


| Escritor: | FranciscoARC |
| Públicado: | 29/07/2008 |
La Orobanche.
Apareció aquella planta un buen día en mi maceta de geranios. Eran unos geranios, pelargonios, preciosos, violetas, fucsias, con los estambres naranjas llenos de polen, tenían unas corolas grandes, espectaculares, bellísimas, parecían extrañas colas diminutas de pavos reales rosas, temblaban en sus pétalos corcheas de diamantes de alguna arpa de oro o de algún clavicordio de plata pura. Al mediodía brillaban los pequeños cálices vegetales como una explosión de transida y barroca armonía, entre las hojas verdes de la mata eran un beso de doncella voluptuoso, dulce de boca llena de granadina. Sus matices fucsias los hacían bellísimos, a la luz del atardecer parecían notas de piano, punzantes y electrocutantes pellizcos en un violinito de cristal submarino, o golpes en un timbalillo, podía uno llevarse mil años viendo aquello a la luz del sol del atardecer, estambres naranjas, de un naranja rabiosamente rojo, en una pequeña, diminuta, copia de orquídea, aún más bella que las orquídeas, toda Andalucía cabe en una flor de geranio, se hipnotiza uno mirando esa débil armonía de color, esa débil sincronía del fucsia, uno no quisiera nunca dejar de mirar la profunda belleza relajante del violeta, uno quisiera vivir dentro de la belleza de un geranio y que el verano no avanzase nunca, y que Junio fuera eterno, y que nos diese el sol eternamente en la cara. Y de tanta belleza la vista se cansa, rehuye la luz caliente y busca la oscuridad, después de haber sentido mil diapasones de iris en un minuto, mientras se observa el pelargonio, el geranio. Pero apareció aquella planta en mi maceta de geranios. Era una invasora de un color morado, sin hojas, un morado muerto, tirando a marrón, tenía el aspecto del cáncer, lo siniestro de un ladrón emboscado. Pero no era fea. Era bonita. Aquella planta que supuse era parásita desde el primer momento me agradaba a pesar de todo. Sabía que era mala para mis geranios, que sus raíces estarían chupando las raíces de mi favorito, lenta e inexorablemente. Podía haberla arrancado pero no lo hice. Oh qué contradicción, saber que a tus geranios se lo está comiendo un hechizo y no querer arrancar ese hechizo. Me fascinaba en el mal. Pero no, desde luego no era una planta fea, era una planta muy bella y maligna la que se nutría de Andalucía, tenía unas flores en forma de campana, era una exquisitez demoníaca, un perfume de hipnótico sablazo, una maldad que podía permitirse. Busqué en el Bonnier su definición científica. Me costó bastante trabajo, soy muy mal botánico, inexperto además en la lengua de Moliere, me costó trabajo: Orobanche. Orobanche era su nombre. Un bello nombre para una planta parásita, sonaba bien en mi oído y no me desagradaba verla en el paladar de la vista. Orobanche maligna. Orobancacea parásita, la que mataba mi geranio, la que le exprimía el agua y la savia. Una planta sin hojas, morada, realmente extraterrestre. Cultivé aquel cáncer con pasión, o con piedad, no la arranqué, llegó el verano y mis geranios perdieron las flores y ella estaba allí, con sus diminutas y extrañas corolas en forma de lengua, depredadora y misteriosa, carcinogénica, deletérea, malvada. Una preciosidad de bicho, una repugnante y bellísima desaprensiva. El calor daba en la azotea con la voluptuosidad de un beso húmedo, un calor sublime y dorado y malicioso como las zarzas vivas. No sé lo que pasó con ella.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.|
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