«El Canario iba muy serio y llevaba las riendas del sulky, que pudo ser una chata rusa, un breque, no sé. Iba sólo. Atrás lo seguían otros carruajes.
«El cofre mortuorio continúa don Enrique iba atado con sogas al sulky, y estaba hecho con madera de cajón de manzanas, como acostumbraba entonces la gente pobre.
«¿Qué pasó con el cajón?» pregunta Julieta Calderone ante la pausa; y don Enrique inicia el remate de su relato:
«Pega unos saltos la jardinera y el cofre se hamaca con las sogas flojas y unas tablas rotas, de donde salen por ambos lados, en todo su largo y con las manos abiertas, los brazos del finado don Leoncio, cuyo cuerpo se bambolea como queriendo salirse del cajón». Otra pausa ex profeso.
«¿Después qué pasó? y un cierre magistral:
«Pasó que el Canario logró parar el sulky, pero en el ínterin la viuda, que pedía a gritos ¡Atajen al caballo! ¡Atajen al caballo!, dio un alarido desesperado: ¡QUE SE ME MATA EL LEONCIO!»
Nota del autor: Escuché la anécdota en Naschel, en el valle del Conlara, San Luis. Un hecho verídico. Viñetas del tiempo viejo.
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