LA MUERTE VIENE CON BOTAS
(Leyanez)
Corría los últimos meses del año 1948. Los soldados habían tomado la cuidad. Entre las intersecciones de la calle Lima y Tambo de Mora funcionaba la Cámara de Comercio. Allí estaban escondidos los rebeldes. El ejército del dictador había rodeado el edificio para que nadie se escape.
Un oficial con voz ronca pero fuerte instaba a los que estaban dentro del edificio a que salgan. Los soldados en hilera de a uno cubrían todos los flancos de la intersección de ambas calles.
Yo y otro chiquillo curioseábamos la escena agazapadamente tras unos cilindros. De pronto un hombre de civil, mal trajeado no muy joven, de aspecto humilde, como casi perdiendo el equilibrio, cruzó la fila de soldados y se detuvo justo al centro de la intersección de ambas calles: era el borrachito de la esquina, así lo conocíamos los muchachos del barrio; fieramente miró a todos los lados, levantó ambos brazos hacia el cielo y de pronto exclamó un profundo, sonoro y amenazante grito del lema de los rebeldes: ¡VIVA EL APRA, CARAJO!. El oficial al mando de la tropa le dijo. ¡CALLESE EL HOCICO, MISERABLE DE MIERDA!. Pero EL borracho, casi tambaleándose lanzó nuevamente el grito del lema de los rebeldes, esta vez mucho más fuerte y con gesticulaciones amenazantes ¡HE DICHO VIVA EL APRA, CARAJO!, ¡ABAJO LA DICTADURA!, ¡MUERAN LOS GORILAS CONCHAS DE SUS MADRES! . El oficial dirigiendo la mirada hacia el sargento le dio la orden de disparar a matar ¡DISPÁRELE, DISPARARELE! ... ¡QUÉ ESEPERA SARGENTO, QUÉMELO YA! En esos instantes se oyó un fuerte fogonazo. Las palomas apostadas en los cables eléctricos, asustadas levantaron fugaz vuelo. El hombre, con los brazos aún levantados, cayó pesadamente de rodillas; miró hacia el cielo, y cuando se proponía a lanzar un nuevo grito otro fogonazo sonó con estruendo, impactando la bala en el centro del pecho atravesándole el corazón; finalmente llevándose las manos al pecho, cayó fulminado de bruces sobre la calzada.
Mi amiguito y yo nos asustamos y corrimos despavoridos hacia mi casa, que quedaba a media cuadra de la intersección, rodamos dos, tres veces sobre el afirmado hiriéndonos las rodillas. Con el terror que se nos dibujaba en nuestros infantiles rostros, no sentimos dolor alguno hasta que llegamos a mi casa. Tocamos fuerte y con desesperación el gran portón; mi madre muy asustada nos abrió la portezuela, después de haber visto por las rendijas quienes éramos. De un jalón de mecha nos metió dentro de la casa.
- ¡Qué fue ese ruido Luchito! dijo mi padre, quien permanecía escondido dentro de la casa juntamente con dos compañeros, por temor de que los prendieran, pues ellos también eran miembro del partido proscrito. Yo muy asustado y con el corazón palpitante que se me quería salir del pecho dije a mi padre:
- ¡Mataron al borrachito de la esquina!
- ¡QUEE!, Pero si ese hombre sólo es un simpatizante del Partido, no tiene nada que ver con todo esto. Dijeron consternado mi padre y sus amigos.
En esos instantes se escuchó un ruido como si arrastraran algo pesado. Atisbamos por las rendijas del portón. Cuatro soldados llevaban arrastras al ensangrentado hombre hacia no sé dónde.
- Quizá lo llevan a la morgue, pobre hombre, morir así, dijo mi padre muy apenadamente, y luego continuó diciendo: ¡Dios quiera que no encuentren los archivos! .
- Ah papá, -dijo mi hermano mayor- anteayer quemaron unos libros en la Casa del Pueblo; el señor Muñoz dijo que eran los libros de afiliados al Partido, pero que faltaban desaparecer los que habían llevado a esconder en la Cámara de Comercio. El señor Muñoz me dijo que en los libros que quemaron estaba tu nombre.
De pronto se escucho fuertes golpes de puño sobre el portón.
- ¡ABRAN!, ¡ABRAN LA PUERTA!.
Era un grupo de cuatro soldados comandados por un cabo. Mi madre indicó a los amigos de mi padre que huyan por los techos. Mi padre estaba temeroso, pero tomó la decisión de no hacer nada, pues se arriesgó a dar por cierto lo que le había dicho mi hermano, que los archivos donde figuraba él, fueron quemados en la Casa del Pueblo. Los dos compañeros sí tuvieron que huir por los techos. MI madre con prudencia y serenidad abrió la puerta. Ingresaron los soldados, todos nosotros estábamos sentados en la mesa. Era la hora del almuerzo. Mi padre, como siempre en la cabecera.
- ¿A quien buscan? Preguntó mi padre con mucha serenidad al Cabo.
- Aquí hay dos rebeldes. replicó el militar- No lo nieguen porque será peor para ustedes. Tenemos información que se han escondido en esta casa.
Mi padre con aplomo y muy sereno le respondió:
- Solo estamos mi esposa y mis hijos, Cabo; pueden ustedes revisar toda la casa.
- Es cierto lo que le dice mi esposo, repuso mi madre. Aquí no van a encontrar a las personas que buscan. Lo juramos por Dios.
Mi madre no mentía, porque los dos amigos de mi padre ya no estaban. Se habían escapado.
Fueron momentos inolvidables. El presidente de la republica, Dr. José Luis Bustamante y Rivero había sido derrocado por el General Odría el 27 de Octubre de 1948. Muchos activistas apristas fueron sacados violentamente de sus casas, de sus centros de trabajo, de las escuelas en pleno dictado de clases. Todos tras sumarios juicios y otros sin él, fueron encarcelados en los diferentes penales de la república, siendo los más conocidos el Panóptico (donde hoy está el Hotel Sheraton), el Frontón,en la isla San Lorenzo del Callao y El Sepa, un penal situado en una inhóspita selva.
Mi padre estuvo sin salir de casa por casi tres meses; hasta saber con plena seguridad que el peligro que lo apresasen había pasado. Mi madre lo suplió como proveedora del sustento del hogar en esos tres largos meses. La dictadura se quedaría por ocho años. Murieron muchos rebeldes y activistas, también militares. La muerte no los distinguió pues llego con botas.
FIN
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