La peor pesadilla de un torero

 

La tarde parecía discurrir con normalidad. Al menos con la normalidad de un arte en decadencia: pitos a los toros y a los toreros. Los compañeros de terna del torero habían sido abucheados en lo que parecía una tarde más de tedio y hastío. Pero, cuando llegó su turno, el silencio cayó a plomo. “¿Será la expectación?”, pensó ilusionado. Un sentimiento, el de la esperanza, que mantuvo hasta el saludo en el centro del albero. Concluidos los tercios previos, el torero brindaba su faena de muleta a la plaza, pero ésta le correspondía con el silencio más absoluto. “¿Qué cojones pasa aquí...?”.

 

Sin embargo, el torero buscó abstraerse de su desconcierto, plantó las zapatillas en la arena y dibujó, de entrada, un inicio de serie a base de estatuarios colosales. Sonrió instintivamente, esperando, ahora sí, el clamor. Pero el silencio se mantenía sin mácula. Encorajinado, cogió la muleta con la zurda y se marcó siete naturales de corrido, a cámara lenta y con los pitones rozándole las costillas. Nunca había salido tanto arte de sus muñecas. Pero no, no hubo recompensa. Silencio.

 

Fue entonces cuando el torero miró al tendido. Fijó la vista en un punto determinado: en el pezón de una rubia despampanante cuyo escote lucía al aire. El sucio bigote de un anciano repasaba sus costuras. Fue entonces cuando el silencio se rompió... y estalló una carcajada general. La plaza era un estruendo. Gemidos, risotadas y chanzas copaban el espacio que separaba al público del artista. Éste, de pronto, empezó a sentirse mareado. Comenzó a ligar otra tanda de derechazos imperiales, con la fuerza de quien está herido en el orgullo, pero ya ni siquiera veía los cuernos que se desplazaban a su lado. Una, dos, cinco, diez, cien moscas se arremolinaban en torno a su rostro. Se metían en sus orejas, en su boca. Vomitaba. Pero seguía con la faena. Con la mejor faena de toda su vida. Aunque ésta fuera acompañada con las bravuconadas que salían de un respetable que había abandonado el puro y el vinillo por el porro y el porrón. De vodka.

 

A punto de caer asfixiado, se plantó para entrar a matar. Su última mirada volvió a recaer en el bigote golfo. Aunque éste ya estaba posado en las nalgas de la ninfa rubia, descocada y abrazada con lujuria al vecino, también viejete. Con lágrimas secas por los silbidos de las moscas, que ya eran mil, se tiró literalmente sobre el toro. Ciego. La estocada lo fue hasta la bola. Pero el pitón derecho partió a la vez el pecho del torero.

 

Agonizante, tendido sobre un charco de arena ensangrentada, cerró los ojos. En el último suspiro de su vida, anheló escuchar al menos el silencio. Pero lo que siguió fue un estallido de aplausos. El torero murió sintiéndose ridiculizado. Nunca supo que el público, rendido al fin ante el mérito de una faena que había culminado en triunfo de luto, aplaudía pidiendo las dos orejas.

 

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA  

 
http://blogs.periodistadigital.com/lahoradelaverdad.php/2011/06/28/la-peor-pesadilla-de-un-torero
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