Se arrepintió justo en el instantáneamente en que la última pastilla se deslizaba por su garganta. Su primera reacción fue llevarse las manos a la boca, sus ojos se abrieron espantados, mientras insertaba sus dedos tan adentro como se le permitía; tocó el paladar, luego acaricio la glotis, intentando vomitar. No salía nada, solo saliva. Corrió entonces al baño y tomó su cepillo de dientes, lo hundió con fuerza nuevamente, un espasmo sobrevino, luego más saliva, pero nada sólido. Respiraba agitado ya, ahogándose, pensando que moría, sin preocuparse por que tendrían que pasar una par de horas todavía para eso. Se sentó en la cama, resignado, a llorar. Su cuerpo, ése al que intentaba asesinar, no le obedecía, se había rebelado a la razón, cuando ésta condenó su existencia. No había vuelta atrás en todo caso, ni opción posible para el espantoso final, venia hacia él, moría con cada segundo; se mataba con cada bocanada de aire que tomaba. Su cabeza buscó refugio en sus manos, sus brazos temblaban, sus pies se retorcían en movimientos aleatorios, irracionales a cualquier sentido. Se recostó, su estomago rugía, un dolor intenso, de puñaladas, lo atacó una, dos, tres veces, se estremeció.
Su cabeza aun trabajaba, rehúsa a ceder al veneno, pero al hacerlo lo mortificaba, lo reprimía sobre su actuar, su ciega cobardía y su debilidad. Pues toda la seguridad que lo inundara en el momento de la decisión parecía haberlo abandonado, dadas las circunstancias. Pues nadie que cuente los minutos como los últimos que vivirá puede considerarse cuerdo y nadie que, estando en esta situación, tema el conteo, esta tranquilo.
Se percató, de repente, de una silla frente a él; una idea lo golpeó. Hundió sus dedos en su boca, mimo su garganta y se lanzó sobre el espaldar de la silla. Su estomago se contrajo, escupió un poco, luego sintió el acido fluido subir hasta su boca, el vomito sobrevino. Cuando terminó las pastillas se contaban ya en el suelo; faltaba una, pero ¿Qué daño podría hacerle? Se dejó caer sobre la misma silla, descansado.
Los dos hombres, nada contentos con el resultado, desenfundaron sus armas y, haciendo a un lado su papel de mudos espectadores, descargaron sus cartuchos sobre el fallido suicida, pues el trabajo se hacia, de una forma o la otra.
Corregido el 29 de septiembre de 2007
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