LA NOCHE QUE ME LE ESCAPÉ A MI ABUELA MATILDE

Categoría(s): NARRACIÓN

Por: Axel Blanco.

  

            La noche que me le escapé a mi abuela Matilde apenas comenzaba para mí, sólo eran las siete, quedaban dos horas todavía de palito mantequillero, el escondido, policías y ladrones, o laere paralizada. Dos horas para correr precipitosos en medio de la gélida noche, aquel vendaval nocturno que nos golpeaba en nuestras frentes mientras volábamos con los brazos abiertos y los cabellos despeinados.
            Para mi abuela su nieto sólo fue a comprar un helado. Para su nieto era la oportunidad de jugar todo lo que no había jugado. Mis amigos y yo teníamos aquella maña de convertirnos en guasones trashumantes todos los días al salir de la escuela. Eran otros tiempos, tiempos de inocencia donde la malicia consistía en escabullirnos furtivamente de nuestros hogares por el puro placer de jugar juegos de niños.
            Llevaba ya rato corriéndole a diez policías, nos tocó el papel de ladrones que volábamos como el viento brincando peldaños, eludiendo pipotes hediondos de basura, disparando supuestamente con nuestras pequeñas manos convertidas en mágnum 45, treinta y ocho cañón corto, ametralladoras o incluso armas láser como en la guerra de las galaxias. Ninguno corría como yo. Correr para mí, era la forma natural de desplazarme, me gustaba la velocidad, me crispaba la lentitud de mi grupillo de ladrones a excepción de aquella nueva chica hija de un tal Augusto que volaba como yo, se precipitaba siempre a la cabeza de guasones perseguidos por un puñado de niños policías.
            En medio de la carrera elegíamos cualquier guarida detrás de los armatostes de fierro que estacionaban los mecánicos desempleados durante el día. Quién era aquella niña que no distinguía bien en medio de la noche, aquella niña que corría como yo, que lanzaba carcajadas después de cada persecución y nos alejábamos de las caritas lánguidas de los niños policías.
            Así, volvíamos a volar los ladronzuelos que salíamos del armatoste, como murciélagos con radares altamente especializados, y aquellos sonidos y silbidos infantiles que competían con las chicharras de la calle, chicharras que originalmente tenían sus nichos en la copa de los árboles  y que luego migraban por necesidad a los resquicios de las puertas de las casas, a las cavidades mohosas de los bloques de cemento gris, o  a los propicios baches de la acera de concreto armado. Entonces, seguía la risa incontrolable de la chica desconocida que corría como yo. Uno de los faroles de la calle la enfocó por fin en otro de los escondrijos de nuestra banda de niños ladrones. Definitivamente la había subestimado cuando la pensé caballuna, grandota y fea, como las niñas gordas de la escuela con aquel olor a grasa quemada, a sobaco repugnante, o a profuso sudor viscoso y maloliente.
            El farol enfocó una preciosura alta, de melena negra abundante, una flaca fina, con ondulaciones precisas y perfectas, como las chicas que bailaban los sábados en el programa de las seis. Sin embargo, en aquellos tiempos infantiles donde mi edad rayaba en los diez, la sensualidad no pasaba de aquel rostro con amplia sonrisa que me dejó como bobo, mirando además sus ojazos de diademas claros, y escuchando aquella carcajada abrumadora que me hacía flotar en una bruma de ensueños endulzados.
            Los niños polis venían de nuevo, descubrieron el escondrijo detrás de la camioneta nueva de la vecina Remigia Blanco. Partimos de nuevo en una carrera estruendosa a dar la vuelta, otra vez a la calle Internacional, llena de árboles esbeltos que los vecinos cuidaban celosamente sobre todo en la época de los mangos. Los mismos mangos que nosotros destronábamos con peñonazos cuando sólo eran simples retoños verdes de su mamá árbol.
            Corría entonces detrás de la chica preciosa, pero me enteré que tenía doce por un amigo que era su primo, doce, era demasiado para mí, como inaccesible, tenía amigos más grandes que yo, jugaba pelotita de goma, fútbol, y patinaba como una diosa todos los diciembres con los reyes de la adolescencia. ¡Dios mío! Pero que niña más bella le decía a mi amigo pollo ronco, un dominicano recién llegado que tenía la voz como trueno.
            Nos reunimos todos, los ladrones habían ganado, los polis no tendrían la menor oportunidad con semejantes portentos de la carrera. Desde ese momento, la chica quería estar conmigo en cualquiera de los juegos, le gustaba ganar siempre, sin duda era una niña viva. Tal vez mi camiseta de corsario en la cabeza para evitar que el sudor fluyera hacia abajo, causaba impresión en ella, mis cabellos crespos, lo dudo, eran para mí como chicharrones insufribles imposibles de quedar inmóviles en la cabeza. Cualquier cosa tomaba para cubrirlos como si fueran unas de mis vergüenzas.
            Eran ya como las ocho, mi abuela seguramente había comenzado a buscarme por todas las callejuelas del sector preguntando que dónde estaba el niño, que dónde se había metido Pedrito, que si lo encuentro le doy con el cable de luz. Mi abuela permanecía en mi mente como una criatura espantosa de los cuentos de ultratumba, la imagen de mi abuela era una preocupación que golpeaba mi mente desde dentro como una figurita siniestra de terror causando neuralgias sucesivas. La sangre del muchacho pulsaba en sus sienes en medio de sus profundos pensamientos. Pero entonces pollo ronco le dijo que la niña le buscaba, que estaba en la escalera de la casa de su tía.
            Eran ya las nueve, la niña estaba toda sudada pero seguía siendo bella, bella como la misma luna que regalaba el esplendor plateado a los mortales. Bella como una ninfa del mundo de las fantasías verdes, como un diamante en bruto que mis ojos descubrieron aquella noche del septiembre de mi cumpleaños.
            Estaba allí, frente a mis ojos, reflejándose en ellos como un espejo mientras mis nervios delataron mis sentimientos que fluctuaban incesantes. Me llamo Lissette, me dijiste, con aquella boca de fruta roja de manzana, o de  cereza, de ciruela, o de fresa. Creo que no había fruta que se comparara con aquel beso que me diste cuando no sabía besar, cuando te dije sorprendido de mí mismo que si querías ser mi novia y tú me diste ese beso lampiño, húmedo, inocente y profundo.
            El muchacho se despidió de Lissette como con el efecto obnubilador de un láudano, parecía que volaba como un ángel sobre una nube de bruma fresca, deliciosa, inmensa. Corrió, como si fuera la persona más feliz del mundo, como si sólo él hubiera descubierto las delicias del amor, como si sólo él existiera sobre la tierra con una niña llamada Lissette.
            Cuando llegó a casa de la abuela Matilde, ahogó el dolor de los cableazos con el sabor de aquel beso profundo que lo sacó de su inocencia. Un beso que sabía al almíbar delicioso y amarillento de las ciruelas rojas, almíbar que salía a borbotones de su fruta, líquido, sabroso y tibio, como los calores de su corazón palpitante.
            La abuela Matilde se cansó de darle con aquel cable de luz encendido por un deseo incontenible de hacer justicia a la antigua, como se lo hacían sus padres para que no cogiera el mal camino. Como recordaba cuando le cruzaron la piel con el cuero seco de un caballo muerto, y le dejaron una de sus tantas cicatrices heroicas de mujer sufrida. La abuela cumplió, Pedrito no se le escabulliría más. Sus nuevas cicatrices despedían flequillos de sangre en cada uno de los surcos diseñado por el látigo de plástico especial para conexiones eléctricas, desde ahora, le recordarían siempre el día que se le escapó a su abuela Matilde. Entonces, Pedrito empezó a chillar, y chillaba como nunca antes nadie había chillado, flagelado por una abuela enchapada a la antigua. 

 

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Comentarios:

Escrito por: XimenaX       21/07/08 23:09
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Buenisma la Historia....me imagino ese castigo cruel de la abuela y tu mente sumergida entre nubes blancas con tu sol propio(lissette)
Que hermoso pintaste ese primer beso pleno de magia e inocencia con la frescura propia de la edad.Me encantó leerte.
Un abrazo
Ximena
Escrito por: Agonia       02/05/08 20:12
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Me gusto esta historia, pero creo que deberia venir otra parte.
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