La oración de la mantis.

¿Cómo son los ojos de una víctima?, ¿No se enfocan en un solo punto, sino vuelan como una estampida de grajos?, ¿se clavan en el piso para levantarse solo fugazmente cuando sienten que ya son confrontados?, ¿Tiene la victima un modo especial de caminar?, ¿Le tiemblan levemente las manos o las piernas cuando se acerca el victimario?.

¿Realmente el victimario es ese ser frío y tenebroso, de mirada distante y despiadada que deja escapar una risa demente y maligna cuando acorrala a su víctima?

 Es posible que en realidad exista un lenguaje secreto de símbolos y gestos imperceptibles como el que existe entre un seductor y su objetivo, que ata y encierra dentro de un universo paralelo a quienes participan en el ritual de cacería y sacrificio. Para el resto de nosotros lo que se dicen entre ellos es solo palabras, para ellos son señales que dicen “te acepto, procedamos con el ritual”.

Cuando un león selecciona a una gacela dentro de la manada que huye, ambos se reconocen y saben su destino desde el principio. La respiración agitada y los suspiros y gemidos que emiten, la corriente de energía que recorre sus cuerpos, no son diferentes en nada los que emanan  del placer. La anticipación es parte del juego, es aquello que cierra el círculo. El desear que todo se consume al fin para que el miedo se desvanezca. En momentos así es cuando la luz y la oscuridad se tocan.

Podría ser así, o es sólo lo que a Martín le gustaría que fuera. A él le gusta pensar que hay una relación de intimidad y un acuerdo tácito entre él y aquellos que elige.

 

Siempre fue un buen conversador. Es como si tuviera una máquina de palabras, cada una de ellas con un propósito pero con dos o tres significados. Al oír sus argumentos no podrías sentirte ofendido, pues nada es directo. De aceptar la ofensa tendrías que admitir que tu mente está llena de malicia. Después de todo ha sabido ganarse tu confianza.¿Cómo podrías no confiar en él?. Una sonrisa abierta en un rostro pulcro. Su vestuario  casual sin llegar al descuido. Manos de uñas recortadas. Bigote con las marcas que deja el cigarrillo. Talvez su cuerpo es un tanto tosco, pero no levanta sospecha. Un gordo afable que después de escribir reportes inútiles en la oficina sale a echar el trago en un bar y platicar con desconocidos. En cualquier momento has podido platicar con él. Recuerdas su charla y te sorprendes de sus insinuaciones, “¿realmente está insinuando eso?” Lo más probable es que simplemente decidas dejarlo hablando solo; pero dentro de ti  ha sabido dejar la semilla, un resabio de culpa; de algún modo ha logrado tocar algo dentro de ti que no conocías. Por unos días tu mente gira y se pierde dentro de laberintos poblados de imágenes turbias, los suprimes pero resurgen cuando ves dos niños jugando ¿inocentemente?, sientes escalofríos mientras cruzas una calle. De pronto alguien habla a tus espaldas. Miras a los ojos a tu secretaria buscando señales de suciedad. Mientras tus compañeros de trabajo hablan de fútbol encuentras giros diferentes de su plática. La hipocresía y las apariencias te parecen más evidentes y más detestables. Te ha hablado con el lenguaje secreto y tú lo has entendido. No quieres reconocerlo y por tanto te enfrascas en una lucha interna, por unos momentos el mundo se te desvanece y percibes la verdad detrás de la cortina.

Luego de unos días lo cotidiano logra penetrarte. La máscara de lo que nos es familiar pervive.  El olvido cubre con su manto imperceptible esa noche... si has tenido suerte.

 

Ángel no tuvo suerte , luego de tres años de una relación casi enfermiza, de reproches y de repetirse uno al otro lo mucho que se sacrificaban, de todo lo que se tenían que soportar, de contener su ganas de huir, decidieron terminar. María decidió terminar del mejor modo.

Cuando se acercó Martín, Ángel realmente sentía que tenía que hablar con alguien y de pronto se encontró caminando con él hacia un viejo automóvil, cuando estuvieron ahí la conversación se volvió más directa, al grado de causarle incomodidad. El gusano de la sospecha estaba sin embargo reprimido por el alcohol y por las ganas de no llegar esa noche a una casa con una cama vacía. No podía dejar de estar de acuerdo con Martín acerca de la condición humana. Sentía curiosidad porque parecía extraño que alguien así pudiera citar a Apolinaire, a Bataille y a Sade con tanta facilidad, incluso pensó que no los estaba citando sino que era simplemente una conexión entre almas. Sólo cuando empezó a hablar de la extraña relación entre Verlaine y Rimbaud  se dio cuenta del brillo en su mirada.

Quiso sentir miedo pero estaba fascinado. Casi tenía vergüenza de su propia intelectualidad y su gusto por la poesía y las letras, eso lo separaba del resto haciéndolo sentir como un fenómeno...Y se encontraba en un auto rumbo a la casa de un desconocido que encontró en una cantina de mala muerte charlando de poesía. Algo, sin embargo, le hacía sentir que no estaban hablando de eso. Quería penetrar la mente de Martín y encontrar si era homosexual, pero lo que hablaban no le daba ninguna pista, ni siquiera su mención a los dos poetas malditos le daba a entender si estaba o no de acuerdo con el sodomismo. Era más  bien una referencia a como la violencia y la ira se relacionan de cerca con el amor. No había ningún contacto físico, ningún coqueteo. Ninguna referencia a lo sexual, salvo una o dos palabras que parecía enfatizar, silencios donde su mirada se perdía por instantes sonriendo en sus ensoñaciones, frases que dejaba inconclusas como para que Ángel las completara. El vacío. Aquello que dejaba a la imaginación, donde  dejaba que Ángel pensara lo que quisiera y por lo cual él no podía ser responsable: El área de las culpas y las represiones. La zona de su mente que el pasajero dentro de ese auto desvencijado y maloliente no deseaba visitar, pero que lo jalaba como un magneto.

Ángel mismo sentía repulsión hacia los homosexuales. Por tanto instintivamente rechazaba la idea de que Martín se le estuviera ofreciendo. De ser Martín homosexual – pensó- se está equivocando de objetivo.

Calle tras calle se desvanecían mientras las cruzaban. Era una ciudad nueva la que transitaban, luces espectrales la bañaban desde amarillos faroles, avenidas infinitas se prolongaban hasta confundirse con brillantes puntos. Estaba poblada de vacío, práctimante no encontraban a alguien en el camino. De repente Ángel lograba capturar un rostro, una mano que decía adiós, los restos de un cigarro que caían al suelo. Escenas tomadas de una vieja película en blanco y negro, o más bien, en sepia.

La conversación de Martín de momento se volvía un ruido de fondo, ruido blanco. Su percepción se reducía en ocasiones sólo al tacto, a veces sólo al olfato. Sentía que se transformaba en una nariz gigantesca. De súbito se encontraba en un estado de conciencia acrecentada.  “¿Qué me estás haciendo? Murmuraba. Pero Martín no lo escuchaba. Parecía embebido dentro de su propio monólogo. Luego de casi una hora Andrés simplemente se encontraba ligeramente borracho.

Estaban a arillas de la ciudad, en un cerro poblado de pocas casas. Abajo la ciudad los miraba con millones de ojos titilantes. Comenzaron a acercarse a una casa de dos plantas mezcla de varios estilos, al parecer el arquitecto había querido darle un aire grandioso, pero sólo había logrado hacerla excéntrica. Parte de la casa estaba inconclusa. Se podrían ver pilas de ladrillos, grava y arena amontonados afuera, pero parecían haber estado así por siempre. Manchas de moho parchaban las paredes y aparecían como pequeños puntos en las ventanas. Una alta reja medio despintada separaba  ese pequeño universo del resto de las cosas. Le extrañó a Ángel no oír ningún perro ladrar. Sonido cotidiano de los suburbios más alejados.

Cuando estuvieron al frente de la casa Ángel decidió que lo mejor era partir y más tarde continuar la plática. De pronto comenzó a sentirse cansado y fastidiado, quizá temeroso. Esa casa oculta tras altas bardas y un jardín muy oscuro y descuidado, no eran nada atrayentes. Le recordaban demasiado las visitas que tenía que hacer los martes en la tarde a esa tutora anciana que lo obligaba a masturbarse en frente de ella dentro de su habitación con olor a tabaco viejo y orines de gato. Por momentos se sintió  transportado ahí, en la penumbra detrás de las enmohecidas cortinas aterrorizado por la febril lascivia de la mujer, in entendible para un niño de ocho años.  Cuando dijo “ No quiero” no se lo decía a Martín y él se dio cuenta. Sonriendo le dijo “Pasa, quiero que conozcas a mi hermana”.

Contrario a lo que esperaba la hermana existía. La encontraron en la penumbra de la cocina, sentada mirando el fuego de la estufa como hipnotizada, Ángel pensó que estaba tejiendo pues movía sus manos en el aire. Su pelo enmarañado se mecía mientras de su boca emanaba algo que quería ser una canción de cuna. No era particularmente fea, sin embargo algo en ella era repulsivo. Casi se podía percibir un olor a podrido o a vómito. Pero considerándolo bien uno se daba cuenta que no despedía ningún olor. Vestía ropa pasada de moda que no combinada. Su blusa estaba cerrada hasta el cuello mientras su falda era larga hasta el piso, la usaba arriba de la cintura, casi a las costillas. Su mirada no estaba perdida, más bien demasiado concentrada. Como despertando de un trance volvió a ver a los recién llegados reconociendo a su hermano. Su mirada  se torno fúrica, lo primero que salió de su boca fueron insultos y groserías para su hermano. Ángel no existía. Los oía discutir y gritar gesticulando como quien observa una representación.  Luego de larguísimos diez minutos Martín dijo como si acabaran de entrar—Te presento a mi hermana Josefina. – Mucho gusto. Se oyó decir Ángel. Lo siguiente que escuchó lo dejo totalmente perplejo, no sabiendo que decir y sintiendo que sus piernas temblaban sin control. Instantáneamente dejó de sentirse alcoholizado.

--Quiero que te la cojas. Dijo Martín con tono imperativo. De ningún modo era una invitación.  Obviamente no era una broma. Su rostro afable se había vuelto de piedra, Parecía estar creciendo milímetro a milímetro.

La carcajada que soltó Ángel parecía fuera de lugar, era su modo de aferrarse a lo que estaba atrás del umbral que había cruzado.

 

--¿Eres puto?

--¿Qué?

__¡Cójetela!

 

Ella se puso de pie y empezó a quitarse la blusa con hombreras, la falda de lana, el fondo de rayón bordado con rosas, para comenzar a doblarlo todo cuidadosamente y dejarlo en la silla que había dejado vacía.

Mecánicamente Ángel dejó caer su pantalón. Avergonzado, dejaba que una tímida sonrisa le dibujara la cara. Lanzaba tímidas miradas a ambos hermanos buscando que le dijeran que era una broma aunque sabía que no lo era.

No pudo lograr una erección, se sentía envuelto en la neblina de la irrealidad, ninguno de sus miembros u órganos respondían a su voluntad. Pasivamente presenció como su cuerpo era golpeado, no emitió un quejido. Sentía que observaba todo desde la esquina superior izquierda del cuarto. Un fuerte puñetazo que le derribo varios dientes lo hizo regresar a la realidad. Semidesnudo y cubierto de sangre. Su cuerpo, como acto reflejo trataba de incorporarse sólo  para enredarse con los pantalones que formaban un nudo en sus pies.

¡Eres un maldito puto!

Ridículo, hinchado, despeinado, hincado en el frío piso; Ángel comenzó a explicarse a sí mismo a dos desconocidos  que podían a insultarlo y golpearlo porque él lo permitía. La hermana, completamente desnuda lo miraba como un autómata. Martín discutía con él como un intelectual de café discutiría sobre la validez del breviario de la podredumbre de Cioran.

En realidad le trataba de hacer ver con términos  robados de Hegel y Nietzsche el porqué hacia bien en abusar de él. Una lógica terrible poblada de citas. Ángel en una extraña lucidez rebatía sus argumentos. El absurdo disertando sobre lo absurdo. Pero continuaba discutiendo para evitar más daño. Trataba de desbloquearse y reunir el coraje para defenderse o huir. Pero los silogismos lejos de hacerlo reaccionar lo mantenían atado.

 

Después el diálogo se hizo más físico, Martín lo penetraba con violencia mientras él gimoteaba, aún incapaz de defenderse.

-----¿Lo disfrutas pinche puto?

Incluso ahora Josefina  lo escupía y le jalaba el pelo.

De pronto Martín luego de terminar dentro de Ángel sintió un súbito ataque de asco. Había vuelto el estómago dos veces cuando lo sacudió una bofetada.

-----¡ Desgraciado, mira como me dejaste la cocina!

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Comentarios:

Escrito por: gallinamarihuana       17/11/08 21:33
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Que buena historia, una de las pocas que hacen imaginar al lector todo, en lo personal me lo imagino como si se tratara de una pelicula.
Excelente
Páginas: 1

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