Los marineros se pusieron a trabajar de tal manera que llegaron a la isla en poco más de quince minutos.
-¡Salvaje arbóreo!- gritó uno de los que le acompañaban.
El joven se volteó. En efecto, una pequeña criatura repugnante parecía desatornillarse de la risa sobre ellos. Parecía un niño muy sucio y flaco, aunque, a juzgar por los peligrosos movimientos de las ramas en donde se colgaba, poseía gran fuerza. Tenía mucho cabello y tez amarillenta, pequeños ojos negros y amplia sonrisa. En su pecho derecho parecía tener una grave quemadura.
-Ustedes morir pronto- dijo intentando hablar en el idioma de los intrusos.-A los señores de las alas grandes no agradar los asquerosos como ustedes ellos matar a ustedes ¡Matar!- volvió a reír escandalosamente-. ¡Matar! ¡Matar!
Se abalanzó sobre uno de los hombres y le destrozó el rostro con sus dientes afilados. El hombre no paraba de gritar, pero la criatura disfrutaba cada centímetro de él como si fuese un exquisito y único festín, mientras seguía exclamando, aunque de una forma que parecía melódica:
-Matar, matar, matar ¡Oh! A mi gustar matar
Todos miraban a James como esperando una orden de rescate, pero él ya sabía que era demasiado tarde para eso. Aquel hombre que era devorado no tenía ya otra oportunidad, estaba perdido.
-Maten a la criatura o nos delatará.
-Pero, señor
-Él morirá de una u otra forma, pues ya está herido mortalmente y, aún más, esa herida está maldita. Fíjate en la quemadura que tiene el salvaje en el pecho ¿sabes lo que es? Es veneno de piel de un basilisco cobra. Ahórrenle el sufrimiento a nuestro compañero y sálvense a ustedes impidiendo que esa cosa nos arruine.
Todos quedaron perplejos ante la respuesta de su capitán. Comprendiendo el estado de shock en el que se encontraban, el joven capitán sacó su revólver del bolsillo y disparó de lleno en la herida del salvaje. Este se echó para atrás gimiendo, pero luego miró a James con furia.
-¿Cómo atrever el mugriento a atacar a mí? ¿Creer que esa rama que lleva hacer un daño a mí? ¿No saber que sólo magia negra poder dañar a nosotros?
James sonrió y apuntó a la criatura con dos de sus dedos
-Mee ur susurró.
La criatura abrió los ojos hasta desorbitarlos y comenzó a tocarse el cuello, como si le faltase el aire, como si lo estuviesen estrangulando. Parecía como si hubiese tenido un repentino ataque de epilepsia. Peleaba consigo mismo. Intentaba gritar pero no salía de él sonido alguno. Miró suplicante y, un minuto más tarde, yacía muerto sobre los suelos empantanados.
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