La pérdida
Al principio se percibe en el aire. Hay un extraño silencio y, una cierta ansiedad nos invade. Luego, poco a poco, la duda se disipa a la vez que el sonido se hace más fuerte y amenazante.
Las primeras gotas de lluvia caen como si no hubieran aprendido a hacerlo nunca: tímidamente. Pero al tiempo, se tornan confiadas y arrogantes y se derraman con fiereza sobre la tierra. En su violenta carrera hacia la meta producen un sonido elástico y fluido al caer sobre las hojas de los árboles y sobre el suelo que parece querer sofocar todo fuera y dentro del alma.
Súbitamente, las gotas se unen unas con otras y conforman senderos de agua que corren con fuerza hacia un final tan lejano como incierto. El suelo bajo tus pies desaparece, dando lugar a una serpiente descontrolada de agua, hojas, pequeñas ramas y barro que se enrolla y retuerce sobre todo lo que encuentra en su camino. La luz invade los rincones más recónditos seguida de un gruñido potente, feroz y aterrador que desgarra las entrañas. Pareciera que el cielo se desmoronara en grandes trozos que cayeran sobre la tierra dejando enormes huecos en un firmamento secuestrado por mares de algodón oscuro a través de los cuales el desconcierto y el terror fluyeran a raudales.
Como un dragón enfurecido lanzando lenguas de fuego, los destellos luminosos aparecen aquí y allá, y el eco de los últimos truenos se une con los recién llegados conformando un sonido continuo de tambores de guerra y de fuerza que hacen creer que el mundo ha llegado a su fin. Ahora, la ansiedad y el miedo recorren todo tu ser: nada parece querer volver a ser como antes.
Mientras dura, el alma se encoje dentro de los límites de su propio ser en una actitud fetal, rogante, casi deseando desaparecer en el mismo núcleo de lo absurdo. Donde a todo se le puede vencer o explicar y, donde la muerte se convierte en la liberación del desconcierto entre actor y decorado, entre hombre y mundo, entre ser e inconsciencia.
Pero cuando ya parece no poder soportarse, cuando ya uno se prepara para lo inevitable, la luz se adelanta al sonido. Como un aviso. Como una premonición. El tiempo, absolutamente subjetivo, entre la luz y el sonido se hace corto y eterno a la vez. Entre uno y otro la respiración se corta, la ansiedad se dispara y la esperanza se abre lentamente camino entre el espacio de tiempo que estos dejan. Las gotas de agua se resisten a abandonar el escenario donde inauguraron su festival de sonido, danza y alegoría.
Pero al final, como perro que sigue a su amo, también ellas, reluctantes, persiguen la furia de la naturaleza, conscientes de que solo en ella adquieren una mayor importancia, solo en ese contexto de comunión con los elementos subliman su propia esencia.
Ahora la esperanza se aferra, como la hiedra, a cualquier aspereza, a cualquier recodo que el miedo deja abierto en la mente. La incipiente claridad que las nubes dejan a su paso se une, en armonía, al ancestral sonido de los riachuelos embarrados que recorren los recovecos de una tierra violentada en una orgía de deseo descontrolado.
Lo absurdo, la muerte, parece desvanecerse en lo más profundo de la mente humana. Y el natural seguir de los acontecimientos preconiza la llegada de los rayos del sol como escuderos al asalto del último bastión de resistencia.
Solo en la lejanía se escucha el fragor de la batalla, el crujir de armaduras, el derroche de energía, la demostración arrogante de poder. Sólo en la lejanía parece tener ahora sentido la muerte.
Los destellos de luz, algo más tenues, se perciben solo en contraste con nubes cuya negrura pareció no querer abandonarnos nunca pero que ahora conforman un horizonte que se aleja en íntimo diálogo. Y ese refunfuñar se nos antoja familiar y a la vez amenazador, como una despedida que se convierte en un hasta luego premonitor.
En la mente queda el recuerdo de lo pasado en un lugar reservado a una memoria lejana. Un lugar donde la vivencia no conserva su natural viveza diluyéndose para no atormentar al hombre. Para permitirle seguir viviendo el desenlace de una existencia ocasional.
Todo lo peor parece haber pasado, pero ya para siempre, quedará impreso en su propia esencia el acontecimiento que reúne en un solo suspiro la experiencia de vida del desastre posible. De la insignificancia del propio ser, del aturdimiento reflejo ante la magnitud de la posibilidad del fin.
Perder a un ser querido, se asemeja en lo sensible.
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