo de fieles reza el rosario.
De repente, al llegar a un punto donde el sonido era muy cercano y parecía venir del otro lado de un muro, se detuvo y se quedó todo en el más absoluto de los silencios.
En una esquina, momentáneamente, vi el brillo de un pequeño par de ojitos que desaparecía por una parte que se hacía invisible a mi vista. La seguí y llegué a un recinto donde había una abertura en la pared lo suficientemente amplia para que una persona, agachada y con algo de esfuerzo, pudiera penetrar por ella y pasar al otro lado.
Me temblaban algo las piernas, lo confieso, pero ya que había llegado hasta allí terminaría mi investigación con todas sus consecuencias. Traspasé el agujero y entré en un pequeño compartimento donde pude comprobar que confluían una serie de tuberías entremezcladas, superpuestas de forma aleatoria. En un lateral, la conformación de un grupo de tuberías invitaba a subir por ellas. Enfoqué mi linterna hacia arriba y vi cómo las tuberías traspasaban otro orificio situado en el techo y parecían continuar después del mismo.
No lo pensé dos veces, trepé por ellas y, a pesar de la estrechez, logré pasar al otro lado, es decir, al piso de arriba, que consistía en un angosto pasillo tanto a lo ancho como a lo alto, sin embargo, enfoqué con mi linterna y parecía no tener fin.
Una vez allí no era procedente dar marcha atrás, así que, con mi espalda encorvada y mis ansias de aventura comencé el recorrido de aquel largo túnel.
Sonidos como de pequeñas pisadas corriendo, algún chirrido y algún leve murmullo se podían apreciar, pero no puedo asegurar de dónde venían. De repente algo me rozó y salió corriendo. No tuve ni tiempo de enfocarlo con la linterna, pero, para qué planteármelo, fijo que sería una rata.
Continué mi periplo. Se me hacía interminable. No llegaba a ningún sitio. El dolor de espalda se me hacía insoportable sin poderme enderezar. Decidí tirarme al suelo y arrastrarme de rodillas. Afortunadamente esa zona estaba más seca que la de abajo pero tampoco era plato de gusto reptar por ese lugar. Pero bueno, al fin y al cabo nadie me obligaba, todo obedecía a mi capricho aventurero.
Por fin llegué a un punto donde el pasillo se bifurcaba en dos. Dirigí mi linterna a derecha e izquierda y las dos prolongaciones me parecieron idénticas, es más, idénticas también a aquella por la que ya había transitado. Con algo de desesperanza giré hacia la izquierda aunque igual pude haberlo hecho hacia la derecha, y continué otro larguísimo e interminable trecho.
Con mis rodillas y espalda destrozada llegué por fin a una especie de recodo, incomodísimo de transitar y que obligaba a girar a la derecha. Otro pasillo largo. Ufffff, ya no podía más. Por fin termina en otro recodo, de nuevo me veía en la obligación de girar a mi derecha. Había de tomarlo, si no, imposible avanzar.
Con toda la paciencia del mundo abordé el nuevo corredor. Mis piernas destrozadas, mi espalda también, mi cuerpo encogido, mi moral por los suelos, pero mi espíritu aventurero y mi curiosidad no cejaban en su empeño.
Seguí aquel larguísmo tunel que se presentaba ante mí, con la ilusión de que pronto descubriría algo interesante y macabro.
Mis pantalones se habían destrozado, mis piernas ya estaban ensangrentadas, tenía que cambiar de postura. A malas penas pude incorporarme y de nuevo con mi espalda encorvada continué mi camino.
Por fin llegué a otro agujero, esta vez de bajada. No había elección. Así que, con mi cuerpo dolorido me introduje por la abertura y me encaramé a unas tuberías que, de nuevo, me servían de escalera. Con total incertidumbre y emoción descendí por ellas. Otra vez un suelo encharcado se abría a mis pies. Pero logré enderezarme y estiré mi cuerpo todo lo que pude para aliviar mi dolor. Me hallaba en una estancia también llena de tuberías como la que había pisado anteriormente, pero ante mi parcial visibilidad, no sería capaz de asegurar que las dos habitaciones fueran idénticas.
Pude oír cómo una de esas tuberías era recorrida, de seguro, por una rata, qué si no iba a ser... Casualidades de la vida, para salir de esa estancia otra vez debería traspasar un agujero en uno de los muros a ras del suelo. ¡Qué curioso! el roto estaba situado respecto a la subida de las tuberías, a su derecha, igual que en el otro compartimento. Lo recuerdo muy bien porque, a pesar de mi escasa visibilidad, cuando atravesé el agujero y después de curiosear alumbrando con mi linterna, las tuberías quedaban a mi izquierda partiendo del hueco por el que había entrado. O quizás no, en realidad no sabría decirlo muy bien, los pasos que di iban encaminados en todas las direcciones y no había nada de claridad.
Pero no me iba a preocupar por ese pequeño detalle. Salí de allí y lo más rápidamente que pude comencé a tragar metros con la ilusión de un cercano fin de la aventura.
Con grandes deseos de llegar al final, corrí por las encharcadas galerías chapoteando en el agua putrefacta y maloliente. Una rata me plantó cara. Al enfocarla con mi linterna pude verla cerrar su boca y salir huyendo asustada.
Nada más vi que fuera digno de mención. El agotamiento me podía; el sueño, la abulia, el aburrimiento, el tedio... Si en algún momento tuve ansias de aventura ya se me habían quitado por completo. Si miedo, ya a nada podía temer.
El sueño me vencía y dudé por unos instantes en tirarme a dormir en un rincón de la cloaca. Alumbré con el foco de mi linterna en todas direcciones buscando algún lugar donde dejar caer mi exhausto cuerpo cuando divisé otra de esas escalerillas de bajada al alcantarillado.
¡Sorprendente! parecía entrar algo de claridad por lo alto de la escalera. Apagué mi linterna. Todo a mi alrededor seguía como boca de lobo, pero, en efecto, una tenue luz procedía del circular agujero.
Me apresuré hacia la escalera. Mi única aventura ya sería conseguir llegar a mi cama. No importaba en que punto de la ciudad me encontraba, deseaba tanto respirar aire puro... Pero, tras mi larguísimo recorrido, de seguro había llegado al otro extremo de la ciudad.
Cosa curiosa, y de agradecer a la vez, la nueva tapadera también estaba corrida y el poco de luz que entraba era debido a que empezaba a amanecer. Me sorprendí del número de horas que debí haber estado recorriendo aquel lugar en busca de aventura, de una aventura que se disipaba como la noche que había transcurrido.
Mi corazón latía fuertemente mientras subía la escalera y, al llegar arriba y salir al exterior, una más que agradable sorpresa me asaltó la vista. Con las partes metálicas reluciendo por los primeros rayos del sol, allí atada a la misma farola que la dejé, fiel como siempre, me esperaba mi bicicleta.
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Hans Ruedi Giger, Biomecanichal land
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