LA MADRE DE LAS TINIEBLAS

Les he de contar la historia

de mi mama Belarmina

y aunque nadie me la crea

como ya es muy frecuente

nadie podrá negarme

que los dejará pendientes.

 

Y es que cuando la vieja estaba transformada, nada en absoluto podía escapar al poder demoníaco de su magia, la bruja que maldijo el macizo fue su nombre.

La noche en que la descubrí me pareció oír sus llantos, era seguramente uno de los momentos en los que perdía el interés, cuando me recordaba a mí como su único hijo, tal vez la causa de su discriminación como madre soltera. Unos como trancazos de pezuña sonaban en la oscura alcoba, una voz ronca vociferaba con acento sobrenatural casi al ritmo de los pasos de  pezuña,  mi corazón latía mientras mama Belarmina gritaba al príncipe de las tinieblas, entonces, muy despacio, abrí la puerta en un ángulo cerrado para ver por la ranura, sabía que algo pasaría, un olor fuerte a azufre me llegó en cuanto puse mis ojos sobre la escena, “sentirás miedo” pensé - algo que me repugna puesto que soy un macho-, un pentagrama ardía en el suelo como si el infierno ardiera en mi casa, pero no tocaba las cosas, no convertía a la casa en cenizas como la malintencionada candela común, solo estaba allí etéreo y superfluo, se veía casi inocente pero con una pasividad maligna, como cuando un niño entierra insectos vivos o una mujer vende su cuerpo enfermo. Varias mujeres  la rodeaban mientras ella permanecía en el centro, una de ellas era la que leía con voz sobrenatural lo que parecían códices mientras algo que no podía ver hacia el sonido de pezuñas sobre la losa quebrada del piso, y entonces lo vi.…  los ojos me ardían de tal forma que pensé me iban a estallar, no tuve conciencia de lo que pasó a continuación, solo caía y me pareció una eternidad de tormentos… solo quería que terminara el sufrimiento, que me mataran… sí, la muerte era mejor. ¿Porque no me matas?, pensé, es algo que no debí ver,  vamos mátame, por favor ¡Mátame!....

Y me vi, en un robledal gigante, con un camino recto como los de las faldas del cerro Bolívar, escarpadas y peligrosas y caminaba por allí, entre los árboles adornados con dalias que todavía no había notado, pero la subida no me cansaba, las gradas de tierra eran extrañamente firmes, podía sentir que no eran echas por manos humanas, una marcha fúnebre empezó a sonar, pero no podía detenerme, tenía que descubrirlo, para eso estaba allí, para descubrir y lo pensé mientras el robledal desaparecía y las dalias se teñían de negro para secarse ante mis ojos, empecé a contar los escalones, quinientos… mil, perdí la cuenta, el descubrimiento es eterno pensé… al final de los escalones llegue a la explanada junto a la mina del cerro gordo, allí fue donde el padre Domingo quiso fundar el pueblo pero desistió por su difícil acceso a la civilización, entonces lo improviso en el Trapiche y se largo a Europa cinco años atrás. El lugar estaba desierto a pesar de que muchas personas vivían allí por su cercanía con la mina de oro y miré a la inmensidad, que poco enterados estamos los mortales del concepto de infinito, ¿tan pequeña es nuestra mente? ¿tan profundas nuestras engañosas opiniones? Hemos llenado cabezas informes de vástagos con prejuicios como si fuesen innatos, la ignorancia nos apremia sobre toda nuestra llenazón. Y seguí una vez más la senda que me trazaron, esta vez corría sangre por las dalias y los robles, la marcha fúnebre aumentaba de volumen conforme caminaba por el lugar. De lo alto del cerro, pude ver como una cabeza caía, la sangre de la reciente decapitación le brillaba en la nariz y gritaba terriblemente ante cada bote, en cuanto cayó quedó a mis pies y de más cerca pude notar el pequeño cuadrado blanco sobre el epiglotis rodeando por el cuello de una túnica negra… era el padre Domingo,  tenía los ojos cerrados y de la nariz brotaba sangre que me embadurnaba las botas, dijo algo incomprensible mientras estaba en el suelo, algo que duró mil años, algo sabio y maligno, me acerque a su cabeza que para entonces nadaba en una mar de sangre que me llegaba a la cintura, y preguntó con la misma voz que escuche en la habitación de mama Belarmina.

- ¿Que pretendes al llegar tan lejos?-.

–Voy a hacer que la gente deje de creer en ti- le dije

-Como si lo pudiera, muchacho- me respondió

Y abrió unos ojos rojos y malignos, eran rasgados y profundos, en ese momento paso un entierro fantasmal con la marcha fúnebre a todo volumen, ellos recogieron la cabeza y la tierra tembló, el cerro de Bolívar estallo en un infierno de lava ardiente…

Actualmente no se si desperté del sueño en realidad, pero en cuanto aparentemente lo hice pude ver la lava perforando los monolitos cercanos, los indios Quillacingas corrían despavoridos gritándose advertencias en quechua, nosotros los de piel dorada manteníamos la calma mientras rezábamos resguardados en el cerro del Guascal, esto no nos sirvió, muy pocos sobrevivimos a la hecatombe, mientras que todos los indios lograron salvarse por sus oportunas advertencias. El cerro pareció dormirse desde entonces en toda su majestuosidad, aunque algún día regresará con su furia, y se puede saber que volverá a atacar, puesto que no acabó con todos nosotros. Pasaron unos quince años hasta que decidimos volver, durante ese tiempo vivimos en la explanada de la mina de oro, y volvimos por lo fértil de la tierra además de que mucha gente sintió nostalgia. Me volví adulto enseñando a la gente sobre lucifer, les relate mi historia muchísimas veces y logré mi cometido, la gente dejo de creer en lo inexplicable, tal vez por eso no tuvimos problemas con las brujas durante ese tiempo, pero es difícil moldear las nuevas mentes, y muchas creyeron una vez más, entonces me sentí como Zaratustra, traicionado por sus propios discípulos. Las brujas al mando de mama Belarmina regresaron a dañar las cosechas con sus aquelarres, mataron ganado y chuparon la sangre de los niños que tuvieron miedo, ese miedo contra el que tanto luché y que quise eliminar definitivamente regresó enardecido, y no pude hacer nada más que desear la muerte que no me causo lucifer cuando me miró a los ojos, esa muerte que evite por mi ausencia de miedo.

Una noche que iba hacía las huertas me di cuenta de que yo también tenía miedo y esto me aterro. Los chasquidos de la chacana sonaban increíblemente fuerte, y el sonido del enorme pájaro negro me inundo, lo que me impresionó no fue su lúgubre cloqueo, ni la fuerza maldita de su pico en mi corazón, me impresionó su belleza de ébano, y fue tanta la impresión que perdí el miedo por un momento, hasta que quince años después el Guando de madera se me acercó con la cabeza del padre Domingo dentro, “Sentirás miedo” pensé otra vez: Eche el hombro compañero… me dijo una voz amigable…el sonido de las guaduas me molestaba, pero tome el poncho y lo coloque en mi hombro, a continuación deje descansar el pesado tallo sobre él, mama Belarmina me siguió al paso del entierro, ella me animaba a seguir cargando la cabeza del padre Domingo, ¿pero como podía ser la cabeza del padre? Pensaba, no lo sabía, pero seguro que era la de él, no podía ser ninguna otra, ¿acaso no la había visto quince años atrás? El Guando me dejo agotado en un cafetal, tarde quince días en recuperarme de su bajo maldito, mi alma estaba destrozada y mis ideas mucho más.

La indiferencia hacía mama Belarmina se convirtió en simpatía desde ese día, me encontraba con ella y asistía a los aquelarres con ella, perdí toda mi noción de realidad, yo mismo temí convertirme en un brujo más de los que pululaban para ese entonces, la gente me dejó a mi suerte, me decían poseído… pero algo pasó… estaba amarrado a una cama ese día y alguien rezaba a mi lado, cada palabra parecía causarme una gran daño, por favor para… por favor… ¡Para!, me retorcía como loco pero cada vez veía con más claridad el exterior, un liquido toco mi piel y un ardor espantoso le siguió, estaba otra vez en el mismo lugar quince años atrás, pero esta vez el padre Domingo tenía la cabeza pegada al cuerpo, el robledal y las dalias estaban limpias de sangre… el ardor terrible fue aminorando: ¡Sal del cuerpo de este hombre demonio!, gritaba el padre Domingo ¡El señor Jesucristo y su evangelio te lo ordenan!... no sentí nada más fue como si los encuentros con mama Belarmina no hubiesen ocurrido, abrí los ojos y la cara sonriente del padre Domingo Belisario Gómez Zemanate me saludo una vez más pegada al cuerpo, -fuiste poseído, hijo…pero ya estás bien- le sonreí a mi salvador y le quedé profundamente agradecido ese día, el padre Domingo me enseño sobre naturaleza, el era un hombre inteligente y tremendamente culto, y no tarde en llenar de conocimientos mi cabeza gracias a él, mantuve distancias con respecto a mis creencias religiosas porque una vez más dejé de creer en lo que no puedo explicar, aun así iba a misa por sus valiosos concejos morales y estuve a punto de viajar al seminario de Popayán por más de ellos, trabajé por el pueblo de manera incansable e incluso ayude en la construcción de la iglesia –Como eres bueno para el diseño ayudarás con el mismo para el templo, Belarmino- me dijo el padre cuando nos repartía el trabajo entre sus ayudantes…pero, una vez más  sentí a mama Belarmina dentro, ella me llamaba esa noche a un lugar en el que nunca antes había estado, había una gran roca frente al pequeño pozo y sentí el cloqueo del pájaro pollo junto a mí, sentí sus negras plumas como sombras que tenían un tacto etéreo mucho menos denso que el aire, en cuanto retiré la mano de la pluma negra una mancha de sangre cuajada quedó entre mis dedos, y entendí porque le simpatizo a ese tenebroso pájaro, es que soy su creador, la energía que lo creó fue la misma que me creó a mi, los dos somos hijos de mama Belarmina, el demonio nos creó, es mi padre y mi madre a la vez, por eso no me mató cuando lo miré a los ojos, por eso no creyó en mi cuando lo quise destruir, alguien llegó en ese momento, -¿Dónde está?- pregunto, -¿Dónde está el demonio?, Belarmino-  era el padre Domingo, y llevaba todas sus instrumentos de exorcismo, me señalé al corazón y le respondí-Aquí-, en ese momento una nube demoníaca inundó el lugar, ese día cabalgó mama Belarmina en contra del padre, ese día el hijo del maligno pagó la deuda que tenía con su salvador.

-¿Qué vienes a hacer aquí?, Belisario- Bramaba el maligno-Acaso no te das cuenta de tu simple mortalidad, porque no te largas con tu Jesucristo… Si ¡lárgate con tu Jesucristo!-, -pues en nombre de Él te venceré Mefistófeles, que su poder es superior al tuyo- le grito más fuerte el padre Domingo quién sacó de su cinto un largo fuete de caucho que brillaba rojo como los ojos del demonio, el primer vergajazo le dejo una herida limpia en la pezuña de mama Belarmina, esta chillo y corrió por la falda de la montaña, pero no pudo escapar, alados serafines le esperaban con sables llameante, estos atizaban las heridas de los vergajazos, unas lianas de oro atraparon entonces a mama Belarmina y la amarraron a la piedra de la que no saldría en mil años, y yo me quedé con ella desde entonces, debo cuidar de mi madre, pero si la quieren oír y confirmar lo que e contado, la encontrarán gritando a la luz de la luna del viernes santo –¡Belisario vení soltame!- mientras yo la consuelo de su desventura con el astuto cura. 

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