La ira de los Dioses

*Como funcionaria de la Agencia Federal de los EE. UU para el Control de las Emergencias por Desastres Naturales (F.E.M.A.), fui enviada a la localidad turística de Aceh, en el extremo norte de Sumatra, a causa de un potente maremoto, originado por un gran sismo en las profundidades del océano, el cual devastó literalmente gran parte del sudeste asiático el domingo 26 de diciembre del 2004.
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El 26 de diciembre de 2004 era un domingo normal en Darbhanga, ciudad situada a 150 km de Patna, capital del estado indio de Bihar, donde yo había llegado un mes antes, a causa de las inundaciones ocasionadas por los monzones, en la india, Nepal y Bangladesh en junio y julio, esa era mi primera comisión durante un desastre natural, hacia solo mes y medio que había comenzado a trabajar con mi gobierno y estaba deseosa de ayudar y sentir que de alguna manera era útil a la sociedad. Habíamos reconstruido algunos puentes y reparado algunas carreteras y ya no quedaba mucho por hacer, así que me preparaba para regresar a casa a pasar el año nuevo, ese día se presentaba tranquilo, yo no había podido conciliar el sueño, pensando en que esa mañana saldría hacia España. Mis compañeros se ponían en marcha, algunos como Julio Parra (fotógrafo) y yo hacíamos bromas referentes a irnos de tapas por la zona de los austrias al llegar a Madrid; Darbhanga comenzaba a despertar y sus calles eran como venas que abastecen de sangre aquella pobre ciudad, comenzando a llenarse de gente de que iniciaban así una jornada más. Pero ese no sería un domingo normal, no lo sería para ninguno de nosotros.
A las 8:30 horas recibimos una alerta de la unidad de gestión de crisis de nuestro departamento en New York, se informaba que a las 7:58 h (hora local), el Instituto geológico americano, detectó en el océano Índico un seísmo de una magnitud excepcional, 9 en la escala de Richter. Su epicentro estaba situado a la altura de la isla de Sumatra, más exactamente a 250 km al sur de la ciudad de Banda Aceh, a una profundidad de 10 km. Nuestras órdenes eran claras: desplazarnos hasta ese sitio inmediatamente, mis planes de año nuevo se quedaron en el más absoluto olvido.
Al siguiente día arribamos a Aceh, en el extremo norte de Sumatra, nada podía habernos preparado para lo que encontramos allí. Primero el terremoto, después, como consecuencia de este, un maremoto, una masa gigantesca de agua alzándose a una altura insólita, avanzando a velocidad vertiginosa hacia las playas y abatiéndose inmisericorde sobre cuanto había en ellas: personas, casas, hoteles, coches
etc. Como una inmensa garra devastadora, una vez arrasado cuanto halló a su paso, la ola fatídica retrocedió dejando las costas cubiertas de desolación y muerte. Las imágenes se resisten aún hoy a desaparecer de mis retinas, ¡Fue tan horrible!
Encontramos lo que parecían ser zombis y no seres humanos, confusos y alucinados, hombres, mujeres y niños, corrían sin rumbo fijo, sin acabar de entender lo que les había sucedido. Miles yacían muertos, más de doscientos mil. Otros vivos aún lloraban desolados a seres queridos a los que no volverían a ver. Ese día solo me pude arrodillar y llorar amargamente y preguntarme: Si Adonaí existe ¿por qué ha permitido esto? Y grite esa pregunta una y otra vez, creo que quienes me vieron lo atribuyeron a un agnosticismo teñido de ateísmo beligerante. Nada más lejos de la realidad, solo que eso era todo lo que podía dar de sí mi capacidad humana pensante. Mi Torà dice que Adonaí es todo amor pero viendo aquello solo podía pensar en que si el amor es la esencia misma de la divinidad ¿por qué Adonaí permite estas catástrofes, sufrimientos y muertes espantosas? Personalmente yo me sentí estremecida, no sólo por lo destructivo del tsunami, sino también por los problemas teológicos que ese hecho me planteaba. Siempre he pensado en un Adonaí todo amor, un poco capullo sí, pero siempre perdonador y salvador, pero ese Adonaí a quien siempre he considerado mi amigo ¿sería un Dios perfecto?, ¿Cómo podía un Dios permanecer impasible ante tanta muerte y desolación como la que tenía frente a mis ojos?, ¿Sería realmente Adonaí un Padre amoroso?, ¿No sería más bien un abuelo senil, débil, impotente para disciplinar a los agentes naturales del mal? Por otro lado, la idea de que todas las hecatombes que ocurren en el mundo son acciones punitivas de Adonaí nos sitúa en un terreno resbaladizo. Muchas personas prefieren no pensar sobre esto, otras creen que en esos momentos no hay lugar para reflexiones, sólo para aliviar el sufrimiento de quienes, vivos aún, necesitan auxilios urgentes y están las más racionales que consideran que lo sucedido en el sudeste asiático fue un fenómeno natural, semejante a otros del mismo carácter, aunque de mayores proporciones, y nada más, no le dan mucha vuelta al asunto y cambian el canal para ver el futbol por la Sexta. Yo por mi parte me abstendré de juzgar a Adonaí, tanto por lo que hace como por lo que deja de hacer, sólo él posee todos los elementos de juicio necesarios para tomar decisiones. Es mejor que yo me concentre en lo mío y Adonaí a lo suyo que si cambiáramos papeles chungo lo tendríamos.
Cuando recorrimos la isla no podíamos dar crédito a lo que mirábamos, las enormes olas sepultaron pueblos enteros y debido a la descontrolada deforestación, arrasaron todo lo que encontraron a su paso. La violencia del sismo fue tal que desplazó la isla unos 30 kilómetros hacia el sudoeste. Las olas llegaron a una velocidad estimada de más de 600 kilómetros por hora. Por más que lo intentemos, jamás lograremos imaginarnos el terror que vivieron las personas que estuvieron en el lugar. Encontramos muchas poblaciones borradas literalmente de la faz de la Tierra, convertidas en un gran cementerio.
Algunos días después, debimos dejar nuestras labores de reconstrucción y concentrarnos en algo más urgente ya que el mar comenzó a devolver los cuerpos de las víctimas que se había tragado, literalmente el agua estaba cubierta de cuerpos. Eso me hizo reflexionar y me di cuenta de lo pequeño del ser humano, que no pudo hacer absolutamente nada ante la incontenible venganza de la naturaleza. Donde mirase solo podía ver cuerpos sin vida. Aquellas paradisíacas playas visitadas por turistas de todo el mundo, se convirtieron de repente en un escenario de horror y el hedor a muerte permaneció en el aire durante varios días, nosotros mismos olíamos a muerte, era un olor pegajoso y dulcete que recorría las calles y se nos metía por la nariz.
Miles de personas, todavía en estado de shock, recorrían las playas en busca de sus familiares desaparecidos deseando que ocurriera un milagro y yo, una vez más, como suele ocurrirme en situaciones de trance, cavilaba y filosofaba, (de filosofa no tengo ni la punta de la nariz) sobre todo lo acontecido y me preguntaba ¿Cómo se hace para seguir después de un suceso tan terrible y angustiante? y en el caso de muchos niños que milagrosamente consiguieron sobrevivir pero que perdieron a uno o a ambos padres en esta tragedia, ¿como harían ellos para seguir viviendo?. Sin embargo, siempre que ocurre una catástrofe y donde la desolación y la muerte parecen reinar, allí también se abre paso una luz de esperanza, quizá como una caprichosa lección que estas tragedias nos enseñan porque así como miles de personas lamentablemente perdieron la vida, otras tantas sobrevivieron y aún en medio de tanto dolor, en muchísimos casos la vida triunfó sobre la muerte.
Más de 10 millones de personas perdieron todas sus pertenencias y comenzaron el 2005 a la intemperie. El planeta entero se vistió de luto, en conmemoración a todos los muertos de este desastre. Pocas veces, sino nunca, el mundo entero se vio tan unido. Tragedias como éstas confrontan al ser humano con el propósito de la vida y con sus propias creencias. Seguramente miles de ateos agradecieron a Adonaí ese día por seguir vivos y muchísimos creyentes dejaron de serlo ante tanto dolor y devastación. En esta ocasión el ser humano, tantas veces orgulloso y soberbio, se vio humillado ante el inmenso poder de la naturaleza. Y quedó demostrado que hay cosas que escapan a su poder y a su capacidad.
Si todo ese dolor me dejó alguna enseñanza, esta sin lugar a dudas es que la vida es algo muy valioso que no debemos dar por sentado y siempre deberíamos apreciar el privilegio de estar vivos. Debemos admirar y respetar la vida que nos rodea y honrar la que nos ha sido dada y que todos nosotros tenemos la obligación de continuar con más fuerza para construir un mundo mejor y que sean cuales sean nuestras creencias o la falta de estas, debemos siempre agradecer el mayor regalo que se nos ha dado: LA VIDA, porque muchos no han sido tan afortunados de continuar viviendo. Jamás ignoremos la ira de la naturaleza, en espera de que Adonaí lo resuelva todo, incluso nuestros propios errores... HAGAMOS DE NUESTRA VIDA DIARIA UNA LUCHA DIGNA.
Este articulo se lo dedico al pueblo de Indonesia, gente que aunque pasen muchos años llevare en mi corazón. Los casi 4 meses que permanecí allí me hicieron conocerlos y admirarlos profundamente por ser gente valiente y espontanea, divertida, alegre, respetuosa con el extranjero y con una sonrisa permanente en la cara. Uno se puede encontrar a gusto hasta en la isla más desolada. TERIMA KASIH BANYAK, INDONESIA!!! TERIMA KASIH INDONESIOS!!!!! (Muchas gracias indonesia, muchas gracias indonesios)
Traducción: NewArt2003/Madrid.