La Niña

Categoría(s): Relato
Toda el día fue complicado. Difícil describir el amasijo de sentimientos encontrados que sentí entonces. Era un enorme corro de chiquillos que rondábamos el patio, padecían quizás todos la misma pobreza que yo, pero me repudiaban porque sólo tenía a mi madre y el resto vivía con papá y mamá. Supongo que los comentarios de sus progenitores fueron la causa de tanta cruel indiferencia.

El caso es que, cuando nos acercábamos a ellos y hablo en plural porque también pasaba con mis hermanos y hermanita, nos ignoraban como si fuésemos fantasmas. Tenía yo nueve más o menos, hermano mayor, y me dolían tan profundamente ésos desaires continuos, que se me quedaron para siempre adheridos como manchas en el corazón por el resto de la infancia y más.

Era un veinticuatro de diciembre. Lo recuerdo porque aquella misma noche comimos pristiños, un delicioso bocadillo que suele servirse en navidad aquí. Lo excepcional fue el lugar donde lo hicimos.

Luego de una infructuosa mañana de vanos intentos de acercamiento con mis vecinos, muchachos y muchachas bordeando mi edad, acertó a llegar un grupo de gente. Eran algunos, no recuerdo con exactitud, parientes del dueño de la vecindad de patios enormes donde ocho familias compartían un espacio que aún siendo niño, comprendía que no era lo bastante grande para contener la enorme cantidad de prejuicios que mantenía sumida en la desdicha a toda esa gente. Lo que sí recuerdo tan claro como una mañana de sol fue un par de ojos inquietos, grandes y oscuros. Aunque suene absurdo a alguien, me enamoré por primera vez en ése instante. Nueve años. Pero en los niños es simplemente el reconocimiento de dos almas semejantes, algo que los adultos no siempre discernimos cuando pasa. Ella, era una niña de cabello castaño y trenzas, o algo así. Sólo recuerdo con nitidez su mirada dulce y apacible. Quizás también emerge del fondo de la memoria vagamente el perfil de su nariz, pequeña, atenta, como la de un conejo, aunque temo que los años han difuminado su aspecto en mis recuerdos.

Yo tenía conmigo a un pariente algo mayor que solía acompañarme en los lances con el grupo de muchachos de aquella vecindad. Para entonces mis hermanos estarían jugando en nuestro pequeño apartamento, como un perro olvida el hueso que nunca le dieron, olvidados ya de los desplantes de aquellos crueles muchachos.

Sólo estábamos el pariente aquél y yo. Luego de almorzar volvimos a la carga, pero el grupo ésta vez nos ignoró hasta la humillación, porque nos acercamos directamente hacia ellos y todos nos dieron la espalda. Pero la niña que conocí temprano notó el desaire y se acercó con su prima, hermana o algo así, y nos alejó del grupo. Hasta hoy me es imposible concebir la capacidad que tienen muchos niños de entender su entorno social y el de los adultos con tanta lucidez. Todos, niños y niñas, nos contemplaban envidiosos, hasta que se aburrieron y volvieron a sus juegos.

Nosotros mientras tanto, empezamos a jugar al “Sapo”, una caja como de metro y medio de alto con muchas ranuras circulares rodeando a un brillante batracio de bronce ubicado en el medio del tablero superior del artefacto. La idea era acertar a las hendiduras o a la boca del sapo, unas rodelas metálicas, cinco o seis, por turnos. Cuando atinábamos a meter alguna de las rodelas, ésta caía en una especie de buzones en cuya base estaba inscrito el puntaje del acierto. Por supuesto embocar en el hocico del sapo era lo ideal y tenía más valor.

Luego jugamos a otras cosas y así pasó el tiempo hasta que llegó la medianoche. Mi pariente hizo igualmente buenas pulgas con la otra niña, de modo que cuando dieron las doce y el padre de mi amiga las llamó, no tuvo valor para separarnos, así fue como nos unimos a su mesa para comer pristiños, bañados en miel de caña moldeada, raspadura o panela, como se conoce en Ecuador. Y la navidad me sorprendió fuera de casa.

Cuando comíamos ya iba presintiendo yo que jamás volvería a verla, tal como ella, que de rato en rato miraba hacia mí con tristeza, como quien mira un recuerdo del pasado, antes de rebasar el presente. Finalmente se acercó su padre y al notar nuestra actitud, con mal disimulada nostalgia ordenó que se despidieran de nosotros porque era muy tarde para todos, sin duda recordando alguna escena personal y la marcada diferencia de clases sociales de dos parejas de niños que sin duda no querían entender de tan desagradables asuntos, propios de gente adulta. Ella me dijo adiós, tomándome de la mano mientras caminábamos hacia el patio de atrás, charlando de cosas que ya ni recuerdo. Luego nos escondimos detrás de la sombra del arco que servía de entrada al último patio, y en la penumbra me regaló un beso apenas sonado en los labios, mientras sus mayores hablaban a voces allá adelante, indiferentes al universo infantil que nunca, nunca, podríamos repetir en la adultez.

Lloré de rabia allí mismo en cuanto se fue, intentando de mala gana encaminarme hacia el refugio familiar. Sólo alcancé a oír a mi tío repetir en voz baja una y otra vez, como quien trata de fijar algo en su memoria, el apellido de las niñas que conocimos ése día en que me enamoré, como se enamoran los niños a ésa edad.

Luis Alberto Mendieta (r) 2008
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Comentarios:

Escrito por: Rina       02/03/08 20:30
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Bella y tierna historia. Recalco los dos acontecimientos que mas me impactaron: la discriminacion hacia el niño, la manera en que los padres influyen en sus hijos, haciendo,como en este caso, evitar a un niño y a su familia, por problemas que nada tienen que ver con ellos.
Luego esta ese dulce amor, el primero, el mas tierno y bello, lleno de inocencia y sueños...
Muy buena amigo
Nos estamos leyendo
Besos
Escrito por: salvino       01/03/08 01:40
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Tienes un estilo ameno que contribuye a la lectura sin esfuerzo. Las reminiscencias siempre dan motivo para recorrer en alas de la nostalgia los acontecimientos que han quedado grabados en nuestros sentimientos, y eso siempre es agradable porque la más de las veces el lector se vé reflejado en ellos de alguna manera. Te felicito y apreciaré tus comentarios acerca de mis trabajos particularmente porque encuentro en ti un alma delicada y sensible no exenta de riqueza expresiva. Un gran abrazo uruguayo para un compatriota del gran Alberto Spencer.
Escrito por: Danny1012       01/03/08 01:07
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Un amor inocente y fugaz. Quién no recuerda su infancia con estrellas que iluminan por un segundo nuestra existencia y luego se alejan. Me recordó a mi primer amor inocente.
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