


| Escritor: | nahirmorillo |
| Públicado: | 16/07/2008 |
Dos adolescentes iban tarde de la noche, rumbo a la casa de una de sus maestras. Estaban asustadas, se preguntaban si llegarían a tiempo antes de que la maestra decidiera anularles el trabajo final para aprobar la secundaria. El pueblo, y sobre todo la calle, estaban en un silencio abrumador, tanto que parecía rechinar en los oídos de las jovencitas. Un paso tras de otro, el descontrol de las emociones se hacía sentir en la sudoración; la respiración de ambas era pesada, al igual que los pasos. La joven blanca y de largo cabello rizado sentía un miedo aterrador; la otra, de tez trigueña y cabello largo negro y liso, había tenido más contacto con la noche pero sentía como si algo fuese a pasar.
Llegaron a la casa, la disyuntiva, quién tocaría la puerta. Ninguna quería, todo lucía solitario. A lo lejos, unos quejidos aterradores. Inmediatamente la imaginación de ambas volaba como pájaro nocturno en noche de luna, sería que había allí un prisionero, o tal vez, serían los muertos La noche seguía su camino. Al fin, entre las dos, tocaron el timbre. A lo lejos se fue abriendo la puerta poco a poco. El miedo parecía paralizar las cuatro piernas de las chiquillas.
Al fin la puerta se detuvo, al mismo tiempo se oyó a lo lejos el aullido de los perros. Salió al encuentro de las jovencitas, una dulce viejecita. Ellas, no lo podían creer. Con voz temblorosa preguntó, ¿quiénes son ustedes? Una de ellas respondió: Somos estudiantes de su hija, venimos a entregarle una tarea. La viejecilla sonrió y poco a poco salió y abrió la entrada. Todas entraron en la casa. Era la señora más bella del mundo, atrás quedó el miedo aterrador. Ella contó varias historias de su hija, compartió galletitas y café con leche. Las chicas rieron una y otra vez, estaban relajadas y felices de entregar la tarea. Encomendaron la misión de hacer llegar su trabajo a la maestra. Se despidieron y salieron dejando también, más tranquila, a la dulce señora que las acompañó.
Los pasos se apresuraron, así mismo volvió el terror que parecía aguardarlas afuera, los perros siguieron latiendo como si anunciaran el horror. Para aquellas pequeñas, era indudablemente la noche del terror. Ahora debían andar un rato en compañía y luego alejarse cada una a su casa. ¡De repente! se oye una música alocada, a todo volumen, era un carro descapotado con varios chicos adentro. El susto es mayor, se quedan arrecostadas a la pared de otra vivienda. Ellos solo querían reírse, dijeron algunas vulgaridades y siguieron su camino. Luego, en frente de ellas, pasa un gato negro, de esos que dicen son de mala suerte. ¿Qué más tendrían que pasar sus asustadizos corazones? Siguieron caminando, el silencio volvía otra vez, al igual que el miedo a despedirse.
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