


| Escritor: | nesravazza |
| Públicado: | 23/02/2008 |
Allá por el año 1966 (o acaso en el 67) el Racing Club de
Avellaneda organizó unos bailes de Carnaval realmente espectaculares. Yo era un
muchacho adolescente que despertaba a la vida en ese entonces y que miraba con
ojos nuevos y asombrados las cosas de este mundo.
Los organizadores trajeron del exterior a algunos artistas de gran popularidad
internacional. Recuerdo haber visto extasiado a la gran cantante italiana Mina
brillando en el centro del escenario. Recuerdo también a Nicola de Bari, a
Bárbara y Dick y a José Feliciano.
En aquellos tiempos el gran ámbito del Carnaval eran los clubes de la Ciudad de
Buenos Aires. Ya fuera el club grande y de gran predicamento o simplemente el
pequeño club de barrio cuyo alcance llegaba a tres o cuatro cuadras de la sede
social.
En aquellos carnavales de Racing, lo confieso, tuve un encuentro azaroso con la
muerte.
Estaba apoyada en una especie de baranda lateral que separaba los puestos dónde
se vendían carne asada y sándwiches de chorizo del núcleo central del baile y
del escenario. Hace mucho tiempo que sucedió todo esto y me da un poco de
vergüenza decirlo pero todavía no existía entre nosotros la palabra
"choripán".
La muerte estaba disfrazada (creo que esto es obvio ) con una especie de malla
enteriza negra pegada al cuerpo y en su exterior dibujada en blanco un
esqueleto humano.
En el fondo era un disfrazado más.
Yo me puse a charlar con ella ( y está claro que la muerte es femenina) sin
tomar demasiado en consideración los imponderables a los que me arriesgaba en
esa charla.
La muerte me dijo entonces
"...Como comprenderás, muchacho, yo realizo mi trabajo mes a mes, día a
día, año a año, minuto a minuto y segundo a segundo. El tiempo no es un
obstáculo para mí. Tengo una cita con alguien y la cumplo rigurosamente.
Recuerdo que Miguel Hernández hablaba de un hachazo invisible y homicida
respecto de la muerte de un gran amigo suyo pero puedo asegurarte que esto no
es así. El era un gran poeta y no tenía inconvenientes en elaborar una gran
metáfora. Yo simplemente me acerco a la gente con la que tengo una cita y
entonces la saludo y ella lo entiende todo. Así de sencillo. Así de simple
resultan las cosas..."
A mí me alteró mucho aquella imperturbabilidad.
Era joven y lleno de energía y no aceptaba nada que fuera imperturbable.
La muerte entonces me contó aquella leyenda de origen persa contada por Farid
Al Din Atar en la que un siervo muy angustiado le pide a su amo un caballo
veloz para huir a Samarkanda. Era la conocida historia de quien huye de la
posibilidad de la extinción pero que al final termina por no poder evitarla.
Y eso - debo admitirlo tampoco me convenció demasiado.
Entonces la muerte me miró con un poco de inesperada ternura.
Algo que fue muy sorpresivo para mí.
Nos veremos mas adelante dijo. A veces el cansancio me doblega y se me da
por ponerme a charlar.
Luego recompuso su postura y se arregló el disfraz.
Al final la vi desviarse en dirección al sur, como si estuviera agobiada, y
terminó por perderse entre las alegres mascaritas que llegaban a bailar.
Todavía no he vuelto a verla.
Los años han pasado y junto a ellos han pasado miles de cosas pero cuando
vuelva a encontrarla ( de eso estén seguros) voy a preguntarle algunas cosas
que se me pasaron por alto aquella vez.
En general voy a preguntarle que será de mí y de mi ventura. Y en especial voy
a preguntarle del destino de todos aquellos seres que tanto amé y que ya no
están.
Aunque eso, como todos suponen, le será muy difícil de contestar.
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