


| Escritor: | S_Bustamante |
| Públicado: | 04/06/2008 |
La manzana jugosa
y el gusano glotón.
Las abuelitas gusanas saben contar muchas y muy sabias historias.
Entre todas, hay una historia que aprendieron de sus abuelitas y que ellas cuentan para enseñarle a los gusanitos más pequeños lo peligroso que es ser glotones y mezquinos. Cuando sus nietecitos se van a la cama, las abuelitas les cuentan esta historia, por cierto verdadera.
Y siempre comienzan a contarla así:
Érase una vez que se era, y de esto hace mucho tiempo, un grupo de gusanitos vivían en un manzanar muy grande y hermoso. Allí se encontraban unos exóticos manzanos que eran pura fragancia, y en sus ramas crecían las más deliciosas manzanas del mundo. Las manzanas eran de una variedad tal de colores y sabores que hicieron famoso el manzanar. Fama que con el correr del tiempo llegó hasta los lugares más remotos de la tierra.
Lejos, muy lejos del manzanar, en las tierras donde se pierde el viento, vivía un gusanito enfermo de glotonería. Tan voraz era su apetito y tanta su mezquindad que ambos parecían no tener limite. Su estómago no sabía diferenciar entre una manzana verde y una madura porque con igual deleite saboreaba las manzanas agrias como las manzanas dulces. Tan voraz y glotón era este gusano, que con su panza engullía los frutos de los manzanos como el viento arrebata las hojas de los árboles en otoño.
Para mayor desgracia de los gusanos, un día las nubes se perdieron y no llegaron más las lluvias a esas tierras tan lejanas. Sin agua con que alimentarse, los frondosos árboles comenzaron a morirse de sed. Perdieron las hojas y fueron dando menos y menos frutos. Y por primera vez, los gusanitos conocieron del hambre y también del peligro de la glotonería y de la mezquindad del gusano glotón, quien, comiendo y comiendo, amenazaba terminar con las pocas manzanas que todavía les quedaban en los árboles de lo que había sido su manzanar. Vanos eran los ruegos de los ancianos y las súplicas de las madres. Ciego al hambre de los viejos y al llanto de los niños, sordo a las súplicas como a las amenazas, el glotón comía y comía lo que más podía.
Pero no hay bien que por mal no venga... Y un día cualquiera, el gusano glotón se dio cuenta que no le quedaban suficientes manzanas para llenarse la panza. Entonces se acordó del Manzanar de los mil sabores, y laboreándose con la pura idea decidió partir para nunca más volver. Juntó cuantas manzanas pudo para alimentarse en el camino, las echó en un saco, y partió en busca del famoso manzanar de los mil sabores.
Y en busca del manzanar de los mil sabores, una noche de luna llena, el glotón partió. Y se fue con su saco, con su glotonería y con su mezquindad a la rastra. Los gusanitos lo vieron marcharse arrastrando el saco y la panza. Se quedaron mirándolo irse, rogando, por la luna, nunca más volverlo a ver...
Y así, pasó mucho tiempo en aquellas tierras, tanto, que en el manzanar se perdió la memoria del gusano glotón. Y el tiempo que pasó fue tanto, que la sequía se compadeció de los gusanitos y se fue a buscar a las nubes. Y las nubes encontraron el camino de vuelta y volvieron con su lluvia. Y con la lluvia volvieron a crecer los manzanos. Y se volvieron a llenar de frutos. Y desde entonces, nunca más han habido gusanitos hambrientos en el manzanar de aquellas tierras donde se pierde el viento.
Y el glotón partió en busca del Manzanar de los mil y un sabores. Y preguntando, preguntando; caminó y caminó. Cruzó ríos y montañas. Y caminó y caminó hasta que llegó al otro lado del mundo. Y preguntando, preguntando, y caminando, caminando, finalmente llegó al apetecido manzanar de sus sueños...
Los gusanitos del manzanar lo vieron llegar flaco, hambriento, cubierto de polvo y en harapos. Conmovidos por su suerte lo acogieron como a un hijo, y por semanas lo rodearon de ternuras y de cuidados hasta que se recupero del cansancio. Pero apenas el glotón pudo levantarse, sin dar las gracias ni perder tiempo, corrió a meterse en el manzanar. Y sin parar, ni respirar, ni descansar, se fue llenando la panza con las más deliciosas manzanas como si nunca hubiese comido en su vida. En ese manzanar había tantas tentaciones y delicadeces que el glotón no dejaba de comer, y comer, y comer.
Muy pronto la voracidad del recién llegado se hizo motivo de risa para los gusanos pequeños y preocupación para los adultos. Sin descanso, comenzaron a lloverle los consejos de no comer tanto. Pero todo era en vano. Cada consejo iba cayendo como en un saco roto. Igual como las manzanas caían en su panza.
Porque así como de tanto comer se olvida el hambre, de tanto ser aconsejado se olvidan los consejos, ocurrió que un dia -para su fortuna, o desgracia-, caminando, buscando y comiendo, se tropezó con una fruta desconocida: una naranja. Paralizado por la sorpresa, se quedo estático mirándola.
--Qué manzana más rara -se dijo. Y por un largo rato se quedo hipnotizado. Con sus sentidos extasiados por el perfume, la forma y por el color de lo que creyó ser una exótica manzana. ¡Tanto apetito le dio, que sin pensarlo dos veces le hizo un hoyo y se metió de cabeza dentro de la naranja!... Hundirse, ahogarse en el jugo, manotear desesperado y salir más muerto que vivo fue todo uno.
Desconcertado por el susto se afirmó en el borde del hoyo para sacudirse el jugo y tomar aliento. Entonces vio con espanto que todos los gusanos corrían hacia su manzana. Aquella fruta que todos, menos él, sabían que era una naranja. Torpemente salió del hoyo y tosiendo, casi sin voz, les gritó:-- ¡Esta manzana jugosa es mía! ¡Yo la encontré solito, y solito me la voy a comer! El gusano más anciano se aproximó y le advirtió con sabia paciencia:-- Hijo mío, haz tenido mucha suerte. Estas equivocado porque no es una manzana jugosa: ¡esa es una naranja! No trates de comértela, mira que gusano que entra en esa fruta no sale vivo de ella'."
Repuesto del susto, el gusano glotón recobró el aliento y también su terrible mezquindad. Cubriendo con todo su cuerpo la entrada a la naranja, les gritó:-- ¡Mentira! ¡Esta es una manzana jugosa!... Y es mía. ¡Yo la encontré y nadie me la podrá quitar!...
Y sin decir más, ni darse tiempo para tomar aliento, volvió a meterse de cabeza, dispuesto a comerse la naranja entera antes que otros gusanos se la quitaran.
En medio de confusión y gritos, los gusanitos lo vieron entrar de vuelta al hoyo y perderse dentro de su manzana jugosa... Entonces corrieron a salvarlo. Y corta que corta, ahóguense que se ahoga, atacaron la naranja. Y corta que corta, rompe que rompe, ahóguense que se ahoga, los gusanitos lograron sacarlo agonizante y lo tendieron en el pasto.
Pero como los mezquinos viven y mueren enceguecidos por sus apetitos, el miserable glotón dijo antes de expirar:-- ¡Qué jugosa!... ¡Qué rica estaba mi manzana!... Después cerró los ojos, y sonriendo se murió.
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Las abuelitas gusanas terminan el relato y se quedan pensativas... En silencio besan a sus nietecitos y con mucha ternura los mecen para que se duerman y les dicen calladito.
Y este cuento pasó por un gusano glotón
y una naranja jugosa,
que mañana les contaré otra cosa.
FIN
Sergio Bustamante
Buenos Aires, 1976.
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