La Niña de la Calle Tilcara

Los hechos no son muy conocidos. En especial porque lo que me sucedió aquella noche no lo he referido nunca a nadie. Con la excepción (siempre hay excepciones) de un par de amigos y familiares muy allegados.
Pero la historia es tan especial que hasta temo que se convierta en una nueva leyenda urbana.
Las cosas sucedieron en el barrio de Nueva Pompeya. Una noche de invierno del inolvidable y desolado año del 2001. Regresaba por entonces de una fiesta en familia en la zona del Parque Chacabuco. Una típica reunión del núcleo duro del grupo familiar que integro desde niño, y que incluye mucha efusividad, baile, canto, alegría, buena comida y naturalmente bastante vino y a veces (en los buenos tiempos) champagne.
Yo había participado con satisfacción de aquella reunión y debo aceptar que también me había tomado algunas copas.
La cuestión es que circulaba de madrugada (cerca de las 5 de la mañana) por la calle Tilcara. Lo hacía en mi viejo Dodge 1500 modelo 84 que todavía usaba en aquel año y con la clara intención de regresar a mi casa de la manera mas rápida posible. Buscaba el abrigo y la contención del hogar luego del cansancio por el ajetreo de la fiesta y también porque las ganas de dormir me estaban nublando la vista.
Al llegar al cruce de Tilcara con la avenida Perito Moreno, sin embargo, algo extraño sucedió en el trayecto.
La calle se convierte en ese lugar en una especie de túnel entre los dos cuerpos de una enorme fábrica abandonada y es tan oscura y solitaria que realmente inspira temor, en especial a esas horas de la madrugada. Por eso decidí acelerar y atravesar aquel cruce lo mas rápido posible, ya que no deseaba permanecer detenido en el semáforo.
Metros antes de la esquina, no obstante, apareció una niña vestida de negro parada delante del trayecto de mi automóvil y aunque frené con todas mis fuerzas no pude evitar golpearla y arrojarla por el aire.
Aquello me espantó.
En especial por el ruido brutal entre el cuerpo y el metal.
Un torbellino de pensamientos vino en ese momento a mi cabeza y bajé decidido a ayudarla. Entonces recorrí todo el perímetro cercano al automóvil buscando su cuerpo, caminé alrededor del vehículo, inspeccioné en las veredas y me fijé detrás del tronco de los grandes álamos del lugar pero no pude encontrarla.
En ese momento el silencio de la madrugada se hizo mucho mas hiriente para mí.
Regresé luego a sentarme en el auto y me miré de soslayo en el espejo retrovisor. Mis ojos brillaban de incertidumbre (o tal vez de miedo) en la oscuridad del lugar.
Entonces me recompuse como pude y regresé a mi casa. Allí estacioné el vehículo justo frente a la puerta de calle y al bajar noté que no tenía ningún golpe en la chapa delantera.
Al otro día al levantarme me dediqué a indagar en la TV, en la radio y en los periódicos acerca de algún accidente de tránsito donde hubiera muerto una niña pero no encontré nada en ningún lado.
Entonces decidí atribuir el suceso a un exceso de alcohol de mi parte y dejé que el recuerdo de aquel episodio (como tantos otros en la vida humana) se perdiera en los pliegues de la memoria para siempre.
Hace poco, sin embargo, encontré de casualidad en un portal de la Internet algunos testimonios que afirman de la existencia de ciertos hechos muy similares a los que a mi me tocó vivir algunos años atrás.
Incluso algunos hablan de Rebeca, la niña de la calle Tilcara.
Y afirman que la pequeña (de unos 8 años) murió en una humilde vivienda de esa esquina luego de haber sido golpeada brutalmente por su madre.
Yo ya no quisiera abundar en detalles, pero su aparición es tan notoria y se ha repetido tanto que no es improbable que el episodio del que una vez tomé parte, comience ahora a cobrar forma como una de las nuevas leyendas argentinas.
Muchos dicen que los episodios volverán a repetirse hasta que el alma de la niña no obtenga su eterno descanso. Otros se ríen de estas afirmaciones y afirman que son fábulas absurdas producto de la imaginación y la ignorancia de la gente.
Al respecto no niego ni afirmo nada.
Pero a veces, cuando me toca manejar de noche mi automóvil, siento una y otra vez la presencia inusitada de Rebeca a lo largo del trayecto.
Y es, en definitiva, , la enorme fuerza de los hechos la que me obliga a recordar (aunque no quiera) la aparición sorpresiva de la niña en la oscuridad de aquella fría madrugada.

Registrarte y comentar la historia

Comentarios:

Escrito por: almudena       10/07/08 02:45
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Huy espeluznante esta leyenda, no?
Páginas: 1

Imprimir

Enviar historia
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor, el resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Anunciar    -     Publicar cuentos