La noche del escritor Martins



I

Todo lo que recuerdo de aquella mañana en la tienda Flores es ambiguo. Aun no he conseguido reponerme de la actitud con la que esta señora me dispensó al verme. Tenía una manera de mirar poco habitual en las personas comunes de la ciudad, una actitud algo oculta, misteriosa, y me estuvo observando un buen rato, como se detiene alguno en una persona extraña que recuerda de  alguna relación difusa en el pasado. En el preciso momento que cruzaba la gran puerta de vidrio, dispuesto al anonimato, mientras sentía el peso de los ojos en mi nuca, sentí su voz. Era un llamado indeciso, como el de una adolescente que ve por la calle a un famoso actor de cine, y procura no equivocarse. Al comienzo, me resistí al protocolo indigesto de sonreír  mientras cogía una revista del aparador. La mujer, bastante mayor, vestida de corpiños rojos, un sombrero de verano y un bolso de franela colgado sobre su hombro, me abordó con un saludo cordial.
–Perdone, ¿es usted el escritor Horacio Martins? –­me tendió su mano–. Soy una lectora fiel de sus libros.
Le tomé la mano y se la estreché con suavidad.
–Me gusta muchísimo su última novela. Aún no la he terminado.
Extrajo de su bolso un ejemplar de mi libro y abrió la primera página.
–Soy de aquellas que creen en la muerte, como usted, señor Martins. Soy más realista que pesimista con respecto a las personas. –Me tendió el libro–. Una firma aquí, por favor.
Su nombre…              
–Claudia Santos.
Advertí en sus ojos una mirada que revelaba ansiedad. Esperaba que, una vez depositado el libro nuevamente en su poder, la vería desaparecer en la opaca luz de la mañana, entre el tráfico de la calle; pero para mi desgracia me alcanzó una tarjeta ligeramente perfumada en la que había escrito su casilla de correo y un número telefónico, bajo su nombre de filigranas de oro y letras góticas
–Me agradaría muchísimo compartir con usted una conversación sobre lo que a ambos nos obsesionan, señor Martins.
–Sería un placer, señora.
–Bien, lo dejo. Que tenga un buen día.
Cruzó el portal de vidrios y subió a su automóvil. El sol reverberaba con débil intensidad en el asfalto de las calles. Cuando el coche enfiló hacia la carretera que bordea las palmeras estiradas de la Costanera, salí hacia la esquina, desde cuyos balcones es posible admirar la belleza nebulosa del mar. Compré unos cigarrillos en una tienda del Centro, y me dirigí al hotel en el colectivo de las diez. Desde el paradero, caminé durante unas horas por los parques de los alrededores, buscando descansar de una posible caída emocional. Me perturba la gente que se detiene a reposar en las bancas, mirando estúpidamente a las palomas picando alguna miga perdida en el asfalto, a las parejas apretujándose sin concierto bajo las sombras frescas de los árboles. Así que volví al altillo al mediodía, y me tendí en la cama, con la música del viento en las ventanas.

 

 

II
Era poco menos de las nueve de la noche cuando, bajo mi puerta, apareció un mensaje de la mujer de la tienda Flores. En ella, la  mujer me citaba a un bar de Miraflores a las diez de la noche siguiente. Mientras leía el delicado acabado de las letras bordadas en hilos dorados, comencé a sospechar que aquello de su marcada obsesión de discutir sobre “problemas comunes” conmigo, no era otra cosa que una certeza comprobada. La mujer  estaba interesada no sólo en mi literatura, sino que además en algún fundamento de mi persona. Con la carta en la mano, me dejé caer al sillón, frente al anticuado retrato de Mallarmé que ocupa toda una pared entera de mi cuarto de hotel, y concluí que iría.

 

 

III
A la noche siguiente, el teléfono timbró en el preciso instante en que me vestía. Levanté el auricular y escuché en la línea la voz de la señora Santos. Una voz suave y musical.
–Lo estoy esperando señor Martins ­–dijo, como si en lugar de dictar las palabras las cantara–. A las diez exactamente. Espero verlo.
–No se preocupe. Enseguida estoy con usted.
Anudé una corbata de seda a mi cuello y me eché encima un abrigo. Salí enseguida. Era una noche fresca: húmeda y sin viento. Las nubes azules de humedad ocultaban las luces del parque, confiriéndole a la ciudad un carácter fantástico. Tomé un taxi  en la costanera y a los diez minutos me encontraba en el portal del bar. Una pareja de jovencitos se movía con descaro en la recortada sombra del umbral. Dentro, el salón estaba abarrotado. Las lámparas de luz del techo se movían desesperadamente hacia los lados laterales de las paredes de espejos. Todas las mesas estaban ocupadas, el ambiente era una nube de humo de cigarrillos que planeaban sobre las cabezas de los parroquianos, y un hedor a cuerpos mojados que despertaban al vértigo. Cuando, de repente, entre la gente que se movía, descubrí un brazo en alto que se agitaba. Era la señora Santos.
-Estaba segura que vendría… -dijo.
Me entregó su mejilla, que yo besé con disimulo. Reía en todo momento, los labios intensamente rojos, los ojos brillantes y el cuello descubierto, altivo y fresco. Parecía excitada.
-¿Cómo me encuentra esta noche? –preguntó llevándose un cigarrillo a los labios.
-Bella, muy bella, sin duda.
Sonrió y expulsó un poco de humo por un costado de la boca. Repasó sus labios con la lengua, como jugando.
-Porque esta noche es muy especial para mí… -calló y me buscó los ojos con los suyos. -¿Toma usted J&B?
-Claro, lo que usted guste tomar.
Llamó a un hombre que servía unas copas en una mesa cercana y pidió una botella, que el dependiente apuntó en una libreta.
-Lo que quiero es que se sienta a gusto, señor Martins. No suelo venir aquí, pero para una ocasión como esta no pude menos que invitarlo. Espero que le guste. ¿Fuma?
-Claro –dije cogiendo un cigarrillo de la cajetilla que me ofrecía.
-Qué tonta, no recuerdo escritor alguno que no fume.
Encendí el cigarrillo.
-Pues sí que los hay –dije expulsando unas argollas de humo -. Benjamín Klotz, por ejemplo.
-No lo conozco –admitió.
El dependiente del bar regresó y sirvió unas copas. Miró de soslayo las piernas de mi acompañante y sonreí. Ella lo advirtió.
-No puedo evitarlo. Tengo una seducción que ningún hombre puede resistir.
-Ya lo creo.
Secó su copa de un largo trago (y que yo apuré a llenar otra vez), y se tomó el cuello con la mano derecha, algo cansada. Me preguntó desde hacía cuanto me había instalado en el malecón, alguna noticia sobre un próximo libro mío a publicar o un comentario del clima pésimo de la ciudad. Entre una y otra pregunta, y una y otra  respuesta, además de algunas anécdotas que yo refería excitado por el licor, ella festejaba aplaudiendo efusivamente. Finalmente, la señora Santos me invitó a salir.
En la puerta, bajo un cielo herido de franjas grises y cubierto de nubes,  sintiendo el viento fresco del parque, me dijo que era una noche hermosa como para desaprovecharla con una despedida. Suavizó su voz y se acercó hacia mi oído.
-¿Quiere acompañarme a mi apartamento, jodido escritor?
Aprecié sus senos explotados bajo la blusa negra, los puntillos de sus hombros carnosos y los labios que remojaba en ese instante, y le dije mirándola de frente, decidido a su muerte:
-Bien, como usted guste, señora.

 

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Comentarios:

Online
Escrito por: FranciscoARC       04/10/07 20:19
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Qué bueno el final, coño.
Venga, tengo ahora mismo una alegría por dentro del cuerpo de la ostia.
Me ha encantado. Enhorabuena. Un ocho y medio.
Escrito por: Rina       03/10/07 23:27
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Bastante intrigante. Desde que comence a leerla, no pude parar hasta el final. Sin lugar a dudas llamativa, moderna y con esos extraños sucesos que tanto encantan a los lectores.
Páginas: 1

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