La locura que es amar

La locura que es amar                      

                                         I  

 

 

No, yo no quise madurar tan rápido, pero creo que la situación vale la pena y pensar que hace poco me reía de cualquier estupidez y ahora casado.

Mi nombre es Paúl para que me conozcan, Paúl Cizaña me decía mi hermana por los líos que provocaba, pero en verdad me apellido Romaña.

Cuando le conté a mi amigo Chemo que me casaba, grito: No manito, no lo hagas, primero es bacán, pero luego es jodido, mírame a mí, antes pasaba vida y ahora toditito para mi mujer y mis tres hijos, así que manito no lo hagas, concluyó, dándome un abrazo fraternal. Pero Chemo no sabía que Ana había estado embarazada ni los siete meses que llevamos juntos.En verdad cuando la conocí no sentí gran cosa, un beso más en la discoteca y seguir con aquella vida llena de fantasía en la que estaba    sumido. Pero al despedirme y quedar para vernos en el parque de su instituto sentí temor, temor de cumplir con la cita y encariñarme después y tener que terminar una relación y querer olvidarla y no poder después y todo después, después, después...

 

Sin embargo con Ana no se porque pasó. Era un jueves en la tarde en mi habitación de tercer piso, me encontraba tenso, afligido, malhumorado, algo sucedía conmigo, no me contentaba con escuchar a Hombres G ni con leer a Musset o a Prevert y al observar mi libreta de notas allí estaba escrito: Ana, Jueves, parque, cinco de la tarde. Creo que pocas veces he sido tan feliz como aquella tarde, parecíamos una pareja de mucho tiempo. Me sorprendió descubrir que es mucho más bella que con  las luces de la discoteca, en verdad es muy hermosa, su cabello corto hasta los hombros y sus ojitos claros que cada vez que los dirige hacia arriba con una muequita de  “no sé “  me sorprendieron.

 

Besarla fue descubrir, me adaptaba perfectamente a sus labios, nos  salían muy buenos besos. Antes había odiado los besos de niñas que desesperadas no daban siquiera la oportunidad de mover la boca, todo lo hacían ellas con desenfreno,  con avidez, y al final terminaba yo con media cara mojada. Otras frías que no abrían la boca y daba la  impresión de besar una estatua o estar luchando contra algo y algunas que al querer dar un buen beso lo único que hacían era hace sonidos horribles y estar con los ojos abiertos durante el rato. Pero Ana era perfecta, yo no era un campeón en besos, pero Ana me hacia sentirlo, me amoldaba perfectamente. A cada encuentro de labios enredados en movimientos suaves, leves, con la ternura y humedad perfecta, luego todo un poco más fuerte, más rápido, pero de poquito a poquito para disfrutar más, llegar a lo sublime, al ensueño.Fue maravilloso, conversamos de muchas cosas, banales, pero interesantes de momento: su hogar, sus estudios de secretaria, los  líos con sus amigas…Cuando llegó mi turno no me creía nada: Mi independencia a los 18 años,  la creencia de mi familia que hice el amor con una monja detrás de un  convento, pues lo leyeron en un cuento mío y pensaron que era mi confesión; mi carrera literaria frustrada, mi cuartito de tercer piso con vista a la pista por la que miro todas las madrugadas a una monjita barriendo la vereda y las borracheras anecdóticas con mis amigos.Ah, pero lo que no creyó rotundamente fue al explicarle el origen de mis gastos por el chantaje que hice al esposo de una señora rica con la que tuve algo que ver. No lo creía, no me creía nada, yo sonreía y me dijo que era divertido.

 

 Creo que los demás meses fueron una prolongación de aquel día, una tarde en la estaba  un poco bebido, lleve a Ana a mi habitación, de verdad se emocionó al conocerlo, era una especie de buhardilla. Allí a media noche escuchaba música a todo volumen y escribía lo primero que se me ocurriera al observar a mi alrededor: historias inverosímiles, amores imposibles, tratos con la realeza, y mil aventuras que ejercitaran al escritor que trato de ubicar en  mi conciencia. Todo lo que trabajé y estafé para ese cuartucho con afiches, cuadros, libros y mil chucherías más, fue bien recompensado. ¡Qué besos, Dios mío!, me parecía volar en una nube, su piel deliciosa con la resolana del atardecer, su cuerpo fresco, ágil, firme, me excitó. Nada estaba planeado, pero hicimos el amor con tanta intensidad, con tanta gratitud que olvidamos nuestros nombres.—Ana maravillosa— le dije al acabar— maravillosa eres amor que me causarías dolor si es que ya no te viera— añadí.—“Y yo que no quise tener ningún otro querer si a ti te perdiera”. Siempre repites ese poema o canción criolla que el otro día escuché en la radio mientras almorzaba— dijo sonriendo—  qué te pasa, para ti todas las tardes son las más maravillosas— protestó—y la hemos tenido los dos, no solo tú— dijo ya despacio, besándome, prolongando aquella deliciosa situación por algunas horas.

 

Desde entonces frecuentaba mi habitación y allí hacíamos el amor, conversábamos, escuchábamos música. Le enseñaba poemas o cuentos míos.—Eres mi escritor favorito— decía mientras me besaba.—Pero si soy el único que al que lees— protesté— porque si no te leo algo creo que nunca leerías nada flaca y...—No sigas, no sigas...— Me decía y nos sumergíamos en el ambiente cargado, la canción Te Quiero, de Hombres G, y la oscuridad oportuna de la tarde.                                                             

II 

 

Cuando me dijo llorando que estaba embarazada no pude contenerme, lloré también. No por el hecho de saber que sería padre, sino por sentir su sufrimiento. A nuestros diecinueve  años sería difícil asumir tremenda responsabilidad.Me sentí un infeliz, yo la había seducido, yo la había introducido a mi mundo de jueguitos, frases bonitas y sexo, y lo peor de todo es que nada tenía para ofrecerle, eran diecinueve años y sólo había imaginado una vida llena de aventuras y literatura, algo de música también, pero  un hijo no figuraba en ninguna parte.Luego se marchó de mi habitación y me deprimí mucho. Comenzó a hacerme falta eso que  ando buscando desde hace mucho, la tranquilidad, el relajo. Siempre estoy tenso pensando como salir de los barullos en que me introduzco.Aquella noche busqué a mis amigos sabiendo que no estaban ya para mí, pero no sé, pensé en un milagro. Imité a Elard, el amigo ausente y que extrañaba mucho, él solía beber en un bar llamado La Piscina durante horas, hablando y discutiendo solito.

 

Y hablando solito me quedé esa noche, bebiendo en la Piscina y haciendo un balance de mi primera relación seria. Era prácticamente el primer amor, pero ¿amor con hijo y todo?, ¿no era demasiado? tenía que existir alguna salida, alguna puerta de escape. No, tendría que volver a trabajar y ya nunca volvería a la universidad y los años pasarían volando y sería un frustrado y yo la quiero y no puedo volver a escapar y enfrentaré el problema y yo la quiero y un aborto es un asesinato y tendremos muchos hijos y me crecerá la panza y trabajaré como esclavo y yo la quiero y nunca seré escritor y “otra jarrita de sangría por favor señora “, grité muy fuerte mientras cien ideas golpeaban mi cabeza.—Pero joven ya ha bebido demasiado, son las doce y usted es el único que queda, ya tengo sueño— protestó con su voz de gallina la señora que  atendía.— Entonces quédese a chupar conmigo señora, porque dinero no tengo.

La señora se puso colorada como una gallina. Esa clase de humor nunca le gustó a Ana. Sonreí mientras pensaba eso y la imaginé viéndome así, apostado en una silla tan borracho.—Cocorocoooo— cacareé, que diga, grité— ya ve señora hablo igualito a usted, pero no se enoje, es una bromita, una bromita (alzando el vaso), en honor a mi hijo,  ¿o hija?—Usted con hijos, ¡ay joven, usted es más payaso que cómico de feria, desde que lo conozco para hablando de sus hijos!—Upsss— dije— y ese humor de donde salió. Luego conversamos mucho, le conté todo enredado y algo habrá entendido porque me dio un sermón del que recuerdo muy poco. Sólo volví en mí al  amanecer, en el sofá de la sala de la tía, ni siquiera me despedí, me largué. 

III 

Cuando fui  a hablar con su madre estaba decidido, pediría matrimonio. Acaso no amaba a Ana, acaso no quería ese bebé, pero no entendí nada. Su  madre me recibió secamente, Ana estaba muy triste, se sentía mal, fuimos al ginecólogo en el auto que  yo había alquilado para la ocasión.La señora no me reprochaba nada, es más ni siquiera me miraba y me parecía extraño, pero ¡maldita sea!, ¡cómo no lo había sospechado!, hablaba con tanta familiaridad del Doctor Amílcar Huamaní Palacios. Ni bien frené salió disparada de la mano de Ana y dijo: espéranos.¿Espéranos? llegamos a las diez y media de la mañana y a las cinco de la tarde no salían, qué diablos hacían, yo me volvía loco, pensaba de todo, que me habían dejado, alguna confusión, no sé. Busqué el consultorio del Doctor en el edificio y al encontrarlo la enfermera me decía que espere y no saber nada.Cuando salieron  Ana estaba tan pálida, sus ojos y su nariz estaban rojos, había llorado. La vieja como si nada, subió la conchuda al auto y ordenó: vamos.Al llegar a su casa se desató todo. Ana había  abortado una niña de dos meses “Era lo mejor”, decía la vieja con una tranquilidad que me desesperaba y después de un pequeño discurso en el que yo era prácticamente  un violador, me prohibió volver a pisar su casa y frecuentar a Ana.— ¡Váyase a la mierda!— le dije gritando, mientras la vieja iba perdiendo esa serenidad y se levantaba del mueble.Claro, ahora me tocaba a mí, así que pronuncié un discurso mediocre, lo reconozco (Pues con la situación estaba muy nervioso y tartamudeaba seguidamente), pero lleno de resentimiento y cólera. Por qué no me habían consultado, yo era el padre, yo amaba esa niña. Ana sólo se tapaba la cara y lloraba, mientras que la vieja decía a la sirvienta que llamara a la policía. Yo la seguí insultando: “Vieja asesina, perra podrida, embustera“. En un intento por obtener algún resultado positivo me acerqué y pedí a Ana que nos largáramos juntos de allí, que se venga a vivir conmigo, pero sus palabras terminaron de sepultarme.—Paúl por favor vete.No quise llorar, pero lo disimulé muy bien, no se dieron cuenta que al salir ya estaba con dos lágrimas en el rostro; no se dieron cuenta de nada. Los hombres no debemos llorar, al menos delante de la gente.Salí a la calle, sin decir una palabra más, caminando como un borracho por el centro de la pista, con ese cielo oscuro lleno de nubes, donde ni estrellas se veían y ¡maldita sea! tuve que volver por el auto.Allí estaba un Ford del ochenta y siete. Arranque rápido sin mirar  su casa, a toda velocidad,  presionando con energía el acelerador, decepcionado  de Ana, de mí, del mundo puto entero. Trataba de repensar todo, de armarlo, colocarlo, romperlo, que no exista nada, ¿un accidente?, ¿una explosión? Cualquier cosa era bienvenida y bienvenida hubiese sido mi hija que era mi vida, mi hijita muerta.Cansado de manejar devolví el auto. Tenía la intención de emborracharme, ¡como nunca!, como   mis años pasados con mis amigos en que siempre sucedía algo digno que contar; pero por aquel tiempo me encontraba más solo que Adán en el día de la madre. A los pocos amigos me los  robó el destino. Joe con su esposa en  los EE.UU., Elard en Juliaca de minero y Edison en Mejía con su próspera granja. Todos comenzaban a tener un destino y al mío lo habían matado hace algunas horas.Tenía que beber solo y estuve merodeando por el centro, las iglesias, los centros comerciales, los bares y no sentía nada. Caminaba como autómata, sin dirección, ni propósito. Alguien por allí me saludó, quién diablos sería, por supuesto que no le respondí. Tenía que beber, que olvidar, tenía que intentar algo, pelearme, patear, codear, romper. Tenía que liberarse  toda esa energía, pero nada. Me faltó decisión o fue la distracción, no sé. A las diez de la noche entré a mi habitación.Me dirigí directamente al refrigerador, bebí medio litro de agua al hilo y me lancé rápidamente sobre mi cama boca abajo.—Paúl perdóname— susurró. Esa voz, ese tono, esa cadencia— ¡Ana!— grité emocionado— ¡¿Tú aquí, desde qué hora… cómo… cuándo… por qué?!  Pero como siempre cubrió mis labios con los suyos, luego empezó llorar.—Quiero casarme contigo— le propuse, le arranqué una sonrisa, dijo sí—vamos a superar esto bonita, ya verás, desde hoy somos uno, lo vamos a superar ya verás. 

 A veces llegas  tarde o temprano,

pero yo llegué exacto contigo,

soñando tus besos ya de noche,ya de día...

Quiero abrazarte fuerte y que lo sientas tú

para por fin  después de todo,

no  verte llorar,

para poder sentir y poder encontrar,

para poder entenderla locura que es amar. 

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