Kathleen se sentó junto a la ventana en el viejo sillón de piel. Con calma, con esa paciencia delicada que sólo poseen las de las manos arrugadas, abrió un diminuto sobre que sostenía entre sus manos. Del interior sacó un papel aún más diminuto, se leía «Te amo». Lo miró largo rato y sintió la presión de un llanto suave y silencioso. Se dejó llevar por los recuerdos y disfrutó ese momento de dolor. Al rato se levantó, y tras volver a guardar el papel en su sobre, se acercó a la chimenea y lo tiró al fuego con especial cuidado. Permaneció de pie observándolo consumirse con sus ojos de vidrio que soportaban el peso de los años y el sufrimiento. Después volvió al sillón y encendió la televisión. Le encantaba el programa de los martes.
Tres semanas atrás la hija de Charles, Mery-Ann, se presentó en su casa. Cuando Kathleen abrió la puerta sintió que se le rompía el corazón. Las palabras de Mery-Ann le confirmaron lo que sus ojos ya habían captado en su rostro, Charles había muerto.
Mery-Ann había llegado esa mañana llevando una caja de cartón precintada. En la parte superior de ésta se leía: «Kathleen». Ella se dio cuenta pero no preguntó, esperó a que Mery-Ann eligiese el momento.
Durante unos minutos estuvieron sentadas sin decirse nada la una a la otra, luego Mery-Ann se levantó, cogió la caja que había traído con ella y la dejó sobre la mesa. Volvió a sentarse junto a Kathleen y permaneció callada con la mirada perdida en algún punto de la pared. Al rato, sin cambiar el gesto, rompió el silencio:
Mi padre me dio esta caja hace varios años. Me pidió que la guardase, y que si llegaba el día de su muerte y tú aún seguías con vida, debía dártela. Mery-Ann hizo una pausa. Cogió la mano de Kathleen, y la miró a los ojos. Se preguntaba cómo a su edad, la octogenaria que tenía delante podía seguir conservando esa belleza sublime que triunfaba sobre el tiempo; y continuó: Dijo también que si su muerte acaecía en martes, entonces, debía entregártela el mismo día. Y como si hablase para sí misma, añadió: Pero murió anoche, y anoche fue jueves.
Kathleen apretaba con fuerza la cálida mano de Mery-Ann. Saboreaba la sal de una lágrima que había recorrido un laborioso camino, sorteando los surcos de su arrugada piel, para filtrarse por la comisura de su pequeña boca. Sabía que le debía una explicación, y quiso hablar, pero un nudo le atravesó la garganta y capturó sus palabras.
Sin embargo Mery-Ann no preguntó nada, como no había preguntado en tantos años.
Miró con ternura a esa ancianita hermosa que tenía delante, era su tía, pero siempre la había querido como a una madre. Los ojos de Kathleen rogaban una disculpa, pero ella no tenía nada que disculparle, sabía cuánto estaba sufriendo, cuánto había sufrido todos estos años. La quería y la respetaba. Se limitó a mirarla. Y Kathleen descubrió en esa mirada la aceptación y comprensión de su secreto dolor.
Te quería mucho, tía Kath.
Sus palabras sonaban a consuelo.
***
Los martes la calle Burke se cortaba al tráfico de vehículos, y los comerciantes del pueblo, junto a los vendedores ambulantes, colocaban sus puestos, unos junto a otros, a primera hora de la mañana. Pronto una muchedumbre de gente se paseaba por la calle. A Kathleen le gustaba darse una vuelta por los tenderos del mercado en busca de telas, hilos, y alguna que otra cosilla que compraba por capricho. Después se tomaba un granizado en la terraza del bar de Tom, y charlaba animosamente con alguna vecina que encontraba.
Había llegado el verano a St Dale.
Pero cuando caía la tarde Kathleen sentía, más que en ningún otro momento del día, la carencia de la familia que nunca llegó a formar. Se sentía sola, vacía de dolor, de amor... sola. Entonces sacaba la llave del cajoncito del taquillón y abría el armario donde guardaba la caja que le entregó Mery-Ann; de su interior cogía un botecito de cristal y lo contemplaba un buen rato.
El polvo del tiempo se esfumaba cuando abría aquella caja de cartón. Dejó el botecito en su lugar. Sacó de la caja un sobre. Guardó la caja, cerró el armario, y devolvió la llave al taquillón. Se acercó a la ventana con el sobre aún sin abrir y se quedó allí de pié... Quebró una esquina despacio, con cariño, con amor envejecido. Luego sacó el papelito y en un susurro reprodujo las palabras allí escritas: «Te amo». Mas tarde un cubo de zinc y una cerilla servirían para eliminar lo que la memoria jamás podría borrar.
***
La belleza de Kathleen era de una frescura mágica. La piel delicada era la base que sostenía dos ojos hechizantes, una nariz pequeña y una boca inquietante. Tenía los dieciocho años más hermosos de todo St. Dale.
Charles descubrió a la niña de su vida nada más verla. Había llegado al pueblo esa misma mañana. St. Dale era el lugar donde había nacido y crecido Diana, su prometida. La conoció en la universidad, en Hill Dover, cuando él estudiaba su último curso y ella era una novata recién llegada a la ciudad. De eso hacía ya tres años.
Habían fijado fecha para casarse el año próximo, y Charles aún no conocía a los padres de Diana. De ahí que estuviera en St. Dale. Se alojó en uno de los tres hoteles del pueblo, el más céntrico y confortable. Diana no llegaría hasta el martes, y puesto que era domingo, emplearía los tres días para relajarse y conocer el pueblo. St. Dale era de esos sitios que tienen un encanto especial.
Salió del hotel a media mañana, el recepcionista le había aconsejado que se diera un paseo por el parque, que visitara la iglesia, el lago, y la calle Burke los martes.
...La descubrió ausente, perdida en las páginas de un libro que leía sentada en un rincón del parque. Era joven y tenía esa belleza que la hacía lejana. Charles se rindió a ella.
La niña Kathleen miró al hombre de rostro dulce que la contemplaba sin mediar palabra.
Charles se sintió abrumado ante aquella niña, su gesto, su mirada inocente, su belleza... Ni siquiera supo inclinar la cabeza, se sintió patoso, debilitado, incluso incómodo.
Kathleen vio marcharse a aquel hombre, y por algún motivo pasó el día inquieta.
Al llegar de nuevo al hotel Charles sentía una mezcla extraña de culpabilidad y emoción. Pensó en Diana y las ganas que tenía de volver a verla.
La calma del lago, el viento frío y el silencio de la mañana eran un capricho que Kathleen se permitía casi a diario. Aquella sensación de libertad bien merecía la pena madrugar.
Charles observó una figura al borde del lago. La vio llegar, la observó quedarse quieta con los ojos cerrados respirando hondo, la contempló en silencio.
Hacía rato que Charles se había alejado. Concentrando su pensamiento en Diana caminó solo entre la arboleda de sauces. Sin saberlo Kathleen eligió el mismo camino con intención de pasear en soledad. Y se encontraron, uno frente a otro, por casualidad.
Una extraña sensación golpeó el inexperto corazón de Kathleen: vergüenza, curiosidad, incluso temor... Un cosquilleo desconocido que no supo interpretar. Le reconocía, era el hombre de rostro dulce que había visto en el parque.
Un cortés «Buenos días», una sonrisa como respuesta, y ya no hubo marcha atrás en aquel encuentro inocente. Se inició una conversación, aunque no eran ellos quienes hablaban. Eran sus ojos, sus almas, sus corazones los que se estaban conociendo.
Charles le habló del motivo de su estancia en St. Dale, de sus planes de matrimonio. Le explicó que después de la boda se irían a vivir a Hill Dover, y le habló de los proyectos de negocio que allí tenía previstos con su futura esposa. Kathleen hablaba de su familia, de sus estudios y del futuro que tenía pensado para sí misma.
Pasaron horas, caminaron, hablaron, rieron y hasta almorzaron juntos en el lago. Ella con su entusiasmo de niña inmadura, él con su alma sincera tras la fachada de galán seductor.
Visitaron juntos la iglesia y comieron en un restaurante del centro, siempre entre risas y hablando de aquello y de lo otro, nunca se quedaban sin palabras. Querían conocerse en todos los aspectos, pero en realidad tenían la sensación de que se conocían hace ya mucho tiempo.
Era tarde y en poco tiempo empezaría a oscurecer, llegó el momento de separase. Ninguno quería marcharse, eso no lo hablaron, pero sus ojos gritaban más tiempo. Y en la despedida ambos por igual deseaban aquel beso, que «tocaba», más que cualquier otra cosa. Pero no hizo falta dar explicaciones, no hablaron de mañana, ni se equivocaron de procedimiento al despedirse. Sólo la noche y el sueño les dio aquello que las circunstancias le habían negado.
La calle Burke se vestía de color y aromas cada martes. Tenderetes con frutas y puestos de flores protagonizaban una elegante lucha de fragancias al aire libre. El tinte rojo de las rosas competía a muerte con el perfume almibarado del melón cortado, mientras que el suave frescor de la manzana verde reñía en silencio con la tibieza de los tulipanes blancos. Incluso los puestos de libros rivalizaban con su esencia a madera vieja. Parecía una batalla de olores, a cuál más apetecible.
Y en medio de aquel seductor lugar, la más rica de todas las frutas, la única flor que no tenía rival, Kathleen. Una vez más se encontraron sin querer. Recorrieron la calle parando en cada puesto, contrastando gustos, conociéndose un poco más. Cada paso que daban se adentraban más en aquel torbellino de fragancias, de colores y sensaciones. Un roce casual de la mano de ella sobre la de él y el torbellino se convertía de repente en un huracán. Olores dulces que evocaban sabores apetitosos... y Kathleen. Pétalos delicados que acercaban el placer de una caricia... y Charles. Perfumes, colores, él, sabores, ella, caricias, miradas, él, rosas, ella, miradas, ella, caricias, él, fuego... Y la libertad del amor les libró de las exigencias y reglas de comportamiento establecidas por el ser humano. Y aunque él llevara el peso de la conciencia sobre el pecho, y ella estuviera educada bajo unas estrictas normas respecto a la decencia y la probidad, se abandonaron a las indicaciones de un obstinado guía: el amor. Y éste encaminó sus pasos hasta el hotel donde se alojaba Charles. Llegaron allí sedientos de conocimiento el uno del otro. Y tras la puerta de la habitación 236 tuvo lugar, aquella mañana del nueve de Enero de 1945, la más perfecta unión entre materia y esencia humanas.
Mientras acariciaba su piel de seda Charles la miró fijamente:
Hoy he de verla para conocer a su familia. Voy a dejarla.
Ella se sintió culpable, pero no supo replicar. Le amaba.
***
Kathleen llegaba a casa fantaseando con la visión de un futuro tremendamente feliz.
¡Kath! Llegas tarde La regañó su madre.
¿Tarde? Miró a su madre y observó que estaba más arreglada que de costumbre. Se había maquillado y la casa entera estaba impregnada con su perfume.
¡Vamos! No te quedes ahí parada. Corre a vestirte de una vez. La inquirió, esta vez, en un tono más severo.
Tranquilízate, mamá. Dijo una voz dulce desde lo alto de la escalera. Ni que fuese a visitarnos el príncipe... Añadió burlona.
Kathleen vio bajar a su hermana, quien la miraba y la sonreía de manera cómplice.
¡Diana! Gritó Kathleen. Hacía mucho tiempo que no la veía, y tenerla de nuevo en casa la colmó de alegría.
Pequeña Kathy... A ver, déjame verte bien. ¡Pero qué guapa te has puesto!
Los abrazos y la conversación se vieron interrumpidos por las quejas de su madre, quién no dejaba de insistir a Kathleen para que subiera a prepararse.
¿Pero qué es lo que ocurre? Preguntó Kathleen desatendiendo los ruegos de su madre. ¿Es que vamos a algún sitio? ¿Por qué he de arreglarme?, Y ¿por qué lo estáis tanto vosotras?
¿Será posible que lo hayas olvidado? ¡Pero qué niña esta! Se desesperó su madre.
Sigues tan despistada como de costumbre, por lo visto. La disculpó Diana mientras le daba unos golpecitos cariñosos en la cabeza. ¿No recuerdas quién viene hoy? le preguntó pícara.
Kathleen miró a su madre con ojos interrogantes.
¡El prometido de tu hermana, cabeza hueca! Esta vez la regañó entre risas. Tu hermana llamó la semana pasada para decírnoslo, ¿recuerdas? La empujó con suavidad a la escalera y añadió: Venga, sube a prepararte que estará a punto de llegar.
Kathleen subió a toda prisa a su habitación, eligió un vestido y corrió a darse una ducha. Demasiadas emociones en un mismo día, pensó. Al abrir el grifo de la ducha lamentó que el agua le robara el dulce olor de Charles, con el que se había vestido la piel.
En ese momento, de repente, una idea aún sin formar le cortó la respiración. Una duda, una sensación que fue cobrando intensidad al mismo tiempo en que sus pensamientos se ordenaban. Un presentimiento nacía de una coincidencia y estaba a la espera de confirmación.
Kathleen escuchó voces en el salón, y unos pasos que se acercaban a su habitación.
Kath, ya está aquí. Date prisa en bajar. Era la voz de su madre.
De repente el pasillo, la escalera y todo el recorrido desde su habitación hasta el salón se hizo un camino demasiado corto.
La coincidencia más difícil se hizo posible. Y un terrible sentimiento, el remordimiento, le acompañaba.
La cabeza de Kathleen daba vueltas a una velocidad de vértigo, no podía creer lo que estaba sucediendo. Sintió morirse. Mientras tanto Charles, aterrado por lo que aquello significaba, maldecía por dentro a quien fuera que fuese el enemigo secreto que estaba haciendo posible aquella perversa coincidencia. El futuro se les había roto, junto al corazón.
Transcurrió la tarde, la noche y del mismo modo transcurrieron los días, porque el tiempo no entiende de sentimientos, y su marcha es imparable.
Nunca más pudo tocarla, ni besarla, ni hacerle el amor. Charles le rogó que le permitiera cumplir con lo pactado, quería dejar a Diana, quería estar con su niña. Pero Kathleen, tan rota de amor como de culpa, nunca lo consintió.
Semanas más tarde se celebraba el decimonoveno cumpleaños de Kathleen. Llegado el momento, y disfrazándolo de cariño familiar, Charles le entregó su regalo.
Espero que te guste.
Era un libro, Romeo y Julieta de William Shakespeare. Kathleen abrió una página al azar y recitó ante todos:
«Si está casado, es probable que mi sepulcro sea mi lecho nupcial».
Nunca un libro había encajado tan acorde con su vida. El resto sonreía creyéndola feliz.
Gracias.
Charles la encontró sola en la cocina, quiso tocarla, la echaba tanto de menos. Ella le miró y sobraron las palabras.
Te amo, Kathleen. Aquello resumía todas las conversaciones silenciadas, las miradas encubiertas y las caricias imposibles. Nunca lo olvides.
Nunca dejes que lo olvide. Sólo tu olvido provocaría el mío.
Tómalo como una promesa, pues moriré amándote y así te lo haré saber. Ella no pudo moverse, y él la besó, sería la última vez. ¿Qué día es hoy, Kathleen?
Martes...
Charles y Diana se casaron al año siguiente. Juntos abrieron un negocio que resultó ser próspero. Diana quedó en estado poco tiempo después. Y a los nueve meses dio a luz a una niña que fue bautizada con el nombre de Mery-Ann. Todo ello ocurrió en St. Dale.
Charles no abandonó el pueblo nunca.
***
Aquellos recuerdos que condicionan el presente y hacen incierto el futuro son un veneno mortal que, en el caso de Kathleen, mataba lento. Y como suele pasar cuando se espera algo con impaciencia, los últimos momentos se eternizan. El tiempo se alarga, y aunque sea un hecho que responde sólo a una sensación, lo cierto es que es un hecho.
Cada vez que llegaba un nuevo martes, Kathleen sacaba un sobre de la caja, leía el breve contenido y señalaba ese día con una nueva cruz en el calendario. Era la interminable cuenta atrás de un preso que ansía su libertad.
Y como el tiempo pasa, a veces lento, pero pasa, el verano dejó paso al otoño en las pequeñas calles de St. Dale. Débiles brisas de un aire agradablemente más fresco preveían la llegada de un invierno temprano. Pero el silencio y la calma que el frío traía consigo proporcionaban un ambiente contradictoriamente cálido.
Todos en el pueblo preparaban la entrada de la nueva estación. Los altillos de los armarios recogían ahora la ropa estival, y las camas volvían a cubrirse con pesadas mantas. La leña para los hogares empezaba a almacenarse en patios y garajes. Sin embargo Kathleen, ese año, se preparaba para un invierno diferente al de sus vecinos.
Kathleen se acercó al calendario y marcó la última cruz sobre el nueve de enero. Acababa de terminar de limpiar la casa, todo estaba ordenado y recogido, como siempre hacía antes de marcharse. Había preparado cada detalle con minucioso cuidado. Las puertas estaban cerradas, las cortinas echadas, y hasta la hora había sido escogida con prudencia. Las cuatro de la tarde, a esa hora la mayoría de sus vecinos estaban durmiendo.
Cogió aire y suspiró hondo mientras observaba el vacío de aquella casa vieja. Sin prisa encendió una vela y dejó que prendiera un rato. Luego la dejó sobre el sillón de piel. Esperó a cerciorarse de que éste prendía antes de subir a su habitación. Una pequeña llama agujereó el centro del sillón y poco a poco fue cobrando vida, alimentándose del mueble. Kathleen subió a su habitación y cerró la puerta. Allí también estaba todo dispuesto. A los pies de la cama estaba la caja de cartón abierta. Dentro, un montón de sobrecitos sin abrir. Cogió uno, aunque no era martes, y lo dejó sobre la cama, a un lado, junto al resto de objetos que previamente había colocado allí: un sobre de mayor tamaño, abierto, con su nombre escrito a mano; y un pequeño bote de cristal con una etiqueta donde rezaba: «Romeo y Julieta». Se tumbó en la cama y volvió a leer aquella carta:
«Querida Kathleen,
Si estas leyendo esta carta es porque yo ya no estoy en el mundo de los vivos.
Han pasado muchos años, y bien sabe Dios que no he dejado de amarte ni uno solo de ellos. No ha habido noche que no soñara con tu piel y tu rostro de niña delicada. He aprendido a amarte sin tenerte, a sentirte sólo con la mirada, y he mantenido tu amor, aunque a veces ello me doliera en el alma, cumpliendo con mi promesa. Sin embargo ahora que los años me han hecho débil, temo, no por mi vida, sino porque la muerte me arrebate la posibilidad de seguir cumpliendo con la promesa.
He encargado a mi hija que te entregue una caja que llevo tiempo preparando, en caso de que mi vida llegue a su fin antes que la tuya. Dentro de esa caja hallarás esta carta, un pequeño bote de cristal, y una cantidad de sobres más pequeños, no sé cuantos, pues perdí la cuenta amándote.
Cada martes de mi vida, bien lo sabes, tal y como te prometí, te he recordado que te amo. Abre uno de los sobres que contiene la caja, cada martes a partir de ahora, y seguiré cumpliendo con mi promesa.
Tengo miedo a una eternidad en muerte, sin ti, pensando que allí a donde vaya al dejar la vida, ya no pueda verte. El contenido del bote de cristal te traerá a mi lado, para que deje de temer tu ausencia, si así tú lo deseas. Yo no puedo pedirte tu vida, porque ya me la entregaste un nueve de enero.
Sé feliz mi vida. Te amo.
Eternamente tuyo,
Charles. »
El olor de la madera quemada le indicó a Kathleen que había llegado el momento. Guardó la carta en su pecho y tomó el botecito de cristal. No tenía sabor alguno, pero a ella le pareció el licor más dulce que jamás había probado. Inmediatamente después abrió el pequeño sobre que había dejado en la cama. Una vez más, «Te Amo».
El fuego, hecho de amor y esperanzas, quemaba el cuerpo de Katheleen haciendo nuevos surcos en su carne, tratando de alcanzar en vano su alma, porque su alma ya volaba lejos al encuentro de su amado, en un vuelo perfumado de rosas, con brisas de sueño eterno y promesas cumplidas.
...FIN...
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