


| Escritor: | avesolitaria |
| Públicado: | 24/09/2008 |
LA MONTAÑA GRIS
EL CALLEJON DE LA MUERTE (desenlace)
(Esta parte es inédita, de momento todavía nadie me ha ayudado a corregirla)
Noche cerrada. Un mugriento y maloliente callejón. Puerta de servicio
de un restaurante chino clandestino.
La ciudad duerme envuelta en un apestoso y denso halo atmosférico con olor a muerte y a ratas podridas...
Repiqueteo de tacones..., un
suspiro, un alarido...
Un
gorila humano amenaza con un arma blanca a la indefensa mujer rubia que
está sentada frente a él y la obliga a salir a la calle por la puerta
de servicio sin que ninguno de los demás clientes del antro chino haga
nada por impedirlo.
Un hombre maduro, de aspecto solitario y
expresión de indiferencia, ha estado cenando como un rey en una mesa
cercana. Se levanta sin pedir la cuenta y hace ademán de marcharse. Uno
de los camareros le despide reverencialmente y le dice: "Que tenga
buena noche, teniente Cunninghan, vuelva cuando quiela".
El
teniente es un policía, un sabueso viejo de esos que se las saben
todas. Con cierta parsimonia rodea la manzana fumándose tranquilamente
un cigarrillo camino del callejón donde se ubica la puerta trasera del
restaurante.
Mientras tanto, un hombre con un profundo golpe en
la sien, tirado junto a un contenedor de basura, despierta de su
letargo bastante confuso y aturdido e intenta ponerse en pie. Está
malherido y no tiene fuerzas. Se palpa los bolsillos intentando
localizar su móvil.
Ocultos en la oscuridad de las sombras,
distingue a un hombre y una mujer que parecen una pareja de enamorados.
Tambaleándose y sin que apenas le salga la voz del cuerpo, intenta
acercarse a ellos para pedirles que lo auxilien y lo lleven a un
hospital.
Al acercarse cree reconocer a la dama: "¿Marion?, ¡Marion!"
-"Ni un paso más, amigo, o la rajo entera aquí mismo delante de tus narices. ¿De dónde sales tú, esperpento?"
Aún no ha terminado su recorrido el policía cuando un grito de mujer le obliga a acelerar su paso.
Cuando
llega al lugar de la escena, lo hace a tiempo de ver al grandullón que
cenaba junto a la rubia desplomándose herido de muerte con un balazo
entre ceja y ceja y a un tipo, ensangrentado, con aspecto de zombie,
sosteniendo en su mano derecha una pistola con silenciador.
-"Si quieres librarte de una temporadita entre rejas vas a hacer lo que yo diga a partir de ya".
Cunninghan
se cansó hace mucho tiempo de hacer su papel de policía bueno al
servicio de la ley; algo imposible, por otra parte, en ese asqueroso
tugurio y, un buen día, decidió que le traía más cuenta hacerse
corrupto; al menos se divertiría más, sería más satisfactorio para su
ego; al fin y al cabo, a su edad ¿qué podía esperar ya de la vida...?
Entra
en el restaurante por la puerta de atrás y ordena a uno de los
camareros que le de la llave del almacén. Sin rechistar, el oriental
obedece. Cunninghan accede al back stage y abre la trampilla del
sótano. Baja con precaución la angosta escalerilla de caracol que
conduce a sus profundidades y penetra en un apestoso recinto inundado
de asquerosas ratas. Tosiendo y desprendiéndose de ellas como puede se
aproxima a un pequeño ventanuco. Lo abre y comienzan a salir, una tras
otra, atropelládamente, invadiendo el callejón, donde está situado el
ventanillo a ras del suelo.
Los roedores acuden a la sangre, a
los cadáveres, pero los dos hombres los reconducen al del acompañante
de Marion y, una vez comienzan a devorarlo, ya todo es coser y cantar.
El cuerpo de la víctima en pocos minutos está totalmente cubierto de
ratas, irreconocible, desfigurado, ante la atónita mirada de la
indefensa mujer, que, aterrorizada, no da crédito a lo que sus ojos
están viendo.
Por iniciativa de Cunninghan, las van matando a
golpes, a cuchilladas, a desgarrones, a tiros, las queman, se ensañan
con ellas utilizando cualquier arma, cualquier herramienta les sirve
para este fin, en una orgía de diversión y muerte, y las dejan sobre el
cadáver hasta conseguir hacer una montaña gris a base de cientos de
estos asquerosos roedores.
La retorcida mente del policía pone
la guinda con desalmada fruición al cortar dos rabos de rata e
introducirlos en los agujeros de la nariz de la víctima. A otra de
ellas la divide en dos y se las ingenia para que parezca que la rata le
atraviesa la cabeza al occiso, haciendo salir cada mitad de una de las
orejas, y una tercera, se la mete en la boca dejando asomar medio cuerpo.
Mientras tanto, dos más de ellas, ya actúan por su cuenta comiéndose
los ojos del orangután y otras cuantas saborean las tripas del
desdichado bañándose dentro de su abdomen.
-"¡Amigo, que disfrutes de tu banquete de bienvenida al más allá, jajajajajaja!"
Ahora, dirigiéndose al hombre que disparó sobre la víctima:
-"Lo
siento, mamón, te has quedado sin bici, tendrás que volver a tu casa
andando. Tu telefonillo..., mira dónde está; cógelo y te lo llevas de
recuerdo. Imagino que comprenderás cuál es el precio de tu silencio..."
Y, agarrando a la fémina del brazo:
-"Rubia, hoy es tu día de suerte y aún te queda por cobrar el premio gordo..., tú vienes conmigo."
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